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viernes, 29 de abril de 2011

Interiores

Es una ironía; a pesar de que yo estoy preocupada por ti y tú me correspondes con desdén, me siento culpable. Creo que tú eres demasiado perfecta para vivir en este mundo. Todas esas habitaciones tan exquisitamente amuebladas, esos interiores tan cuidadosamente diseñados, todo tan controlado… No había lugar en ellos para los sentimientos humanos. No, no lo había.

Interiores (Woody Allen, 1978)

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Joey miraba el jarrón blanco de cerámica porosa que su madre le colocó en el aparador del salón. Pensó que era una imposición de su madre.

Una vez completada la decoración de la casa familiar, se había dedicado a comprar pequeños detalles para mejorar mi casa. Era un jarrón sencillo, quizá para poner margaritas. Según me dijo mamá, ninguna otra flor debía cubrir la belleza serena de la cerámica, ni las formas simples que tenía. Pero, bajo esa apariencia, sobre la madera, presidiendo el salón, se escondía el mandato firme de una madre, una mujer inteligente, dotada, culta y que quería lo mejor para sus hijas. Todo belleza, pero con un interior oscuro y autoritario, como el que había si mirabas por la boca del jarrón. Al igual que éste, mi madre podría lucir margaritas prendidas en su trenza, pero seguiría siendo mi madre, todopoderosa madre. Más allá del poder maternal de cualquier madre, la mía usaba mecanismos suaves, diplomacia blanda, buenas palabras y educación, pero imposición al fin y al cabo. No me molestaba realmente el jarrón, era bello. Mi madre tenía buen gusto. Si lo retiraba y lo colocara en otro lugar, sería lo primero que mamá observaría al entrar: “Hija, ¿dónde está el jarrón? Quedaba tan bien ahí… que es una pena que lo hayas quitado. Daba tanto juego con los muebles…” Y yo, por no escuchar nada más, lo volvería a poner en su sitio, con rabia, con un gesto frustrado de derrota por el indignante mando de quien me dio a luz.

En Interiores (1978), Woody Allen unifica dos de sus temas preferidos en su filmografía: psicoanálisis y Bergman. Más que nunca, esta película es un enorme homenaje construido en torno al gran cineasta sueco. No voy a incidir en las diferencias entre Ingmar Bergman y Woody Allen, porque son evidentes y este blog no pretende ser una enciclopedia. Pero es claro que en Interiores existe una admiración que sublima toda la película. Actores, diálogos, ambientación, todo es tan bergmaniano, aunque siempre pasado por el tamiz del director neoyorkino, lleno de ironía y situaciones inverosímiles. Una madre castrante y controladora a la que su marido, padre de la familia, decide abandonar después de muchos años de matrimonio. Tres hijas totalmente diferentes en su manera de ver el mundo, pero que tienen la característica común de la inconveniencia de esta separación. Y mucha intelectualidad y referencia a filósofos y escritores hasta en las conversaciones más triviales y caseras. El punto de normalidad lo pone la nueva novia del padre, Pearl, una divorciada madura, que llega a la familia como un terremoto. Los momentos culmen se producen en la boda del padre y Pearl. Todas las rencillas familiares estallan en la casa de la playa donde se celebra la ceremonia íntima. Junto a una noche tormentosa y un mar embravecido, luz nórdica, sobriedad y colores fríos, Bergman estaría profundamente halagado.


Vídeo: Renata (Diane Keaton) en su visita al psicoanalista.

jueves, 22 de octubre de 2009

Carol

¿Qué era querer a alguien, qué era exactamente el amor, y cuándo terminaba o no terminaba? Ésas eran las verdaderas preguntas y ¿quién podía responderlas?


Cuando salió de los grandes almacenes aún no sabía cómo se llamaba. Fue apresuradamente a la nota de pedido y la leyó varias veces: Carol... Rememoró ese nombre muchas veces en los días y las noches posteriores, aunque eso no lo sabía aún. Era alta, rubia, llevaba un abrigo de visón y la gente le abría paso, o al menos eso le pareció. Buscaba una muñeca para su hija. Podía ser cualquier persona que buscara una muñeca, porque estaba cerca la Navidad, pero Carol la miró como nunca nadie la había mirado. De esto también se di cuenta más tarde, cuando volvió a verla. Entonces descubrió que había retenido la imagen de Carol perfectamente en su memoria, sin el más mínimo error. ¿Era eso el amor?

