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domingo, 17 de mayo de 2009

Eurovisión 2009

I'm in love, with a fairytale
even though it hurts.

Fairytale (Alexander Rybak, 2009)

Se acabó la fiesta, se apagaron las luces, las voces. Moscú se quedó en silencio. Los fuegos de artificio, las lentejuelas, los gritos, las banderas pasaron. Ya forman parte del recuerdo. Un año más. Esta vez, unánimemente, se eligió al ganador, Alexander Rybak, que representaba a Noruega. Quizá sea la hora de la reflexión, del análisis de las votaciones, de arañar el significado de cada voto, pero creo que una vez pasado todo el festival, todo lo que se pueda decir es inútil. Podremos decir lo que queramos, pero finalmente si entramos en el juego, después no podemos quejarnos del resultado. Eurovisión reúne un poco de todo cada año siempre dando una vuelta de tuerca para no aburrir a nadie. Así que, hubo música, espectáculo, vecinismo, votaciones justas e injustas, como cada edición y emoción, aunque quizá este año menos ante la aplastante rotundidad del ganador noruego. Así es el juego, un divertimento para pasar una noche divertida, oyendo canciones y artistas que jamás hubieran traspasado sus fronteras de no existir este concurso musical. Pero claro está que en Eurovisión sólo una canción gana y el resto son perdedoras, clasificadas mejor o peor, para el que le importe eso. Al menos oficialmente así es, porque la música tiene el enorme mérito de tocarnos a cada uno de una manera diferente. Así cada cual tiene su propio ganador, sin premios, ni trofeos, nada más que simples baratijas que no tienen valor alguno. No queda más que dar la enhorabuena al campeón y a seguir viviendo y escuchando.

lunes, 23 de febrero de 2009

La cara y la cruz de Penélope

Todas las experiencias son positivas. Si no hay sombras, no puede haber luz.


Finalmente no anduve muy desencaminado con las predicciones (me estoy replanteándome quitar el polvo a la bola de cristal). Sólo me falló el premio al mejor actor, con el que tenía más duda. No aposté por Sean Penn, porque pensé que pesaría que ya tenía un Oscar, pero finalmente no ha sido así. Como el año pasado, los premios más importantes (con la excepción de Penn) se han repartido a no-estadounidenses. Hollywood no barre últimamente para casa y demuestra que los nacionales deben ponerse las pilas ante tanto talento extranjero. Si algo caracteriza la Meca del cine es saber importar lo más destacado del resto del mundo bien sea un historia en el corazón de la India o un romance en la postguerra alemana.
En cuanto a la protagonista de la noche, al menos en España, ya se encargarán los medios de comunicación de desmenuzar todos los detalles más o menos preparados que una gala así tiene. Como advertía en las predicciones, no me gusta Penélope Cruz, ni antes ni ahora. Creo que algunos actores van a escuelas de interpretación para conocer las herramientas del oficio y otros, como es este caso, van mejorando su trabajo por el mero hecho de aparecer en una y otra película. Creo que la Penélope oscarizada no es ni de lejos la Penélope de Jamón, jamón (Bigas Luna, 1992) y aún le quedan muchos años de carrera para ir perfeccionándose. No me entusiasmó mucho Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2009), y el papel de María Elena, como artista temperamental y mujer pasional me parece un cliché de la visión romántica de un americano en España. Pero los Oscars son otra cosa, hay siempre deudas que saldar, intereses comerciales y ganas de premiar a algunos con la sola nominación y a otros con el premio. No voy a discutir la valía de Penélope Cruz a estas alturas, ni la justicia de este premio, porque los premios no son discutibles, son lo que son y los tomas o los dejas. Si lo pienso fríamente (es decir, desligado de esas reacciones tan pasionales como buen español) incluso estoy contento (¿suena contradictorio?). A partir de ahora comenzará a escucharse en los trailers aquello de "... la ganadora de un Oscar, Penélope Cruz" y me sonreiré satisfecho.

sábado, 11 de octubre de 2008

Los premios literarios

Todos los premios literarios son una suerte, dan tiempo y suponen una motivación.



