-¡Oh Dios, querida, hay una mujer en el espigón! Con este temporal podría caerse al mar. Tenemos que hacer algo.
-Tranquilo Charles, sólo es Tragedia, como todos la llaman en el pueblo. Siempre está ahí y nunca le ha pasado nada. No te preocupes.
-¿Tragedia?
-Sí, Tragedia, la mujer del teniente francés. Es lo menos grave que se dice de ella, porque se le llama en el pueblo de algunas maneras que una señorita no puede repetir. Siempre está esperando que vuelva ese hombre. ¡Qué horror! Se pone en evidencia.
Ni se lo pensó. Charles corrió por el espigón de Lyme Regis, a pesar de que Ernestina gritaba que volviera. No podía permitir que le pasara algo a aquella mujer. El mar bramaba furioso, incontrolable, sin embargo ella no se movía. Cuando llegó al final, estaba totalmente empapado y ella seguía inmóvil, enlutada y con la mirada escrutando el horizonte. Señorita, es peligroso que permanezca ahí, podría ocurrir una desgracia, le advirtió. Y giró la cabeza lentamente, con desgana y clavó sus ojos de esfinge en Charles. Sin decir nada pedía ayuda. Fue entonces cuando él se dio cuenta que no era ella quien estaba esperando, sino él, a que llegara ese momento.
martes, 14 de julio de 2009
La mujer del teniente francés
viernes, 29 de mayo de 2009
Maurice
La vida nunca nos depara lo que queremos en el momento apropiado. Las aventuras ocurren, pero no puntualmente.
Maurice (Edward Morgan Forster, 1914)
Maurice no era ni más listo, ni más rico que la mayoría de los chicos de su colegio pero ingresó en Cambridge por tradición familiar. Ni su madre, ni él estaban especialmente emocionados con la idea pero a ninguno de los dos se le hubiera ocurrido contradecir esa imposición que ya duraba generaciones y que servía como homenaje a su padre ya fallecido. Por eso, el joven Maurice, que sólo conocía la plácida vida de un suburbio burgués de Londres, cuando llegó a Cambridge, quedó admirado. Clases de filosofía, griego, latín, charlas sobre religión, ciencias, música clásica, diálogos platónicos, una realidad nueva de la que era absolutamente ignorante. Pero no sólo las disciplinas académicas eran desconocidas para Maurice. Su principal preocupación en Cambridge fue el conocimiento del ser humano y de si mismo. Lo tomó como una meta personal. Pensó que si se camuflaba entre la masa, sería más sencilla la observación del resto, como el ornitólogo que se viste de verde para confundirse con el entorno. Las preguntas se agolpaban en su cabeza. ¿Era tan diferente como creía? ¿Existían personas como él? ¿Debería hacer algo para pasar desapercibido? Siempre pensó que él solo podría llegar a hallar algunas respuestas, pero se equivocaba. Se dio cuenta de su error en el mismo momento que conoció a Clive. Él era su compañero, su interlocutor, su amigo, su igual.
Maurice, como libro, llegó tarde. Finalizada en 1914 pero publicada en 1971, su autor, Edward Morgan Forster, la guardó en un cajón para ser mostrada al público tras su muerte. Pero el mundo inocente de comienzos del siglo XX no se parecía en nada al de los 70. Forster cuando lo escribió temía a la biempensante sociedad en la que vivía, una Inglaterra de férreos corsés victorianos donde cualquier salida de tono suponía la exclusión. Y aunque el mundo y su país cambiaron, el miedo del escritor persistió. Por eso, su defensa de la homosexualidad y la libertad cuando se publicó Maurice resultó obsoleta y un tanto ingenua. Pero si sacudimos un poco el polvo del libro, veremos que Forster no se equivocó al describir el despertar sexual de una persona que está perdida. Eso sirve tanto para un siglo como para otro. El Maurice de Forster luchaba por su sitio en el mundo, por su felicidad, no diferente a la del resto de personas. Clamaba por dejar de esconderse, de apartarse, quería entender porqué era como era y no de otra manera. Buscaba respuestas. Dilemas estos que acompañan y acompañarán a los seres humanos cualquiera que sea la moda, en 1914, en 1971 y en 2009. Vivimos para aprender, para aprendernos, sin instrucciones previas de ningún tipo y así, todos aquellos que respiramos, somos de una u otra forma, Maurice.
jueves, 4 de septiembre de 2008
El amor es ruido
viernes, 30 de mayo de 2008
Los comensales silenciosos
Nos miramos, bajas los ojos escrutando el tenedor. Para aliviar la incomodidad miro al infinito haciendo que busco al camarero. Pero tengo un cuarto de tu rostro en el filo de mi reojo, dulce, sincera, estoica, aguantas esta situación. Me acuerdo hace algunos años que nos hubiéramos enzarzado en una conversación infinita, me mostrarías esos ojos curiosos, claros, donde hoy sólo hay cuencas vacías. Pediríamos otra botella de vino para alargar aún más el momento, nos reiríamos del mundo y de las parejas que no tienen nada que decirse. Recorrería con mis sílabas cada centímetro de tu cuerpo, parando sólo para tomar aire y seguir. Hoy pedimos con desgana la comida, intercambiamos frases protocolarias que no significan nada. Cada uno con su plato por delante, dejamos pasar el tiempo lento y pesado, rumiando reproches. No hay fuerzas ni para verbalizarlos, permanecen intactos en nuestro interior. ¿En qué momento se rompió esto? Parece difícil saberlo, pienso, además ya da igual, no hay manera de recomponerlo. Te levantas. ¿A dónde vas? Tranquilo, al cuarto de baño. Y la veo alejarse, con su bolso en ristre, en silencio, como yo me voy alejando de ella, como el sonido de su voz que me parece cada vez más extraño, como el recuerdo de las comidas junto a ella, rodeados por multitud de gente, pero sólo junto a ella. Hoy como solo, sólo yo. Ella también.
Joanna (Audrey Hepburn) y Mark (Albert Finney) son los protagonistas absolutos de Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967). Desde su feliz encuentro hasta que el matrimonio ve como se va desmoronando su vida en común, se suceden las escenas en un único espacio, el sur de Francia, durante los cinco viajes que Mark y Joanna realizan. Cada una de estas escenas, genialmente ligadas, son pistas para resolver el puzzle de la vida matrimonial. Surgen todos los problemas, los hijos, las infidelidades, el aburguesamiento, la rutina... Aún no sumergidos en ellos, observan, sin llegar a creer que les pueda ocurrir, como una pareja en silencio en un restaurante es la perfecta imagen de un matrimonio.
La música de Henry Mancini completa, como un personaje más, esta visión crítica del matrimonio, sus peligros y sus ventajas. Mancini la consideraba como su mejor trabajo para el cine.