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jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

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Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

viernes, 22 de abril de 2011

Semanas, días y horas santas

¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?

Friedrich Nietzsche

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¡Qué curioso que haya santidad en una semana, como que haya lugares santos o libros sagrados! Si hago un poco de memoria de mis clases de religión, tiene sentido. El incipiente cristianismo recurrió a las festividades romanas para no hacer desconfiar a los recién convertidos. Y el Imperio Romano propuso estas fiestas religiosas basadas en factores nada sagrados como el ciclo lunar, las estaciones o las fases de los cultivos. Otras religiones también han hecho coincidir sus festividades religiosas con hechos similares. Por eso, no voy a hacer aquí ni media crítica a la Semana Santa aunque tampoco voy a meterme en discusiones espirituales. Santo es el descanso como fiesta, santo es la oportunidad de salir de la rutina unos días, santo es olvidarse de los problemas cotidianos. Sé que no todo el mundo puede sumergirse en esta santidad toda una semana, ni que ésta coincida con la fijada formalmente. También comprendo que moverse como ovejas de un mismo redil en las mismas fechas no es del gusto de todos. Para todos aquéllos, creyentes y no creyentes, santos y demonios, puritanos, barrabases, judas, vírgenes, ermitaños, místicos o ascetas buscad vuestra semana santa, y si no es posible, días, horas o minutos en los que se pare el tiempo, en los que se aproveche para buscar dentro de uno mismo las fuerzas que nos alivien de la carga de la vida. Refugio espiritual que a veces hace falta, sin liturgias, ni ritos, ni confesiones, ni penitencias, sólo tiempo santo para reflexionar, para bajarse de la existencia y pararse a pensar en dónde ir, cómo hacerlo o si es necesario todo lo que nos rodea, por ejemplo.

Imagen: Ciudad Vieja de Jerusalén, lugar santo por excelencia para tres religiones, en el que parece que, en vez de compartir su santidad, luchan por apropiársela por su interés más excluyente.

jueves, 3 de marzo de 2011

Pequeño divertimento para las esperas

¿Sufre más el que espera siempre
que aquél que nunca esperó a nadie?

El libro de las preguntas (Pablo Neruda, 1974)

Siempre me hiciste esperar mucho. Por más que te decía que eras una tardona, que no tenía paciencia para las esperas, que odiaba aburrirme, nunca me hacías caso. Era superior a ti y pronto me tuve que resignar a las circunstancias. Normalmente quedábamos en una boca de metro. Las primeras veces me concentraba fielmente en la esfera de mi reloj. Luego, miraba al cielo, a la calle, a mis zapatos, a los coches que pasaban cerca, pero también me aburría. Así, poco a poco, fui creando un juego. Veía salir a las personas de la boca de metro y empezaba a contarlas para saber cuántas necesitaba ver antes de verte a ti. Como siempre eran muchas las que te precedían, probé a depurarlo un poco más. Por eso, conté a las mujeres, primero, pero seguían siendo demasiadas. Luego a las mujeres que tuvieran más o menos tu edad. Pero era difícil detectarlas, porque nunca fui muy bueno con las edades. Así, intenté contar a las chicas que tenían el pelo como tú: largo y liso. Me sorprendía, cada vez, cuántas tenían tu misma melena. No probé con los ojos, porque no me atrevía a mirar directamente a las que salían del metro. Añadía más detalles: un bolso parecido al que solías usar, un abrigo marrón, esos vaqueros que me volvían locos… de tal manera, llevaba en la cabeza varias listas. Cinco chicas de pelo largo, dos con vaqueros, una con bolso, tres de tu misma altura, otra más. Y conseguía con este pequeño juego dejar que los minutos corrieran sin darme cuenta. Siempre que aparecías apresurada con tu mejor sonrisa de disculpa, me pillabas ensimismado y me preguntabas: ¿en qué piensas, amor? Y siempre te contestaba engañándote un poco: Pensaba en ti. Aunque no te mentía del todo.

sábado, 31 de octubre de 2009

El impuntual

Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir.

