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jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

Gruta-azul-de-la-isla-de-Capri-Italia

Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

domingo, 17 de abril de 2011

Séraphine Louis

Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas.

Hojas, flores, ramas, rojo sangre. Sábanas mojadas tomando el sol junto al río, baldes llenos de agua con jabón, suelos de madera barridos. Velas encendidas con cera goteando. Pinceles sucios, aguarrás, pintura Ripolin de la droguería del pueblo, paletas, mejungues a medio secar, olor a barniz. La mirada de la Virgen es la única que te ve pintar. Voces. El apocalipsis. El fuego encendido para un té, las camisas planchadas y dobladas. Manzanas brillantes, hojarasca viva, flores que hablan, viento que susurra. La obra del Creador fundida en los lienzos. El barro, el líquen de un árbol, los trinos de los pájaros, la hierba. Las calles mojadas, los gritos, los ojos que te juzgan. Y más voces, y las rodillas peladas del frío y de fregar. Un pequeño trozo de carne y un vaso de vino peleón. Discretas ilusiones. Sencilla tú, Séraphine, como los arbustos, pero entrelazada y compleja como tus pinturas.

Séraphine Louis o Séraphine de Senlis (1864-1942) es una pintora francesa casi desconocida. Es representante de la pintura naïf de principios del siglo XX. Aunque esto es mucho decir para esta mujer de vida difícil e imaginación imparable. Huerfana con apenas un año, adolescencia en un convento, fue pastora y criada toda su vida. Pero tenía una pasión oculta: pintar. Fue descubierta por el marchante y coleccionista Wilhelm Uhde, cuando éste se refugió en Senlis en 1912, huyendo del caos de París. Por casualidad, Séraphine servía en la casa que alquiló Uhde, y también casualmente llegó a sus manos un pequeño bodegón de manzanas, que le asombró. Ahí comenzó la carrera pública de esta mujer, dentro del grupo de "primitivos modernos" o precursora del Art brut o arte marginal. El encuentro con Uhde despertó sus inquietudes artísticas, hasta entonces privadas y comenzó a pintar y a pintar hasta la demencia. Le expusieron y vendió algunas obras en París, una vez acabada la I Guerra Mundial, pero la Gran Depresión ahogó de nuevo esta fulgurante y breve carrera. El 25 de febrero de 1932, Séraphine, después de un altercado en Senlis, es ingresada en el asilo psiquiátrico de Clermont-de-L'Oise. Diágnóstico clínico: "Ideas delirantes con manía persecutoria, alucinaciones psicosensoriales y trastornos de la sensibilidad profunda." Nunca más pintó. Murió en la pobreza el 18 de diciembre de 1942. Fue enterrada en una fosa común.

Dije pintora casi desconocida, porque he visto una preciosa película biográfica de esta excepcional mujer (Séraphine, Martin Provost, 2008) y, como su mecenas, yo también la he descubierto ahora. Y aunque siempre me han parecido las naturalezas muertas un poco frías, no es el caso en la pintura de Séraphine Louis, llenas de color y de vida. Recomiendo la película y su obra. Y aprovecho, para, desde aquí, brindar este homenaje a los artistas autodidactas, que llenan con pasión cualquier vacío de educación formal. Bravo por ellos.


Imagen: Hojas (Séraphine Louis, 1928-1929) en la Colección Dina Vierny de París. Vídeo: Trailer de la película Séraphine (Martin Provost, 2008).

jueves, 27 de agosto de 2009

Cándido o el optimismo

Sólo por gusto, haced que cada pasajero os cuente su historia, y si hay uno que no haya maldecido su existencia, que no se haya dicho muchas veces a sí mismo que es el más desgraciado de los hombres, echadme al agua de cabeza.

