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viernes, 29 de abril de 2011

Interiores

Es una ironía; a pesar de que yo estoy preocupada por ti y tú me correspondes con desdén, me siento culpable. Creo que tú eres demasiado perfecta para vivir en este mundo. Todas esas habitaciones tan exquisitamente amuebladas, esos interiores tan cuidadosamente diseñados, todo tan controlado… No había lugar en ellos para los sentimientos humanos. No, no lo había.

Interiores (Woody Allen, 1978)

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Joey miraba el jarrón blanco de cerámica porosa que su madre le colocó en el aparador del salón. Pensó que era una imposición de su madre.

Una vez completada la decoración de la casa familiar, se había dedicado a comprar pequeños detalles para mejorar mi casa. Era un jarrón sencillo, quizá para poner margaritas. Según me dijo mamá, ninguna otra flor debía cubrir la belleza serena de la cerámica, ni las formas simples que tenía. Pero, bajo esa apariencia, sobre la madera, presidiendo el salón, se escondía el mandato firme de una madre, una mujer inteligente, dotada, culta y que quería lo mejor para sus hijas. Todo belleza, pero con un interior oscuro y autoritario, como el que había si mirabas por la boca del jarrón. Al igual que éste, mi madre podría lucir margaritas prendidas en su trenza, pero seguiría siendo mi madre, todopoderosa madre. Más allá del poder maternal de cualquier madre, la mía usaba mecanismos suaves, diplomacia blanda, buenas palabras y educación, pero imposición al fin y al cabo. No me molestaba realmente el jarrón, era bello. Mi madre tenía buen gusto. Si lo retiraba y lo colocara en otro lugar, sería lo primero que mamá observaría al entrar: “Hija, ¿dónde está el jarrón? Quedaba tan bien ahí… que es una pena que lo hayas quitado. Daba tanto juego con los muebles…” Y yo, por no escuchar nada más, lo volvería a poner en su sitio, con rabia, con un gesto frustrado de derrota por el indignante mando de quien me dio a luz.

En Interiores (1978), Woody Allen unifica dos de sus temas preferidos en su filmografía: psicoanálisis y Bergman. Más que nunca, esta película es un enorme homenaje construido en torno al gran cineasta sueco. No voy a incidir en las diferencias entre Ingmar Bergman y Woody Allen, porque son evidentes y este blog no pretende ser una enciclopedia. Pero es claro que en Interiores existe una admiración que sublima toda la película. Actores, diálogos, ambientación, todo es tan bergmaniano, aunque siempre pasado por el tamiz del director neoyorkino, lleno de ironía y situaciones inverosímiles. Una madre castrante y controladora a la que su marido, padre de la familia, decide abandonar después de muchos años de matrimonio. Tres hijas totalmente diferentes en su manera de ver el mundo, pero que tienen la característica común de la inconveniencia de esta separación. Y mucha intelectualidad y referencia a filósofos y escritores hasta en las conversaciones más triviales y caseras. El punto de normalidad lo pone la nueva novia del padre, Pearl, una divorciada madura, que llega a la familia como un terremoto. Los momentos culmen se producen en la boda del padre y Pearl. Todas las rencillas familiares estallan en la casa de la playa donde se celebra la ceremonia íntima. Junto a una noche tormentosa y un mar embravecido, luz nórdica, sobriedad y colores fríos, Bergman estaría profundamente halagado.


Vídeo: Renata (Diane Keaton) en su visita al psicoanalista.

domingo, 17 de abril de 2011

Séraphine Louis

Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas.

Hojas, flores, ramas, rojo sangre. Sábanas mojadas tomando el sol junto al río, baldes llenos de agua con jabón, suelos de madera barridos. Velas encendidas con cera goteando. Pinceles sucios, aguarrás, pintura Ripolin de la droguería del pueblo, paletas, mejungues a medio secar, olor a barniz. La mirada de la Virgen es la única que te ve pintar. Voces. El apocalipsis. El fuego encendido para un té, las camisas planchadas y dobladas. Manzanas brillantes, hojarasca viva, flores que hablan, viento que susurra. La obra del Creador fundida en los lienzos. El barro, el líquen de un árbol, los trinos de los pájaros, la hierba. Las calles mojadas, los gritos, los ojos que te juzgan. Y más voces, y las rodillas peladas del frío y de fregar. Un pequeño trozo de carne y un vaso de vino peleón. Discretas ilusiones. Sencilla tú, Séraphine, como los arbustos, pero entrelazada y compleja como tus pinturas.

Séraphine Louis o Séraphine de Senlis (1864-1942) es una pintora francesa casi desconocida. Es representante de la pintura naïf de principios del siglo XX. Aunque esto es mucho decir para esta mujer de vida difícil e imaginación imparable. Huerfana con apenas un año, adolescencia en un convento, fue pastora y criada toda su vida. Pero tenía una pasión oculta: pintar. Fue descubierta por el marchante y coleccionista Wilhelm Uhde, cuando éste se refugió en Senlis en 1912, huyendo del caos de París. Por casualidad, Séraphine servía en la casa que alquiló Uhde, y también casualmente llegó a sus manos un pequeño bodegón de manzanas, que le asombró. Ahí comenzó la carrera pública de esta mujer, dentro del grupo de "primitivos modernos" o precursora del Art brut o arte marginal. El encuentro con Uhde despertó sus inquietudes artísticas, hasta entonces privadas y comenzó a pintar y a pintar hasta la demencia. Le expusieron y vendió algunas obras en París, una vez acabada la I Guerra Mundial, pero la Gran Depresión ahogó de nuevo esta fulgurante y breve carrera. El 25 de febrero de 1932, Séraphine, después de un altercado en Senlis, es ingresada en el asilo psiquiátrico de Clermont-de-L'Oise. Diágnóstico clínico: "Ideas delirantes con manía persecutoria, alucinaciones psicosensoriales y trastornos de la sensibilidad profunda." Nunca más pintó. Murió en la pobreza el 18 de diciembre de 1942. Fue enterrada en una fosa común.

Dije pintora casi desconocida, porque he visto una preciosa película biográfica de esta excepcional mujer (Séraphine, Martin Provost, 2008) y, como su mecenas, yo también la he descubierto ahora. Y aunque siempre me han parecido las naturalezas muertas un poco frías, no es el caso en la pintura de Séraphine Louis, llenas de color y de vida. Recomiendo la película y su obra. Y aprovecho, para, desde aquí, brindar este homenaje a los artistas autodidactas, que llenan con pasión cualquier vacío de educación formal. Bravo por ellos.


Imagen: Hojas (Séraphine Louis, 1928-1929) en la Colección Dina Vierny de París. Vídeo: Trailer de la película Séraphine (Martin Provost, 2008).

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

Cuando la gente dice “ella tiene todo”, tengo una respuesta: todavía no tengo mañana.

Elizabeth Taylor

Los ojos violetas se han cerrado hoy para siempre, ojos que llenaban una pantalla, cristalinos y penetrantes. Cleopatra echó la última mirada burlona y tomó el áspid, antes de recrearse en los recuerdos de toda una vida marcada a partes iguales por el lujo y la lucha. Fue gata en el tejado de zinc, mujercita malcriada, violenta alcohólica que no temía a Virginia Woolf, mujer marcada. Fue Liz, aunque no le gustaba. Tuvo un lugar en el sol, en Alejandría, en el papel couché y en todas las joyerías exclusivas de Beverly Hills a Nueva York. De niña, jugó a ser actriz como un prodigio, y cuando lo consiguió jugó a ser mujer enamorada. Su James Dean, su Monty Clift, su Rock Hudson, y cuando se cansó de eso, llegó su Marco Antonio, Richard Burton. Pero no descansó ahí, la pasión hay que regarla con diamantes y alcohol para ser digna de tal ilustre matrimonio. Peregrina Liz, protagonista de sueños, de luchas, de apoyo y buenas causas. Lengua mordaz, facciones de diosa, mujer indomable, robó el esplendor del Hollywood dorado para atesorarlo por siempre. Leyenda. Mito de un mundo que no existe ya, ni existió nunca.

