Mostrando entradas con la etiqueta Pequeños y grandes dramas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pequeños y grandes dramas. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

Gruta-azul-de-la-isla-de-Capri-Italia

Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

sábado, 7 de mayo de 2011

El insensible

Colocó su taza en la pequeña mesa de mármol. Miró a la gente de fuera; parecían felices, reuniéndose en mitad de la calle, gritando, riendo, peleando por nada. Pero no podía sentir el sabor, no podía sentir. En el salón de té, entre las mesas y los parlanchines camareros, el terrible temor se apoderó de él… no podía sentir.

La señora Dalloway (Virginia Woolf, 1925)

5131849743_6c2dcc3091_z

Apenas se dio cuenta de cómo sucedió. Empezó como un resfriado. Comenzó a tener la nariz atascada. Tenían que ser olores muy fuertes para sentirlos. Pronto su olfato entró en una neblina. Todo le olía gris. El guiso de mediodía, la flores del parque, los contenedores de basura, la lluvia en el asfalto. Prefirió no asustarse, el olfato es un sentido animal, no me hace falta. Pero pronto, no necesitó la sal. Casi mejor, pensó, no es buena para la salud. Pero los alimentos se estaban convirtiendo en su boca en una especie de papilla insípida. Sentado en la barra de un bar, un día, pidió un café y le supo a corcho. Ni siquiera abrió el sobre de azúcar. Un líquido caliente irreconocible bajaba por su garganta, por eso dejó el café a medio tomar. Pensó en las ventajas de no querer comer y siguió su camino. A los pocos días, en su cuarto, echado en la cama, de repente escuchó un sonido agudo y tras él, un silencio. Abrumador. Operístico. No escuchaba la habitual cháchara de su vecina hablando por teléfono junto a la ventana, ni al perro que solía ladrar a lo lejos. No escuchaba el chisporroteo del fluorescente al encenderse. Empezó a preocuparse y nadie parecía saber que es lo que le estaba pasando. Quizá a nadie le importaba realmente. Un día conoció a una chica y sintió un vuelco al corazón, por fin, un sentimiento. Prometía ser una historia importante. Ella le sonreía y él le devolvía media sonrisa, para hacerse el interesante. No la oía, claro está, pero sabía que era ella. A los días, como imanes, las miradas se fueron acercando, los cuerpos le siguieron obedientes y los labios irremediablemente se unieron en un beso. No sintió nada. Era como si un trozo de carne se pegara a su boca. Cerró los ojos y se desmayó.

viernes, 29 de abril de 2011

Interiores

Es una ironía; a pesar de que yo estoy preocupada por ti y tú me correspondes con desdén, me siento culpable. Creo que tú eres demasiado perfecta para vivir en este mundo. Todas esas habitaciones tan exquisitamente amuebladas, esos interiores tan cuidadosamente diseñados, todo tan controlado… No había lugar en ellos para los sentimientos humanos. No, no lo había.

Interiores (Woody Allen, 1978)

essentiallywoody2

Joey miraba el jarrón blanco de cerámica porosa que su madre le colocó en el aparador del salón. Pensó que era una imposición de su madre.

Una vez completada la decoración de la casa familiar, se había dedicado a comprar pequeños detalles para mejorar mi casa. Era un jarrón sencillo, quizá para poner margaritas. Según me dijo mamá, ninguna otra flor debía cubrir la belleza serena de la cerámica, ni las formas simples que tenía. Pero, bajo esa apariencia, sobre la madera, presidiendo el salón, se escondía el mandato firme de una madre, una mujer inteligente, dotada, culta y que quería lo mejor para sus hijas. Todo belleza, pero con un interior oscuro y autoritario, como el que había si mirabas por la boca del jarrón. Al igual que éste, mi madre podría lucir margaritas prendidas en su trenza, pero seguiría siendo mi madre, todopoderosa madre. Más allá del poder maternal de cualquier madre, la mía usaba mecanismos suaves, diplomacia blanda, buenas palabras y educación, pero imposición al fin y al cabo. No me molestaba realmente el jarrón, era bello. Mi madre tenía buen gusto. Si lo retiraba y lo colocara en otro lugar, sería lo primero que mamá observaría al entrar: “Hija, ¿dónde está el jarrón? Quedaba tan bien ahí… que es una pena que lo hayas quitado. Daba tanto juego con los muebles…” Y yo, por no escuchar nada más, lo volvería a poner en su sitio, con rabia, con un gesto frustrado de derrota por el indignante mando de quien me dio a luz.

En Interiores (1978), Woody Allen unifica dos de sus temas preferidos en su filmografía: psicoanálisis y Bergman. Más que nunca, esta película es un enorme homenaje construido en torno al gran cineasta sueco. No voy a incidir en las diferencias entre Ingmar Bergman y Woody Allen, porque son evidentes y este blog no pretende ser una enciclopedia. Pero es claro que en Interiores existe una admiración que sublima toda la película. Actores, diálogos, ambientación, todo es tan bergmaniano, aunque siempre pasado por el tamiz del director neoyorkino, lleno de ironía y situaciones inverosímiles. Una madre castrante y controladora a la que su marido, padre de la familia, decide abandonar después de muchos años de matrimonio. Tres hijas totalmente diferentes en su manera de ver el mundo, pero que tienen la característica común de la inconveniencia de esta separación. Y mucha intelectualidad y referencia a filósofos y escritores hasta en las conversaciones más triviales y caseras. El punto de normalidad lo pone la nueva novia del padre, Pearl, una divorciada madura, que llega a la familia como un terremoto. Los momentos culmen se producen en la boda del padre y Pearl. Todas las rencillas familiares estallan en la casa de la playa donde se celebra la ceremonia íntima. Junto a una noche tormentosa y un mar embravecido, luz nórdica, sobriedad y colores fríos, Bergman estaría profundamente halagado.