El joven Cándido escuchaba atentamente al sabio Pangloss. Sus palabras tenían sentido: Estando todo hecho para un fin, todo lleva necesariamente hacia el fin mejor. En su interior, un optimismo vital brotaba. Vivía feliz en el castillo de Thunder-ten-tronck, en Westfalia, al amparo del barón. No podía existir un lugar más agraciado. Su corazón estaba lleno de amor hacia Cunegunda, la hija de su señor. No había razones para pensar que algo podía torcerse.
El viejo Cándido trabajaba en su huerto de Constantinopla. Era una labor dura pero satisfactoria. Cultivaba cidras y pistachos con los que se hacían deliciosos dulces. Parecía escuchar las palabras del sabio Pangloss que decían que el hombre no había nacido para el ocio. En su casa le esperaba Cunegunda, otrora doncella de encendidos colores y ahora mujer desdentada, calva y fea, aunque de sangre noble. Al acabar el día, fue recordando los muchos y crudos avatares de su vida: prisionero de los búlgaros, naufrago, superviviente del terremoto de Lisboa, azotado por la Inquisición, perseguido por los jesuitas guaraníes, invitado del señor de Eldorado, engañado por los holandeses de Surinam, timado en Francia y perdido en Venecia. Aunque finalmente encontró el sosiego en tierras turcas. Lo importante era, sin duda, el final.

El optimismo no tiene que ver con el mundo exterior. Podemos padecer sufrimientos, vivir guerras, hambrunas, injusticias, persecuciones pero nunca pensaremos que esa es la regla general. Ese optimismo elegido es interno, propio y decidido a creer que lo mejor está por llegar. Al menos esto es lo que pensaba Cándido (Voltaire, 1759) y por más desgracias que le acontecían, era animoso seguidor de la filosofía del optimismo de Pangloss, discípulo de Leibniz. Voltaire al final de su vida escribió este relato repleto de sátira y humor para condenar el optimismo iluso, el que cree que vivimos en el mejor de los mundos y que todo lo que ocurre tiene un final feliz. Un libro divertido, pero también un catálogo de los horrores que una persona podía vivir en el siglo XVIII. Reconforta, al menos, pensar que no vivimos en el peor de los mundos, tampoco en el mejor y que todo puede mejorar pero también empeorar. Las causas de todos los cambios son tan variadas que normalmente se escapan de nuestro conocimiento. No hay que vencerse al pesimismo, porque nos conduce a la amargura, pero tampoco dejarse seducir por el optimismo, salvo que queramos la vida del pobre Cándido.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Los juncos salvajes

No sabes como me pesa la juventud.


Érase una vez cuatro chavales desorientados en un pueblo de Francia. Érase una Francia embarcada en una guerra injusta, como son todas las guerras, donde había franceses patriotas y no patriotas. Érase una comunista asustadiza, una militante que no podía ser consecuente con sus principios fielmente asimilados. Érase un chico enamorado sin quererlo de otro chico. Sólo es cobarde el que no se acepta, aunque sea frente a un espejo de madrugada. Érase un soldado desertor que murió y se convirtió en un héroe nacional. Érase un hermano que quería emular a este soldado, pero finalmente él sí que desertó de su loca intención. Érase unos exámenes de graduación, que los convertirían en adultos, para siempre, por el mero hecho de aprobarlos. Érase una edad sin piedad, unos años que pesaban como el fluir de un río en agosto. Érase unos juncos a la vera de ese río, juncos salvajes, que afrontaban vientos arqueando sus tallos. Pequeños pero dignos, flexibles y resistentes. Los juncos salvajes pueden no importar a nadie pero siempre sobreviven.

Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994) es una película sobre la adolescencia y lo puñetera que esta edad es para los incautos muchachos. Porque sólo hay una manera posible para hacerse adulto: recibir palos; palos de la vida, de tus amigos, de tu país e incluso de ti mismo. Aprendemos a madurar a base de probar, comprobar, fallar y volver a intentarlo. Así se descubre el amor, los principios, el sexo, la fuerza y en general todo lo que merece la pena en la vida. Esta película trata un campo amplio de inquietudes juveniles centradas en un internado francés durante la sangrienta guerra de la independencia de Argelia. Más allá del tema, que a cada cual le puede recordar su propia biografía, Los juncos salvajes recrean muy fielmente una edad, que más allá de modas, es tristemente complicada. Además, la película se adorna con canciones pop francesas de los 60 y una ambientación muy sugerente.
No me resisto a poner aquí, para que podáis todos leerla, la fábula de La Fontaine, que en la película comentan en clase de literatura y de la que deriva el título.