Y de repente, el último verano. Descanse en paz. El cielo se llena de estrellas mientras la Tierra sigue fea y gris sin mujeres como Elizabeth Taylor.

jueves, 24 de febrero de 2011

Carta de una desconocida

Cuando leas esta carta, puede que haya muerto; tengo tanto que contarte y tan poco tiempo...

Carta de una desconocida (Max Ophüls, 1948)

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Aún recuerdo el día en que apareciste en mi vida. Era un día cualquiera, ni siquiera ocurrió nada extraordinario más. Hay dos fechas claves en la vida de una persona, el día en que naces y el día en que se despierta a la vida. Y aquél fue éste segundo. Comenzó con la llegada de un carro de mudanzas. Los operarios fueron sacando, uno tras otro, objetos maravillosos. Un arpa, unos candelabros de plata, cajas de libros, cartapacios llenos de libretos y partituras, copas de cristal envueltas en papel de periódico… Yo me paseaba admirada como si hubiera entrado en la cueva de los ladrones de Alí Babá. A pesar de que oía de fondo a mi madre llamarme, no había nada, ni nadie que pudiera hacerme reaccionar. En esos momentos, sentí un agudo dolor dentro del pecho. Como el pollito que sale del cascarón, mi corazón nacía en aquel preciso instante. Me enamoré de los libros, de la lámpara de tu despacho, del piano, del pesado cajón donde se podía leer: FRÁGIL, de todo lo que veía salir de aquel camión. Y entre el ir y venir de hombres y cajas, por fin te vi dirigiendo al resto. Como un director de orquesta, movías tus brazos y dabas instrucciones. Allí me vi, sucumbiendo a la dulce melodía. Mi destino quedó sellado a ella.

Carta de una desconocida (1922) es un precioso relato de Stefan Zweig, que hace tiempo que leí. Supongo que con una buena idea como la de este libro, hacer una película buena es más fácil. Y también puedo suponer que Max Ophüls era el director indicado para traspasar al cine un relato ambientado en la Viena de principios de siglo, aunque la película se hiciera en el Hollywood de 1948. Pero tener un texto excelente no es la panacea que puede salvar una película, especialmente cuando se tiene una historia que es un flashback continuo. Son necesarios actores solventes, una preciosa ambientación y todo el talento necesario para no convertir una historia de amor-obsesión en una cursilada mayúscula. Creo que Carta de una desconocida (1948) lo consigue con creces. Ver los ojos ansiosos de Lisa (Joan Fontaine) cuando Stefan (Louis Jourdan) la descubre espiándole bajo su casa, llorosos en su despedida del tren y decepcionados cuando se da cuenta de que nunca va a recordarla, son toda una muestra de interpretación. Con una película así, uno recuerda que el amor no siempre va a la misma velocidad en dos personas, y lo que para uno es un momento clave en su vida, para otro es pura y ordinaria monotonía. Porque no hay nunca una sola historia, ni siquiera dos, la tuya y la mía, sino millones, dependiendo de los ojos que la ven, del momento en que ocurre, del estado de ánimo, de la hora del día, de la música que suena o de cómo incide la luz. Quizá por eso nos sintamos tan inseguros cuando descubrimos que estamos enamorados… porque no depende de nosotros.

domingo, 11 de octubre de 2009

El señor Chow

No miró hacia atrás. Era como si se hubiera subido en un tren muy largo rumbo a un futuro somnoliento, a través de la insondable noche.

2046
(Wong Kar-wai, 2004)

El señor Chow salió de la redacción con desgana. Caminó. Los pasos sobre el asfalto le retumbaban en la cabeza. Tenía la contradictoria sensación de querer llegar y no hacerlo a la habitación 2046 del hotel Oriental de Hong Kong. No era cualquier lugar. En 2046 se viven los recuerdos perdidos, nada cambia nunca en 2046. Y eso era lo que desesperadamente buscaba el señor Chow. Cuando se ha amado con tal intensidad, todas las mujeres son una, la amada, la buscada, Su Li-zhen, se decía una y otra vez. Y aunque salía y entraba de la habitación, asumía que estaba atrapado en ella, que sus paredes encerraban aquel enigma que una se le cruzó en la vida. Todo el camino, estuvo planeando una nueva historia para escribir, porque su editor le apremiaba. El señor Wang le saludó amistosamente en la puerta del hotel y le preguntó cómo le había ido el día. Contestó algo banal y se dirigió hacia la habitación. Acarició levemente la placa con el número y de nuevo se sintió perdido.

El señor Chow (Tony Leung) aparece en las tres películas (Days of being wild, In the mood for love y 2046) de la trilogía de Wong Kar-wai sobre el Hong Kong de los 60, pero es en los dos últimas donde es el protagonista. Periodista, novelista de tres al cuarto y sobre todo amante, el señor Chow deambula en un mundo rutinario plagado de recuerdos. Sufriente, con los ojos tristes, se da cuenta como su esposa se va distanciando cada vez más de él, siéndole infiel con el marido de su vecina. Es precisamente a ella, Su Li-zhen (Maggie Cheung), a quien entrega su amor. Surge entre ellos una relación de complicidad, reconfortando las mutuas heridas de la traición. Es algo puro, porque ni Chow, ni Su Li-zhen quieren ser como sus parejas. Pero el raudal de sentimientos es incontenible y el señor Chow decide marcharse a Singapur para olvidarla. Al cabo de los años, vuelve a Hong Kong, ha cambiado, vive una vida golfa y se prohíbe sentir amor. En la habitación 2046 del hotel Oriental, donde quedaba con Su Li-zhen, se instalará. El recuerdo de aquella mujer le obsesiona, todas son la misma, la única que amó.

No podría ponerle ni un sólo inconveniente a In the mood for love y 2046 (Wong Kar-wai, 2000 y 2004, resp.), absolutamente ninguno. En mi opinión son películas redondas, que cuanto más las veo, más me gustan y eso me pasa con muy pocas. La historia, la forma de narrarla, la estética, la delicadeza de sus imágenes, la música, las interpretaciones... en conjunto dos excelentes películas. Y podría pasarme horas analizando detalles, el secreto guardado en un agujero del templo de Angkor Wat, los sinuosos qipaos de las mujeres, la sensación de decadencia y de rutina... pero serían palabras ridículas con las que apenas alcanzaría a describirlos. Lo único útil que podría decir es que os dejarais encerrar en la habitación 2046 y lo comprobareis.

Vídeo: Imágenes de las dos películas con la pieza de Shigeru Umebayashi, Yumeji's theme de la banda sonora de In the mood for love.

jueves, 10 de septiembre de 2009

A ciegas

No es una historia sobre Portugal o Canadá o Brasil, es una historia sobre la humanidad y la naturaleza humana, que debe generar muchas preguntas pero no dar ninguna respuesta.


Estoy ciego. No veo nada. Ha ocurrido de repente. Sin porqués, sin causas, casi sin notarlo. Inundado en una bruma blanca, que lo envuelve todo y que convirtió las formas de las cosas en blanco. Un blanco inmaculado, un blanco infinito. Y ese mero hecho, pequeño, como pequeños son mis ojos, fue la peor desgracia de la humanidad. No bolas de fuego caídas del cielo, ni grietas insondables en la tierra, sólo ojos ciegos, vacíos, estancos, sin comunicación. No damos valor a lo cotidiano, por insignificante y por cansino, por cercano, pero cuando lo perdemos asistimos a un reencuentro: el del nuestro yo con el mundo, el del conocimiento. Y tiramos del instinto más atrofiado. El que no usamos porque nosotros, los hombres, nos creemos una raza singular tocada por la mano de Dios. Pero basta lo más mínimo, la escasez de algo sencillo para que el mundo sucumba a la mayor y más contagiosa ceguera.

