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sábado, 26 de octubre de 2013

Arabia Felix


Hallarse uno cargado de obligaciones y sin remedio para socorrerlas hace buscar medios y remedios cómo salir de ellas. La necesidad enseña claros los más oscuros y desiertos caminos.

Capri terminó. Eso queda claro, pero los caminos son infinitos. Para todos aquellos que leyeron y pensaron con vistas al Capri finito os dejo una nueva recomendación:
 

Si a veces buscas perderte por una tierra desconocida, estarás contento de encontrar la Arabia Feliz.



viernes, 4 de septiembre de 2009

Mentiras y más mentiras

De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes.

Jules Renard

No podía dormir. Daba vueltas a la cama sin conseguirlo. Su marido masculló que qué carajo le pasaba y ella, por no molestar más, le dijo que nada. Pero se encontraba inquieta por algo que le había sucedido por la tarde. Una nimiedad, en realidad, en cualquier otro momento le hubiera dado lo mismo, pero esta vez, sin saber porqué, le había afectado.
Hoy, como de costumbre, tomaba algo con sus amigas en una cafetería del centro. En plena cháchara intrascendente, vio que el hombre que estaba en la mesa de enfrente era un antiguo compañero de instituto. No eran íntimos, pero se pasó todo el último curso sentado a su lado en clase, era simpático y se llevaban bien. Sin embargo, el recuerdo de aquel chaval difería tanto de ese hombre que no sabía con seguridad si era él o no. Le observó furtivamente. La mirada perdida hacia la calle, dos coñacs casi seguidos, un jersey raído sobre una incipiente barriga, barba descuidada, olor a soledad. El digno retrato del fracaso. Decidió hacerse la tonta y no saludar. Pero cuando ya salían, él la paró.

-Hola, Lucía, ¿te acuerdas de mí? Soy Miguel, del instituto.
-Claro, Miguel, cuanto tiempo, no te había visto. ¿Cómo te va la vida?

No le interesaba lo más mínimo saberlo, pero la mentira cortés se impone en estos casos. Miguel empezó a contarle un rosario de calamidades que culminaron con la muerte de su mujer hacía pocos meses. Lucía escuchaba con una sonrisa congelada y asentía hipócritamente a pesar de que era un hombre que pedía ayuda a gritos. Quizá sólo necesita que lo escuchen, parece muy solo, pensó, sin embargo, cuando le tocó su turno, Lucía lo ventiló rápido, con generalidades. Todos bien, gracias a Dios. Me casé, tengo una niña. Lacónica y cortante, evitaba que el encuentro se alargara más de la cuenta. Y cuando él le preguntó si iba mucho por ahí, ella mintió descaradamente. Para evitar un silencio incómodo, volvió a mentir diciendo que tenía prisa. Miguel se despidió sinceramente con un "Me alegro de haberte visto" y Lucía respondió "Igualmente". Nunca dos frases que significaran lo mismo fueron tan opuestas.

lunes, 30 de marzo de 2009

El mejor amigo del perro

Todos los hombres son dioses para su perro. Por eso hay gente que ama más a sus perros que a los hombres.


Se lo encontró en la calle un día de lluvia. Era demasiado grande para su piso pero no podía dejarlo allí y decidió llevárselo. Se aclimató perfectamente en pocos días. Lo sacaba a pasear muy a gusto y le hacía gran compañía, justo el remedio perfecto para los momentos que se sentía especialmente solo. Una noche, mirando como dormía echado a sus pies, pensó: Sólo le falta hablar. A la mañana siguiente, cuando se estaba preparando el desayuno para ir a trabajar, escuchó como le llamaban por la espalda. Se giró, asustado por la posibilidad de que alguien se hubiera colado en su casa. Pero sólo estaba el perro. Perdona, no sabía como decírtelo sin que te asustaras. No podía cree lo que había oído de labios del animal. ¿Hablas? Sí, desde hoy. Llamó por teléfono al trabajo para excusarse de su ausencia con una burda excusa, pero hoy necesitaba pasar el día conociendo a su perro. Fue un continuo fusilamiento a preguntas. Su curiosidad no lo dejaba tranquilo. ¿Qué sentía? ¿cómo había sido su vida hasta ahora? y sobre todo ¿cómo era la vida de un perro? El animal fue muy paciente y contestó a todas sus dudas. Pasaron todo el día juntos. Fue el mejor día de su vida.