En Carol (Patricia Highsmith, 1951) no hay asesinos, ni arribistas ambiciosos, ni planes despiadados como en el resto de novelas de la escritora, pero sí suspense e intriga, porque ¿qué mayor intriga hay en un amor incipiente? Y más si es un amor inesperado. ¿Se puede una persona enamorar de buenas a primeras de otra? ¿Y si es del mismo sexo? A estas preguntas intenta responder la novela. La historia comienza en unos grandes almacenes de Nueva York donde Therese Belivet trabaja eventualmente, mientras busca empleo como escenógrafa. Allí conoce a una cliente, Carol, una mujer recien divorciada, bella y sofisticada, por la que Therese sentirá una pasión incontrolable, mezcla de admiración y de extrañeza. Therese, a quien su novio no le aporta nada, decide indagar en ese sentimiento. Sin embargo, todo serán obstáculos, incluida su propia resistencia a sentir.

Patricia Highsmith publicó esta novela en 1951 bajo seudónimo, porque según explica la autora, no quería ser encasillada en esta historia como lo había sido con el género de suspense. Sin embargo, su edición de bolsillo fue un considerable éxito, vendió cerca de un millón de ejemplares y la escritora recibió grandes cantidades de cartas de agradecimiento. Más de treinta años después, en 1983, Patricia Highsmith reconocía la autoría de, quizás, la única novela de amor que había escrito.

lunes, 17 de agosto de 2009

Woodstock

Woodstock fue un cúmulo de circunstancias donde todo lo que tenía que haber salido mal, salió bien.

David Fricke

Venía de la compra en coche. Se había aprovisionado para la visita de su hijo, su nuera y sus nietos. Se paró en un semáforo. Encendió la radio. My Generation de The Who. Y asintió satisfecha. Recordó la fecha en la que estaba. Cerró los ojos. En los últimos sones de la canción, el locutor dijo que la dedicaba a aquellos locos de la era de Acuario cuarenta años después. Se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos habían perdido brillo, los rodeaban profundas arrugas. Pero cada vez que escuchaba esa canción se veía con veinte años, con su melena rubia decorada con flores y un vestido ancho que le gustaba mucho. Y recordaba, sin tener que mencionarlo la radio o la televisión, el barrizal de Woodstock, la gente apretada en los conciertos, la música, sus amigos. Pero sabía que poco quedaba de aquella chica cuarenta años más tarde, poco más que un recuerdo, como poco quedaba de aquel mundo inocente que aún creía en el cambio. El mundo que los jóvenes moverían hacia la paz, donde el amor sería la divisa. Ideas que ahora sonrojarían incluso a los niños y que aquella chica en su momento las convirtió en su credo. Y de repente, el coche de atrás la sacó de su recuerdo con un hosco claxon que le indicaba que el semáforo ya se había puesto. Paz y amor, pensó. Sonrió y siguió su camino a casa.

Este blog sesentófilo, melómano y amante de los lugares que fueron y desaparecieron, no podía pasar el cuarenta aniversario del festival de Woodstock, momento clave no sólo en la música de final del siglo XX sino en su historia en general. Porque Woodstock unió a toda una generación que creyó en utopías en las que ya nadie cree y porque el festival puso punto y final a una década prodigiosa. Transcurrió en una granja en Bethel (Estado de Nueva York) entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 y congregó a medio millón de personas, cuando sólo se esperaban unos 60.000. Más allá de él, muchas cosas cambiaron, porque no hay nada duradero en este mundo, y los hippies de Woodstock se reconvirtieron y se diluyeron. Cuarenta años después se alzan algunas voces críticas diciendo que se ha creado un mito falso alrededor del festival. Puede ser, porque los que no vivimos un hecho histórico tendemos a exagerarlo. En cualquier caso, sea un hito o un simple concierto, la memoria de Woodstock permanecerá como el fin de la efímera era hippy en el mundo.

Vídeo: Actuación de The Who tocando My Generation en el festival de Woodstock de 1969.

viernes, 31 de julio de 2009

A sangre fría

Por Larsing circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de haber cometido asesinatos o de sus ganas de cometerlos; pero Dick llegó al convencimiento de que Perry era ese ejemplar único, el "asesino nato", absolutamente cuerdo pero sin conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima sangre fría.