Un hombre (Yusuke Iseya) en un coche frente al semáforo de repente se queda sin vista. Tras la primera impresión acude a un oftalmólogo (Mark Ruffalo) que revisa sus ojos sin encontrar nada. Todo parece correcto. Pero al día siguiente el oftalmólogo queda también ciego y se inicia una particular epidemia muy contagiosa. Las instituciones públicas, al desconocer las causas que producen el contagio, deciden recluir a los ciegos como medida de cuarentena en un psiquiátrico abandonado. Pero todos no son ciegos, la mujer del oftalmólogo (Julianne Moore), sin saber porqué, ve y acompaña a su marido en el encierro. Ella será sus ojos en un primer momento y posteriormente los del resto. Cada vez son más los que llegan, sin noticias del mundo y sin las mínimas condiciones. Tienen que organizarse para vivir, pero no todo el mundo quiere acatarlo. Fuera, la situación no es mucho mejor. La epidemia se extiende y no hay forma de pararla.

No es fácil hacer la adaptación al cine de un libro. Son lenguajes diferentes. Pero si encima es un libro como Ensayo sobre la ceguera (José Saramago, 1995), además de difícil, es un reto. Por eso creo que la película A ciegas (Fernando Meirelles, 2008) no tuvo críticas entusiastas. Los que leyeron el libro inevitablemente compararon ambos y los que no, supusieron que una película no podría estar a la altura de ese libro, éxito de ventas y aclamado por la crítica. Y es que es una tarea monumental crear en imágenes el efecto de la ceguera. Pero esta ceguera es muy simbólica, representa lo desconocido, lo contagioso, lo inevitable, la gran pandemia que puede acabar con una maltrecha civilización. La enfermedad que despoja al ser humano precisamente su humanidad y que lo arrumba a su condición de animal que lucha por la supervivencia. Por eso es una película cruda, como lo es el libro y que se encarga de crear en el espectador la sensación de despojado, de lucha extrema. El problema de la película es quizá la falta de valentía a la hora de mostrar al público los rigores de ese mundo apocalíptico y que en la novela se cuentan detalladamente. Pero en cualquier caso, evitando comparaciones, A ciegas es una película interesante, en el fondo y en la forma, iluminada de todos los matices del gris, para no caer en el negro absoluto de la historia que cuenta. Y que termina con un sol cegador.

martes, 14 de julio de 2009

La mujer del teniente francés

Tendidos los ojos al Oeste
por encima del mar,
con mal viento y buen viento,
allí estaba ella siempre
incrustada en el paisaje;
sólo en el infinito descansaba su mirada,
nunca en otro lugar.
Parecía hechizada.


-¡Oh Dios, querida, hay una mujer en el espigón! Con este temporal podría caerse al mar. Tenemos que hacer algo.
-Tranquilo Charles, sólo es Tragedia, como todos la llaman en el pueblo. Siempre está ahí y nunca le ha pasado nada. No te preocupes.
-¿Tragedia?
-Sí, Tragedia, la mujer del teniente francés. Es lo menos grave que se dice de ella, porque se le llama en el pueblo de algunas maneras que una señorita no puede repetir. Siempre está esperando que vuelva ese hombre. ¡Qué horror! Se pone en evidencia.
Ni se lo pensó. Charles corrió por el espigón de Lyme Regis, a pesar de que Ernestina gritaba que volviera. No podía permitir que le pasara algo a aquella mujer. El mar bramaba furioso, incontrolable, sin embargo ella no se movía. Cuando llegó al final, estaba totalmente empapado y ella seguía inmóvil, enlutada y con la mirada escrutando el horizonte. Señorita, es peligroso que permanezca ahí, podría ocurrir una desgracia, le advirtió. Y giró la cabeza lentamente, con desgana y clavó sus ojos de esfinge en Charles. Sin decir nada pedía ayuda. Fue entonces cuando él se dio cuenta que no era ella quien estaba esperando, sino él, a que llegara ese momento.

La señorita Woodruff (Meryl Streep) aunque sabe que el teniente francés no volverá, pasa las horas mirando al mar esperando el milagro. Charles Smithson (Jeremy Irons) espera encontrar un fósil único con el que siempre será recordado. Ernestina (Lynsey Baxter) siempre pensó que se casaría con un caballero. Curiosamente la lenta espera y la feliz esperanza tienen la misma raíz. Pero la vida no es siempre como esperamos. Los caminos se entrecruzan, nuestros pasos se desvían porque en ocasiones preferimos el enmarañado bosque que el recto sendero, aun a riesgo de perdernos. Y de eso trata La mujer del teniente francés (Karel Reisz, 1981), de salir de la ruta marcada, de evitar que nos derriben, ya sea un mar embravecido o una estricta sociedad, de luchar contra viento y marea. Y aunque esté ambientada en la reprimida Inglaterra victoriana, sirve igualmente para cualquier época y lugar. Los corsés cambian de forma pero siguen existiendo. Con guión de Harold Pinter, basada en la magnífica novela de John Fowles, la película nos cuenta como Charles salva a Sarah de la locura y se embarca a sí mismo en un amor loco, inesperado, pero del que no puede escapar. Juntos se darán cuenta que los obstáculos en el amor no distancian sino que incrementar la pasión.

jueves, 18 de junio de 2009

La novia de Frankenstein

Nada vale tanto la pena de ser encontrado, como lo que jamás ha existido.

Pierre Teilhard de Chardin

Que tenga el pelo largo, largo y sedoso. El color da igual. Los ojos grandes, misteriosos, que digan algo. Una cara bonita, pero no de esas bellezas sosas que empalagan. Me gustan las caras con carácter. Que sea femenina también. Aunque si lo pienso, el físico no es tan importante. Recapitulando las mujeres que me han gustado, son todas muy diferentes entre sí. Recuerdo aquella bajita que me sorbía el seso en la universidad o la morena con la que acabé tan mal. No, el físico no me importa, dentro de unos límites, claro está. La personalidad es otra cosa. Es en lo que realmente me fijo. Que tenga genio, aunque no tanto como para que me anule. Que sepa lo que quiere. Odio a las indecisas. Que sea simpática, extrovertida, aunque en su justa medida. Que tenga conversación, que podamos hablar sobre todos los temas del mundo. Claro y para eso es necesario que tenga cultura. Lo ideal sería que tuviéramos gustos similares. Aunque puede llegar a ser tedioso. No quiero un clon. Pero tampoco una mujer totalmente opuesta a mí. Lo de que los contrarios se atraen está muy bien para la Física, pero no es útil en la vida real. Que me complemente. Una mujer con valores, que no sea superficial, aunque tampoco aburrida. Siempre es bueno un punto de frivolidad pero que no mate por unos zapatos de marca. Que me atraiga. Aunque la atracción tiene que ver con el físico. No se puede despreciar el físico tan a la ligera, porque es lo primero que entra por la vista. Y que me quiera, sólo eso.

Terminó de pensar y salió a la calle a buscar quien encajaba con este perfil.


Vídeo: Creación de la novia (Elsa Lanchester) en La novia de Frankenstein (James Whale, 1931).

martes, 5 de mayo de 2009

El sueño de Alexandria

Querida hija, nunca te cases por dinero, fama, poder o seguridad. Sigue siempre a tu corazón.
Tu padre, que te adora.

¿Pone todo eso en la medallita?


En Los Ángeles, durante los años 20, no había bandidos enmascarados, ni caravanas por el desierto. Ya no quedaban vaqueros del Viejo Oeste más que en las películas. Allí y entonces, no era habitual ver a un guerrero hindú, y menos que se tocara la ceja cuando estaba nervioso, ni cúpulas orientales que explotaban, ni hordas de ejércitos tenebrosos, ni derviches turcos, ni estanques de nenúfares. Sin embargo, todo eso existía en un hospital, dentro de la cabeza de una niña, Alexandria (Catinca Untaru). Con el brazo escayolado y pocas ganas de quedarse quieta en su cama, la pequeña conoce a Roy (Lee Pace), un especialista de escenas de acción de Hollywood también ingresado. Él le contará la historia de los cuatro hombres que se enfrentaron al Gobernador Odio. Alexandria pondrá su imaginación para recrearla.

