Mostrando entradas con la etiqueta Vidas asombrosas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vidas asombrosas. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de mayo de 2011

Madame Mao

Yo era el perro enojado de Mao. A quien él dijese que había que morder, yo le mordía.

Jiang Qing

Madame Mao

La noche antes del juicio pensó en Mao. Sabía que el día siguiente iba a ser muy duro. Conocía el sistema mejor que nadie. Retransmitirían el juicio a toda la nación para que la humillación fuese mayor y el castigo asustara a todo el pueblo. Así sabrían de lo que es capaz la Gran República Popular. ¿Contrarrevolucionaria? Aún no lo podía creer. Ella había sido alabada como madre de la Revolución Cultural, el apoyo de Mao, la cara visible de las mujeres chinas. Hoy, sin embargo, todo ha cambiado. La nueva China que diseñamos no se parecía a ésta. El comunismo ya no lucía en los carteles exhortando a los ciudadanos. Ahora sólo se usa cínicamente el retrato oficial de Mao, cuando todos sus sucesores han traicionado su espíritu. Pensó en el aburguesamiento de los actuales líderes, en el ansia de poder, en los años dorados, pero nada de eso podía salvarla ya. No se decidía en si defenderse fieramente o adoptar un profundo silencio, resignándose a un castigo ya dictado de antemano. La Revolución Cultural había fracasado, el Gran Salto Adelante se había convertido en un nuevo paso atrás. Ahora su vida no valía nada. Estaba preparada.

Jiang Qing fue la cuarta y última esposa de Mao Zedong. Encarnó el ideal de mujer maoísta y fue líder e ideóloga de la Revolución Cultural China. Era la compañera perfecta y la camarada leal. A la muerte del Gran Timonel, sirvió de chivo expiatorio por el ala más reformista del Partido Comunista Chino, que en ese momento ascendió al poder. Después de décadas de culto a la persona de Mao era imposible revertir sus consecuencias y se detuvo, encarceló y enjuició a sus más fieles colaboradores. Se les llamó la Banda de los Cuatro y Jiang Qing estaba entre ellos. Como forma de escarmiento público, el juicio, con cargos de intento de golpe de estado y de contrarrevolución, se retransmitió en la televisión pública. Madame Mao, como en Occidente se la denominaba despectivamente, se mantuvo impertérrita ante las acusaciones y decidió defenderse a sí misma en un juicio que ya estaba decidido de antemano. Fue condenada a muerte, por supuesto, aunque su pena se conmutó por cadena perpetua, como signo de la misericordia de la República Popular. Murió el 14 de mayo de 1991, hace ahora veinte años. El régimen informó de su suicidio, un final supuestamente expiatorio para una mujer que construyó la faceta más renovadora (y a la vez sangrienta y censora) de la China comunista. Vivió las dos caras del poder en su persona y pagó su osadía.

Ayer se cumplió el 45 aniversario del inicio de la Revolución Cultural China. Cuando me sumerjo en la Historia, siempre termino llegando a la conclusión que los grandes acontecimientos siempre traen aparejadas pequeñas historias personales como ésta, que tienen el mismo interés, al menos,  que las más grandes hazañas y las más terribles desgracias.

domingo, 17 de abril de 2011

Séraphine Louis

Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas.

Hojas, flores, ramas, rojo sangre. Sábanas mojadas tomando el sol junto al río, baldes llenos de agua con jabón, suelos de madera barridos. Velas encendidas con cera goteando. Pinceles sucios, aguarrás, pintura Ripolin de la droguería del pueblo, paletas, mejungues a medio secar, olor a barniz. La mirada de la Virgen es la única que te ve pintar. Voces. El apocalipsis. El fuego encendido para un té, las camisas planchadas y dobladas. Manzanas brillantes, hojarasca viva, flores que hablan, viento que susurra. La obra del Creador fundida en los lienzos. El barro, el líquen de un árbol, los trinos de los pájaros, la hierba. Las calles mojadas, los gritos, los ojos que te juzgan. Y más voces, y las rodillas peladas del frío y de fregar. Un pequeño trozo de carne y un vaso de vino peleón. Discretas ilusiones. Sencilla tú, Séraphine, como los arbustos, pero entrelazada y compleja como tus pinturas.