El roble y el junco


El roble le dijo un día al junco:
Es normal que acuse a la Naturaleza
para usted un reyezuelo
es una carga pesada.
La menor brisa que arruga
la cara del agua
hace que la cabeza se le arquee.
Sin embargo mi tronco,
como el Cáucaso mismo,
no contento con detener los rayos del sol
es capaz de afrontar una tempestad.
Lo que para usted es un huracán,
para mí es una brisa.
Si creciera a la sombra del follaje
donde yo cubro a mis vecinos,
no tendría que sufrir,
le defendería de la tormenta,
pero nace en los húmedos bordes
del reino de los vientos.
La Naturaleza es injusta con usted.

Su compasión, respondió el junco,
nace de un buen sentimiento,
pero no se preocupe,
a mí los vientos no me abruman,
me inclino y no me rompo.
De momento, usted ha resistido
golpes tremendos
sin tener que doblar la espalda,
pero al final ya veremos.
Cuando dijo estas palabras,
del horizonte sopló con furia
el más terrible viento
que el Norte hubiera llevado
jamás hasta allí.
El roble se mantuvo erguido,
el junco se inclinó,
el viento redobló sus esfuerzos
y arrancó de raíz
aquél que del cielo
estaba mucho más cerca
y cuyos pies se hundían en la tierra.

Fábulas (Jean de La Fontaine, 1668)


sábado, 11 de octubre de 2008

Los premios literarios

Todos los premios literarios son una suerte, dan tiempo y suponen una motivación.



Y se ha distinguido con el Nobel de Literatura de 2008, a Jean-Marie Le Clézio, escritor francés [...] La correcta pronunciación francesa de la presentadora del informativo me hizo gracia. Le Clézio, me suena, veamos. Me dirigí a la estantería y como no uso ningún orden en la colocación de mis libros, empecé a pasear frente a ella. Hummm, me suena, me suena, Le Clézio, pero fue inútil. A veces parece que los libros se me esconden y no quieren ser encontrados. Derrotado, desistí y me marché a cualquier otro lugar. Pero éstas son las típicas tonterías que, si me ocurren, me ocupan la cabeza todo el día y hasta que no lo soluciono, no me quedo tranquilo. A las dos horas volví, totalmente decidido a encontrar el libro, pero diez minutos después acabé harto de revolver y con el firme propósito de ordenar de alguna manera este caos. Finalmente, me olvidé del Nobel. Pero esa noche, una vez metido en la cama, se me encendió la bombilla. Me levanté de un brinco, encendí apresuradamente la luz y fue directo a una pila de libros que tengo sobre un mueble, de los que nunca sé donde poner. Allí estaba: Diego y Frida (J. M. G. Le Clézio, 1993), lo compré en Madrid hace como 3 años... Volví a la cama con una satisfacción tan grande como si el premio Nobel me lo hubieran concedido a mí.

Los premios literarios son de dos tipos: los que premian a una obra, que aún está en el mercado y por lo tanto sirven como reclamo publicitario para los posibles compradores y los que se conceden al conjunto de una obra, como el premio Nobel. Si todo el mundo reconoce los motivos de los primeros, es más difícil con los segundos, porque ¿cuál es la razón de premiar a estos escritores? Me imagino a los miembros del comité de selección del Nobel, o del Cervantes, o del premio Príncipe de Asturias de las Letras discutiendo: este año le toca a una mujer, que no, que a un francés, pero a ese no, que llevamos a muchos novelistas seguidos... En fin, hablarán de todo menos de libros. Este tipo de premios institucionalizan un nombre y lo hacen conocido internacionalmente, creo que esa es su función principal, más allá de agradecer su contribución a la cultura a una determinada persona o a un movimiento literario. Es curioso, como de repente, se añaden a sus apellidos, un apelativo extra: el de Nobel y como por arte de magia se convierten en objeto de deseo de medios de comunicaciones, universidades, círculos literarios y editoriales.

No me resistía a poner esta magnífica foto de Henri Cartier-Bresson de 1965, donde retrata en París a Le Clézio y a su esposa, como la pareja perfecta de jóvenes intelectuales, existencialistas y sesenteros.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Las muñecas rusas

Recordé todas las chicas que había conocido, con las que me había acostado o las que sólo había deseado… Pensé que eran como muñecas rusas. Te pasas la vida entera jugando a eso. Te mueres por saber cual será la ultima, la más diminuta, oculta dentro de todas las demás. No la puedes coger directamente, tienes que evolucionar. Hay que ir abriéndolas una tras otra preguntándote cada vez: ¿será ésta la ultima?