Dejaron el coche en el camino para no despertar sospechas y comenzaron a caminar por el polvoriento sendero hacia la casa. Silenciosa, aislada, como si hubiese caído del mismo cielo en aquel remoto lugar, la casa de los Clutter parecía perfecta. Después de días hablando y hablando, Dick y Perry apenas se dirigieron la palabra. Portaban una vieja escopeta que llevaba en casa de Dick toda la vida. Habían viajado más de 500 kilómetros para llegar a ese punto y nada, ni nadie, les haría retroceder. Sus dos siluetas recortadas en la noche pronto se acercaron al edificio. Había luces encendidas en su interior. No sabían ni cuantas personas, ni siquiera quienes eran. Les esperaba una caja fuerte repleta de dinero, que haría cambiar sus vidas, lejos, muy lejos, quizá en México. Una vez en la puerta, Dick y Perry se miraron. Sin testigos, susurró uno de ellos. Solamente dos palabras que desencadenaron una furia ciega y que se las llevó la fría brisa de la llanura de Kansas. Y no se volvió a oír nada en aquel lugar esa noche de noviembre. Al menos, nada que alguien escuchara. Sólo silencio y viento.

¿Son monstruos? ¿Son personas que pierden toda su condición humana y matan indiscriminadamente o simplemente queremos creer esto para no pensar que seres humanos como nosotros cometieron los peores crímenes? Enfermos mentales, ineducados, iracundos incontrolados, vidas difíciles o personificaciones del mal. Cada criminal lleva lo suyo y es difícil comprender motivos o móviles. Y es precisamente esto lo que Truman Capote se preguntó en A sangre fría (1966), novela-crónica sobre el asesinato de la familia Clutter el 14 de noviembre de 1959 en el pueblo de Holcomb, Kansas. El soberbio escritor pretendió escribir lo que sería un nuevo género literario, la novela de no ficción, traspasando al papel los hechos reales que rodearon dicho suceso. Quiso describir como ocurrió, cómo se encontraba el pueblo ante tan sanguinario delito y la fuga, captura y juicio de los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith. Con la intención de robar una supuesta caja fuerte, entraron en la granja de los Clutter y masacraron a sangre fría al matrimonio, Herb y Bonnie, y a sus hijos, Nancy y Kenyon. La pretendida novedad de Capote no fue tanta, ya que existían precedentes de mezclar literatura y realidad. Sin embargo, los retratos psicológicos de los asesinos y la cadente sucesión de los hechos, convirtió A sangre fría en una obra cumbre no sólo de la literatura estadounidense sino también del periodismo escrito. Además de un éxitos de ventas.
Se supone que leer es sumergirse en vidas e historias ajenas, y esta novela consigue ese objetivo con creces, convirtiendo al lector en compañero codo con codo de los fugitivos, o tertulianos del bar del pueblo, comentando la investigación policial. Además el libro es un estupendo testimonio de la América profunda de los años 50, donde pequeñas comunidades rurales combaten los hechos que los disturban con religiosidad exacerbada y pena de muerte.

Imagen: Fotos policiales de Perry Smith y Dick Hickock (1960).

lunes, 29 de junio de 2009

El cuervo

Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.

Edgar Allan Poe

En una noche cerrada, de lluvia tempestuosa, frío que cala hasta los huesos, de soledad y silencio, cualquier cosa puede suceder. Los ojos no pueden, no quieren quitar la vista de las letras impresas. Miras por la ventana y el fulgor de un rayo ilumina por un segundo la negrura del exterior. ¿Hay alguien ahí? La imaginación puede producir una mala pasada. Eres consciente. De repente, una ventana se abre furiosa y te sobresalta. El pulso se dispara y tratas de tranquilizarte. La cierras lentamente pugnado contra el viento. A través del cristal intentas distinguir algo. Algo más que el agua cayendo en torrente del cielo, algo más que las nubes que encapotan la noche. Un nuevo fulgor. Sobre el árbol que agita sus ramas en el jardín, un pájaro que se camufla con su negro plumaje mira la ventana, tranquilo, impertérrito, como si la tormenta no fuera con él. Apenas lo puedes ves, pero imaginas sus garras afiladas, sus ojos insensibles, su vuelo feroz. Te sientes observado. Por eso, aseguras que todo esté cerrado, aferrándote a la débil confianza de una habitación sin posibilidad de entrada. Ni salida. Y vuelves al sillón, recoges el libro e intentas concentrarte de nuevo. Pero no eres capaz. Lo cierras de golpe y tembloroso, acaricias las letras grabadas de la portada. Apenas tres: POE.