Vídeo: Renata (Diane Keaton) en su visita al psicoanalista.

domingo, 10 de abril de 2011

La mudanza

¡Oh, válgame Dios, qué vida esta tan miserable! No hay contento seguro ni cosa sin mudanza. […] ¡Oh, si mirásemos con advertencia las cosas de nuestra vida! Cada uno vería por experiencia en lo poco que se ha de tener contento ni descontento de ella.

Libro de la vida (Santa Teresa de Jesús, 1562-1565)

Fase 1) Empaquetar: Mendiga por las tiendas cajas de cartón, cárgalas, móntalas en casa y refuérzalas con cinta de embalar para que no se desfonden. Empieza a sacar todo. Laméntate de cuantas cosas inútiles se van acumulando a lo largo de los años. Cosas inimaginables que no encontrabas o que ya dabas por perdidas. Comienza a pensar en la utilidad de los objetos, mirando el futuro. ¿Esto me podrá servir o no? Descubres que las cajas que has llenado pesan demasiado y que el ni el Increíble Hulk podría con ellas. Las aligeras, cargándolas uno o dos segundos para comprobar su peso. Ves que se van reproduciendo las cajas, a pesar de que has llenado innumerables bolsas de basura con lo que quieres tirar. Las definitivas se cierran con cinta marrón y escribes en el cartón su contenido. Tiras un poco de todo: ropa inservible, papeles olvidados, folletos que has guardado… Cuando los armarios y cajones están vacíos, haces una bolsa con la poca comida que quedaba. Bajas la basura. Echas un vistazo al piso vacío y te das cuenta de que estaba mejor sin tanta cosa. Por fin toda tu vida está embalada.

Fase 2) Desempaquetar: Intenta aparcar en el sitio más cercano para poder descargar. Descubre que es imposible. De mal humor, encuentra un hueco sin apenas sitio para maniobrar. Comienza a descargar. Maldice el momento en que decidiste mudarte. Maldice al mundo multiplicado por el número de cajas que abarrota el coche. Comienza a subir. Deja las cajas en la habitación que esté más a mano. Haz otro viaje, y otro y otro, hasta que estés sudando como un cerdo. Cuando el cargamento ya está de nuevo reunido, comienza a sacar cosas: ropa, libros, cacharros, zapatos. Descubre que no hay el sitio que esperabas, que hay que ser minimalista y tira alguna cosa sin importancia. Clasifica, ordena y guarda. A pesar de que tienes toda la casa llena, tienes la impresión de que falta algo. Sin pensar, llenas cualquier hueco que sea capaz de albergar tus preciadas posesiones. Poco a poco el desorden se va transformando en orden. Vuelves a llenar bolsas de basura, que juntas con las cajas de cartón vacías. Bajas con esto, buscando un contenedor, que no encuentras. Subes, cansado y derrotado, a tu nuevo hogar.

Te sientas. Enciendes un cigarro. Miras a tu alrededor y sonríes satisfecho. Se oyen vecinos hablar a lo lejos. Misión cumplida. ¿Y ahora qué?

domingo, 20 de marzo de 2011

Sueños olvidados

Tras el vivir y el soñar,
está lo que más importa:
despertar.

Nuevas canciones (Antonio Machado, 1924)

Día duro de trabajo, nerviosismo, tensiones, malas caras. Una cena rápida y a la cama, mañana será otro día. Me arrebujo entre las sábanas de cualquier manera. Cierro los ojos. Unos breves minutos para pensamientos triviales y duermo, por fin.

Estoy en una ciudad. Parece devastada. El cielo tiene un color gris plomizo. Algo o alguien me persigue. Necesito huir. Corro. No reconozco ninguna calle, pero aún así corro. Mientras lo hago, sombras con forma humana me observan. No tienen ojos, aunque en su lugar tienen luces. Son seres tristes, sin rostro. Sin pararme, por la ciudad desconocida, entro en un edificio en ruinas. Desesperado, mi perseguidor me pisa los talones. Abro una puerta y otra, buscando escapatoria. Habitaciones sin ningún escondrijo, grandes y vacías. Me topo con una puerta pesada, de caoba, con figuras grabadas. Está cerrada. Forcejeo con el pomo. Miro a mis espaldas. Está tras de mí. Mis movimientos son guiados por el nerviosismo. Ábrete, ábrete.

Estoy en un prado. Verde, perfecto, con la hierba larga y húmeda mojando mis zapatos. Nadie a mi alrededor. A lo lejos se ve un lago y unas casas. Todo deslumbra pero parece artificial. De la nada, surge una mujer. Pelo largo, vestido de flores, serena. Me toma la mano. Le hablo pero no me responde. Sin embargo me da provoca seguridad. Va señalando algunas flores, algunos árboles, alguna nube perdida que rompe el celeste del cielo. Llegamos a una casa. Tiene la puerta abierta. Un gran cuadro preside el salón. Es una escena de guerra, personas agonizando, bombas que estallan contra la tierra, sangre y suciedad. La mujer señala el cuadro y ríe. Sus facciones se vuelven diabólicas. De su boca sale una voz masculina que me dice: éste es tu mundo.