Séraphine Louis o Séraphine de Senlis (1864-1942) es una pintora francesa casi desconocida. Es representante de la pintura naïf de principios del siglo XX. Aunque esto es mucho decir para esta mujer de vida difícil e imaginación imparable. Huerfana con apenas un año, adolescencia en un convento, fue pastora y criada toda su vida. Pero tenía una pasión oculta: pintar. Fue descubierta por el marchante y coleccionista Wilhelm Uhde, cuando éste se refugió en Senlis en 1912, huyendo del caos de París. Por casualidad, Séraphine servía en la casa que alquiló Uhde, y también casualmente llegó a sus manos un pequeño bodegón de manzanas, que le asombró. Ahí comenzó la carrera pública de esta mujer, dentro del grupo de "primitivos modernos" o precursora del Art brut o arte marginal. El encuentro con Uhde despertó sus inquietudes artísticas, hasta entonces privadas y comenzó a pintar y a pintar hasta la demencia. Le expusieron y vendió algunas obras en París, una vez acabada la I Guerra Mundial, pero la Gran Depresión ahogó de nuevo esta fulgurante y breve carrera. El 25 de febrero de 1932, Séraphine, después de un altercado en Senlis, es ingresada en el asilo psiquiátrico de Clermont-de-L'Oise. Diágnóstico clínico: "Ideas delirantes con manía persecutoria, alucinaciones psicosensoriales y trastornos de la sensibilidad profunda." Nunca más pintó. Murió en la pobreza el 18 de diciembre de 1942. Fue enterrada en una fosa común.

Dije pintora casi desconocida, porque he visto una preciosa película biográfica de esta excepcional mujer (Séraphine, Martin Provost, 2008) y, como su mecenas, yo también la he descubierto ahora. Y aunque siempre me han parecido las naturalezas muertas un poco frías, no es el caso en la pintura de Séraphine Louis, llenas de color y de vida. Recomiendo la película y su obra. Y aprovecho, para, desde aquí, brindar este homenaje a los artistas autodidactas, que llenan con pasión cualquier vacío de educación formal. Bravo por ellos.


Imagen: Hojas (Séraphine Louis, 1928-1929) en la Colección Dina Vierny de París. Vídeo: Trailer de la película Séraphine (Martin Provost, 2008).

jueves, 26 de marzo de 2009

Hace 3.500 años

Serán recitadas para ti las letanías del libro de lo sagrado; se te ofrecerá un sacrificio fúnebre y se depositarán ante ti las ofrendas prescritas. Tu corazón estarán en ti como lo estuvo cuando vivías en la tierra. Tú penetrarás en tu cuerpo como en el día de tu nacimiento. Avanzarás por la tierra y por la montaña del Oeste, y las danzarinas fúnebres vendrán hacia ti jubilosas.



Djehuty tenía el día muy ocupado, cargamentos de Punt y Nubia llegaban todos los días a Tebas y no podía descuidar su trabajo. El reinado de su señora, Maatkara Hatshepsut, soberana del Alto y Bajo Egipto, hija de Osiris, era próspero. Tebas era un hervidero. Llegaban incienso, oro, lana, marfiles y maderas nobles desde todos los lugares del mundo. Las obras públicas se alzaban poderosas como símbolo de la magnificencia de la primera de las nobles damas. Esta bonanza que rodeaba a la corte hizo que un hombre listo como Djehuty tuviera altas responsabilidades, sabiamente recompensadas por su señora. Con los ahorros obtenidos, el escriba decidió construirse una tumba que supervisaba personalmente. Él mismo dispuso la ubicación y la distribución de las salas. Pensaba que alguien como él, debía gozar en el más allá del mismo rango que se había labrado en vida, una vez que superara el juicio ante el padre de los dioses. Por eso, no escatimó en esclavos y artesanos para su última morada. Hoy debía inspeccionar personalmente la decoración de la cámara principal. Estaba orgulloso de su profesión y pensó que sería buena idea cubrirla con fragmentos del libro sagrado. Así los dioses enseguida lo reconocerían. Cuando llegó, el trabajo estaba casi acabado. Los jeroglíficos se ordenaban en armonía, tal y como había pensado. Un pintor retocaba los alargados brazos de la protectora diosa Nut. Sería la primera a la que vería tras su muerte terrenal.