Creador de relatos en un tiempo en que se escribían largas novelas, pionero e iniciador del género de terror, este año se dedica a Edgar Allan Poe, conmemorándose el 200 aniversario de su nacimiento. Por eso tenía que hacerle un pequeño homenaje a su obra, en la que destacan cuentos como Los crímenes de la calle Morgue, El escarabajo de oro, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, El corazón delator o poemas como Annabel Lee o El cuervo. Misteriosas y oscuras palabras como lo fue su malograda vida marcada por el sufrimiento, el alcohol y la locura. Contienen todas ellas los ingredientes básicos de lo que consideramos actualmente el misterio, el terror, el suspense, por lo que influyó no sólo en la literatura sino en otras artes como el cine. Hoy, dos siglos después, Poe continua vigente y el aniversario es, como en este tipo de efemérides, una excusa más para que volvamos a sus escritos originales. Nada mejor que las fuentes para darnos cuenta de su importancia y modernidad. Gracias a su creatividad, cosas y animales, en principio tan inocentes, como una carta, un pozo y un péndulo, un barril de amontillado o un gato negro se convirtieron en historias inquietantes. Si sois de fácil pesadilla, os advierto que no os adentréis en este mundo. Sólo lo diré una vez. Nunca más.

martes, 4 de noviembre de 2008

Barack & John

Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.


Las elecciones siempre son complejas; múltiples elecciones que todos tenemos que tomar a diario, sin saber cuáles serán sus consecuencias últimas. Elecciones con motivos o sin ellos, decisiones reflexionadas o surgidas improvisadamente. Todos andamos pendientes de ellas, bien sean para decidir algo tan colectivo como un presidente o algo tan modesto como lo que comerás hoy en el almuerzo. Nos exhortan diciendo que seamos consecuentes, responsables, que en nuestra decisión está el futuro, aunque pensemos que nuestra pequeña contribución poco aportará a que se cambien las cosas. Yes, we can, nos dicen, únicamente porque les hace falta nuestra papeleta, que una vez dada se guardará en el trastero con el resto de votos viejos. Siento sentirme escéptico, democráticamente escéptico, aunque comulgo cada cuatro años, por sentirme incluido dentro del mal menor. La democracia, una vez perdida la ilusión, se convierte en un sistema monótono y gris, por más que los contendientes nos intenten insuflar ánimos para que salgamos ese día del caparazón y demos nuestra confianza a alguno de ellos. En cualquier caso, decido decidir, aunque mi decisión se mezcle como una gota de agua en un océano, porque sé que una pequeña cabeza de alfiler poco tiene que pinchar en los grandes asuntos.

Hoy, 4 de noviembre, se elige al presidente de Estados Unidos y se vuelve a montar toda la parafernalia que surge alrededor de esta elección. Cabeza de potencia, nuevo emperador del universo, señor más industrializado, ciudadano número uno del mundo o cualquier calificativo imaginable cabe para el que salga elegido. El mundo contiene la respiración por lo que decida un país. Barack o John se verán con las riendas de un lugar, a mi juicio, tremendamente difícil de gobernar. Estados Unidos es el país de los rifles en las mesillas de noche, pero también el que vio surgir el movimiento hippie. Es la tierra del cinturón de la Biblia y el creacionismo pero también el paraíso del porno o de la Babilonia hollywoodiense. Es sinrazón en la cual el Partido Nazi de América (sí, existe) ha pedido el voto para el candidato negro. Es desierto y catarata, es llanura y rocosas, costa este y oeste. Una bomba de relojería con bienintencionada conciencia de policía y que luce orgullosa sus galas morales y religiosas. Estados Unidos de colores, de barras y estrellas, de dólar y de petróleo, democráticamente republicano y republicanamente demócrata. Si tuviera que votar allí, supongo que sabría lo que hacer, pero ajeno a tanto Dios y a tanto Washington, declino decantarme. Estoy harto. Esta es mi elección.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Perfecta

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.


Perfecta, está perfecta, absolutamente perfecta. Increíble. Brillante. Está divina. Mejor no lo ha podido hacer. Su entrada en Hollywood ha sido por todo lo alto y esta noche estará en la ceremonia de los Oscars. Ha tenido críticas fabulosas en las revistas especializadas. También sabemos que acaba de contratar a unos de los agentes más importantes de Estados Unidos. Si quiere seguir allí, lo va a necesitar. Estaremos pendientes de ella. No duden en verla en su última película. Es perfecta para ese papel, parece que ha nacido para hacerlo. Felicitamos a...