Y se ha distinguido con el Nobel de Literatura de 2008, a Jean-Marie Le Clézio, escritor francés [...] La correcta pronunciación francesa de la presentadora del informativo me hizo gracia. Le Clézio, me suena, veamos. Me dirigí a la estantería y como no uso ningún orden en la colocación de mis libros, empecé a pasear frente a ella. Hummm, me suena, me suena, Le Clézio, pero fue inútil. A veces parece que los libros se me esconden y no quieren ser encontrados. Derrotado, desistí y me marché a cualquier otro lugar. Pero éstas son las típicas tonterías que, si me ocurren, me ocupan la cabeza todo el día y hasta que no lo soluciono, no me quedo tranquilo. A las dos horas volví, totalmente decidido a encontrar el libro, pero diez minutos después acabé harto de revolver y con el firme propósito de ordenar de alguna manera este caos. Finalmente, me olvidé del Nobel. Pero esa noche, una vez metido en la cama, se me encendió la bombilla. Me levanté de un brinco, encendí apresuradamente la luz y fue directo a una pila de libros que tengo sobre un mueble, de los que nunca sé donde poner. Allí estaba: Diego y Frida (J. M. G. Le Clézio, 1993), lo compré en Madrid hace como 3 años... Volví a la cama con una satisfacción tan grande como si el premio Nobel me lo hubieran concedido a mí.

Los premios literarios son de dos tipos: los que premian a una obra, que aún está en el mercado y por lo tanto sirven como reclamo publicitario para los posibles compradores y los que se conceden al conjunto de una obra, como el premio Nobel. Si todo el mundo reconoce los motivos de los primeros, es más difícil con los segundos, porque ¿cuál es la razón de premiar a estos escritores? Me imagino a los miembros del comité de selección del Nobel, o del Cervantes, o del premio Príncipe de Asturias de las Letras discutiendo: este año le toca a una mujer, que no, que a un francés, pero a ese no, que llevamos a muchos novelistas seguidos... En fin, hablarán de todo menos de libros. Este tipo de premios institucionalizan un nombre y lo hacen conocido internacionalmente, creo que esa es su función principal, más allá de agradecer su contribución a la cultura a una determinada persona o a un movimiento literario. Es curioso, como de repente, se añaden a sus apellidos, un apelativo extra: el de Nobel y como por arte de magia se convierten en objeto de deseo de medios de comunicaciones, universidades, círculos literarios y editoriales.

No me resistía a poner esta magnífica foto de Henri Cartier-Bresson de 1965, donde retrata en París a Le Clézio y a su esposa, como la pareja perfecta de jóvenes intelectuales, existencialistas y sesenteros.

miércoles, 2 de julio de 2008

Euforia

Nada es tan contagioso como el entusiasmo.


Gritos, saltos, carreras desenfrenadas, abrazos, estalla la euforia. La gente se va arremolinando en plazas hasta formar una muchedumbre amorfa, los coches pasan vociferando y tocando el claxon. Se va creando una hermandad espontánea entre perfectos desconocidos. Banderas al aire, o brazos en alto, botellas de las que todos beben. Es el tiempo de desfasar, de hacer lo que nunca habías hecho, se asaltan las fuentes, se corean nombres, se aúlla en la madrugada. Es curioso ver a la euforia actuar, ver cómo se va contagiando, cómo pasa de media sonrisa a sonora carcajada. Necesitamos la euforia de vez en cuando, necesitamos pensar que no habrá un mañana y que somos dueños de la noche. También somos conscientes que esa euforia es corta y algo estúpida, pero no podemos dejar de participar. El entusiasmo es gratuito y no se presenta muy a menudo en esta sociedad gris y rutinaria, por eso salimos a festejarlo sin pensar. Hay varias razones para que salte algo así, aunque quizá la razón es lo de menos, porque por unas horas la razón está fuera de juego. Lo importante es que las personas excepcionalmente se ven invadidas por la felicidad, sonríen, se abrazan, se besan y eso en sí mismo, ya es un espectáculo. Cuando vuelve a salir el sol, la vida se retoma, los autobuses siguen su ruta, los trabajadores caminan como zombies y la euforia es recogida por el servicio de limpieza municipal.