Es difícil saber que es lo que se debe hacer. Si te dejas llevar por la manada, corres el riesgo de verte en un lugar incómodo, haciendo algo que en la vida hubieras dicho que harías. Con las relaciones pasa lo mismo, uno nunca sabe. Se debe huir del bienintencionado consejo ajeno, pero a veces es más sencillo que te susurren la solución a tener que buscarla por ti mismo. Además solemos buscar un prototipo, creado en nuestra mente, que difícilmente se encuentra sobre la Tierra. Esta es el primer problema. Queremos hallar una especie de Frankenstein, hecho de retazos de diferentes cualidades que creemos inmejorables, pero que nunca se darán en una única persona. Luego existen otros ingredientes que no podemos olvidar, como nuestra propia receptividad en un momento dado o incluso el simple hecho de ver que es lo que hay delante de tus ojos. Parece una tontería, pero a veces, las pistas dejan de serlo para convertirse en evidencias y aún así seguimos ciegos. Con todos estos obstáculos, hablar de parasiempres nos hace sentir un escalofrío que recorre cada músculo de nuestro cuerpo. Es lógica esta inseguridad cuando conocemos a alguien. ¿Es la persona definitiva? ¿Hemos concluido la búsqueda? ¿Es la última muñeca rusa?

Xavier (Romain Duris) vive en el caos. A su alrededor, las cosas tampoco pintan bien para casi nadie. A pesar de que ha cumplido su sueño de ser escritor, malgasta su talento en guiones malos para la televisión, pequeños artículos o como negro para biografías de famosos. Sentimentalmente tampoco anda mejor, ninguna historia le dura. Una chica tras otra, ve como la estabilidad es imposible. ¿Cuál es el problema? Camino de los 30, comienza a planteárselo todo. Lo que antes eran firmes decisiones, ahora pueden ser estrepitosos errores. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Será esta nueva chica la relación definitiva? ¿o ésta está detrás de alguien que conozco muy bien? Preguntas y más preguntas de difícil solución.

Y es que nadie dijo que vivir sería fácil. Las relaciones flotan en un mar donde nadie habla el mismo idioma. Luchamos contra nuestros propios defectos, nuestro egoísmo, nuestra incomprensión, por no hablar de la gente que no rodea. Se supone que llegar a la madurez implica compromiso, equilibrio, solidez... pero nada de esto es posible, por temor a la rutina. Aceptamos con desgana el desorden pero no queremos vernos viviendo la vida de nuestros padres. Los días pasan como balas y pocas cosas mejoran. Pero hay que despertar, los príncipes y las princesas sólo existen en los cuentos de hadas y que yo sepa, no estamos viviendo en un castillo.


Escena de Las muñecas rusas en la que Martine (Audrey Tautou) le explica a su hijo su particular cuento de hadas.

domingo, 11 de mayo de 2008

El Mayo de la libertad

Después de lo que hemos vivido durante este mes, ni el mundo, ni la vida volverán a ser como eran.

Daniel Cohn-Bendit (junio de 1968)

En la plaza de La Sorbona, los jóvenes se congregan todos los días. La asamblea revolucionaria corea sus consignas: la revolución es necesaria, la imaginación al poder. La utopía sobrevuela la plaza, tocando las cabezas de cada uno de los estudiantes: todo es posible. Los objetivos son infinitos, las reivindicaciones múltiples: necesitamos abolir el autoritarismo, el aburrimiento es contrarrevolucionario, dejen salir a los borregos de sus rediles, seamos realistas, pidamos lo imposible. La utopía se extiende como una mancha de aceite, la Universidad, las calles del Barrio Latino, las fábricas, los intelectuales, el país entero... Mientras en otro lugar de París, el viejo general mira cansado al cielo y se lamenta, esta Francia no es la misma que liberamos de la Guerra. Eso no lo puede evitar ni él, ni nadie. Las ansias de cambio llegan tarde para el general. Los estudiantes, los sindicatos, el Partido Comunista, los anarquistas van tomando la ciudad, las barricadas vuelven a asentarse en la vieja París. Las estructuras comienzan a crujir, no son posibles los parches, están podridas. La policía carga contra el sueño, pero nadie deja de soñar. Pueden detener a Dany el Rojo, a los 8 líderes estudiantiles, a los 30.000 de Nanterre, al pueblo entero pero el Arco del Triunfo es suyo, rojo, rojinegro o de cualquier color. La chispa ya está encendida. Saca del suelo los adoquines, lánzalos, defiende tus ideales, bajo ellos está la playa, ancha y extensa, buena para todos. Luego llegó el tiempo de la decepción, de las traiciones, del fracaso, pero hubo un Mayo de la libertad, en 1968, en que las personas gritaron y lucharon por el cambio.

