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domingo, 24 de agosto de 2008

El nido de pájaro

Buscamos ir más allá de los estadios tecnócratas de siempre, con su arquitectura dominada por tramos estructurales y pantallas digitales.



Se acabaron los Juegos Olímpicos de Pekín, pero hoy, en que abundarán los análisis, quiero abstraerme de ellos y no entrar en la polémica política, organizativa o arbitral. Fueron lo que fueron. Centro mis ojos en el corazón del anillo olímpico. Como con una grúa, mi imaginación se lleva de la ciudad de Pekín el Estadio Nacional y lo transporta a un lugar indeterminado, a tierra de nadie. Un sitio en que no haya ideología, ni nacionalidad, ni presiones internacionales, ni hipocresía, ni doble moral. Lo admiro como construcción sin nombre, como maravilla de la naturaleza. Estadio que es nido de pájaro, pero también corona de espinas o arrecife de coral, ojo divino que todo lo ve o zarza ardiendo. Como maravilla de la naturaleza o como obra humana, el nido se levanta majestuoso, enrevesado. Capaz de albergar sentimientos en su poderosa estructura, se mantiene inerte esperando que la vida se encierre en sus gradas. El nido es una obra de arte del nuevo siglo que comienza, eso es seguro. Luego lo vuelvo a colocar en su ubicación, en el nuevo Pekín olímpico y me doy cuenta que es un edificio en su contexto, que sólo en mi imaginación se mantiene exento. En la realidad es el intento de la China comunista de dar una imagen internacional de legitimidad a su régimen y mi opinión sobre el estadio es otra, no puede ser la misma. El progreso de un país no reside en un estadio, ni en la organización de un evento internacional, el progreso reside en los derechos de sus ciudadanos, en la libertad de expresión y disensión, en la libre manifestación y asociación, en poder gozar de una vida tranquila más allá de los problemas habituales que ésta tiene, sin estar continuamente observado por el todopoderoso partido. Y hoy, 24 de agosto de 2008, veo el nido de pájaro más como un arbusto espinoso. Llegará el día en que esta percepción cambie. Ojalá lo vea.

viernes, 15 de agosto de 2008

Carmensita

Si la noche te persigue,
entrégate a ella.
O dile que tienes
dolor de cabeza.


Esta es una historia muy antigua, sucedida en el hermoso reino de Hraminah. El malévolo Lord Rajah que había conseguido el poder por sus artes mágicas, mantenía prisionera a la bella princesa Carmensita Saplingita. Mientras tanto el príncipe destronado buscaba la oportunidad de recuperar su reino y su amada. Ésta cantaba cada noche su desgracia y esperaba que al tercer eclipse su amor volviera para rescatarla de la garras de Lord Rajah que iba a desposarla. La tristeza ante esta idea fue tal que las lágrimas de la dulce Carmensita formaron un río por el que el príncipe nadó y llegó a palacio. El malvado Rajah, enfurecido, ordenó a su aguerrida guardia que acabara con la vida del príncipe, sin saber que en su exilio había alcanzado el noveno círculo de sabiduría y su fuerza era sobrehumana. Consumido por la ira, Rajah bailó la danza cósmica de la creación y la destrucción y se transformó en un demonio de nueve cabezas. Sin embargo, los dioses se apiadaron del valiente príncipe y con las luces de sus auras fulminaron a Rajah. Los enamorados tras una feliz boda vivieron meses de felicidad administrando con justicia su reino. Pero su destino era otro. Kālī, la diosa de la destrucción y el cambio, celosa con la pareja, tentó al joven príncipe con el alfabeto del deseo. Éste cayó en una espiral de sexo y vicio. Carmensita, traicionada, se consumió en el fuego de su dolor y murió, reencarnándose en pulpo. Cuando se dio cuenta de su error, el príncipe nunca más se separó de este pulpo, con el que vivió el resto de sus días.

Devendra Banhart, músico estadounidense, criado en Venezuela, es tan curioso como su nombre hindú. Hace folk, folk indie, freak folk, folk psicodélico o como le quieran etiquetar, porque nunca hay que fiarse de estas etiquetas. Consigue dotar a su música de un gran sentido del humor y un ejemplo buenísimo es esta canción Carmensita del disco Smokey Rolls Down Thunder Canyon (2007). El vídeo, protagonizado por Natalie Portman, recrea la atmósfera de esas infumables pero graciosísimas películas del Bollywood de los años 60 y 70. Colores chillones para un cuento de hadas bajo la mirada de los tres ojos de un Shiva de cartón piedra.

viernes, 8 de agosto de 2008

China

¿China? Ahí yace un gigante dormido. ¡Déjenlo dormir!
Para cuando despierte, él moverá el mundo.


Busqué a China, pero no la encontré. Encontré farolillos rojos, pato laqueado y pequineses de chato morro. Había a mi disposición rollitos de primavera y cerdo agridulce en delicada porcelana, que engullía creyéndome que el gran dragón me engullía a mí, pero no fue así. Quise aprender el ancestral taichí, asistir a la Ópera de Pekín. Quise entender los trazos de tinta sobre el papel. Quise acariciar la seda sobre la piel blanca. Visualice gracias a la meditación shaolin una por una las piedras de la Gran Muralla. Seguí a Confucio, a Buda, a Mao... a cualquiera que con sus ojos rasgados pudiera darme la llave de la Ciudad Prohibida. Pero mi mentalidad occidental, colonizadora y pragmática me impidió llegar hasta ella.