Hace 3.500 años, Djehuty, alto funcionario de la reina-faraón Hatshepsut, fue enterrado en este sepulcro, en la necrópolis de Dra Abu el-Naga, cerca del Valle de los Reyes. 3.500 años que los jeroglíficos pintados en la cámara mortuoria no eran leídos. 3.500 años que nadie admiraba los ojos azules de Nut, la diosa del cielo. Hoy, 3.500 años después, la luz vuelve a esa cámara oscura y olvidada por el tiempo. El egiptólogo José Manuel Galán y su equipo que excavan en la zona desde 2002 han descubierto una nueva joya del arte egipcio, que se hallaba dormida bajo la arena y las rocas del desierto. No es la primera persona que pisa esa tumba en tantos años, ya alguien se encargó anteriormente de robar los objetos de valor que el escriba escogió para que le acompañarán en su viaje al más allá. El ladrón de tumbas se llevó el oro, pero no pudo llevarse la joya más preciada del ajuar: el bello ejemplar del Libro de los Muertos pintado en las paredes. Gracias a él, Djehuty, al fin y al cabo, no se equivocó y su nombre resucita hoy, 3.500 años después.

Imagen: Detalle del techo de la cámara principal de la tumba de Djehuty, descubierta en marzo de 2009.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

León el Africano

Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el bereber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna.


Roma, 14 de febrero de 1519: Dos pesadas puertas se abren frente a él. Acompañado de dos guardias suizos, entra en la enorme sala que contiene la biblioteca del Castillo de Sant' Angelo. De pie, frente a él, Francesco Guicciardini, gobernador de Módena, le sonríe. La expresión de su cara le tranquiliza. Exhorta a los guardias a que se retiren. De repente, la puerta de fondo se abre. Su Santidad, éste es su regalo. Se arrodilló ante aquel hombre vestido de rojo y blanco que le puso ambas manos en la espalda, indicándole que se levantara. Un hombre de arte y sabiduría es siempre bienvenido a Nuestro lado, no como servidor, sino como protegido. Conversaron de forma amena, pausada. Notó un brillo de especial interés en los ojos de Papa. Le ofreció una habitación en el mismo castillo, indicando que pidiera cualquier cosa que le hiciese falta. Aún no entendía qué hacía allí, ni cómo sería de utilidad. Y así, Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, hijo del exilio granadino, bautizado como Juan León de Médicis, se convirtió en León el Africano.

Algunos nacen y mueren en el mismo lugar y otros llevan una vida nómada desde la cuna, pero sólo unos pocos tienen la fortuna de vivir de primera mano acontecimientos históricos, comprobando desde dentro como se mueven los engranajes del poder.
Y este es el caso del personaje histórico que protagoniza la novela León el Africano (1986), del escritor libanés Amin Maalouf. Su asombrosa vida transcurre desde la Granada de los últimos nazaríes hasta la Roma de los Papa mecenas, pasando por la Constantinopla del Gran Turco o El Cairo del último sultán mameluco. Son grandes ciudades a lo largo de un época donde se olvida para siempre la Edad Media y los cambios del Renacimiento son inminentes. Pero a la vez, tiempos difíciles donde varios imperios intentan imponer su supremacía a un lado y otro del Mediterráneo. León sirvió de embajador para el sultán de Fez, visitando la mítica Tombuctú, admiró las pirámides y la Sublime Puerta de Imperio Otomano, conoció a Rafael, a Boabdil, a Julio de Médicis, a Solimán el Magnífico, a Francisco I de Francia, a Barbarroja...

