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sábado, 26 de octubre de 2013

Arabia Felix


Hallarse uno cargado de obligaciones y sin remedio para socorrerlas hace buscar medios y remedios cómo salir de ellas. La necesidad enseña claros los más oscuros y desiertos caminos.

Capri terminó. Eso queda claro, pero los caminos son infinitos. Para todos aquellos que leyeron y pensaron con vistas al Capri finito os dejo una nueva recomendación:
 

Si a veces buscas perderte por una tierra desconocida, estarás contento de encontrar la Arabia Feliz.



jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

Gruta-azul-de-la-isla-de-Capri-Italia

Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

martes, 14 de junio de 2011

Los laberintos

Mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay como relámpagos que iluminan algunos corredores. Nunca termino de saber por qué hago ciertas cosas.

El túnel (Ernesto Sabato, 1948)

Suponía que tenía que ser de día. Había perdido la noción del tiempo y las paredes del laberinto, altas, de hormigón y sin grietas, no dejaban ver la luz del sol. Pasado ya los momentos de angustia, de gritos infructuosos de ayuda, mi mente se enfrió y se esforzó en exclusiva en buscar la salida. Como no disponía del hilo de Ariadna, ni de las migas de pan de Pulgarcito. Utilicé la vieja estrategia para salir de un laberinto; seguir siempre la misma pared y tarde o temprano encuentras el final. Aún sin saber si este laberinto tenía salida, fue apoyando la mano a la pared que quedaba a mi derecha. Al principio a ritmo normal, pero conforme caminaba, mi cuerpo excitado me pedía ir más rápido. Casi sin aliento, no sé ni el tiempo que pasé doblando esquinas, sorteando recovecos y atravesando largos corredores. Aunque me sentía desfallecido, cuando vi un gran hueco al final del túnel invadido de luz, corrí con  lágrimas que rodaban, esquivas, por mi cara. Ahí estaba al fin… Respiré. El sol estaba en lo más alto. No me importaba que mis ojos quedaran cegados ante ese derroche de luz. Me sentí joven de nuevo. Justo ahí, había un pequeño césped con un banco de piedra en medio. Me senté para recuperar el aliento. Frente a él, tres puertas hechas de setos, cada una coronada con un dintel de piedra con unas palabras grabadas:

AL FINAL     ESTÁ     LA SALIDA

Así descubrí que ése no era el final de un laberinto, sino el principio de otro. Mi laberinto estaba dentro de otro más grande cuyas paredes eran vegetales. Lloré, pataleé, me lamenté, clamé al cielo por mi mala suerte… Desorientado, tomé de nuevo rumbo y me adentré en este gran laberinto. Ahora el sol que ansiaba me abrasaba la piel.

Los laberintos son símbolos muy potentes, utilizados en todas las épocas, para representar el enigma, la desorientación de la vida, los dilemas… El día 30 de abril nos dejó una mente lúcida y laberíntica del mundo de la literatura: Ernesto Sabato, uno de los mejores narradores argentinos del siglo XX. Por esas cosas de las casualidades, homenajeando a este gran escritor, hoy (y no cuando murió, por diferentes razones circunstanciales) escribo sobre laberintos y me doy cuenta de otra gran efeméride, también sobre el fallecimiento, también sobre otro grande de la literatura y también argentino. Hoy 14 de junio, hace 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Dos nombres verdaderamente ilustres, aficionados ambos a los laberintos y que han escrito algunos de los textos en castellano más bellos de la Historia. Esto es mucho decir, soy consciente, pero creo que no me equivoco. Así que sirva desde aquí mi homenaje a Sabato y Borges, por lo que dejaron escrito y vivido; y por lo que fueron. Cualquiera de sus obras tienen la magia de lo que está escrito con inteligencia. Son laberintos en los que merece la pena entrar y perderse absolutamente.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

Cuando la gente dice “ella tiene todo”, tengo una respuesta: todavía no tengo mañana.

Elizabeth Taylor

Los ojos violetas se han cerrado hoy para siempre, ojos que llenaban una pantalla, cristalinos y penetrantes. Cleopatra echó la última mirada burlona y tomó el áspid, antes de recrearse en los recuerdos de toda una vida marcada a partes iguales por el lujo y la lucha. Fue gata en el tejado de zinc, mujercita malcriada, violenta alcohólica que no temía a Virginia Woolf, mujer marcada. Fue Liz, aunque no le gustaba. Tuvo un lugar en el sol, en Alejandría, en el papel couché y en todas las joyerías exclusivas de Beverly Hills a Nueva York. De niña, jugó a ser actriz como un prodigio, y cuando lo consiguió jugó a ser mujer enamorada. Su James Dean, su Monty Clift, su Rock Hudson, y cuando se cansó de eso, llegó su Marco Antonio, Richard Burton. Pero no descansó ahí, la pasión hay que regarla con diamantes y alcohol para ser digna de tal ilustre matrimonio. Peregrina Liz, protagonista de sueños, de luchas, de apoyo y buenas causas. Lengua mordaz, facciones de diosa, mujer indomable, robó el esplendor del Hollywood dorado para atesorarlo por siempre. Leyenda. Mito de un mundo que no existe ya, ni existió nunca.