Robert Louis Stevenson


Miro el reloj. Mierda, llego tarde. Lo vuelvo a mirar incrédulo. No puede ser. Acelero el paso al mismo tiempo que se me acelera el corazón. Miro como mis pies avanzan cada vez más rápido. Noto que se va formando una gota de sudor en la frente, que por su propio peso caerá rondando por la sien antes de explotar. No puedo andar más rápido sin echar a correr. La prisa me devora. Mis mejillas se encienden. Por un instante, desearía que se parara la vida apenas 5 minutos y así no tener que recurrir a las burdas excusas para justificar mi retraso. Pienso qué decir, vamos, pero no se me ocurre nada convincente. Nunca sé en que me entretengo cuando llego tarde. Suelo procurar ir con tiempo a los citas, pero luego todo se complica y el tiempo es más corto de lo que debería. Hoy he ajustado demasiado. Eso ha sido. Vuelvo a mirar el reloj por si me he equivocado leyendo la hora, pero no. Es tarde, religiosamente tarde. Y volverá a pasar que me miren con cara de decepción, como perdonándome la vida. Contarán cada minuto retrasado y suspirarán pensando que por llegar tarde soy un desastre. Sigo mi contrarreloj particular esquivando a la gente que obstaculiza mi camino. Quién pudiera pasear con tranquilidad. Hace un día precioso para hacerlo. Mi meta está cerca, casi la puedo ver. No quiero ni mirar más el reloj. Hago un último esfuerzo para que no se note el tiempo que lleva esperándote. Antes de cruzar la esquina, me freno, me sosiego. Y aparezco, como si saliera a escena. Pongo mi mejor cara de niño bueno y digo la única frase de la función: Lo siento, ¿llevas esperando mucho?

lunes, 21 de septiembre de 2009

La Garbo

Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad.


No llevaba ni dos días trabajando de camarero en el café cuando un compañero me dijo que atendiera a la Garbo. Señaló con desgana a la mesa del fondo donde se sentaba una pequeña anciana con un cigarrillo. Cuando me acerqué, ella, sin mirarme a los ojos, me pidió: Lo de siempre, chico. Como no me quería equivocar, me aseguré en la barra que es lo que era lo que siempre pedía la Garbo. Café solo en vaso largo con un chorrito de cointreau, coronado con nata y espolvoreado con canela. Siempre lo mismo, cada dos días. ¿Por qué la Garbo? se me ocurrió preguntar en algún momento. Ni el que llevaba más tiempo lo sabía, ya venía con el local, chaval, se rió. Puntual como un reloj, La Garbo ocupaba la misma mesa cada dos tardes salvo los fines de semana. Siempre al fondo, siempre callada, mirando por el ventanal distraída. Su largo pitillo se consumía paciente en sus dedos, dándole a la Garbo una figura verdaderamente aristocrática. Desde aquel día, yo me encargaba de atenderla. Me fascinaba observarla, e incluso refunfuñaba cuando otros clientes me molestaban con insulsos pedidos. Apenas pude sacarle unas pocas palabras. No quería hablar. Pronunciaba un perfecto castellano, alargando las sílabas finales. Vestía clásica pero elegante, un tanto raída, como venida a menos, lo que le confería un aire de otro tiempo. La Garbo podía ser igualmente marquesa, esposa de embajador, actriz de cine o escritora, siempre me lo pregunté y nunca lo supe.
Cuando me despidieron, aún regresé algunas tardes con la excusa de visitar a los compañeros, sólo para volver a deleitarme con la Garbo. Aunque inevitablemente, me fui olvidando de ella y de su solitaria figura. Un día, por casualidad, me encontré a un camarero del café. ¿Sabes qué? Se murió la Garbo. Vivía sola, la pobre. Vinieron unos familiares lejanos a preguntar si debía algo. Lo siento, sé que te gustaba esa vieja. Sonreí para disimular. Pensé todo el día en ella. Y cuando volví a casa, me preparé en su honor lo que siempre tomaba. El cointreau lo sustituí por lágrimas.

miércoles, 8 de julio de 2009

Rey Sol

Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el último momento de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que les aguarda media hora después.


Rey Sol, señor del cielo, tú, el que amarillea los campos, el que resquiebra los caminos, el que calienta mi piel, el que sonroja mis mejillas. Sol, el que ilumina las aguas, el que enciende el día, siempre por el mismo sitio, puntual, uno tras otro, haces crecer las flores y las marchitas, das la vida y la quitas con tu poder absoluto. Vigoroso Sol, empequeñeces la vida frente a ti, haces felices a unos y desgraciados a otros. Ansiado, adorado, odiado y celebrado Sol, rojo, amarillo, anaranjado, haz que tu imperio me sea próspero, que ría, que brinde, que goce del poder que me das con tus pertinaces rayos. Yo, pequeño vasallo, insignificante, que apenas puedo mirarte a la cara, me arrodillo ante tu esplendor, rogando que seas clemente, que me transmitas la fuerza necesaria para que no me agoste, para que el verano sea tan brillante como los de antaño. Tu sincero servidor aguarda en la sombra tu respuesta.