Hay películas que pasan desapercibidas por el gran público y uno no sabe muy bien porqué. Éste es el caso de The Fall. El sueño de Alexandria (Tarsem Singh, 2006). ¿Por qué la taquilla está siempre copada de grandes superproducciones hechas en serie? me pregunto a veces y sin embargo películas como ésta quedan relegadas. Original, con unas imágenes fascinantes y una curiosa mezcla de realidad y ficción que en el cine da siempre mucho juego, The Fall aprovecha magistralmente los recursos de la fantasía. Usa los colores en beneficio de la historia: grandes brochazos de colores vivos para lo más imaginativo, blancos y negros brillantes para los recuerdos y sepias cálidos para la realidad. La preciosa música de Krishna Levy acompaña justamente a las escenas y la ambientación de vestuario y decorados es increíble.

Necesitamos cuentos, historias, necesitamos vivir otras vidas, sentir el sol ardiente del desierto y la brisa fría del mar aunque ni conozcamos el desierto, ni el mar. Quizás no es esencial, pero sí necesario. ¿Por qué rechazamos la imaginación en la edad adulta? Es curioso, parece que la imaginación sólo está destinada a la infancia, donde la fomentamos y avivamos en los niños. Pero traspasada una edad, la vamos dejando de lado, creyéndola impropia e incompatible con la madurez. No hay que ser insensatos, una roca es una roca, por más que la miremos, pero también puede ser un pedazo de meteorito del espacio exterior o provenir de una excavación arqueológica en el interior del Perú que cruzó el océano para posarse en nuestras manos. Todo es posible dentro de nosotros. No digo que la imaginación sea la panacea para alcanzar la ansiada felicidad, pero puede servir para teñir un poco el gris de nuestro alrededor, ese gris persistente e intenso que nos persigue e inunda continuamente.

jueves, 12 de marzo de 2009

La ventana indiscreta

Nos hemos convertido en una raza de mirones. Lo que deberían hacer es salir de sus casas y mirarse hacia dentro para variar.



Día 1. Hace calor y encima tengo escayolada toda la pierna. Reposo y más reposo, y paciencia, me prescribió el médico. Y poca cosa más puedo hacer. Supongo que unas semanas sin trabajar pueden ayudarme a desconectar algo. Pero me aburro, no estoy acostumbrado a estar entre las cuatro paredes de este apartamento, que ahora se me antoja diminuto. Como estamos en plena ola de calor, las ventanas siempre están abiertas, como las de todos. Por ellas, veo todo el vecindario. Amas de casa haciendo sus faenas, chicos escuchando música, gente viendo la televisión. Rutina y rutina encerrada en sus casas. Y un par de tortolitos...

Día 2. El calor persiste. Después de un buen rato sin gran cosa que hacer, decido ver que hay de nuevo tras las ventanas de mis vecinos. La que ayer barría la casa, hoy hace la comida. Música alta en otro apartamento. Y el matrimonio de enfrente discute a gritos, aunque la atronadora potencia de la música ahoga sus palabras. Ella está metida en cama, igual que ayer. Debe estar enferma. Él llega al cuarto y comienza la trifulca. Ella ríe histérica, él golpea la cómoda del dormitorio. Se cruzan gestos y él sale dando un portazo como alma que lleva el diablo. Ella se lleva las manos a la cabeza en señal de dolor.

Día 3. La escena del matrimonio se repite con iguales consecuencias. Pasa algo en ese piso. Mientras alrededor, todo sigue igual. Duermo y como. Me aburro.

Día 4. ¿Dónde está ella? Ha desaparecido. Es extraño. ¿A dónde ha podido ir una mujer enferma? Quizá al hospital. Él se ve nervioso. Da vueltas por su casa, sin rumbo fijo. Y de repente, le veo envolver algo en papel de embalar. Parecen una sierra y un cuchillo grande, como de carnicero. No, no. No puede ser. Con ello hace un paquete que deja sobre la encimera de la cocina. Se marcha al salón. Apaga la luz pero sigue ahí. Veo el rojo incandescente de su cigarrillo. ¿Qué tipo de persona fuma a oscuras? Sólo un sospechoso.

Día 5. Su actividad se vuelve frenética. Ha traído cuerdas y está haciendo las maletas. Piensa dejar el piso porque lo ha empaquetado todo. Una vecina me ha chivado que su esposa se ha ido de viaje y que él se encontrará con ella más tarde debido a su trabajo. Bonita coartada. Sigue el trasiego. De repente coge un bolso de mujer. ¿Qué saca? Son joyas. Ninguna mujer se iría de viaje sin sus joyas. Se las guarda en el bolsillo del pantalón. No puedo llamar a la policía. No tengo pruebas.

Día 6. Habla por teléfono constantemente. Parece que alguien le espera. ¿Un cómplice quizá? Una empresa de transporte se ha llevado hoy un baúl grande de su casa. Voy a poner a prueba sus nervios con algo sencillo. Escribo una nota y la guardo en un sobre. Pido amablemente a una vecina que lo eche por debajo de su puerta. Cuando se da cuenta, abre el sobre y lee: ¿Qué has hecho con ella? Su cara se nubla en un instante. Mira hacia todos los lados sin saber quien se lo ha enviado. No puedo aguantar la excitación y casi tengo medio cuerpo fuera de mi ventana. No puedo perderme los detalles. Él se gira y me ve. Nuestras miradas se cruzan en un segundo eterno. Sale apresurado por la puerta. ¡Oh Dios mío! Creo que viene a mi casa...

Lo que se ve a través de una ventana puede ser espectacular. Arrasa con nuestra capacidad de discreción y activa toda nuestra curiosidad. Es como observar una obra de arte. Puede que la vida en sí de nuestros vecinos no sea demasiado interesante, pero el hecho de observar sin que lo sepa el que está siendo observado, es tremendamente atractivo. Dicen que sólo somos nosotros mismo en la soledad de nuestra casa, tal es el nivel de disfraz que usamos en nuestras relaciones con otras personas. Ver esa naturaleza real en la confianza de un hogar es el interés de espiar a través de una ventana. Desde que se estrenó La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), las ventanas se han ido multiplicando. Si queremos estar al día, ya no basta el visor de la cámara que usaba L. B. Jefferies (James Stewart), ni la inocente sagacidad de Lisa C. Fremont (Grace Kelly). Es mucha la curiosidad que saciar y millones de ventanas se muestran a nuestro alrededor. Todo un gran vecindario global en el que hay misterios, matices, miserias y alegrías, nacimientos y por supuesto, sangre y muerte. Ni siquiera basta una vida para conocer todos los detalles de lo que pasa tras una ventana. Por mi parte, sigo espiando por la mía en busca de algo interesante que me saque de la rutina.

lunes, 23 de febrero de 2009

La cara y la cruz de Penélope

Todas las experiencias son positivas. Si no hay sombras, no puede haber luz.