Y de repente, el último verano. Descanse en paz. El cielo se llena de estrellas mientras la Tierra sigue fea y gris sin mujeres como Elizabeth Taylor.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Después de Benedetti

La verdad es que
grietas
no faltan [...]

hay una sola grieta
decididamente profunda
y es la que media entre la maravilla del hombre
y los desmaravilladores

aún es posible saltar de uno a otro borde
pero cuidado
aquí estamos todos
ustedes y nosotros
para ahondarla

señoras y señores
a elegir
a elegir de qué lado
ponen el pie.

Grietas (Mario Benedetti, Quemar las naves, 1969)

Exilio en tu mirada burlona, cordialidad de paso. Extraño en países de acogida, incluso extraño en el Montevideo de tus recuerdos, paseabas Don Mario aprendiendo de cada átomo de vida que encontrabas por delante. Vida que afloraba aunque el mundo se rodeara de cadáveres y lápidas, porque la vida salía directamente de ti. Aprendiste desde joven que las palabras no deben guardar secretos, que son trazos simples, que tienen que llegar a todo el que quiera comprenderlas. Pero también conocías que en momentos esas palabras se mostraban insuficientes y así recurrías a la imaginación para crearlas. Escritor y poeta de la razón, no por vía de sesudas reflexiones sino por sencillos argumentos, de los que uno asiente sin tener nada más que decir. Hay miles de grietas en la Tierra, lo sé, Don Mario, tantas como almas si me apura. Pero de la única que importa, esa de la maravilla del ser humano, de la vida, de esa siempre estaré de su lado, aunque de reojo miremos lo profundo del abismo.

Estamos tan acostumbrados a calificar de genio al primero al que le suena la flauta, que cuando un auténtico genio se va, siempre tengo la sensación de que a nadie le importa. No lo digo porque no se hayan hecho eco de la muerte de Mario Benedetti, al contrario, he leído mucho y muy bueno sobre él estos días, sólo me pasa que cuando uno verdaderamente grande se va, se abre una grieta difícil de tapar. El consuelo son sus libros, sus palabras ordenadas una detrás de otra, que reflejan sabiduría, decisión, compromiso. Queda su voz pausada, las canciones con sus letras. Quedan sus poemas, su tregua, su primavera con una esquina rota, sus inventarios, sus andamios... puede parecer mucho, pero el hueco profundo que deja su pérdida hace que esa grieta sea inabarcable. Ésta se une al resto de grietas, surcos o hendiduras que decoran el mundo. El día 17 de mayo de 2009 el mundo se separó en dos mitades: antes y después de Benedetti.

domingo, 20 de abril de 2008

Rosario, dinamitera

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario,
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.

Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!

Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.


El 17 de abril murió en Madrid Rosario Sánchez Mora, Rosario dinamitera, desde que Miguel Hernández le dedicara este poema en plena Guerra Civil Española. Rosario fue una joven miliciana en el Quinto Regimiento del Ejército de la República. Allí, en batalla, la dinamita le arrancó el brazo derecho a los 17 años, la guerra le arrebató a su marido y la victoria franquista su libertad. Sin saber nada de artillería, luchó con todas sus fuerzas en el asedio del Madrid del No pasarán, como otras milicianas, que participaron por primera vez en un frente. Pasó por la cárcel y tuvo que sacar adelante a sus hijas vendiendo tabaco de contrabando en la plaza de Cibeles durante la posguerra. Rosario fue un símbolo del bando perdedor: ex-combatiente, condenada por traición, comunista, republicana y mujer; calificativos todos prohibidos por la represión franquista. A punto de cumplir 90 años, ha muerto esta mujer valiente; que su memoria y la del resto de milicianas perdure por siempre en las palabras del poeta.

viernes, 28 de marzo de 2008

Maestro Azcona

Qué estupidez esa del final feliz como garantía del taquillazo. ¿Lo tiene Romeo y Julieta?


El verdugo no quiere matar, él sólo quiere un piso con su señora, tranquilidad, pero los pisos están por las nubes. El abuelo quiere un cochecito para fardar con sus amigos. Un empresario catalán quiere contactos para hacer prosperar su negocio por eso va a una cacería aunque no sepa ni disparar un tiro. El marqués de Leguineche quiere recuperar la vida cortesana en su palacete de Madrid pero ya no hay corte aunque haya rey. La compañía de teatro quiere representar La corte del faraón sin problemas con la censura y el comisario pide una paella para el largo interrogatorio. Loli sólo quiere casarse con Leonardo a pesar del turismo y de la muerte de la madre de éste. ¡Vivan los novios! Hildegart Rodríguez quiere una sociedad igualitaria sin discriminación de género pero también quiere encontrar el amor. Carmela y Paulino, variedades a lo fino, sólo quieren aplausos para su espectáculo sean rojos o franquistas. Flor de Otoño quiere vivir sin que su pasado de chico bien sea una losa para su vida. Todos estos deseos de un país en blanco y negro estuvieron un día en la cabeza del guionista, luego plasmados en papel, en la boca de los actores después y de ahí a la cabeza de los espectadores.

Yo quiero que maestros como Rafael Azcona nunca dejen de existir y que las películas suplan la falta de presupuesto con ideas. Quiero que los verdugos no quieran matar y quiero que en los países aunque haya lo mínimo para comer, no deje de existir el humor. Maestro, espero que la muerte viniera a verle vestida de guardia civil subida en una barca y que la acompañara con una sonrisa.