Julio y agosto son el imperio del sol, donde el verano es más duro y las fuerzas flaquean por el agotamiento. También es la época de la diversión, del esparcimiento, de los que, como hormigas, trabajan en el invierno y necesitan recargar pilas, vagueando como cigarras. Es el momento del año donde los colores son más luminosos. Las sandías crujen jugosas, los tomates rezuman y el agua sabe mejor. El verano sirve para tumbarse al sol y ser feliz. El verano no puede, ni quiere ser desgraciado. Así que, desde mi infinita travesía, os recomiendo una canción preciosa, para que rindáis tributo al sol, con una sonrisa en la cara, en cualquiera de sus ocasos veraniegos.

Vídeo: Nina Simone - Here comes the Sun (François K. remix) del disco- homenaje Nina Simone: Remixed & reimagined (2006).
Imagen: Puesta de sol en
Capri.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El (re)cuento del año

¡Ah qué grande es el mundo a la luz de las lámparas! ¡y qué pequeño es a los ojos del recuerdo!


Siempre es lo mismo por estas fechas, repasamos como personas civilizadas lo bueno y malo que nos ha pasado en el año. Las alegrías, las despedidas, los golpes de suerte, aquel amigo que encontraste al cabo de los años, ese viaje que por fin hiciste... Un año da para mucho, pero luego tenemos la sensación de que se pasa volando. Risas, anécdotas para contar a los nietos o lágrimas amargas, hechos trascendentales o irrelevantes y rutina, mucha rutina. Yo tampoco me puedo abstraer de este rito. Y 2008 ha sido el año en que la isla de Capri se hundió para siempre en el Mediterráneo para dejar de existir. Y es duro dejar un hogar en el que habías vivido por largo tiempo para comenzar la aventura de buscar una nueva isla donde sentirse a gusto. Pero no me quedó otra opción si no quería sucumbir en el lecho marino. Hoy, 31 de diciembre, miro la puesta de sol y veo el agujero que dejó la isla, la ausencia perdida de lo que no pudo ser. Sin embargo no hay sitio para los gestos de dolor, ya no, la barca zarpó y sigo rumbo incógnito hacia el horizonte. Algunas noches me sigo acordando de las piedras de Capri, de las playas, del mar celeste a su alrededor, todo bajo la bruma de la duermevela. Por más que quiero no puedo recordar los arbustos de espinos o las rocas puntiagudas de la costa, que también existían. Ahora la isla sólo existe dentro de mí, idealizada, sin aristas, junto al resto de recuerdos.
La conclusión ante estos cuentos y recuentos suele ser la misma: que el año que entre sea mejor. Pero, procurad no ser conformistas con los deseos. No me gusta lo de "que me quede como estoy" porque si quiero algo en el futuro siempre esperaré que sea mejor que lo que tengo hoy. Luego ya la realidad se encarga de poner límites a las ilusiones, pero de momento a los deseos es mejor no ponérselos. Así que a todos los que un día tuvieron una isla y la perdieron:

FELIZ AÑO Y QUE EL 2009 NO PONGA LÍMITES A VUESTROS DESEOS.

Imagen: Puesta de sol desde Isquia, con Capri al fondo.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Día de Navidad

-¿Qué día es hoy, hermoso? -dijo Scrooge.
-¿Hoy? -repuso el muchacho-. ¡Toma, pues, el día de Navidad!