Y apagó la televisión enfurruñada. Se apretujó en el sofá. Parecía mentira que estuvieran hablando de ella. Se cumplían 24 horas sin comer nada. Todo para meterse en un vestido, delirio de un diseñador, que estaba loco si pensaba que alguien podía andar con eso puesto. Lo pensó, llevaba a dieta desde los 12 años, demasiado tiempo ya. Aún su estomago rugía de vez en cuando exigiendo lo suyo, como hoy. Estaba casi a oscuras. Su nueva agente le había planificado hasta la hora de dormir, en vísperas del gran día. Se sentía nerviosa. Su inglés había mejorado, pero aún se le quedaba cara de tonta cuando le soltaban una parrafada. Leyó un mensaje de su madre en el móvil, dándole ánimos. Le hubiera gustado vivir con ella esta experiencia, pero su agente lo prohibió horrorizada. Las palabras de la televisión resonaban en su cabeza. Perfecta, perfecta... A ella no se lo parecía, sólo había sido la chica florero, parte de la cuota latina de la película. Las críticas habían sido tibias, sin apenas mencionarla. Dentro de unas horas, vendrían a recogerla para la peluquería y el maquillaje. Por su cabeza se le pasó la idea de salir corriendo del hotel en ese momento y perderse en la ciudad desconocida, fuera de los ojos de cualquiera que la pudiera reconocer. Se sentía mal, sola y tremendamente imperfecta. Dos lágrimas se le escaparon. Pensó que mañana tendría los ojos hinchados si no dejaba de llorar. Lo hizo y así se durmió.

Imagen: Alice on the Catwalk (Grafiti, The Cans Festival, Londres, 2008)

sábado, 5 de abril de 2008

La adaptación de las orquídeas

¿Qué tengo que hacer? Tengo que enamorarme. Tengo que echarme novia. Tengo que leer más, cultivarme... Si aprendiera ruso o yo qué sé... O tocar un instrumento. Podría aprender chino, sería "el guionista que sabe chino y toca el oboe". Eso sería brutal. Debería cortarme el pelo al uno. Dejar de hacer creer a todos y a mí mismo que tengo una mata de pelo... ¡Qué ridículo!


Las orquídeas son flores fascinantes. Cada especie se adapta a su entorno y toma una forma que atraiga a un insecto para que la polinice. ¿A quién quiero engañar? No puedo seguir hablando de orquídeas, eso no interesa a nadie. Tengo que adaptarme, escribir sobre algo novedoso, nunca oído, pero ya están todas las ideas copadas. No tengo pasión. No sirvo para nada. No, no debo pensar eso, no soy tan inútil. Es absurdo escribir una voz en off, como si alguien me oyera pensar, eso está también muy visto. En cualquier taller de escritura creativa me echarían, por negado. Pero la adaptación es un buen tema, como las orquídeas, todos nos tenemos que adaptar, como se adaptaron los animales, como dijo Charles Darwin. Nos adaptamos al entorno, por muy hostil que sea, a la gente e incluso a nuestra familia tenemos que adaptarnos. No es fácil, pero es una necesidad instintiva. No me creo un inadaptado, tampoco soy tan importante. Tampoco es que sea un escritor, ni un guionista, esos están en otro nivel. Aunque es verdad que hay escritores malos que publican mucho, yo podría ser uno de ellos. Sí, podría ser un escritor malo que finge ser bueno para publicar. Voy a dejar esta entrada inacabada, no se me ocurre nada, al menos nada interesante.

Adaptation. El ladrón de orquídeas es la historia de un guionista en pleno proceso de creación. Debe adaptar un libro para el cine, sobre una periodista que investiga a un ladrón de orquídeas en peligro de extinción. Un historia sobre cómo contar otra historia, como espejos paralelos que reflejan hasta el infinito su propio reflejo. Pero no sólo es sobre la adaptación de un guión, es sobre la adaptación a la vida, cómo superar las propias inseguridades, cómo hay que valorar el entorno, cómo actuar como una orquídea que debe transformarse para subsistir. Adaptation es una película original, profunda, con un humor bien empleado, fuera de lo que se espera de Hollywood. Spike Jonze y Charlie Kaufman forman un buen tándem de raros que ya me sorprendieron en Cómo ser John Malkovich. Ojalá se estrenaran más películas así.

sábado, 1 de marzo de 2008

Cuando hay más muros que el de Berlín

¿Cómo pudo un chiquillo afeminado del Berlín Este Comunista convertirse en el internacionalmente ignorado compositor que tienen frente a ustedes?