La alarma del despertador me saca del sueño de golpe. Enciendo la luz, me pongo el reloj. Me dirijo al cuarto de baño. En el espejo, mientras veo mis ojos hinchados, pienso en qué soñé anoche. No retengo nunca mis sueños, pero creo que esta vez fue algo interesante.

Imagen: El sueño de Henri Rousseau (1910, Museo de Arte Moderno, Nueva York).

miércoles, 16 de febrero de 2011

Los gemelos idénticos

Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son

Abraham Lincoln

Fue un enorme shock. Dos hijos de golpe es mucho más de lo que habría pensado nunca. El miedo al embarazo no significaba nada comparado al miedo a tener dos hijos. Pero todo fue con normalidad. Tuvieron una infancia feliz. Se llevaban bien, parecían uno sólo. Los vestía iguales, me hacía gracia verlos idénticos. Incluso a veces los confundía. Yo me lo tomaba con humor, pero a ellos no les hacía gracia. No comprendían como su madre no sabía identificarlos, aunque no se daban cuenta que el parecido era exacto. Los problemas surgieron con la adolescencia, ¡esa maldita época! Era su momento de reafirmación y dejaron de vestirse igual. Al principio me pareció normal, pero pronto me di cuenta que la ropa diferente era el inicio de su separación. Cuando acabaron el instituto, eligieron universidades y carreras diferentes. Yo me consolaba pensando que eso era lo habitual en el caso de hermanos no gemelos. Cada uno en una ciudad diferente, sólo sabían el uno del otro a través de lo que yo les contaba y que cada cual me contaba a su vez a mí. Lo escuchaban con desinterés y apenas me preguntaban nada más que por cortesía. En vacaciones era aún peor, porque apenas se dirigían la palabra en casa. Los miraba por separado y aún se parecían tanto, que lloraba en silencio. Cuando acabaron sus estudios, de nuevo decidieron separar sus destinos. Uno volvió a casa, el otro se fue al extranjero. En el aeropuerto fue la última vez que los vi juntos. En aquel momento, dejé de aferrarme al recuerdo de aquellos dos niños vestiditos iguales. Los vi como dos hombres diferentes, con sueños, con anhelos y con una vida distinta. En la despedida se fundieron en un abrazo y se dijeron adiós. De vuelta a casa, en una mirada furtiva, miré a los ojos de mi hijo: había alivio dentro de él.

jueves, 10 de febrero de 2011

La Libertad guiando al pueblo

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)

757PX-~1

6:45 de la mañana. Ducha rápida. Traje comprado en las rebajas. Café bebido. En el coche, tertulianos radiofónicos quejándose de todo. En la carretera, el atasco diario de las 7:45. No hay sitio dónde aparcar, como siempre. 10 minutos más. Trabajo. Las mismas caras de siempre, la misma pesada rutina de siempre. Jefe con cara de cabreo, compañeros con cara de resignación. Media mañana, cigarrillo rápido en la puerta. Café de máquina. El informe no va a estar para hoy por más que me pongan malas caras. Todo me da igual. No me pagan lo suficiente para que me compense este viacrucis. Comida. Tupper calentado en el microondas. Conversaciones triviales: el tiempo del fin de semana, las semifinales de la Copa de Rey. Sopor de siesta, un nuevo café de máquina. Tarde interminable. Casi a la hora de salir, hago como que trabajo. En la carretera, el atasco diario de las 7 de la tarde. Casa. Correo habitual: luz, agua, gas, teléfono e hipoteca. Chándal cómodo. Mi mujer llega cansada y se derrumba en el sofá. ¿Qué tal el día? Como siempre. Colada, platos en el lavavajillas, escoba. Algo rápido para cenar frente a la tele. Conversaciones triviales: la noticia del día, el capítulo de la serie. Ojos que se caen lentamente. ¿Vamos a la cama? Pongo la alarma del despertador. Pies fríos. Hasta mañana. Ojos cerrados. Ruido de coches en la calle. Una música de fondo. Tarareo mentalmente mientras voy perdiendo la consciencia.

Imagen: La Libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830) – Museo del Louvre (París).

lunes, 31 de enero de 2011

El remedio y la enfermedad

Lo que embellece al desierto es que, en alguna parte, esconde un pozo de agua.

Antoine de Saint-Exupery

Mascaras_VI

Una nueva isla no se conquista en pocos días. Ni se encuentra un nombre para bautizarla como por arte de magia. Hace falta que ocurran muchas cosas por el medio. Muchas. Demasiadas. Y no todas han ocurrido. Cuando Capri se hundió ante mis propios ojos, creí que me convertiría en un alma nómada, perdida y así fue. La gran ola se comió mi vida, pero no la digirió. Me vomitó una vez que se cansó de mi sabor. No sólo eso, con ella se desvanecieron casas, barcas y redes. Mientras lamía mis heridas en silencio, descubrí que existían mil mundos a mi alrededor. Tengo que reconocer que no todos me gustaron, ni todos estaban destinados a mí. A veces, mundos hiperreales, y otras, falsos decorados de una realidad que se escondía detrás de una sonrisa perfecta. Sin embargo, esto no es algo nuevo que descubrí; ya lo sospechaba desde la distancia.