Escribió Della descrittione dell'Africa, el primer compendio moderno de conocimientos sobre el entonces desconocido continente africano. Elaboró un léxico árabe-latín-hebreo y sirvió a tres Papas como diplomático y erudito. Conoció el fundamentalismo de los Reyes Católicos frente la babilónica Roma de los príncipes de la Iglesia. Vivió la mística peregrinación a La Meca frente a los decadentes harenes de los sultanes. Sufrió la intolerancia religiosa pero también disfrutó de la conciliación de las tres religiones del Libro. Tuvo una vida verdaderamente digna de una novela. Una persona que merece por derecho propio permanecer en el recuerdo de la Historia.


Imágenes: Mosaicos de la Casa del Liber Pater en la antigua ciudad romana de Sabrata (Libia).

martes, 19 de agosto de 2008

El final de la primavera

Nuestra desgracia servirá para iluminar al mundo.


Hubo un lugar en 1968, donde la primavera no terminó hasta el mes de agosto, una primavera excepcionalmente larga. Fue en Praga, en la extinta Checoslovaquia. Sin aviso previo, las flores, que aún no se había marchitado, soportaban estoicas los meses. Las personas de la calle celebraban las agradables temperaturas, aún con la extrañeza de que el pesado verano no cayera sobre ellos. Se organizaron bailes populares y la alegría se apoderó de la ciudad. Pero ya entrado agosto, la situación se estaba prolongando demasiado. Un sesudo comité en Moscú decidió que la primavera en Praga debía terminar. Sería por decreto si hacía falta. Daba igual que el ardiente sol no luciera o que las flores surgieran en cada pedazo de tierra. Podría ocurrir que la primavera se contagiara al resto de países y esa posibilidad no podían consentirla más tiempo. El 20 de agosto de 1968, la persistente primavera fue fulminada a golpe de tanque. Se pisotearon las flores, ráfagas de fuego soviético surcaron el cielo, intentando parar la suave brisa primaveral, los praguenses fueron obligados a bañarse en las aguas del Moldava como ocurría cada verano y finalmente las tropas impusieron el curso normal de las estaciones. En la calle se rehuía hablar de la larga primavera, nadie se atrevía ni siquiera a citarla aunque en el fondo todos sabían que el verano impuesto también caería, como caen todas las estaciones, sólo era cuestión de tiempo.

Pero como las imposiciones no convencen a todos por completo, algunas personas seguían sin ver el verano por ningún lado. Es más, la primavera se les instaló en el corazón de tal manera que eran incapaces de sentir ni calores agobiantes, ni fríos extremos. Nadie comprendía su situación, como aquejados de una extraña enfermedad, ni en su propia ciudad, ni en el Este, ni en el Oeste. La mayoría de éstos, enterraron su sentir por miedo a ser rechazados, otros huyeron, buscando aires nuevos. Ninguna opción era fácil. Sin embargo, Jan Palach, estudiante de 20 años, optó por el camino más crudo. Sin poder resistirlo más, el 19 de enero de 1969 prendió fuego a su cuerpo a los pies de la escalinata del Museo Nacional de Praga. El 25 de febrero, otro estudiante, Jan Zajíc, hizo exactamente lo mismo en el mismo lugar. Sobre los adoquines, dos cuerpos calcinados demostraron al mundo que hay estaciones que anidan dentro de nosotros, bien sean melancólicos otoños o resplandecientes primaveras y que éstas nunca finalizan. No hay bombas, ni represiones, ni tanques, ni torturas que acaben con ellas.

