No me gusta el trabajo, a nadie le gusta; pero me gusta que, en el trabajo, tenga la ocasión de descubrirme a mí mismo.
Nunca vi una mirada tan triste en una persona, y lo que más me llamaba la atención es que fuera en un sitio donde se supone que sólo hay ojos alegres. Era en un lugar de comida rápida. Solía ir al menos una vez por semana durante el almuerzo del trabajo. No soportaba a mis compañeros y ése era el mejor refugio. Cogía mi bandeja y me subía al piso de arriba, que era la zona más tranquila. Mientras comía, leía el periódico o trasteaba con el móvil, sin ningún afán. Pero un día me fijé en la chica que se encargaba de la piscina de bolas. Sentada en su mesita, rodeada de zapatos infantiles, que echaba un ojo a los niños que se sumergían en esa marea multicolor mientras sus madres despreocupadas charlaban y charlaban. Yo la miraba disimuladamente, ella mantenía mirada fija y rostro pensativo. De vez en cuando giraba su cara a la piscina para comprobar que todo fuera bien y volvía a su posición original. Cuando alguna madre venía a recoger a su retoño, la atendía con amabilidad, ayudaba a poner los zapatos al niño, sacaba un caramelo del bolsillo y se lo daba. Nunca estuve demasiado tiempo en el local, nunca demasiado para comprobar si tenía más funciones. Nunca tanto como para saber si esa mirada lejana, esa cara triste era parte de su trabajo como el uniforme o la mesa. Nunca intercambiamos una palabra, ni siquiera un gesto de apoyo, un sutil ÁNIMO. Un día regresé y ya no estaba. Me supongo que ella sería parte de los recortes que las empresas siempre esgrimen para soportar una crisis. El mundo no es una piscina de bolas, sino más bien un desangelado almacén. Quizá sea más feliz allá donde esté. Eso espero.