Lo que aprendí, por asimilación, fue sencillo. Una sola norma: ajustarme bien la máscara y camuflarme tras de ella. Asimismo, tomé la precaución de ponerme otra máscara más, y sobre esa, otra y otra, hasta que mi rostro estuviera tan desfigurado que nadie, ni el más avispado, tuviera la menor sospecha de mi verdadera expresión. Y si bien, he encontrado a personas que me han desenmascarado en alguna ocasión, siempre he procurado mostrar la máscara apenada que escondía la que, por desgracia, me había dejado arrebatar.

Así he llegado a la conclusión de que el remedio usado me alivia y me envenena a partes iguales. Me acerca a la realidad e igualmente me aísla. Me protege de la inmundicia pero a la vez impide que las heridas se refresquen y que la piel deje de cuartearse. ¿No es hora de que la fiesta de disfraces se termine? Me pregunto algunas noches cuando me desnudo en la soledad de mi habitación. Pero cada mañana, puntualmente, me levanto y sigo poniéndome una máscara tras otra y salgo a la calle.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sobre nuestras cabezas

La desdicha es el vínculo más estrecho de los corazones.

Jean de La Fontaine

No nos cayó como un jarro de agua fría, más bien al contrario. Fui conociéndolo como el resto de mis hermanos, poco a poco, espiando conversaciones, cazando comentarios velados. Se suponía que llegados a una edad ya estábamos en disposición de saberlo y se contestaban, de mala gana, a nuestras preguntas, siempre que no fueran demasiados directas. No era algo de lo que se hablara a menudo, más bien se guardaba para ocasiones especiales, como si se tratase de una buena mantelería. Sin embargo, siempre, imperceptiblemente, rondaba sobre nuestras cabezas. Teníamos prohibido sacarle el tema a mi abuela, en consideración a su edad y para evitarle un disgusto. Tener consciencia del maldito secreto familiar nos afectó a todos de manera diferente. Mi hermano mayor no quería ni nombrarlo y hacía como si no fuera con él. Mi hermana apoyaba incondicionalmente a mi madre, encubriendo y reservando cualquier detalle. Yo mismo siempre me desentendí del asunto, no quería arrastrar lastres pesados de otros. Pero al ir haciéndome mayor, me di cuenta de que era estúpido creer así. Como una maldición traída de la cuna, me acompañaría incluso en el momento de formar mi propia familia. Por eso, me encargué de dejar a ésta al margen, no quise hacer cargar a mis hijos con problemas innecesarios.

Hoy, que ya no están ni padres, ni hermanos, ni otros familiares y que la misma muerte me ronda los pasos, me siento el último de una estirpe, el depositario del secreto que conmigo nació y conmigo morirá. Será lo único que me lleve, la losa que me sepulte.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La Garbo

Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad.


No llevaba ni dos días trabajando de camarero en el café cuando un compañero me dijo que atendiera a la Garbo. Señaló con desgana a la mesa del fondo donde se sentaba una pequeña anciana con un cigarrillo. Cuando me acerqué, ella, sin mirarme a los ojos, me pidió: Lo de siempre, chico. Como no me quería equivocar, me aseguré en la barra que es lo que era lo que siempre pedía la Garbo. Café solo en vaso largo con un chorrito de cointreau, coronado con nata y espolvoreado con canela. Siempre lo mismo, cada dos días. ¿Por qué la Garbo? se me ocurrió preguntar en algún momento. Ni el que llevaba más tiempo lo sabía, ya venía con el local, chaval, se rió. Puntual como un reloj, La Garbo ocupaba la misma mesa cada dos tardes salvo los fines de semana. Siempre al fondo, siempre callada, mirando por el ventanal distraída. Su largo pitillo se consumía paciente en sus dedos, dándole a la Garbo una figura verdaderamente aristocrática. Desde aquel día, yo me encargaba de atenderla. Me fascinaba observarla, e incluso refunfuñaba cuando otros clientes me molestaban con insulsos pedidos. Apenas pude sacarle unas pocas palabras. No quería hablar. Pronunciaba un perfecto castellano, alargando las sílabas finales. Vestía clásica pero elegante, un tanto raída, como venida a menos, lo que le confería un aire de otro tiempo. La Garbo podía ser igualmente marquesa, esposa de embajador, actriz de cine o escritora, siempre me lo pregunté y nunca lo supe.
Cuando me despidieron, aún regresé algunas tardes con la excusa de visitar a los compañeros, sólo para volver a deleitarme con la Garbo. Aunque inevitablemente, me fui olvidando de ella y de su solitaria figura. Un día, por casualidad, me encontré a un camarero del café. ¿Sabes qué? Se murió la Garbo. Vivía sola, la pobre. Vinieron unos familiares lejanos a preguntar si debía algo. Lo siento, sé que te gustaba esa vieja. Sonreí para disimular. Pensé todo el día en ella. Y cuando volví a casa, me preparé en su honor lo que siempre tomaba. El cointreau lo sustituí por lágrimas.

domingo, 23 de agosto de 2009

La importancia de los objetos

Los objetos son los amigos que ni el tiempo, ni la belleza, ni la fidelidad consiguen alterar.