Han pasado 40 años, los ideales se han olvidado, de aquel Mayo sólo queda la nostalgia y el recuerdo. Aún se discute sobre si fue un fracaso absoluto o nuestra sociedad es heredera del 68. ¿Todo sigue igual desde entonces? Claramente, no. Algunos problemas siguen sin solución hoy, otros han cambiado de lugar o de gravedad y han nacido nuevos. Pero lo más importante, ¿se ha perdido el espíritu de lucha? De vez en cuando resurgen destellos de lucha ciudadana, como contra la guerra, esa misma y cruel guerra que sigue azotando el mundo sea en Vietnam o en Iraq o contra las injusticias, contra las dictaduras que permiten que el pueblo muera de hambre, contra la represión, contra la violencia... Pero los engranajes están oxidados y verdaderamente cuesta moverlos. Aún quedan adoquines en la calles, suelo contra en que se estampa la sangre y las ilusiones de los inocentes, pero debemos pensar que la arena de playa también siguen intacta ahí abajo, lista para que la destapemos.

sábado, 26 de abril de 2008

Bajo el mar de celofán

Soy tu vecino y un mentiroso. Por cierto, ¿tienes el número de Zoé?

La ciencia del sueño (Michel Gondry, 2006)

Los barcos de papel navegan en aguas de celofán azul en los sueños. Con envoltorios blancos de caramelo se encrespan perfectamente las olas. Montas sobre un caballo de trapo, pero sólo en los sueños. En la vida, tienes un trabajo aburrido, pegando nombres en los encabezados de los calendarios, tienes compañeros pesados y un jefe incapaz para el arte. En los sueños, la vecina de al lado cabalga a lomos de tu propia fantasía, aunque seas incapaz de revelarle que no eres el chico de la mudanza sino que vives a sólo unos metros de su puerta. Programas tu propia cadena de televisión con lo que quieres ver y contar, pero cuando despiertas nada es como te gustaría, ni tu vecina te quiere, ni tu madre cree en ti y ni siquiera puedes hablar correctamente francés. ¿Y si unieras la vida real y los sueños? ¿No son lo mismo en realidad? Los sueños forman parte de la vida aunque la gente se resista a entenderlo. Sin embargo, los sueños no tienen buena prensa, eres un bobalicón si los tienes y ninguna vecina quiere a un hombre en las nubes (de algodón). Pueden llegar a ser frustrante pero tampoco puedes evitarlos.

La ciencia del sueño (Michel Gondry, 2006) es la soñada historia de Stéphane Miroux (Gael García Bernal), que vuelve a la casa donde vivió de niño en París cuando muere su padre. Por casualidad, conoce a Stéphanie (Charlotte Gainsbourg), su vecina, que lo confunde con un empleado de mudanzas. Stéphane es tan tímido que no puede sacarla de su error. Sólo en sus sueños se siente libre. Pero la realidad es algo más difícil, trabajando en un lugar que no le gusta, en una ciudad que desconoce e intentando seducir, sin éxito, a Stéphanie.
Después de sorprenderme con ¡Olvídate de mí! (2004), Gondry no me decepciona en absoluto. Expone de nuevo la dificultad de la vida moderna, las relaciones personales y el amor. Con un hermoso ejercicio visual, recrea el surrealista mundo soñado por Stéphane. Bajo un calado del humor y con dichas sugerentes escenas a propósito de los sueños, el director evita quedarse en la superficie del celofán y le da una especial profundidad de contenido a la película. ¿Son incompatibles los sueños con la vida? ¿Qué ocurre si un hombre es tan especial que sólo él conoce su mundo? ¿Cabe alguien más en éste?

lunes, 25 de febrero de 2008

La vida en rosa

Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose.