Finalmente no anduve muy desencaminado con las predicciones (me estoy replanteándome quitar el polvo a la bola de cristal). Sólo me falló el premio al mejor actor, con el que tenía más duda. No aposté por Sean Penn, porque pensé que pesaría que ya tenía un Oscar, pero finalmente no ha sido así. Como el año pasado, los premios más importantes (con la excepción de Penn) se han repartido a no-estadounidenses. Hollywood no barre últimamente para casa y demuestra que los nacionales deben ponerse las pilas ante tanto talento extranjero. Si algo caracteriza la Meca del cine es saber importar lo más destacado del resto del mundo bien sea un historia en el corazón de la India o un romance en la postguerra alemana.
En cuanto a la protagonista de la noche, al menos en España, ya se encargarán los medios de comunicación de desmenuzar todos los detalles más o menos preparados que una gala así tiene. Como advertía en las predicciones, no me gusta Penélope Cruz, ni antes ni ahora. Creo que algunos actores van a escuelas de interpretación para conocer las herramientas del oficio y otros, como es este caso, van mejorando su trabajo por el mero hecho de aparecer en una y otra película. Creo que la Penélope oscarizada no es ni de lejos la Penélope de Jamón, jamón (Bigas Luna, 1992) y aún le quedan muchos años de carrera para ir perfeccionándose. No me entusiasmó mucho Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2009), y el papel de María Elena, como artista temperamental y mujer pasional me parece un cliché de la visión romántica de un americano en España. Pero los Oscars son otra cosa, hay siempre deudas que saldar, intereses comerciales y ganas de premiar a algunos con la sola nominación y a otros con el premio. No voy a discutir la valía de Penélope Cruz a estas alturas, ni la justicia de este premio, porque los premios no son discutibles, son lo que son y los tomas o los dejas. Si lo pienso fríamente (es decir, desligado de esas reacciones tan pasionales como buen español) incluso estoy contento (¿suena contradictorio?). A partir de ahora comenzará a escucharse en los trailers aquello de "... la ganadora de un Oscar, Penélope Cruz" y me sonreiré satisfecho.

domingo, 22 de febrero de 2009

Oscars 2009

No me importa lo que declaren a la prensa, jamás he conocido en mi vida a un actor que no le de vueltas en su cabeza diariamente a su discurso de aceptación.


Siempre he pensado que los Oscars (como la mayoría de premios) no reflejan ni de lejos lo mejor del cine del año. Fueron creados como medio de promoción y sirven principalmente para satisfacer el gran ego de actores y demás miembros de la farándula. Pero ¿quién es el encargado de decir que es lo bueno y malo del cine? Un poco todos, porque tenemos dentro un pequeño crítico, que lucha por salir con alabanzas a lo que nos gusta y hachazos a lo que detestamos. Y qué mejor ocasión que los Oscars para sacarlo a relucir. Año tras año, hago una quiniela personal, que probablemente se aleje del resultado final, pero es divertido disfrazarse de adivino por unos momentos.

Mejor película:

Mi candidata es Slumdog millionaire (Danny Boyle, 2008). Viendo al resto de nominadas, creo que ésta es la que se sale un poco del canon de película "oscarizable" (aunque esto es, por supuesto, totalmente discutible). En el cine occidental, estamos demasiado acostumbrados a creernos lo único dignos de una película, olvidando, a menudo, que el mundo es tan vasto y ancho como para encontrar miles de historias interesantes para llevarlas al cine. Éste es un poco el caso de Slumdog millionaire, la historia de un chico de la calle de Bombay que no cumple el cacareado sueño americano, sino su propio sueño (¿el sueño indio?). A veces olvidamos que si hay algo extendido en todas partes del mundo es querer alcanzar un sueño. No hay razas, ni nacionalidades, ni situaciones económicas que pueda impedir este deseo en el ser humano.
Tampoco estaría mal que ganara, El lector (Stephen Daldry, 2008), porque es una historia de amor asimétrico, que lucha contra todas las adversidades posibles: la edad, los desastres de una guerra, los secretos...

Mejor director:

Mi candidato es Danny Boyle, porque normalmente si se gana por la mejor película, el director se lleva de rebote (o por méritos propios) el Oscar. Pero no sólo por eso, también porque es un director heterogéneo, que intenta innovar en cada proyecto y cuyas películas me agradan. Y sí, por si alguien lo dudaba, porque dirigió Trainspotting (1996), que me encanta, no puedo negarlo.
Me conformo si se lo dan a Stephen Daldry, porque el resto de directores no me seducen mucho, porque lleva una buena trayectoria y porque dirigió Las horas (2002), que también me encanta. (Me están quedando unos argumentos bien de peso... pero es mi particular apuesta).

Mejor actor protagonista:

Mi candidato es Brad Pitt (silencio sepulcral... en esta categoría estoy un poco dubitativo), por luchar consigo mismo para encontrar papeles interesantes. Si alguien tiene la etiqueta de guapo oficial ese es Brad Pitt y lo fácil para él sería hacer una y otra vez el mismo papel romántico de galán perfecto que al final se lleva a la chica, como han hecho muchos otros. Pero, película tras película, siempre busca algo más y eso es un mérito a reconocer. Nunca fue mal actor, pero ha estado mejorando con cada nuevo papel y creo que va siendo hora de que lo premien.
¿Y si se lo dieran? a Mickey Rourke... ¿puede un mal actor recibir un Oscar? Pues claro que sí, hay muchos casos en la Historia, pero a veces un mal actor se encuentra con el papel de su vida y esto le ha pasado a Rourke, que encarna casi biográficamente a un luchador profesional de wrestling caído en desgracia y que subsiste en cuadriláteros de tercera. Un poco como su vida...

Mejor actriz protagonista:

Mi candidata es Kate Winslet. Desde que la descubrí en Criaturas celestiales (Peter Jackson, 1994), la sigo muy de cerca y me parece muy buena actriz. Normalmente, elige muy bien sus proyectos, en los que encaja a la perfección. Además muchas de sus películas están dentro de mis favoritas (como ¡Olvídate de mí!, Michel Gondry, 2004) porque verdaderamente borda sus papeles. Tiene ese aire inconfundible de actriz de toda la vida. Y es su sexta nominación... pero bueno, ¿a qué esperan para dárselo ya?
No estaría mal: Meryl Streep, porque con una mueca de la comisura de su labio como monja metomentodo en La duda, supera las interpretaciones de muchas actrices de hoy en día.

Mejor actor secundario:

Mi candidato es ... y qué importa si se lo van a dar a Heath Ledger. Porque sí, porque murió en la flor de la vida, porque dar un premio póstumo es un homenaje que hará llorar a millones de telespectadores ávidos de emociones, porque los Oscars son espectáculo y este premio será un punto álgido de la gala y aunque hubiera hecho de espantapájaros mudo, este premio se lo iban a dar a él. Así que aunque crea que Josh Brolin se lo merece y que Philip Seymour Hoffman está muy bien, pues no pienso que nadie quiera verlos recogiendo un premio, porque se perderán la gran ovación del teatro cuando Tilda Swinton diga: And the Oscar goes to... Heath Ledger.

Mejor actriz secundaria:

Mi candidata es Penélope Cruz, qué curioso, si la película no me gustó mucho... si Penélope Cruz no me suele gusta mucho nunca... si casi fundo el club de antifans de Pe... pues veréis, tiene una terna de candidatas algo flojas y la favorita es ella. La película es de Woody Allen, es medio española, ella suelta incluso sus frases en español y qué queréis... pues me gana el corazoncito de que esté compitiendo en Estados Unidos. Además, sería un puntazo verla coger el Oscar de la mano de Javier Bardem.
Está bien, acepto a Amy Adams, también curiosamente una actriz que no me gusta un pelo, pero que en el papel de monja inocentona de La duda, pues, está creíble. Si es que al final es que te interpretes bien el papel y lo hagas tuyo.

Última reflexión desesperada: Creo que este año no voy a acertar casi nada, por eso admito apuestas. Cuando ya se conozcan a los ganadores, prometo dejar las artes adivinatorias y escribir una entrada reconociendo mis errores.

viernes, 20 de febrero de 2009

La concejala antropófaga

No hay nada más democrático que el placer.


Desde luego, ¡qué mal vista está la antropofagia! La gente se escandaliza por cualquier minucia. No digo yo el comerse a alguien enterito con vísceras y todo, en plan Hannibal Lecter, sino comerse a una persona a bocaditos, a pequeños sorbos, ir chupándolo hasta quedar saciada. Bueno, bueno, todos a lo que se lo cuento se llevan las manos a la cabeza, pero es puro tabú social. Debe ser como resucitarte en vida, que ya está una harta de todo. Porque al final todo es lo mismo, en el sexo y en la vida, una sucesión de posturas que llegas a un momento en que por fuerza tienes que repetir. ¿Tú que dices? Yo lo tengo clarísimo pero no hago carrera de esta idea. Debería escribir un libro, algo impactante. Porque yo ideas tengo muchas, ufff, un puñado y todas muy originales. Podría ser un libro de autoayuda. Yo es que siempre he tenido una marcada vocación pública. Pues, ¡anda que no me he ido yo a la cama con tíos sólo por hacer favores! Bueno, esto ya está. ¿Te apetece?
Salió de la cocina con dos vasos hasta arriba de gazpacho. No contestaba porque se había puesto los cascos para escuchar música. Suspiró y le alargó el vaso con cara de palo.