Al poco comenzaron las complicaciones. En principio, pequeños detalles: la marca del pienso que comía no le gustaba demasiado, el collar le apretaba un poco... cosas fácilmente solucionables. Luego las exigencias del perro fueron mayores. Creía que por la nueva dignidad que le confería el habla, no debía hacer sus necesidades en un parque, ni aunque fuera canino. Lo de comer en el suelo tampoco le parecía bien. Fue concediendo después de escuchar los argumentos del perro, todos sus deseos. En realidad, era razonable lo que pedía. Pronto, el perro también opinaba sobre él: ¿eso te vas a poner para salir? Bueno, allá tú. Córtate el pelo, te sentará mejor. Descubrió que el animal tenía una dialéctica aplastante y con un par de razones siempre le tenía que hacer caso. Una tarde al llegar del trabajo el perro tenía mala cara viendo la televisión. Al preguntarle, le dijo que el piso le ahogaba, que necesitaba al menos una habitación para él, que no quería seguir durmiendo en una cesta en la cocina. En esa actitud, comenzaron a discutir. La discusión subió tanto de tono que el hombre prefirió encerrarse en su dormitorio tras un sonoro portazo. Tras la puerta, el perro dio un ultimátum: como no se resolviera esta situación, se iba de casa, habría muchos mejores amos que tratarían mejor a un perro como él. A los días de este hecho, no lo encontró cuando llegó a casa. No estaba ni su plato de la comida, ni su cepillo del pelo. Había una nota sobre la mesa de la cama:
Por si no lo sabías he aprendido a escribir en estos días en que me he sentido tan solo. Me voy. No me busques. Que te vaya bien. Adiós para siempre.

sábado, 21 de marzo de 2009

Las viejas amigas

Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón.


De repente sintió que alguien le tocaba al hombro.

-¿Elena? -dijo con cara de seguridad.
-Sí, Susi... que alegría verte, cuanto tiempo.
-Desde el instituto, ¿cómo te va la vida?
-Bien, no me puedo quejar.
-No me digas que esta niña tan guapa es tuya.
-Sí, ¿te acuerdas de Pablo del instituto? Pues me casé con él.
-Estabais hechos el uno para el otro, no me sorprende nada.
-¿Y tú? ¿Estás casada? ¿Tienes hijos?
-Pues ni lo uno, ni lo otro.

Susi le contó a Elena su periplo por Asia como cooperante, una experiencia que le había cambiado la vida, y Elena, por su parte, le explicó la felicidad de ser madre y cuanto estaba enamorada de su marido. Se dieron los respectivos números de teléfono y se despidieron.

Qué bien reencontrarme con Susi, cuanto tiempo... parece una eternidad. La veo muy mona, un poco delgada, pero con la vida viajera que ha tenido, pues no me extraña. Yo creí que nadie cumplía los sueños de viajar que teníamos en el instituto. Pero ella sí, siempre fue muy dispuesta. Se la veía plena. Debe ser que cuando te dedicas a algo tan interesante, se te refleja en la cara. No es lo mismo que trabajar en una oficina. Donde va a parar... Y sigue soltera. Qué bien. Yo me casé demasiado pronto, siempre me lo digo. Me hubiera gustado aprovechar más la juventud, pero Pablo se empeñó y la niña vino enseguida. Ay, no digo que no esté a gusto, pero igual me hubiera ido unos años más tarde. No se puede hacer lo mismo siendo madre, que si la comida, que si el colegio... son responsabilidades que te pone la vida en el camino. Mira Susi, tan feliz, sin tener que dar explicaciones a nadie y volviendo a casa a la hora que le parece. Así tiene todo el tiempo para ella. Ya me gustaría estar en su pellejo un temporadita. Uy, el móvil. Dime Pablo (...) en el tercer cajón de la cómoda, sí, (...) está ahí seguro, mira bien. De todas formas, ya voy para casa. Adiós.

Cuanto tiempo hace del instituto y que cambiada está Elena. Normal, no me extraña, está casada, es madre. Eso hace madurar aunque no quieras. La he visto muy centrada, muy volcada en su niña. Qué linda... Es para estar orgullosa, pasear con tu pequeña. Ya me gustaría a mí verme así. Me siento muy sola, y no sé si esto lo pienso sólo para satisfacer un capricho. Tengo una edad, soy consciente, sin embargo hasta hoy no he encontrado a ningún hombre con el que me gustara tener un hijo. Ha habido muchos, pero ninguno con madera de padre. Elijo mal, estoy segura. También podría ser madre soltera, pero no sé si estoy preparada para soportar esa responsabilidad yo sola. Debe ser precioso abrazar un cuerpecito sabiendo que ha nacido de tu cuerpo, que ha estado dentro de ti. A Elena se la veía plena, muy contenta. Cuanto daría por cambiarme por ella aunque fuese un momento, que te esperen en casa, escuchar risas de niño... ¿Dónde tengo el móvil? Hola, que alegría escucharte (...) ¿esta noche? No, no tengo nada que hacer (...) Vale, pásate por casa y así me recoges. Un beso, guapo.

sábado, 16 de febrero de 2008

Los amigos diamantes

¿Sufres? Yo no sufro ya, porque no hace falta que suframos los dos
a la vez. Cuando tú termines, yo comenzaré.