Se levantó el día de Navidad con ganas de no hacer nada. Con pasos pesados, se dirigió al salón para ver los restos que quedaron de la fiesta de anoche. El salón, como un campo de batalla, lucía un aspecto poco agradable, papeles en el suelo, copas a medio tomar aquí y allí y ceniceros llenos en cada rincón. La mesa, a la que se había retirado los platos tras la cena, seguía vistiendo su mantel lleno de migas con las servilletas hechas bolas encima. El árbol de Navidad apagado parecía desangelado con la luz de la mañana que entraba por las rendijas de la ventana. Subió de un tirón la persiana y esa misma luz cegó sus ojos medio cerrados por la resaca. Se dejó caer en el sofá y maldijo las navidades. Se dijo, gruñendo, que era la último vez que celebraba algo por Navidad. Aunque en el fondo sabía que esto no era cierto. El año próximo se volvería a liar con una fiesta similar. Pondría el árbol de nuevo y cocinaría y recibiría en su casa a aquellos a los que quería, como todos los años. Era imposible abstraerse a la Navidad. Se levantó con esfuerzo y fue recogiendo las copas que encontraba en su camino. Se sentó en la mesa de la cocina. El olor del café que se había calentado y el runrún del lavavajillas lo dejaron en trance. De repente, la alarma del móvil sonó. Abrió el SMS y leyó: FELIZ NAVIDAD. Ni siquiera se molestó en leer el remitente. Sonrió. Había merecido la pena.

Muchas felicidades a todos.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Las esperas

Espera, que sólo el que espera vive. Pero teme el día en que se te conviertan en recuerdo las esperanzas.


Un, dos, tres pasos, miro el reloj, deshago lo andado, uno, dos y tres. Vuelvo a estar en el mismo lugar. La esfera del reloj brilla con la luz de la ciudad, el segundero va exasperantemente lento y el aire se me escapa de la boca en forma de suspiro. Me dedico a observar a la gente que viene y va. Por mero entretenimiento, pongo la oreja en una conversación ajena. Nada trascendental. Espero. Siempre me hace esperar. Espero y espero tantas cosas, pero hoy de momento, la espero a ella, que se retrasa. Me fastidia, pero sé que se me pasará cuando entre la muchedumbre reconozca su cara. Será como apagar un interruptor. Miro mi silueta reflejada en el cristal de una tienda. Coloco bien los cuellos de mi camisa y sigo esperando. Saco el móvil del bolsillo y lo miro con desgana. No ha llamado, ni me ha escrito para decir que no venía. Lo guardo. Miro el reloj, sólo un par de minutos desde la última vez. Sigo con la rutina, un, dos y tres pasos. Me paro, suspiro. Otros tres pasos. Levanto la vista y la veo venir, apresurada. Con el bolso resbalándose de su hombro, a paso rápido. Cruzamos las miradas, me sonríe y le devuelvo la sonrisa. Siento que toda la espera ha valido la pena.

Esperamos y esperamos. Esperamos a gente, a que ocurre un hecho concreto o simplemente a que pase algo que no saque de la rutina. Nos pasamos la vida de espera en espera. A veces aguardamos con temor a que se cumplan nuestros peores deseos y otras que vengan tiempos mejores. Miramos el futuro con esperanza o con incertidumbre, da igual, pero nos pasamos la mayor parte del tiempo esperando. Hombres y mujeres a la expectativa, por no saber que va a ocurrir. Siempre ha sido así y así seguirá para siempre hasta que no haya tiempo. Esclavos de un futuro que nadie puede conocer. Nos comemos las uñas en una inmensa sala de espera. ¿Dónde estará el tren? ¿Qué pasa que no viene? ¿Por qué no llama? Preguntas esperadas. Sea con la quietud de las estatuas o con nerviosismo, vivimos en un mundo esperante, expectante, espectador...

domingo, 26 de octubre de 2008

El tiempo cambiado

No hubo tiempo alguno en que no hubiese tiempo.

Estoy en 5 minutos, aunque esto no signifique nada, porque esos 5 minutos pueden ser 5 y parecer 5 horas o 5 siglos. Tic tac, tic tac, insoportable sonido que no cesa. No hay nada que pare el tiempo, sea una hora ligera o pesadas gotas de tiempo que caen lentamente. Días, horas, minutos, segundos, décimas o milésimas de segundo, todo en una irrefrenable cadena que no tiene fin. Ni la vida detiene el tiempo, porque nuestro tiempo puede acabar pero la vida sigue para el resto. El paso del tiempo nos envejece, oxida nuestras células y las va matando progresivamente, interesante milagro biológico, que se ha repetido de generación en generación y lo seguirá haciendo. Pasado, que guardamos en una caja de plomo dentro de nuestra cabeza, presente instantáneo que cuando lo procesamos ya no es presente y futuro que no llega. No hay flashbacks como en el cine, ni hay botón de pause. Nada detiene esta línea que como un raíl de tren sigue su viaje implacable. No quiero ni hacer referencia al llamado tiempo interior, que es solamente una patraña propia de filósofos y poetas. El tiempo real lo marca el reloj, da igual si es el único con el que contamos o si tenemos todo el tiempo del mundo. Su trabajo es hacer pasar el tiempo por su esfera y nada más, sin responsabilidades de ningún tipo.