La esencia de China no estaba en las figuritas lustrosas de jade, ni en el brillo de los muebles lacados, ni en río Amarillo, ni en la anciana terracota de los guerreros. China no era el rojo comunista de su bandera, ni la austera Tian'anmen, ni los rascacielos relucientes de Shanghái, ni los esforzados arrozales, ni siquiera el gigante dormido de Napoleón. China siempre ha sido lejana y misteriosa; esa era la China que Occidente admiraba, nuestra antagonista. Como un ideograma enorme e incomprensible, se alza hoy reclamando su sitio, exhibiendo su cultura y sus logros, reivindicando su futuro. Pero los siglos de ausencia no se pueden obviar. Quizá es ese país desconocido el que quiero encontrar, donde todo es distinto, donde todo es una sorpresa. Probablemente sólo exista en mi imaginación. De momento, me conformaré con admirar las sombras chinescas, lo que parece pero no es.

Imagen: Detalle de la Ciudad Prohibida, Pekín.
Vídeo: Música tradicional china con imágenes del país.

martes, 8 de abril de 2008

Shanghai, años 30

Sólo envejeciendo puedes librarte de las complicaciones. Me parece que voy a intentarlo.


Los callejones de Shanghai son polvorientos salvo cuando llega el monzón que se convierten en auténticos barrizales. Están repletos de gente. Hay vendedores ambulantes, grupos de refugiados rusos harapientos, puestos de ropavejeros judíos, chinas vestidas a la occidental. En la mañana los clubes duermen su letargo para despertarse por la noche con luces y un reguero variopinto de clientes. Las avenidas son compartidas por el tranvía, caballos, bicicletas con motor, rickshaws e incluso algún diplomático Rolls-Royce. Siempre hay gente en las calles de Shanghai, todo está en venta, artesanía, té, frutas, telas... todo, si existe, se vende en Shanghai.

Del Shanghai de entreguerras no queda nada ya, como tampoco del París de la Belle Époque o del México revolucionario. Es un lugar mítico que fue la capital comercial de Oriente, punto de mira geoestratégico para las potencias y hogar de multitud de refugiados que llegaron huyendo de distintos conflictos. Como una fotografía, quieta, estancada, ya sólo existe en los libros y en el cine. Últimamente he visto tres películas ambientadas exactamente en ese momento y lugar:

La condesa rusa (James Ivory, 2005), la visión occidental de un Shanghai sumido en las intrigas internacionales y la vorágine de la espera tensa de la II Guerra Mundial. La ciudad es escenario de la historia de una aristócrata rusa (Natasha Richardson) exiliada por la Revolución bolchevique que sobrevive a duras penas y un ex-diplomático ciego (Ralph Fiennes) descreído del mundo que monta un club donde aislarse del mundo y su drama personal.

La joya de Shanghai (Zhang Yimou, 1995), los ojos de pequeño Shuisheng, que llega del campo a trabajar de criado para el patrón Tang, descubren el Shanghai de la lucha de las mafias del opio. Servirá a Joya (Gong Li), la artista más conocida de la ciudad y amante de Tang, que arriesgará su vida de mantenida al enamorarse.

Deseo, peligro (Ang Lee, 2007), la época dorada de Shanghai termina con la invasión japonesa de la ciudad. Este crepúsculo rodea la historia de deseo y amor entre el señor Yee (Tony Leung), alto mando del gobierno colaboracionista y la joven señora Mak (Wei Tang), espía al servicio de una célula revolucionaria que pretende acabar con Yee. El amor servirá de obstáculo para este objetivo.

Tres historias de amor con un escenario común, la cosmopolita y corrupta Shanghai, la que ya no existe.

lunes, 10 de marzo de 2008

La resistencia y el deseo

Me penetra como una serpiente y llega hasta el corazón...



Un guarda amablemente levanta la valla que limita el distrito gubernamental de Shanghái para dejar salir a la señora Wak. Nadie lo sabe pero tiene una cita clandestina. Insegura, vigilando que no la sigan, se dirige a contactar con la célula de la resistencia a la que pertenece. Ella no es la opulenta señora Wak sino Wong Chia Chi, una estudiante revolucionaria que ha tenido que infiltrarse en casa del señor Yee, miembro del gobierno-títere impuesto por Japón. La resistencia conoce la debilidad de Yee por las mujeres pero también sabe de su extremada desconfianza, dos chicas fueron descubiertas anteriormente y ejecutadas en el acto. Pero Wong Chia Chi ha llegado donde las otras fracasaron, vive en casa de Yee, juega al mahjong con su esposa y además es su amante. Sin embargo, este plan de espionaje perfecto se va deshaciendo poco a poco cuando ella descubre que Yee es algo más que un tirano colaboracionista, es el hombre que ama.

Las historias de amor en tiempos de guerra son muy comunes; debe ser que las dificultades agudizan los deseos de los amantes. Y esta es una historia de amor y deseo, repleta de dificultades. Ella es una espía revolucionaria, él, un jerarca del gobierno, dos enemigos, pero surgen entre ellos un amor irracional que Ang Lee plasma a la manera del cine más clásico, como deben ser filmadas las grandes historias de amor. Pero no sólo es eso, es además la historia de un deseo irrefrenable, animal, cuando sabes que lo último que deberías hacer es dejarte llevar por la pasión. Es miedo por ser descubierto. Son mentiras, a la esposa, a la resistencia, al mundo que los rodea. Es un mundo lleno de obstáculos para reunir a ambos, desnudos, en una cama. Quien piense que sólo es sexo, decirle que creo que no existe una prueba de amor tan incondicional como ese "Vete" ahogado, que Wong Chia Chi le dice al Sr. Yee cuando están en la joyería. Nada de violines, ni puestas de sol. Sólo por eso, merece la pena una película así.