Yo pensaba que el Almodóvar de Pepi, Luci, Bom y de Mujeres... se había muerto en una fiesta en Los Ángeles, pero por lo visto sigue por ahí, escondido tras las tramas de sus historias tristes. Y eso lo demuestra La concejala antropófaga, un cortometraje que se ha sacado de la manga durante el rodaje de su nueva película: Los abrazos rotos. Ha aprovechado un personaje secundario de la misma para dar vida a Chon (Carmen Machi), una singular concejala con un no menos singular discurso. Resume el humor más propio del director y entronca con sus primeras películas en un monólogo deslenguado, soez, ordinario. Calificativos que, en cualquier otro caso, serían peyorativos, tratándose de Almodóvar son un plus de comedia, de la que estaba un poco alejado últimamente. Un divertido caramelo pop para hacernos boca esperando el largo.




La concejala antropófaga

martes, 9 de diciembre de 2008

Los antros más bonitos del mundo

- Algunas veces, incluso si tienes las llaves, las puertas siguen sin poder abrirse, ¿no?
- Incluso si la puerta está abierta, la persona a la que buscas puede que no esté allí, Katya


Soledades alcoholizadas conviviendo en las barras de los antros más bonitos del mundo. Soledades a puñados, sumergidas en bourbon o en el relleno de la tarta de arándanos, soledades que duelen, aunque te encuentres en compañía, porque sólo es la compañía efímera de un bebedor solitario que por casualidad se coloca junto a ti. Bares llenos de historias, de duelos, de perdedores, de mujeres y hombres sin alma que dejaron sus llaves en un bote de cristal a la espera de que alguien las reclamara. Soledad del jugador de póquer bajo la mirada atenta del resto de oponentes con el corazón dividido en fichas con las que apostar cada noche, hasta que se acaben. Luces de neón que reflejan una voluntad perdida, caminos de asfalto cruzando desiertos que conducen de un lugar a otro, sin nombre, sin personalidad. Lo mismo una ciudad que otra, lo mismo un antro que otro. Y ante tanta desesperación, la esperanza de encontrar a alguien que recorra el mundo tan perdido como uno mismo, que vaya y venga por esos bares, sin rumbo y que por el más puro azar, tope contigo en la barra del siguiente bar.

Elizabeth (Norah Jones) necesita olvidar una ruptura, algo que no es nada sencillo cuando te has imaginado viviendo toda tu vida con la persona que ahora te traiciona. Jeremy (Jude Law) regenta un café donde los clientes entra y salen sin dar explicaciones. Arnie (David Strathairn) es un policía que no puede dejar de beber y se agarra cada día al consuelo de la barra de un bar. Sue Lynne (Rachel Weisz) vive encerrada en un pueblo, atada al hombre que la salvó, viendo como se le marchan sus oportunidades. Leslie (Natalie Portman) no quiere reconocer que ha perdido hasta la sombra de la mujer que fue en una mesa de póquer. Personajes, personas, como cualquiera otras, que luchan su vida como pueden en un mundo iluminado por frías luces de neón. Personas que ya no esperan nada pero que necesitan abrazos para no sucumbir.

Misteriosamente My blueberry nights (Wong Kar-wai, 2007) se estrena el día 12 de diciembre de 2008 en España. Digo misteriosamente, porque esta película abrió el Festival de Cannes en mayo de 2007 y ya se ha estrenado comercialmente en todo el mundo antes que aquí. Por eso, yo, y estoy seguro que el resto de seguidores de Wong Kar-wai, ya hemos visto esta película, antes de que llegue a los cines españoles. No sé cual es la razón de este retraso, pero le viene mal a una cinta que poco merece que la traten mal. He leído críticas durísimas: que es más de lo mismo del director chino, pero a mí que me den más de lo mismo si es como esto. Imágenes preciosas, banda sonora muy adecuada e historias adornadas tan bien como suele hacerlo Kar-wai. Un exquisito y lustroso trozo de tarta de arándanos esperando a ser pedido bajo las luces del mostrador.


PD: Por cierto, a los que me siguen en esta barca que vaga por el mar con rumbo insospechado, les aviso que no estaré demasiado disponible estos días. Estoy en Madrid, a la búsqueda de sabe dios qué. Aún así, procuraré actualizar lo antes posible pero no garantizo nada, espero que seáis comprensivos.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Los juncos salvajes

No sabes como me pesa la juventud.


Érase una vez cuatro chavales desorientados en un pueblo de Francia. Érase una Francia embarcada en una guerra injusta, como son todas las guerras, donde había franceses patriotas y no patriotas. Érase una comunista asustadiza, una militante que no podía ser consecuente con sus principios fielmente asimilados. Érase un chico enamorado sin quererlo de otro chico. Sólo es cobarde el que no se acepta, aunque sea frente a un espejo de madrugada. Érase un soldado desertor que murió y se convirtió en un héroe nacional. Érase un hermano que quería emular a este soldado, pero finalmente él sí que desertó de su loca intención. Érase unos exámenes de graduación, que los convertirían en adultos, para siempre, por el mero hecho de aprobarlos. Érase una edad sin piedad, unos años que pesaban como el fluir de un río en agosto. Érase unos juncos a la vera de ese río, juncos salvajes, que afrontaban vientos arqueando sus tallos. Pequeños pero dignos, flexibles y resistentes. Los juncos salvajes pueden no importar a nadie pero siempre sobreviven.

Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994) es una película sobre la adolescencia y lo puñetera que esta edad es para los incautos muchachos. Porque sólo hay una manera posible para hacerse adulto: recibir palos; palos de la vida, de tus amigos, de tu país e incluso de ti mismo. Aprendemos a madurar a base de probar, comprobar, fallar y volver a intentarlo. Así se descubre el amor, los principios, el sexo, la fuerza y en general todo lo que merece la pena en la vida. Esta película trata un campo amplio de inquietudes juveniles centradas en un internado francés durante la sangrienta guerra de la independencia de Argelia. Más allá del tema, que a cada cual le puede recordar su propia biografía, Los juncos salvajes recrean muy fielmente una edad, que más allá de modas, es tristemente complicada. Además, la película se adorna con canciones pop francesas de los 60 y una ambientación muy sugerente.
No me resisto a poner aquí, para que podáis todos leerla, la fábula de La Fontaine, que en la película comentan en clase de literatura y de la que deriva el título.

El roble y el junco


El roble le dijo un día al junco:
Es normal que acuse a la Naturaleza
para usted un reyezuelo
es una carga pesada.
La menor brisa que arruga
la cara del agua
hace que la cabeza se le arquee.
Sin embargo mi tronco,
como el Cáucaso mismo,
no contento con detener los rayos del sol
es capaz de afrontar una tempestad.
Lo que para usted es un huracán,
para mí es una brisa.
Si creciera a la sombra del follaje
donde yo cubro a mis vecinos,
no tendría que sufrir,
le defendería de la tormenta,
pero nace en los húmedos bordes
del reino de los vientos.
La Naturaleza es injusta con usted.

Su compasión, respondió el junco,
nace de un buen sentimiento,
pero no se preocupe,
a mí los vientos no me abruman,
me inclino y no me rompo.
De momento, usted ha resistido
golpes tremendos
sin tener que doblar la espalda,
pero al final ya veremos.
Cuando dijo estas palabras,
del horizonte sopló con furia
el más terrible viento
que el Norte hubiera llevado
jamás hasta allí.
El roble se mantuvo erguido,
el junco se inclinó,
el viento redobló sus esfuerzos
y arrancó de raíz
aquél que del cielo
estaba mucho más cerca
y cuyos pies se hundían en la tierra.