En esa casa tenía todos mis recuerdos. Habíamos invertido años de nuestra vida comprando cosas hasta que todo estuviera en su sitio. Sabía porqué fue esa cama y no otra la que elegimos, sabía dónde había comprado cada libro, cada cuadro, cada cojín. Todo tenía sentido. Me regocijaba poniéndome a prueba, a manera de juego, recordando precios, descuentos, rebajas e incluso fechas de adquisición. Exhibía orgulloso baratijas exóticas sacadas de un mercado lejano, legados familiares, gangas encontradas. Disfrutábamos de esa estabilidad que produce poseer objetos, por más que no existiera ninguno de extraordinario valor. Pero en el momento en que abandoné esa casa, los recuerdos se quedaron allí, alojados en el interior de dichos objetos. No me siguieron porque ya no los merecía. Me volví todo lo austero y parco que pude. Seguía comprando, claro está, la vida lo exige. Sin embargo, los nuevos objetos no servían de reemplazo de los antiguos, ni los quería, ni estaba dispuesto a aceptarlos. Los almacenaba como trastos inútiles y procuraba olvidar cualquier detalle sobre cómo, dónde y porqué aparecieron. Me resisto a encariñarme con nada, busco la vía fácil, ermitaño, frugal, simple. Mi existencia se quedó en esa casa, voluntariamente fue así. Quedó en sus cosas, en cada adorno de sus estanterías, en cada mueble. Ahora, de prestado, sufro una especie de reflejo de vida, de piso alquilado, de objetos que yo no puse allí, que no me pertenecen.

Imagen: Bodegón con cacharros de Francisco de Zurbarán (c. 1660, Museo del Prado, Madrid).

jueves, 6 de agosto de 2009

Cuerpos

Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias.
El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).

Cuerpos y más cuerpos. Cuerpos, levedad, cuerpos sin mentes, sin cargas, volátiles como plumas. Sin pasaportes, cuerpos sin amarras como globos que ascienden a las nubes. Colecciono cuerpos. Es lo único que sana esta eterna enfermedad que se agrava por las noches. Busco con desesperación, cazo. Tan acuciante es mi mal, que a veces no distingo hombre de mujer, ni joven o viejo, ni esbelto o desgarbado. Da igual. Sólo son cuerpos urgentes, como el antídoto del veneno, que me calma momentáneamente pero no me termina de curar. Cuerpos que vienen y se van, sin mayor retorno, que comprenden su comienzo y su fin. Como el círculo del que nunca salgo, del que no puedo salir y me lleva, errante, cuerpo tras cuerpo, en una infinita cadencia. Ya ni pongo excusas, porque no hay remedio para mí. Sé que está grabado como un tatuaje sobre mi piel, al que tengo que ver cada mañana frente al espejo. No sirve de nada la lamentación, sólo me resta tiempo para la búsqueda. Miro a las personas que pasean por la calle y me parecen extrañas, diferentes, inmersas en una realidad que no comprendo. Pero disimulo todo el tiempo, petrificando mi cara en una mueca agradable, para no asustar, para no ser descubierto. Y busco, busco con desvelo el cuerpo que pare esta agonía. Pero todos son casquillos vacíos. Cuerpos sin boca. Sombra de cuerpos. Sin nombre, sin alma.

viernes, 24 de julio de 2009

A la mañana siguiente

Es que la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, muchos.

La despertó un ridículo tono que le había puesto al móvil. Durante un segundo, pensó en no contestar, pero finalmente alargó el brazo hacia la mesilla de noche y vio en la pantalla quien era. -¡Cómo no!- suspiró. Se sacudió la modorra con un par de cabezazos y tendida, cogió el teléfono. ¿Sabes que hora es, guarra? Su voz pastosa ni siquiera se parecía al agradable tono que usaba normalmente. Sí, aún en la cama. No, no estuvo mal. ¿No me preguntes eso? Bueno, es guapo, claro. Sí, muy agradable. Y giró su cuerpo en una sacudida, viendo el lado de la cama vacío. Colocó el brazo que no sujetaba el teléfono sobre las sábanas arrugadas. No ha tenido ni la delicadeza de despedirse. Lo que oyes. Ni me he enterado. ¿Te puedes creer cosa igual? Ya no pido ni que busquen una excusa elaborada. Con decir, me voy, nos vemos, ya te llamaré, con eso, me conformo. Pero no, tenía que tocarme el cabrón que se va sin decir ni mu. No sé, debo tener imán, porque éste me engañó como una tonta. Tenía buenas maneras. Me gustaba. Pero fíate tú de las apariencias. Ya no soy capaz ni de decirme que no volverá a pasar, que se acabaron los tíos... porque me conoces y esta conversación la tendremos alguna otra mañana más. Se tocó el pelo y se desperezó, haciéndose un ovillo. La luz entraba por las rendijas de la persiana, dando el reflejo directamente en sus ojos. Los cerró, molesta, y frunciendo la frente, sentenció: Pero una cosa te dijo, cuando me lo vuelva a encontrar me va a oír. Pienso montarle el mayor numerito que haya sufrido en su vida. Ya estoy harta. Éste va a pagar por todos los hombres que me han hecho daño en la vida.

Tras la puerta del dormitorio, cruzando el pasillo, en la cocina, un chico con el pelo revuelto llenaba dos tazas de café. Buscaba el azúcar en los armarios pero sin hacer el menor ruido, para no chafar el desayuno sorpresa. Incluso había tostado un poco de pan de molde. Le brillaban los ojos, y a pesar de la cara de dormido, sonreía.

sábado, 18 de julio de 2009

El nudo del ahorcado

La resignación es un suicidio cotidiano.