Esta madrugada hemos cambiado en Europa al horario de invierno. Los días se hacen más cortos en pos del ahorro de energía o eso nos dicen. Es curioso como este día al año retrasamos sin ningún rubor una hora de nuestros relojes para darnos cuenta de que el tiempo no es nada, lo hemos inventado nosotros. Los relojes marcan la vertiginosa sucesión de segundos. 31.556.952 segundos al año. Una vida de 80 años son 2.524.556.160 segundos. Cifras sin sentido porque muchos segundos son desperdiciados, enviados al pasado como los desperdicios de la comida a la basura. Marcamos límites temporales, llevamos un horario, miramos el calendario para citas y aniversarios. Estamos condicionados por el tiempo y por más que queramos que pase rápido o lento, el tiempo no se detiene. Dueños o esclavos, todos, de este singular sistema.


Vídeo: lo mejor para dejar pasar los segundos es disfrutar de canciones como ésta: Just in time de Nina Simone, en directo, en The Village Gate de Nueva York (1961).

martes, 7 de octubre de 2008

Añoranza urbana

El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza.


Fui al casco viejo porque allí la ciudad seguiría siendo la misma, alejada de los edificios nuevos de las afueras. Siempre he preferido los centros de las ciudades, donde todo cambia más lentamente. Llovía como suele llover, a poco, calando constantemente la ropa. La piedra hacía resbalar la lluvia menuda. Allí el tiempo estaba tal como lo dejé, gente con paquetes y bolsas de un lado a otro, paraguas que se asomaban tímidamente por las calles. Esa era la ciudad que quería ver. Una sonrisa detrás de un té con limón me dio la bienvenida. Era consciente de la fecha, pero mi mente, que es traicionera, me transportó algunos años atrás, a momentos felices. Es curioso como vamos olvidando la rutina o los malos ratos, para quedarnos sólo con los recuerdos agradables. Hablamos y hablamos de todo un poco, de entonces y de ahora, de los cambios de la vida, de gente que probablemente no veremos nunca más. Hablamos y reímos, con ganas, sin el pesar de mirar los años pasados, sin malas caras. La recordaba igual, agradable, sencilla, con los cambios justos para demostrar que el tiempo había pasado, pero sin que nada fuera irreconocible. Luego dejó de llover y me despedí, sin drama, hasta pronto. Me despedí con esa infame manía mía de no calibrar bien lo que siento en el momento, por lo que siempre me quedo corto. Volví caminando por calles familiares. En una tienda vi un cartel que siempre me hizo gracia, seguía ahí después de todo. Sonreí. Volví a casa con esta última sonrisa.

Este fin de semana he estado de viaje. He vuelto a una ciudad que me trae muy buenos recuerdos... Mirad la foto y adivinadlo, si queréis saberlo. Es fácil. Admito apuestas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

El otoño

El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno.


Otoño de hojas caídas, de parques de caminos interminables, otoño melancólico, de luz mínima, de eternas parejas al contraluz. Otoño de tópicos, de castañas y nueces, de canciones tristes. Otoño de tímidos fríos, de lana en la piel. El otoño que cada año viene y viene con su eterno retorno, con sus tardes cortas, con su rutina, con su mirada perdida. Como las aves migratorias, cada año es lo mismo: el otoño reflexivo. Con recuerdo, buscas en tu mente viejas glorias, momentos que se quedaron entre las páginas de los álbumes de fotos o incluso respiras aliviado porque algo no se volvió a repetir. Vemos pasar, temerosos, las estaciones sin darnos cuenta que en ellas está la vida, que los niños tienen que crecer, que el otoño no es más que una estación de paso y que aún debemos esperar el destino.
El otoño siempre debería existir antes de un invierno. Nos hace pararnos y reflexionar en lo venidero, en que lo más duro está por venir. La sabia natura ha sabido hacerlo muy bien, las sorpresas desagradables lo son menos si estamos preparados. Pero los divinos humanos no siempre imitamos a la naturaleza y esto no siempre es así. Tenemos inviernos, todos los días, sin previo aviso, con lluvias o con sol. Esto es lo que debería preocupar, esto es justo lo que nos debe entristecer, no cuando aún no ha llegado, sino cuando ya está aquí. Si hay algo que el otoño me ha hecho aprender es que tanto los lamentos como las alegrías deben estar en su sitio, nunca antes. Mañana, día 22 de septiembre, a las 17:44 llega el otoño en el hemisferio norte. Una hora idónea para tomarse un buen café, sentarse y pensar.