Una banda de punk se pasea por los antros más infames de la América profunda, son Hedwig and the angry inch, siguen la gira de un excéntrico nuevo talento de la música Tommy Gnosis, que curiosamente canta las mismas canciones que el grupo. ¿Quién es Hedwig? Algo más que una peluca rubia con mucho descaro. Se sube al escenario y comienza a contar su historia: un chico atrapado en un cuerpo y atrapado en el ferreo comunismo de Berlín oriental. Son muchas trabas para una persona corriente. Hedwig canta con rabia todo lo que pasó hasta llegar a ese momento, el marine yanki que le hizo operarse para escapar del país, como ese marine la abandonó, como tuvo que sobrevivir con un único talento: la música. Cuando más confiada estaba, llegó el amor en forma de jovencito lleno de sueños, pero en esos sueños Hedwig no estaba incluida. El chavalín exprimió todo el saber de Hedwig y sus canciones y se vendió a una discográfica y al triunfo. Ahora Hedwig lo persigue por todo el país para vengarse, o simplemente encarar a quien un día se fue y la abandonó. Hoy el muro de Berlín ha caído, ese día los alemanes se abrazaban felices por el acontecimiento, pero los muros siguen siendo otros, los invisibles, los que resisten, los que siguen separando a los hombres; muros que construimos todos los días y que muy pocas veces echamos abajo.

Hedwig and the angry inch es un musical, pero no es igual a ningún musical que haya visto, mezcla canciones, con ilustraciones, sueños con la cruda realidad de un transexual. Es tan original e inteligente que me ha llamado mucho la atención, lo que podía haber sido una película más sobre un tema ya tratado muchas veces se convierte en una rareza digna de ver. Os dejo el tema central "The origin of love" para que disfrutéis con él.


lunes, 18 de febrero de 2008

Elogio a Anton Chigurh

¿Qué es lo máximo que ha perdido a cara o cruz?



Siempre me he decantado por los malos. Los buenos suelen ser protagonistas, perfectos, encantadores y se salen con la suya al final de la película pero son tremendamente aburridos y planos. Los malos están hechos de otra pasta y son más atrayentes, polifacéticos, al menos para mí. Es mil veces mejor ver el sufrimiento del Drácula herido a las peroratas de Van Helsing o la carcajada de Joker al rostro impenetrable de Batman.

Hoy, he descubierto a un nuevo villano merecedor de la posteridad del cine como Lecter o Fu Manchú. Se trata de Anton Chigurh, el psicópata con cara de Javier Bardem y el peor peinado del estado de Texas. Sus motivaciones asesinas son claras, el sadismo ante el que le contradiga o simplemente se tope con él. Persigue insistentemente a Llewelyn Moss en un territorio fronterizo, inhóspito y como indica el título de la película no apto para viejos. Un maletín con dos millones de dólares es el punto de salida de la carrera de estos dos personajes cuya existencia se deben el uno al otro. Puede ser que el dinero mueva a Chigurh en un principio, pero la testarudez de Moss por seguir con vida es lo que le insufla energía para llegar hasta el final. En cualquier caso, el motivo no es lo que lo lleva a asesinar despiadadamente, es simplemente que disfruta de su trabajo. Los ojos enrojecidos de Chigurh llevan encerrados toda la vileza del ser humano y sobran las palabras, bien sean para pedir explicaciones o clemencia. Un personaje como éste vive como pez en el agua en un escenario como la frontera de Texas, con su sol inmisericorde y sus paisajes inmensos pero inhabitables, aunque igualmente podría desenvolverse en una gran ciudad.

Otras de las grandezas de Anton Chigurh, que lo diferencia de cualquier otro matón a sueldo, es su rendición a la suerte, representada en monedas que designan la cara y la cruz de las víctimas. Este mismo azar, en la película, toca a cada uno de sus personajes, que hubieran preferido no estar donde estaban en un determinado momento. Como en la vida de cualquiera de nosotros, la suerte juega un papel silencioso pero protagonista. Chigurh lo sabe y se erige en su mano ejecutora. Es la suerte la que, de cara, te hace ver esta película una tarde de domingo cualquiera y la misma la que hace que nunca te encuentres en la carretera con un hombre cargado con una bombona de aire comprimido.

Pero, ¿es tan malo este tío? ¿comparado con qué? ¿con la peste bubónica? sí, malo, malísimo (de los buenos), de los que tienen la mirada perdida ante los ojos de los débiles pero se miran las suelas de sus botas para comprobar si se ha manchado de sangre, fascinante.