Mandó a su mujer y sus hijos a la casa de la playa. Compró una botella de whisky y varios metros de una cuerda resistente y se preparó a poner en práctica la decisión más dura que jamás en la vida había tomado. Las razones eran múltiples; algunas de tremenda importancia, que habían conformado juntas un callejón sin salida, del que esa tarde estaba dispuesto a escalar. Escribió dos cartas, una dirigida a su familia y otra a la autoridad competente, ambas sinceras y directas. En esa situación tan cruda era mejor obviar los paños calientes. Como nunca había hecho un nudo de tamaña trascendencia, decidió informarse. En un buscador de internet, enseguida encontró la solución: Instrucciones para hacer un buen nudo de horca. Eran viñetas sencillas con una escueta instrucción, perfectas para el caso. Una vez previsto todo, se dio una larga ducha y eligió con cuidado la ropa que se iba a poner. Pensó que la pérgola de madera labrada del porche trasero sería lo suficientemente resistente. Frente al ordenador, con un vaso de whisky con hielo, comenzó a seguir las instrucciones para hacer el nudo, pero frente a lo que pensó en un primer momento, no era nada sencillo. Después de algunos intentos, consiguió algo parecido al nudo del ahorcado pero no estaba bien apretado y se deshacía al deslizarse. Se desesperó y se apuró de un tirón el vaso de whisky. Se bebió otro mientras escrutaba la cuerda en busca del error que había cometido. Probó una y otra vez, con más y menos cuerda, pero no conseguía hacerlo corredizo, o se quedaba flojo. Bebió una y otra vez también para infundirse ánimos. Pero el alcohol hacía que cada vez sus manos estuvieran más torpes y finalmente se quedó dormido en el sofá.

Al día siguiente, se despertó con la cuerda enredada al cuerpo. Era tarde y tenía una fuerte resaca. La cabeza le iba a estallar. Se levantó arrastrando las piernas como un boxeador noqueado y se tomó una pastilla. Vio las cartas, primorosamente colocadas sobre la mesa. Sintió una vergüenza atroz. Las rompió. Tiró a la basura el poco whisky que quedaba. Enrolló la cuerda y la dejó tirada en el garaje con el resto de herramientas de bricolaje, que por falta de tiempo, ya apenas usaba.

Imagen: Horca de la exposición "Antiguos instrumentos de tortura" de la Sala Alfonso XII de Toledo.

miércoles, 24 de junio de 2009

Mala sangre

Los privilegios de la ira son: no creer a los amigos, ser súbito en los hechos, tener encendidas las mejillas, aprovecharse presto de las manos, tener desenfrenada la lengua, decir a cada palabra una malicia, enojarse de pequeña ocasión y no admitir ninguna razón.

Lo odio... La odio... Siempre metiéndose en mi vida, como si fuera de la Gestapo. ¿Quién se cree para decirme lo que debo hacer? No lo soporto más. No aguanto. Voy a explotar. Sólo me dan ganas de quitarme de en medio, coger mis bártulos y desaparecer. Parece que no me escucha, es como hablar a la pared. Es inútil, saliva gastada inútilmente. Quiero gritar. Es injusto. ¿Por qué se ceba conmigo? Yo no tengo la culpa de su mala suerte. No hace falta pagarlo con nadie. Necesito estar solo. Sola. No tengo fuerzas para sonreír, es como si mi boca se hubiese llenado de hormigón. No puedo ni disimular, se me nota. ¿Por qué mi vida son problemas y problemas en una sucesión hasta el infinito? No lo entiendo. Lo peor de todo es que no me da ninguna explicación. Se calla. Nos callamos. Silencio espeso. No soy capaz de mirarla a los ojos. No me atrevo. ¿Por qué he de controlarme en mi propia casa? Me humilla. Me castiga. ¿Por qué? ¿Por qué? No hay razón para esto, no la hay y punto. El corazón me va a estallar. Es intolerable esta situación. Y lo peor es que yo tengo la culpa, yo, únicamente. Si lo hubiera cortado de raíz, no me vería así ahora. Ya me lo advertían, pero no hice caso. Nunca escucho los consejos y me emperro en hacer mi santa voluntad. Me equivoqué contigo. Contigo. Sin ti. Sin ti estaría mejor. No puedo. Me supera esto.

Al día siguiente, nada cambió. El sol salió por el mismo lado, las nubes recorrieron tímidamente el cielo. Hacía viento. Pero las razones poderosas se desvanecieron sin dejar rastro.

miércoles, 3 de junio de 2009

La calle del silencio

Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos.