domingo, 22 de junio de 2008

El verano

Uno no descubre tierras nuevas sin consentir perder la vista de la playa durante algún tiempo.

Leo la última frase de la página. Hojeo las siguientes con desgana y cierro el libro. Lo dejo a un lado y me tumbo por completo en la toalla. Cierro los ojos. El sol me hace ver extrañas figuras con los ojos cerrados. Los vuelvo a abrir. Observo los granos de arena, la larga fila infinita, unos encima de otros, apelotonados, que intentan invadir mi toalla. Si te fijas atentamente, cada grano es único, diferente al siguiente. Miro al ras mi mano y tres granos de arena en su dorso forman un triángulo, minúsculo, imperceptible. Me concentro en ellos como si fueran un pequeño acertijo. Oigo el rumor de las olas estrellándose contra la orilla. Me relaja. A veces, este sonido se interrumpe por los gritos de alegría de los niños jugando con la arena o la conversación musitada de una pareja cercana. Noto como el sol poderoso toca mi piel, la enrojece, la reactiva. Una sola nube blanca pasea por el cielo, completamente celeste. En mi frente, una gota de sudor rezuma y cae con estrépito sobre la toalla. Hace calor. De un salto me levanto y me dirijo decididamente hacia el mar. Uno, dos, tres, cuatro grandes pasos y sumerjo mi cuerpo en el agua. Abro los ojos, siempre abro los ojos bajo el agua. Ahí abajo no hay gritos playeros, ni tormentas de verano, ni incómodos sofocos, allí sólo hay calma, calma con sabor a sal.

Ayer, 21 de junio, a las 01:59, llegó el verano al hemisferio norte. Es la estación más larga del año. Dura 93 días y 15 horas. Disfrútenla porque se puede hacer muy corta. ¡Feliz verano!

Janis Joplin - Summertime
Directo en el Gröna Lund de Estocolmo en 1969.

miércoles, 23 de abril de 2008

Treinta

Cuando se tienen veinte años, uno cree haber resuelto el enigma del mundo; a los treinta reflexiona sobre él, y a los cuarenta descubre que es insoluble.


Me parece el colmo del narcisismo dedicar una entrada al cumpleaños de uno mismo, pero todos comprenderéis que la cifra es significativa y lo merece. 30, treinta, treinta años... siempre fue una fecha clave para mí, siempre me decía cuando llegue a los treinta haré o habré hecho tal cosa o seré de tal o cual manera y ese momento ha llegado irremediablemente. ¿Dónde está el paroximo que me tenía que entrar? ¿dónde las convulsiones? ¡Humm, no noto nada extraño! Citando a un gran amigo, tienes dos opciones ante este acontecimiento: deprimirse o celebrarlo y como los tratamientos contra la depresión son largos y las píldoras adictivas, es mejor celebrarlo. Aún no sé ni bien que voy a hacer pero voy a dedicar la semana completa a celebrarlo de forma especial. Hoy, exactamente, hace treinta años, 23 de abril, el Día del libro, nací yo. ¿Queda algo de ese niño? Supongo que mucho, la esencia, aunque los treinta te cargan de muchas cosas, buenas y malas, manías, anécdotas, recuerdos, amigos que se fueron, otros que vinieron, en definitiva, todo lo que me hace que yo sea así en este momento determinado. No quiero caer en el tan televisivo: No voy a cambiar o Sigo siendo el mismo, me repugna. Hoy puedo decir que nunca acerté con las predicciones que hice sobre los treinta, así que en lo sucesivo procuraré dejar la videncia amateur. Mientras tanto, sonrío a la vida, contento, treinta es una cifra bonita, me haré a la idea de ello, al menos.

Como parte de la celebración y para seguir con el narcisimo, me dedico un vídeo musical: Crime de Nawjajean. Is this a crime?