Fábulas (Jean de La Fontaine, 1668)


miércoles, 22 de octubre de 2008

El crepúsculo de los dioses

Conozco su cara. Es usted Norma Desmond. Antes trabajaba en las películas. Era una de las grandes.
Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas.


No necesitábamos diálogos, teníamos expresiones. El diálogo es un continuo bla bla bla que entorpece el carisma, la emoción... y se quedó mirando hacia el infinito con una pausa dramática. El guionista la miraba atónito, una mujer anclada en gasas, prisionera del salón gótico de aquel mastodonte de casa de Sunset Boulevard. Sólo cuando él desvió la mirada, por aburrimiento de esta situación, la gran diva volvió a la carga. Habló de sus admiradores, de las miles de cartas que aún recibía e incluso de aquel príncipe indio que se ahorcó, sólo por no obtener los favores de la actriz. Le contó sus alocados planes de regreso, necesitaba reconquistar a esos espectadores que no perdonaron su retirada la última vez. Me estaba hablando con una pasión desmedida que poco ocultaba su desesperación. Se recostó graciosamente en la chaise longue y pidió a su mayordomo champán frío y caviar. Había que celebrarlo. Siempre había preparado champán y caviar en la casa, probablemente era los únicos alimentos que se guardaban allí. No cabía en su cabeza que no se hiciera la Salomé que suponía su fulgurante reentré, que a nadie le interesara ni ella, ni su guión, más que como curiosas piezas de museo. Entrechocamos las copas y a voz en grito exclamó: ¡Por nosotros! Un escalofrío me recorrió el cuerpo, por ese brindis mi destino se unía macabramente al de Norma Desmond.

La decadencia es difícil de llevar. O al menos es lo que nos muestra El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). La estrella que se apaga poco a poco, siendo inconsciente de su propia limitación, no quiere creer que el futuro le depara únicamente miseria y olvido. Un mundo que lanza rápidamente al estrellato a los incautos, consecuentemente, es la locura la única salida posible. Una locura trágica, que consiste en ansiar la vuelta del pasado, algo que las leyes de la Física hacen del todo imposible. Pero esa era también la grandeza de Norma Desmond (Gloria Swanson), creer que su sola presencia podría hacer capitular las leyes del universo. Aunque seamos totalmente ajenos a los delirios de grandeza de una actriz de cine mudo, todos conocemos Normas Desmonds. Tantas hay, como sus muchos retratos altivos en la mansión de Sunset Blvd, multitud de gente que se autoengaña, que se cree sus propias mentiras, que se da aires sin ser nada, que se hieren en batacazos no aceptados desde lo alto. El cacareado fin del capitalismo y su crisis de castillos de naipes, el declive del imperio americano, las numerosas edades de oro, los matrimonios perfectos, los negocios del siglo... todas son realidades que esconden su arrugada piel en tules y lentejuelas, clamando tiempos mejores. Bajan señorialmente la gran escalera preparados para un primer plano que no puede aguantar.


Vídeo-montaje con escenas de este clásico del cine.

viernes, 3 de octubre de 2008

Vicky, Cristina y el país de los tópicos

A todos nos atraen las mujeres excitantes, aventureras y sexualmente intrépidas, pero es más fácil vivir con otro tipo de mujer, con la que puedes construir un hogar, tener hijos y encontrar el equilibrio. La mujer impulsiva es muy seductora, pero te termina rompiendo el corazón.


Vicky (Rebecca Hall) es sensata, prudente y busca un amor sereno del que pueda disfrutar toda la vida. Cristina (Scarlett Johansson) quiere sorpresa, pasión, un hombre que le remueva la realidad y la saque de este mundo. Vicky y Cristina son dos mujeres insatisfechas que buscan un país donde sus sueños se hagan realidad. Pero los países nunca son como nos los imaginamos, ni siquiera la Manhattan que sueña Woody Allen es como él cree que es. Siempre hay mucho más. Y es este el problema de teorizar con los tópicos. Está bien para dar una pincelada, pero el tópico es desconocimiento y ninguna obra se debería basar en éste. Todas las mujeres y todos los hombres son como Vicky y Cristina, queremos pasión y serenidad, sentido y sensibilidad y cuando tenemos lo uno añoramos lo otro e incluso queramos ambas cosas a la vez. Si una muere de amor por un pintor bohemio e intelectual, esta situación nunca puede ser definitiva, porque llega un momento en que la experimentación nos cansa y queremos algo más convencional. Si la otra tiene un novio formal a la antigua usanza, es lógico que quiera sentir en su propio cuerpo un amor arrebatado y prohibido. Los seres humanos somos así de contradictorios. Incluso diría más, esta argumentación se viene abajo porque es una generalización y como todas, hacen aguas cuando encuentran a una persona que no la cumple.


Temía que Woody Allen se dejara embaucar para rodar en España, pero si lo pienso bien: ¿en qué puede perjudicar jugar a los tópicos en el país de los tópicos? Barcelona, como paradigma del paraíso romántico, como ha sido usada Roma o París anteriormente. España como patria de artistas donde se bebe buen vino y se ama apasionadamente, una vez más. El dulce sonido de la guitarra iluminando la noche, la arquitectura de Gaudí o el sobrio prerrománico asturiano son elementos que pueden deslumbrar perfectamente a dos turistas estadounidenses buscando sueños. Los recuerdos de un Don Juan (Javier Bardem), pintor esta vez, a la gresca con una Carmen (Penélope Cruz) racial y pintora también. ¿Que qué me parece esta ensalada de ingredientes mediterráneos? Pues agradable y curiosa, por ver que es lo que andan pensando de España fuera, pero sinceramente falta de contenido por abusar de ideas un poco trilladas. Es lo que tiene juguetear con los tópicos. Y al menos, esta vez, los españoles nos hemos librado de ser toreros o flamencos, somos intelectuales y librepensadores y hablamos bien en inglés, que eso ya es todo un gran paso.


Vídeo: Giulia & los Tellarini - Barcelona
de la banda sonora de Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Las muñecas rusas

Recordé todas las chicas que había conocido, con las que me había acostado o las que sólo había deseado… Pensé que eran como muñecas rusas. Te pasas la vida entera jugando a eso. Te mueres por saber cual será la ultima, la más diminuta, oculta dentro de todas las demás. No la puedes coger directamente, tienes que evolucionar. Hay que ir abriéndolas una tras otra preguntándote cada vez: ¿será ésta la ultima?


Es difícil saber que es lo que se debe hacer. Si te dejas llevar por la manada, corres el riesgo de verte en un lugar incómodo, haciendo algo que en la vida hubieras dicho que harías. Con las relaciones pasa lo mismo, uno nunca sabe. Se debe huir del bienintencionado consejo ajeno, pero a veces es más sencillo que te susurren la solución a tener que buscarla por ti mismo. Además solemos buscar un prototipo, creado en nuestra mente, que difícilmente se encuentra sobre la Tierra. Esta es el primer problema. Queremos hallar una especie de Frankenstein, hecho de retazos de diferentes cualidades que creemos inmejorables, pero que nunca se darán en una única persona. Luego existen otros ingredientes que no podemos olvidar, como nuestra propia receptividad en un momento dado o incluso el simple hecho de ver que es lo que hay delante de tus ojos. Parece una tontería, pero a veces, las pistas dejan de serlo para convertirse en evidencias y aún así seguimos ciegos. Con todos estos obstáculos, hablar de parasiempres nos hace sentir un escalofrío que recorre cada músculo de nuestro cuerpo. Es lógica esta inseguridad cuando conocemos a alguien. ¿Es la persona definitiva? ¿Hemos concluido la búsqueda? ¿Es la última muñeca rusa?

Xavier (Romain Duris) vive en el caos. A su alrededor, las cosas tampoco pintan bien para casi nadie. A pesar de que ha cumplido su sueño de ser escritor, malgasta su talento en guiones malos para la televisión, pequeños artículos o como negro para biografías de famosos. Sentimentalmente tampoco anda mejor, ninguna historia le dura. Una chica tras otra, ve como la estabilidad es imposible. ¿Cuál es el problema? Camino de los 30, comienza a planteárselo todo. Lo que antes eran firmes decisiones, ahora pueden ser estrepitosos errores. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Será esta nueva chica la relación definitiva? ¿o ésta está detrás de alguien que conozco muy bien? Preguntas y más preguntas de difícil solución.