El día comenzaba antes de que saliera el sol. Los hombres iban saliendo de sus portales despacio, con la boca pastosa, casi en formación. Salvo unos pocos que se marchaban en coche, la mayoría se reunía en la parada del autobús de la empresa. Allí, pequeños murmullos, bostezos e incluso carreras de los rezagados, porque el autobús no esperaba a nadie. La dirección era muy estricta con los horarios. Una vez que el sol alumbraba tímidamente el barrio aparecían algunas mujeres. También se dirigían a la parada, pero éstas tomaban el autobús de línea hacia el barrio alto. Casi todas las mujeres trabajaban allí, de asistentas, cocineras, niñeras, chicas de servicio. Hablaban entre ellas durante camino y al llegar se desperdigaban para volver de nuevo a unirse para la vuelta, como si fueran una bandada de estorninos. Las mayoría de mujeres que quedaban en el barrio, muchas ya abuelas, aparecían después, con los niños de la mano hacia la puerta del colegio. Alborotada puerta de prisas infantiles, de besos de despedida, que servía además de punto de intercambio de noticias, de lo que pasaba y no pasaba, del esto y del aquello y de lo de más allá. Ruido que se diluía con la sirena que daba comienzo a las clases. Después, en continuo movimiento, hacían los recados: cargaban las pequeñas compras del día, pagaban las facturas. Algunas se paraban a charlar, poca cosa en realidad, siempre mirando el reloj porque tenían que hacer la casa y preparar la comida. Y así cuando estas mujeres se recluían en casa, cada mañana, sin hora fija pero indefectiblemente a diario, se producía el silencio. Marmóreo, pesado, el silencio inundaba el barrio, como un toque de queda que nadie había anunciado. Jodido silencio sin vida, gris y frío como el barrio, como su gente. Un tiempo de nada, de recalmón, de agua estancada que lo pudre todo. Un silencio que sube a cada casa, en cada bloque y se mete por las cañerías y por las rendijas de las ventanas. Un silencio que envenena al barrio. Duraba poco, eso sí. Era roto por un coche perdido, porque allí nadie iba si no era necesario o algún gato maullando o la música especialmente alta de la vecina del tercero. Daba igual. El silencio volvería con el día siguiente.

domingo, 19 de abril de 2009

Los egoístas

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.


¿Cómo me dejas así, sin más? Nunca pensé que me podrías hacer esto. Con lo que yo te he dado, con lo que me he sacrificado por ti... Puse todo mi empeño en que tuvieras una vida tranquila, sin sobresaltos, que te dedicaras a ti, que no trabajaras porque no te hacía falta. Dormí poco por ti, para que el trabajo fuera lo más próspero posible, por crear un futuro asegurado para ti, para los dos. Te compré de todo, ni siquiera hubieras soñado antes con poseer todo lo que tienes. Accedí a tus caprichos, por más idiotas que fueran y ahora me doy cuenta de que fueron para nada. Te olvidaste de ellos tan rápido como ahora te olvidas de mí. Construí mi vida a tu alrededor y ahora descubro que ese mundo es tan falso como el decorado de un teatro. Siempre creí que estaba solo en el mundo hasta que apareciste, entonces mi vida cambió. Giró en torno a ti, tú eras el centro. Pero ahora me doy cuenta de que todo fue un espejismo, una apariencia, un papel para tenerme contento mientras afilabas el puñal asesino. Me haces replanteármelo todo ahora, si eran de verdad esas manos cariñosas, esa boca insinuante, esas palabras aterciopeladas, esa vida. Yo que respiraba de lo que salía de tu boca, ahora me ahogo. No hay aire en esta habitación. Me miras en este momento y sólo veo el vacío en tus ojos. No queda nada de ti dentro. ¿No tienes ni siquiera palabras?

Cambió el gesto y dijo: Me lo diste todo, absolutamente todo, aunque nada nunca dejó de ser tuyo. Sin embargo yo sólo quería una cosa que estaba, de largo, fuera de mi alcance: a ti.

sábado, 21 de marzo de 2009

Las viejas amigas

Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón.


De repente sintió que alguien le tocaba al hombro.

-¿Elena? -dijo con cara de seguridad.
-Sí, Susi... que alegría verte, cuanto tiempo.
-Desde el instituto, ¿cómo te va la vida?
-Bien, no me puedo quejar.
-No me digas que esta niña tan guapa es tuya.
-Sí, ¿te acuerdas de Pablo del instituto? Pues me casé con él.
-Estabais hechos el uno para el otro, no me sorprende nada.
-¿Y tú? ¿Estás casada? ¿Tienes hijos?
-Pues ni lo uno, ni lo otro.

Susi le contó a Elena su periplo por Asia como cooperante, una experiencia que le había cambiado la vida, y Elena, por su parte, le explicó la felicidad de ser madre y cuanto estaba enamorada de su marido. Se dieron los respectivos números de teléfono y se despidieron.

Qué bien reencontrarme con Susi, cuanto tiempo... parece una eternidad. La veo muy mona, un poco delgada, pero con la vida viajera que ha tenido, pues no me extraña. Yo creí que nadie cumplía los sueños de viajar que teníamos en el instituto. Pero ella sí, siempre fue muy dispuesta. Se la veía plena. Debe ser que cuando te dedicas a algo tan interesante, se te refleja en la cara. No es lo mismo que trabajar en una oficina. Donde va a parar... Y sigue soltera. Qué bien. Yo me casé demasiado pronto, siempre me lo digo. Me hubiera gustado aprovechar más la juventud, pero Pablo se empeñó y la niña vino enseguida. Ay, no digo que no esté a gusto, pero igual me hubiera ido unos años más tarde. No se puede hacer lo mismo siendo madre, que si la comida, que si el colegio... son responsabilidades que te pone la vida en el camino. Mira Susi, tan feliz, sin tener que dar explicaciones a nadie y volviendo a casa a la hora que le parece. Así tiene todo el tiempo para ella. Ya me gustaría estar en su pellejo un temporadita. Uy, el móvil. Dime Pablo (...) en el tercer cajón de la cómoda, sí, (...) está ahí seguro, mira bien. De todas formas, ya voy para casa. Adiós.