1ª imagen: Almendros en flor frente a la iglesia de San Nicolás de Praga.
2ª imagen: Monumento conmemorativo a Jan Palach y Jan Zajíc, en la plaza Wenceslas de la capital checa.

martes, 8 de julio de 2008

Nunca podremos

La conocen los que la perdieron,
los que la vieron de cerca, irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar,
la conocen los presos.
La libertad.


Podríamos hablar de palomas al vuelo, de cadenas rotas, de mordazas arrebatadas. Podríamos citar a todos los que fueron secuestrados, rehenes, prisioneros, de la fuerza física, del poder real o fáctico. Podríamos hablar de justicias e injusticias en el mundo que fueron y serán. Podremos ser escépticos y decir que quien se crea libre en este mundo semifeudal es un iluso, que sigue habiendo grilletes y techos de cristal. Podremos teorizar sobre la esclavitud luciendo ropa de marca cosida por niños del Tercer Mundo. Podremos vivir en nuestra burbuja de necesidades perentorias con esa insatisfacción del consumista siempre rondando sobre la cabeza. Podremos encontrar paraísos artificiales a los que escapar de vacaciones, creyéndonos únicos y afortunados. Podremos vivir felices, sumergidos en la ignorancia, en la ambición o en cualquiera de los pecados capitales de este siglo. Podremos aferrarnos a ideas y morir por ellas o por el contrario ser indiferente a lo que pasa a nuestro alrededor como estatuas de mármol. Podremos alegrarnos por ver pasar la vida de nosotros mismos y los que nos acompañan. Podríamos asistir al gran teatro del mundo con nuestra mejor máscara y aplaudir con decisión. Podríamos creer que los monstruos no existen, que sólo son un cuento para asustar a los niños.
Pero nunca, nunca, nunca podremos sentir, ni siquiera imaginar lo que sintió Íngrid Betancourt y sus compañeros cuando fueron liberados de ese cautiverio en la selva, injusto, inhumano y voluntariamente prolongado. Supongo que ésta es la mejor recompensa que esas personas se merecen.

La ex-candidata a la presidencia colombiana, Íngrid Betancourt, junto a otras 14 personas, fueron puestas en libertad el 2 de julio de 2008, gracias a Operación Jaque de las Fuerzas Militares de Colombia. La guerrilla de las FARC prolongó su secuestro durante seis años, cuatro meses y nueve días. Espero que el tiempo robado a la vida de esta mujer le sea devuelto con un futuro muy próspero.

jueves, 5 de junio de 2008

Wallada

Nuestro estado social no deja ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los hijos y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales.

Averroes (siglo XII)

Wallada sabía lo que era pavonearse, por algo vivió en Medina Azahara, en la corte. Entre esclavas y eunucos, le enseñaron a gustar y gustarse embellecida. Por eso, se vestía esplendorosa para recibir en su casa a los intelectuales de todo Al-Andalus. Allí se leían poemas, se debatía sobre la decadencia del Califato y se educaba a las hijas de los poderosos en poesía, canto y caligrafía. Toda la élite cultural y política de Córdoba conocía su casa. Wallada no pasaba desapercibida como mujer, una belleza que no usaba velo, sorprendía a todos con sedas de Bagdad y se atrevía a participar en los duelos de completar versos, exclusivamente masculinos. Quizá por esto las malas lenguas la denominaron "la perversa". Disfrutaba de una independencia ganada, o más bien, comprada a base de dinero y de contactos, por eso, Wallada nunca podía decepcionar. Entre aires de incienso, sus ojos azules reinaba en el salón ante la vista de todos. Esta mirada donde nacieron las miradas y los astros. Puso sus letras al servicio de su propia persona, tanto para seducir como para denunciar la traición del amor no correspondido e inspiró algunos de los mejores versos de su época. Murió anciana, sabiendo del ocaso del Califato, el día en que las tropas almorávides entraron en Córdoba. Con ella, murió la ciudad más destacada culturalmente de la Edad Media en Europa. Hoy nos quedan sus versos.