No soy muy futbolero, pero es imposible abstraerse a un estallido de alegría como el del domingo, cuando la selección de fútbol de España ganó la Eurocopa. Participé como uno más, con los ojos bien abiertos, observándolo todo. Hoy cuando ya ese momento es historia, me ha parecido interesante evocar las horas en que la gente salió a la calle a celebrarlo. Cada gesto, cada grito histérico, cada banderola al viento merece un análisis en sí mismo. Se necesitan momentos así para comprobar que no todo está perdido, que el ser humano de las ciudades no ha cambiado el corazón por un piedra que late, que seguimos vivos a pesar de todo. Fue por el fútbol, pero no sólo por eso, también fue por esquivar la rutina, por dar un toque de color (rojo esta vez) a las grises vidas que llevamos, por saltarnos una noche el protocolo y por enloquecer. Lo merecemos de vez en cuando.

domingo, 25 de mayo de 2008

Eurovisión 2008: la Gran Madre Rusia

Cause I’ve got something to believe in

Believe (Dima Bilan, 2008)

Ganó Rusia. La Gran Madre Rusia, aunando a sus hijos sobre su regazo, se llevó el premio. Lo decían muchos y se cumplió, no era casualidad que Rusia llevara algunos años rozando el primer puesto. Iba con toda su artillería para arrasar en Europa. Los más críticos dirán que votan siempre a los mismos, pero en ese caso saldría siempre el mismo ganador y cada año es uno distinto (por ahora). Eso sí, se cumple las pautas, los diez primeros puestos con distinto orden se reparten la clasificación y los países de Europa Occidental no tienen nada que rascar y tienen su Eurovisión propia para eludir el último puesto. Cosas de vecinismo geográfico, la afinidad cultural o vete tú a saber. Hablando de canciones, ha habido de todo, las clásicas baladas un poco ñoñas, las chicas cañonazos contorsionándose como lagartijas con sus lentejuelas, los bailecitos imposibles, los raros, la cuota hortera... Me divierte todo eso, unido como un guiso, aunque claro está, sólo para comer una vez al año. Las canciones de esta Eurovisión han muerto la noche de la final pero cumplieron su función efímera de entretener por un día. En 2009, vendrán más y ocurrirá un poco de lo mismo, siempre con alguna sorpresa para que el espectáculo no decaiga. Pero así es el juego y el sábado desde el Kremlin, Putin se habrá sentido por un momento el zar de todas las Rusias con Europa rendida a sus pies. Ya me hubiera gustado a mí verle la cara de satisfacción en ese momento.

lunes, 25 de febrero de 2008

La vida en rosa

Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose.



En el duermevela he escuchado esta preciosa canción en el Kodak Theatre muchas veces esta madrugada como símbolo casi infalible de haber sido una gala de los Oscars muy europea. Que Hollywood siempre ha mirado a Europa como granero de talentos es de todos conocido, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Marlene Dietrich son algunos de los muchos ejemplos de intérpretes europeos ya incluidos en el imaginario de las estrellas hollywoodienses. Y la gala de los Oscars 2008 ha destacado por esa curiosidad, los premios de interpretación no han sido para ningún estadounidense: un irlandés y un español, una francesa y una inglesa en su palmarés. Lo cual para mí es doblemente meritorio. Hollywood sabe como nadie que necesita caras nuevas para su ingente producción y cuando no las encuentra en casa, debe recurrir a exportarlas. No voy a hablar más de la pica en Flandes del Oscar de Bardem porque hoy ya se han encargado los medios de comunicación de contárnoslo. Me parece muy merecido y además estaba en la película adecuada en el momento adecuado, lo cual es una ayuda inestimable. Muchos lo daban por hecho pero hasta que no se palpa lo dorado en las manos, supongo, que no se cree. Si premiar a un español es algo excepcional no lo es en el caso de Daniel Day-Lewis y Tilda Swinton, porque sí es habitual para irlandeses y británicos acceder a estos premios debido al idioma. En cualquier caso, él era el favorito por derecho propio y en cuanto a ella, fue una sorpresa para casi todos (incluso para mí, aunque quería que ganara). La propia Swinton se veía sobrepasada por el momento y subió al escenario con una cara de interrogante. Ambos justos ganadores. Y para finalizar, la categoría más abierta era la de mejor actriz protagonista que finalmente obtuvo Marion Cotillard. Aplausos, muchos aplausos por el valor de la Academia de Hollywood por premiar una interpretación en francés. Fuera de la máscara de Édith Piaf, Marion es un bellezón y me cautivaron esas manos tapándose la boca de asombro al escuchar su nombre para subir al escenario. Hoy, me quedo con ella, escuchando a Piaf, olvidándome del negro que suele vestir a la vida, para sumirme en esos ojos emocionados por los que hoy verá la vida en rosa.