En el duermevela he escuchado esta preciosa canción en el Kodak Theatre muchas veces esta madrugada como símbolo casi infalible de haber sido una gala de los Oscars muy europea. Que Hollywood siempre ha mirado a Europa como granero de talentos es de todos conocido, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Marlene Dietrich son algunos de los muchos ejemplos de intérpretes europeos ya incluidos en el imaginario de las estrellas hollywoodienses. Y la gala de los Oscars 2008 ha destacado por esa curiosidad, los premios de interpretación no han sido para ningún estadounidense: un irlandés y un español, una francesa y una inglesa en su palmarés. Lo cual para mí es doblemente meritorio. Hollywood sabe como nadie que necesita caras nuevas para su ingente producción y cuando no las encuentra en casa, debe recurrir a exportarlas. No voy a hablar más de la pica en Flandes del Oscar de Bardem porque hoy ya se han encargado los medios de comunicación de contárnoslo. Me parece muy merecido y además estaba en la película adecuada en el momento adecuado, lo cual es una ayuda inestimable. Muchos lo daban por hecho pero hasta que no se palpa lo dorado en las manos, supongo, que no se cree. Si premiar a un español es algo excepcional no lo es en el caso de Daniel Day-Lewis y Tilda Swinton, porque sí es habitual para irlandeses y británicos acceder a estos premios debido al idioma. En cualquier caso, él era el favorito por derecho propio y en cuanto a ella, fue una sorpresa para casi todos (incluso para mí, aunque quería que ganara). La propia Swinton se veía sobrepasada por el momento y subió al escenario con una cara de interrogante. Ambos justos ganadores. Y para finalizar, la categoría más abierta era la de mejor actriz protagonista que finalmente obtuvo Marion Cotillard. Aplausos, muchos aplausos por el valor de la Academia de Hollywood por premiar una interpretación en francés. Fuera de la máscara de Édith Piaf, Marion es un bellezón y me cautivaron esas manos tapándose la boca de asombro al escuchar su nombre para subir al escenario. Hoy, me quedo con ella, escuchando a Piaf, olvidándome del negro que suele vestir a la vida, para sumirme en esos ojos emocionados por los que hoy verá la vida en rosa.

miércoles, 20 de febrero de 2008

M.D. y ese amor

No podiamos dejarnos. Yo no podía dejarla. Ella no podía dejarme. Estabamos siempre a punto de hacerlo. Dejarnos.

Ese amor (Yann Andréa, 1999).


1999, Yann Andréa pasea con timidez por el cementerio de Montparnasse, no le gusta, le da pudor estar allí pero también sabe que es lugar donde más cerca está de ella, ella que ya no es ella, sino un cuerpo sin vida. Ahora ya no se siente como una mierda, como cuando ella le dejó, ha vuelto a París, a su habitación sobre el Café de Flore. Pensaba traer tres macetas de flores amarillas pero decidió que es mejor la dignidad de la lápida desnuda, con su nombre inscrito, el nombre que no se atrevía a pronunciar en vida de ella: Marguerite Duras. Pero su historia comenzó ya hace muchos años, en el verano de 1980. Incluso 5 años antes, Jean-Baptiste Lemée, joven estudiante de Filosofía, un día lee Los caballitos de Tarquinia y queda alucinado con Duras, entonces se convierte en lo que él llama el lector absoluto, es decir, decide únicamente leer a la escritora. 1975, durante la promoción de su película India song, Duras hace un cine forum en Caen, donde Lemée estudia. Ahí se conocen. Él lleva un libro, como tantos otros, para ser firmado y le dice: "Quisiera escribirle". Ella le da su dirección en París y comienza por su parte una serie interminable de cartas, notas, pequeños poemas que no reciben respuesta. En el verano de 1980, por sorpresa, Duras le escribe: "Venga a Trouville, no es lejos de Caen". Se presenta allí sin dinero para el billete de vuelta. Él tenía 27 y ella 65 años. Se hablaban siempre de usted. Ya no se separarán hasta la muerte de la escritora en 1996.