La princesa Wallada bint al-Mustakfi o Wallada la Omeya (994-1091), hija de Muhammad III, fue la figura más reconocida de una gran generación de poetisas andalusíes surgidas alrededor del Califato del Córdoba entre los siglos X y XI. Wallada significa la que alumbra, sin duda, un nombre perfecto para una fuerte personalidad que escribió tanto poemas amorosos como crueles sátiras. Se cuenta de ella que vestía una túnica con una orla bordada en oro que decía:
Por Alá, que merezco cualquier grandeza
y sigo con orgullo mi camino.
Doy gustosa a mi amante mi mejilla
y doy mis besos para quien los quiera
.
En una sociedad islámica, toda una trasgresora declaración de principios de un mujer interesante, olvidada en la bruma de la Historia.

domingo, 20 de abril de 2008

Rosario, dinamitera

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario,
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.

Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!

Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.


El 17 de abril murió en Madrid Rosario Sánchez Mora, Rosario dinamitera, desde que Miguel Hernández le dedicara este poema en plena Guerra Civil Española. Rosario fue una joven miliciana en el Quinto Regimiento del Ejército de la República. Allí, en batalla, la dinamita le arrancó el brazo derecho a los 17 años, la guerra le arrebató a su marido y la victoria franquista su libertad. Sin saber nada de artillería, luchó con todas sus fuerzas en el asedio del Madrid del No pasarán, como otras milicianas, que participaron por primera vez en un frente. Pasó por la cárcel y tuvo que sacar adelante a sus hijas vendiendo tabaco de contrabando en la plaza de Cibeles durante la posguerra. Rosario fue un símbolo del bando perdedor: ex-combatiente, condenada por traición, comunista, republicana y mujer; calificativos todos prohibidos por la represión franquista. A punto de cumplir 90 años, ha muerto esta mujer valiente; que su memoria y la del resto de milicianas perdure por siempre en las palabras del poeta.

jueves, 6 de marzo de 2008

Las dos Fridas

Yo no hubiera sabido -y creo que algún día lo sabrán todas las gentes-, a lo que puede llegar el heroísmo ante el dolor, la alegría a pesar del tormento, la ternura sin límite y el genio plástico en lo que tiene de más íntimo y directo, si no hubiera conocido a Frida Kahlo.



Las dos Fridas, el dolor y la creación. La Frida mexicana, la de la raíz, apegada a la tierra como una figurilla maya, la Frida tehuana, la esposa cariñosa adornada con cuentas de jade sin pulir. La Frida europea, mundial, mundana, la que posa en la portada del Vogue, la Frida surrealista, admirada por Picasso y Breton. La Frida comunista cenando con Henry Ford y Rockefeller, la que encabezaba a gritos la manifestación del Socorro Rojo. La Frida que anhela un hijo, la que ama a Diego, la independiente, la que sufre dolores que la imposibilitan. Las dos Fridas son miles, unidas por unas iguales arterias sangrantes, cogidas de la mano, inseparables, bajo un cielo azul y plomo. Es la misma y son distintas en una especie de misterio sin solución. La Frida que se pinta una y otra vez con la máscara puesta, que mira con ojos duros y el gesto serio. Esa Frida que esconde su debilidad, su salud, la que aún vive siendo niña en la Casa Azul de Coyoacán. La que pinta sandías Viva la vida a un paso de la propia muerte. Esa es ella, Frida Kahlo de Rivera, Frida sin apellidos, la gran ocultadora.

Os dejo un interesante video con imágenes de la Frida real, la que aún no se había convertido en un mito para la posteridad, con la estupenda canción de Café Tacuba "Esa noche".

miércoles, 20 de febrero de 2008

M.D. y ese amor

No podiamos dejarnos. Yo no podía dejarla. Ella no podía dejarme. Estabamos siempre a punto de hacerlo. Dejarnos.