Cuanto tiempo hace del instituto y que cambiada está Elena. Normal, no me extraña, está casada, es madre. Eso hace madurar aunque no quieras. La he visto muy centrada, muy volcada en su niña. Qué linda... Es para estar orgullosa, pasear con tu pequeña. Ya me gustaría a mí verme así. Me siento muy sola, y no sé si esto lo pienso sólo para satisfacer un capricho. Tengo una edad, soy consciente, sin embargo hasta hoy no he encontrado a ningún hombre con el que me gustara tener un hijo. Ha habido muchos, pero ninguno con madera de padre. Elijo mal, estoy segura. También podría ser madre soltera, pero no sé si estoy preparada para soportar esa responsabilidad yo sola. Debe ser precioso abrazar un cuerpecito sabiendo que ha nacido de tu cuerpo, que ha estado dentro de ti. A Elena se la veía plena, muy contenta. Cuanto daría por cambiarme por ella aunque fuese un momento, que te esperen en casa, escuchar risas de niño... ¿Dónde tengo el móvil? Hola, que alegría escucharte (...) ¿esta noche? No, no tengo nada que hacer (...) Vale, pásate por casa y así me recoges. Un beso, guapo.

martes, 27 de enero de 2009

Tu voz, de repente

Tu voz puebla de lirios
los barrancos soleados donde silban mis versos de combate.
Tu voz siembra de estrellas y de azul
el cielo pequeñito de mi alma.
Tu voz cae en mi sangre
como una piedra blanca en un lago tranquilo.
En mi pecho amanecen pájaros y campanas
cuando muere el silencio para nacer tu voz.

Hacía tanto tiempo, que creí olvidada tu voz, enterrada en cualquier pliegue de mi cerebro. Pero cuando te escuché aquella tarde al otro lado del teléfono, no sólo te reconocí al instante, sino que con el sonido de tu voz volvieron todos los recuerdos que un día archivé con el letrero de NUNCA MÁS. Es de esos casos, que uno, con la estúpida presunción del orgulloso, cree que puede vencer sin problemas, pero cuando se producen, descolocan lo que cuidadosamente habíamos previsto. Fue una conversación cordial, incluso amena. Querías saber de mí, cómo me iba, o eso al menos me dijiste. Así, sin más, después de todo lo pasado y sobre todo después de tanto tiempo. Podría haberte colgado, pero mi malsana curiosidad obstruyó cualquier sensatez. Interpreté, una vez más, al buen amigo, al que escucha interesado detrás del auricular. Me contaste, emocionada, los cambios de tu vida en una nueva ciudad. Sinceramente me alegré por lo bien que te iba. Yo te correspondí con cautela, como casi siempre hago todo, abriendo apenas unas rendijas de lo que mi vida era en ese día. No era mi mejor momento y tu llamada vino para reafirmarlo. Creo que te lo transmití y me ofreciste tu ayuda y tu ánimo. Te dije que lo tendría en cuenta, aunque sabía que nunca se me ocurriría pedirte nada. Ya no. Cuando colgaste, aún tu voz retumbaba en mis oídos. Sentí un hueco frío en mi interior donde inmediatamente esa voz pequeña y viva se instaló. Llevo muchas noches intentando desahuciarla. Pero no se deja.

sábado, 10 de enero de 2009

Gaza

Creer que un enemigo débil no puede dañarnos es creer que una chispa no puede incendiar un bosque.


De nuevo David agarra una piedra para lanzar, esta vez, contra un Goliat subido a un tanque. De nuevo las nubes se vuelven polvo y humo de destrucción. De nuevo se lucha por un trozo de tierra, como antaño, tierra árida e inhabitable, pero tierra al fin y al cabo. De nuevo, se piensa en el caos para alcanzar el poder, ignorando que las mentes no se pueden controlar con fuego y balas. Las justificaciones son variadas, todas inútiles, como siempre, porque parece que se quiere matar con la conciencia blanqueada. Los rezos resuenan en una lengua y se contrarreza en otra. Plomo fundido derramado desde el cielo. Y personas encerradas en una ratonera sin salida, sin alimentos, esperando su destino, dejadas a su suerte. Suerte nefasta brindada desde el nacimiento, por el simple hecho de nacer en un lugar y no en otro. Los muertos, sin embargo, no hablan ningún idioma, no se quejan, ni son de aquí o de allá. Los muertos dejan de tener religión y se convierten en cifras.
Y mientras, el resto de mundo retransmite la matanza, apostando su dinero por uno o por otro, como un combate de boxeo macabro pero con la seguridad de saber que el fuego está lejos, muy lejos, en una tierra mítica, donde las desgracias son, por concepto, bíblicas.

Hoy todo esto ocurre en Gaza y centramos nuestra atención hacia aquel lugar, pero en unos meses olvidaremos esta herida y pondremos el foco en cualquier otro lugar que sangre. Como ayer fue Iraq o Bosnia o Somalia. Mar de muertes injustas, como sólo la guerra sabe hacer. Volveremos a poner nuestro mejor gesto de horror y seguiremos viviendo.

Imagen: Ataque aéreo israelí a la franja de Gaza (28 de diciembre de 2008).