"Es imposible vivir conmigo, con un escritor, es imposible, lo sé" decía Duras pero Yann Andréa lo consiguió, pasando por una relación tortuosa y pasional. Tuvieron que lidiar el alcoholismo de la escritora y su absoluta dedicación a las letras: "Yo soy la escritura". Él se vació, se convirtió en una horma maleable para ser moldeado por ella, incluso le bautizó: Yann Andréa. No fue fácil, la escritora es compleja y tiene mal carácter, le hace pasar noches a la intemperie después de un arrebato de furia, le reprocha que sea un mantenido y lo echa. A la mañana siguiente lo busca suave como un guante: "Olvídese de su persona, carece de toda importancia. No hay que creerse un héroe. Usted no es nada. Eso es lo que me gusta. Siga así. No cambie. Siga así. Leeremos juntos". Este tipo de escenas se repiten hasta la saciedad.

El 3 de marzo de 1996, Marguerite Duras muere en su apartamento de la calle Benoît acompañada de su fiel Yann. Comienza el infierno para él, se encierra, bebe, come y fuma sin control, piensa en suicidarse tirándose al Sena, deja de afeitarse, engorda veinte kilos, durante dos años apenas sale, no soporta la luz ni la compañía de nadie. Duras murió pero en su muerte se llevó parte de él. Recuerda el consejo que le dio: "Yann, escriba". El 31 de julio de 1998 decide terminar su encierro, vuelve a su ciudad natal, se recupera y con los ánimos renovados regresa a París y escribe Ese amor en apenas dos meses: "Tecleo como un loco una larga carta. Cada mañana, una carta a alguien que se llama así: M.D.". Utiliza el característico estilo Duras, frases cortas, contundentes, llenas de significado. Por fin puede visitar su tumba, que por aquel momento ya es una atracción turística más de los cementerios de París.

Como ya anunciaba en la primera entrada no podía resistirme a dejar de hablar de una historia de amor muy especial. Después de leer Yann Andrea Steiner en que Marguerite Duras contaba la historia (ficcionada) de su último amor, Yann Andréa, mi curiosidad me llevó con los ojos cerrados a Ese amor, carta de amor-réplica ante la tumba de la escritora francesa.

jueves, 14 de febrero de 2008

Capri se acabó

Capri c'est fini et dire que c'était la ville de mon premier amour.


Bueno, creo que mi primera entrada del blog debe ser de presentación. ¿Qué es Capri c'est fini y porque lo he elegido como alias aquí? Todo tiene una historia, casi siempre hecha de pequeños detalles que son los que pueblan la vida y que la enriquecen. Últimamente en mi vida están pasando muchas cosas, por lo que ando revuelto, 2008 ha supuesto para mí un cambio de dirección, muchos cosas se han quedado atrás, sueños, anhelos, esperanzas... y he decidido que me toca buscar recambios nuevos. Capri se acabó pero el futuro está por comenzar (me digo una y otra vez). En primer lugar Capri c'est fini es una canción de Hervé Vilard de 1965. Los años sesenta fueron la época dorada de las canciones melódicas francesas y ésta es una de ellas. Como casi todas las canciones de este estilo es tremendamente nostálgica y sugestiva (¿será el idioma?). Recuerdan a otoño, a playas desiertas, a paseos interminables... ¿Cómo di con esta canción? Obviamente por edad no me conozco todo el repertorio sesentero y ésta a pesar de que fue un éxito en su época, tampoco la conocía. Me dio la pista un libro que estaba leyendo de la gran Marguerite Duras. Se titula Yann Andréa Steiner y trata del descubrimiento del que sería el último gran amor de la escritora francesa: Yann Andréa. Esta es una romance tan interesante que se merece una entrada propia en el blog. Pues, el libro citaba en varias ocasiones esta canción como banda sonora de ese amor inesperado. Y tiene su sentido: Capri, la soleada mítica isla italiana es el escenario ideal del primer amor de cualquiera, cielos radiantes, puestas de sol... pero una vez que pasa ese primer amor hemos de buscarnos lugares nuevos para encontrar nuevos amores. Puede que no tan idílicos pero igualmente necesarios. Por eso Capri se acabó, c'est fini, con cierto regusto amargo pero mirando al futuro esperando nuevas ilusiones.

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Marguerite Duras. Yann Andréa Steiner.


Este pequeño texto es tremendamente explicativo para mí, plasma en sabias palabras un estado de ánimo (conocido de sobra) que se resume en que sin dejarse abandonar por la nostalgia pone los ojos temerosos hacia un futuro algo incierto, aunque ilusionante.

Dejo el video de la canción original para que los que no la conozcan la descubran como lo hice yo. Además no tiene desperdicio la estética.