Ese amor (Yann Andréa, 1999).


1999, Yann Andréa pasea con timidez por el cementerio de Montparnasse, no le gusta, le da pudor estar allí pero también sabe que es lugar donde más cerca está de ella, ella que ya no es ella, sino un cuerpo sin vida. Ahora ya no se siente como una mierda, como cuando ella le dejó, ha vuelto a París, a su habitación sobre el Café de Flore. Pensaba traer tres macetas de flores amarillas pero decidió que es mejor la dignidad de la lápida desnuda, con su nombre inscrito, el nombre que no se atrevía a pronunciar en vida de ella: Marguerite Duras. Pero su historia comenzó ya hace muchos años, en el verano de 1980. Incluso 5 años antes, Jean-Baptiste Lemée, joven estudiante de Filosofía, un día lee Los caballitos de Tarquinia y queda alucinado con Duras, entonces se convierte en lo que él llama el lector absoluto, es decir, decide únicamente leer a la escritora. 1975, durante la promoción de su película India song, Duras hace un cine forum en Caen, donde Lemée estudia. Ahí se conocen. Él lleva un libro, como tantos otros, para ser firmado y le dice: "Quisiera escribirle". Ella le da su dirección en París y comienza por su parte una serie interminable de cartas, notas, pequeños poemas que no reciben respuesta. En el verano de 1980, por sorpresa, Duras le escribe: "Venga a Trouville, no es lejos de Caen". Se presenta allí sin dinero para el billete de vuelta. Él tenía 27 y ella 65 años. Se hablaban siempre de usted. Ya no se separarán hasta la muerte de la escritora en 1996.

"Es imposible vivir conmigo, con un escritor, es imposible, lo sé" decía Duras pero Yann Andréa lo consiguió, pasando por una relación tortuosa y pasional. Tuvieron que lidiar el alcoholismo de la escritora y su absoluta dedicación a las letras: "Yo soy la escritura". Él se vació, se convirtió en una horma maleable para ser moldeado por ella, incluso le bautizó: Yann Andréa. No fue fácil, la escritora es compleja y tiene mal carácter, le hace pasar noches a la intemperie después de un arrebato de furia, le reprocha que sea un mantenido y lo echa. A la mañana siguiente lo busca suave como un guante: "Olvídese de su persona, carece de toda importancia. No hay que creerse un héroe. Usted no es nada. Eso es lo que me gusta. Siga así. No cambie. Siga así. Leeremos juntos". Este tipo de escenas se repiten hasta la saciedad.

El 3 de marzo de 1996, Marguerite Duras muere en su apartamento de la calle Benoît acompañada de su fiel Yann. Comienza el infierno para él, se encierra, bebe, come y fuma sin control, piensa en suicidarse tirándose al Sena, deja de afeitarse, engorda veinte kilos, durante dos años apenas sale, no soporta la luz ni la compañía de nadie. Duras murió pero en su muerte se llevó parte de él. Recuerda el consejo que le dio: "Yann, escriba". El 31 de julio de 1998 decide terminar su encierro, vuelve a su ciudad natal, se recupera y con los ánimos renovados regresa a París y escribe Ese amor en apenas dos meses: "Tecleo como un loco una larga carta. Cada mañana, una carta a alguien que se llama así: M.D.". Utiliza el característico estilo Duras, frases cortas, contundentes, llenas de significado. Por fin puede visitar su tumba, que por aquel momento ya es una atracción turística más de los cementerios de París.

Como ya anunciaba en la primera entrada no podía resistirme a dejar de hablar de una historia de amor muy especial. Después de leer Yann Andrea Steiner en que Marguerite Duras contaba la historia (ficcionada) de su último amor, Yann Andréa, mi curiosidad me llevó con los ojos cerrados a Ese amor, carta de amor-réplica ante la tumba de la escritora francesa.