Jules et Jim (F. Truffaut, 1962).


Los buenos amigos siempre permanecen, ahí, a tu lado, aunque no los veas todos los días. Yo, que a veces creo que la amistad está sobrevalorada, lo he podido comprobar. Cuando uno se sienta, cínico, a juzgar el mundo, la amistad es la primera condenada. Todos estamos expuestos a los vaivenes constantes de amigos y amigos que dicen serlo, pero que pasan por la vida de uno como pasan las barras de pan. No lo critico, también es necesaria esta categoría de amigos de consumo rápido. Son personas que van desfilando y que en un momento determinado crean un vínculo que posteriormente se verá efímero, pero del que se ha disfrutado hasta el momento en que caduca. Sin embargo, esta reflexión no está dedicada a este tipo de amigos, sino a los amigos verdaderos, los buenos.

¿Cómo se puede comprobar que un amigo es bueno? Pues procura no morderle, ya que aunque un amigo es un tesoro, éste no está hecho de oro. Cuando te encuentras con un buen amigo que hace tiempo que no ves, notarás, después de unas mínimas actualizaciones tipo cuéntame tal o cual cosa en concreto, como el tiempo se ha detenido. Es muy curioso porque cuando hablas de nuevo con él puedes trasladarte por arte de magia a cualquier momento que hayáis vivido juntos sin que parezca que nada ha cambiado. Por supuesto, que el tiempo todo cambia, pero cuando estás frente a frente a un buen amigo, no lo parece. No hay normas de cortesía y protocolo en la buena amistad, porque todo eso se dejó atrás en sus primeros compases, y se retoma desde el punto donde se dejó la última vez que os visteis. Te ahorras palabrería inútil con un buen amigo, porque sabes que pasa en cada momento y si no lo sabes te pone al tanto. Un buen amigo no es una madre, ni un hermano, ni un pariente al que tienes que ver en Navidad. El amigo sirve para el invierno más crudo, la tempestad más persistente o el plácido verano. Además no pasa de moda. Los buenos amigos pueden vivir muy cerca pero también muy lejos y veros de Pascuas a Ramos, porque como no funciona el tiempo en vosotros, no hay ningún problema. Los buenos amigos convierten tus neuras y manías en virtudes, algo muy interesante cuando uno no puede soportarse ni a sí mismo. Éstos, siempre te llevan a la risa, y cuando hay algún problema ninguno de los dos tiene motivos de reproche porque no cuesta nada pedir perdón. Los amigos siempre te dan facilidades de pago y no te cobran intereses, porque todos somos perfectas entidades financieras que ni presionan, ni agobian, ni te mandan cartas cada semana con tu saldo. No son fáciles de descubrir porque los buenos amigos están en peligro de extición y a menudo se camuflan en la anterior categoría de amigos, la efímera. No todo el mundo, en su vida, descubre un amigo, pero cuando lo haces disfrutáis a cada paso, juntos, en formación, subiendo cuestas o en la arena de la playa.

Yo, he descubierto este fin de semana, que tengo dos amigos de los buenos y que tendría que sepultarme el
Vesubio para que los deje marchar. No han pasado grandes cosas para saberlo, ya lo intuía. Es lo bueno que tienen mis amigos, que basta un mesa, unas sillas y algo de beber para crear el entorno perfecto. Serán bienvenidos otros en el futuro, claro está, porque para en estos temas la exclusividad es una losa, pero sé que éstos me durarán lo que un diamante, toda una vida y un poco más.

Así, en homenaje a la buena amistad, les dedico a mis dos grandes amigos una canción de una película que trata sobre este tema y que en su secuencia final el narrador apunta:

La amistad de
Jules et Jim no tenía equivalente en el amor. Los dos hallaban un placer total en naderías, comprobaban con ternura sus divergencias. Desde el comienzo de su amistad se les había apodado Don Quijote y Sancho Panza.