Y es que nadie dijo que vivir sería fácil. Las relaciones flotan en un mar donde nadie habla el mismo idioma. Luchamos contra nuestros propios defectos, nuestro egoísmo, nuestra incomprensión, por no hablar de la gente que no rodea. Se supone que llegar a la madurez implica compromiso, equilibrio, solidez... pero nada de esto es posible, por temor a la rutina. Aceptamos con desgana el desorden pero no queremos vernos viviendo la vida de nuestros padres. Los días pasan como balas y pocas cosas mejoran. Pero hay que despertar, los príncipes y las princesas sólo existen en los cuentos de hadas y que yo sepa, no estamos viviendo en un castillo.


Escena de Las muñecas rusas en la que Martine (Audrey Tautou) le explica a su hijo su particular cuento de hadas.

jueves, 31 de julio de 2008

Viaje espiritual

Pase lo que pase al final, dijo ella, no quiero perderte como amigo. Él la miró a los ojos: Te prometo que nunca seré tu amigo, en ningún caso, jamás. Su voz se quebró. Si follamos, mañana estaré hecha polvo. Eso no me importa, dijo él y le quitó la blusa por la cabeza. Te quiero, dijo ella, nunca te hice daño a posta. Él asintió. Me da igual. Al final no viajaría a Italia.


Buscamos lo desconocido en un tren, con una actitud abierta, diciendo sí a todo aunque sea chocante y pueda doler. ¿De acuerdo? Buscamos unir de nuevo los lazos entre nosotros. ¿Por qué no nos hablamos desde hace un año? Justo desde la muerte de papá. ¿No son esas las gafas de papá? Sí, él quiso que yo las tuviera. Pero si están graduadas, no sé cómo puedes ver. ¿Qué te ha pasado en la cara? Eso no importa. Os quiero, nunca os lo digo, pero sois las personas más importantes de mi vida. ¿Qué es eso que tomas? El calmante más fuerte de la India. Dame. Ten cuidado, no se puede tomar más de una gota. ¿Queréis leer un cuento que escribí en Francia? ¿Es muy largo? No importa. Quien quiera sopa que levante la mano. Me pone esa azafata. Déjame el cuento. ¿Se supone que es triste? Eso creo. No me entusiasma esa parte en la que empiezo a gritarle al mecánico. Eso no pasó. Son personajes ficticios. Perdonadme, voy al baño. Y en el baño releyó el cuento, no podía contener las lágrimas.

Cuando uno tiene hermanos entiende todas estas frases inconexas, sea en un tren en la India o montado en una moto. A veces los hermanos pierden el contacto y necesitan de unos raíles para reconducirse. Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007) ahonda en las relaciones familiares, aunque claro está, de forma muy peculiar. Francis (Owen Wilson), el mayor, tiene la cara destrozada, ha organizado el encuentro y busca su sentido de la vida. Peter (Adrien Brody) se plantea con terror cómo será su futuro como padre del hijo que va a tener. Jack (Jason Schwartzman), el pequeño, acaba de romper una relación y está deshecho. Los tres viajan en el Darjeeling Limited, un tren que atraviesa el Himalaya. Pararán para encontrar la espiritualidad en templos llenos de dioses de colores chillones, en humaredas de incienso, mercados abarrotados y millones de cigarrillos. Pero el destino final es encontrar a su madre (Anjelica Huston), ausente durante años, que es misionera en un monasterio en las montañas.

Psicotrópica, pop, colorista y caótica, como la India pero entregada y sincera, Viaje a Darjeeling ha sido para mí una revelación. Tiene unos diálogos inteligentísimos, buena y mala leche en su humor y profundidad de contenido, algo muy extraño en una comedia. Pero es que no es comedia del todo, porque su punto de inflexión es dramático y tremendamente amargo. Habla de relaciones familiares, que son las más difíciles, por el hecho de que son impuestas por la sangre. Habla del sentido de la vida, que no se puede planificar en itinerarios plastificados. Habla del amor perdido, de las responsabilidades de la edad y de cómo debemos asumir quienes somos, aquí y en todo momento, para mirar al pasado sin rencor y al futuro con esperanza. Feliz viaje y feliz encuentro.


La banda sonora es otra de las joyas de la película. Mezcla canciones de los 70 con música de películas indias. Para muestra, os invito a escuchar la canción final: Les Champs-Élysées de Joe Dassin.

sábado, 5 de julio de 2008

La culpa escondida

Lo que se barre debajo de la alfombra, algún día termina por poner la alfombra en movimiento.


No ocurre nada aparentemente, sólo los pequeños hechos de la vida diaria en la calle, el cartero dejando las facturas en el buzón, la anciana vecina paseando su caniche, los coches ocupando los huecos junto a la acera... Todo grabado en una cinta de vídeo, enfocando una casa, nuestra casa. Nos vigilan. ¿Qué pretenden? No hay ninguna amenaza, pero es enteramente amenazador. Llamemos a la policía. ¿Para qué? Se reirían de nosotros. ¿Qué hacemos? De momento, únicamente esperar. Con impotencia, la mujer mira al frente, sentada en el sofá del salón. No puede creérselo. El marido está igual. Sólo un pequeño dibujo infantil acompaña a la cinta como pista. Le resulta vagamente familiar. Pero es imposible, todo eso ocurrió hace muchos años, está ya olvidado, enterrado. Busca con detalle alguna pequeña referencia a la sospecha que tiene en la cabeza, pero en la cinta no hay nada reseñable, sólo la fachada de la casa. Ella se levanta, sigue atónita, y empieza a deambular nerviosa. ¿Qué buscan de nosotros? Nunca le hemos hecho mal a nadie, le dice a su marido. ¿Nunca? piensa él, intentando no mostrar su cara de preocupación. Algunos cabos comienzan a enlazarse.

Caché (Escondido) (Michael Haneke, 2005) pasa de ser algo más que una película de intriga. Se pregunta constantemente sobre cuestiones que normalmente ni aparecen unidas al suspense. Cuando una amenaza, en otras películas, se cierne sobre los protagonistas, casi ni importan las razones porque son delirios de perturbados, obsesionados o psicópatas. Pero en esta, la amenaza no cae de sopetón sino que se dosifica en cintas o dibujos, desquebrajando la frágil armonía de una familia de clase media-alta. Es curioso como parecemos inexpugnables como castillos y luego la más mínima alteración convierte nuestra fortaleza en un castillo de naipes. Eso ocurre en Caché, donde Georges (Daniel Auteuil) y Anne (Juliette Binoche) viven plácidamente en su burbuja burguesa con las mínimas preocupaciones derivadas de la superficialidad y de pronto algo retorna del pasado. Una especie de venganza sutil, un aviso de que saben quiénes son, dónde viven y cómo se mueven. Las incipientes sospechas de Georges se van convirtiendo en certezas con el paso de los días. Surge la culpa. Alguien con el que se portó mal en la infancia vuelve para hablar con él.

Tendemos a encerrar nuestros errores del pasado en una habitación de la que perdemos la llave. Es un mecanismo lógico de autodefensa. Sin embargo cuando algo se mueve dentro, sufrimos una culpa tremenda, queriendo arreglar lo ya irreparable. Tememos que nuestra formada reputación se volatilice por una locura de juventud o similar, pudiendo llegar a cometer errores nuevos para tapar el anterior, con la desmejora de que esta vez sí somos plenamente conscientes de que hacemos algo mal a sabiendas. Defendemos con uñas y dientes nuestra indulgente tranquilidad burguesa, dando la espalda a tantas cosas que ocurren en el exterior. ¿Hasta cuándo te acompañan los errores? Los errores se van desdibujando con el paso del tiempo. La culpa siempre permanece más de lo que uno quisiera.