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jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

Gruta-azul-de-la-isla-de-Capri-Italia

Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

viernes, 24 de junio de 2011

Morir de amor

Hoy que olvidé aquellos días,
no sé por qué me despierto
algunas noches vacías
oyendo una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

La canción y el poema (Idea Vilariño, 1972)

Ésta no es una carta de suicidio, ni siquiera una carta de despedida. Es simplemente una carta de amor, amor ya sobrepasado, consumido si lo prefieres. Dicen por ahí, que declarar el amor por carta es cuestión de cobardes, que esos sentimientos hay que expresarlos cara a cara, pero no lo creo así. La carta es el vehículo perfecto para el amor, porque el amor es reflexión, a diferencia de otros sentimientos más pasajeros. Podría decirte directamente que me gustas y eso respondería al momento, pero nunca podría decirte que te amo, porque este sentimiento no es fugaz en mí y lo voy macerando como un guiso, del que, para cuando soy consciente, muchas veces ha sido demasiado tarde. Éste es, pues, el objetivo de esta carta: decirte lo que fue y que ya queda como un sueño atormentado en una noche calurosa de verano. Sin embargo, el amor tiene la cualidad de que no puede ser explicado por palabras, porque éstas no alcanzan a describir la intensidad del mismo. Probablemente, nada de lo escriba tenga mucho sentido para ti. Por eso, me hubiera gustado morir de amor, como en las canciones, que llegara un médico y certificara mi muerte: ha muerto de amor el día tal, a la hora tal. Y que la noticia llegara a ti, que tu corazón cerrado no se sintiera culpable, no quiero morir para generar en ti culpas ningunas, sino que se llenara de orgullo. Murió por mí, porque el amor que tenía no podía soportarlo, porque fue una carga excesiva. Conserva esta idea y haz con ella lo que quieras. Ríete, llora, compadécete de este inútil, presume, vanaglóriate… ésta es una ofrenda que te hago. Mi muerte, por ti, sería de amor.

Hablar de amor en abstracto nunca me ha gustado. Nadie muere de amor en la actualidad. Morimos por razones más prosaicas como el exceso de colesterol, el infarto de miocardio o los accidentes de coche. Es demasiado romántico, demasiado sentimental, el obsequio de la vida a un amor no correspondido o atormentado. Pero como describe la poetisa uruguaya Idea Vilariño, hay momentos en que nos despertamos a mitad de la noche, cuando ya todo está en el olvido, que nuestra alma se encarga de recordárnoslo, de levantar la inquietud de lo que fue pasado. En esos instantes ya no hay rabia, ni rencor, quizá nostalgia de los dolores de un corazón marchito. Porque somos una máquina curiosa, que transforma los recuerdos más angustiados en anhelo de lo no conseguido. En ese momento, quiero morir. No sé si de amor, realmente. Morir para evitar sentir lo que siento y que mi pragmático olvido intenta disfrazar. En noches como ésas, descubres que los esfuerzos por enmascarar, por enmascararte y olvidarte, en mí, son completamente inútiles. Una vez pasada esa frontera del amor, no tengo retorno posible, mi vida.


Vídeo: La canción y el poema del disco Morir de amor de Soledad Villamil
Imagen: Soledad Villamil en concierto.

jueves, 3 de marzo de 2011

Pequeño divertimento para las esperas

¿Sufre más el que espera siempre
que aquél que nunca esperó a nadie?

El libro de las preguntas (Pablo Neruda, 1974)

Siempre me hiciste esperar mucho. Por más que te decía que eras una tardona, que no tenía paciencia para las esperas, que odiaba aburrirme, nunca me hacías caso. Era superior a ti y pronto me tuve que resignar a las circunstancias. Normalmente quedábamos en una boca de metro. Las primeras veces me concentraba fielmente en la esfera de mi reloj. Luego, miraba al cielo, a la calle, a mis zapatos, a los coches que pasaban cerca, pero también me aburría. Así, poco a poco, fui creando un juego. Veía salir a las personas de la boca de metro y empezaba a contarlas para saber cuántas necesitaba ver antes de verte a ti. Como siempre eran muchas las que te precedían, probé a depurarlo un poco más. Por eso, conté a las mujeres, primero, pero seguían siendo demasiadas. Luego a las mujeres que tuvieran más o menos tu edad. Pero era difícil detectarlas, porque nunca fui muy bueno con las edades. Así, intenté contar a las chicas que tenían el pelo como tú: largo y liso. Me sorprendía, cada vez, cuántas tenían tu misma melena. No probé con los ojos, porque no me atrevía a mirar directamente a las que salían del metro. Añadía más detalles: un bolso parecido al que solías usar, un abrigo marrón, esos vaqueros que me volvían locos… de tal manera, llevaba en la cabeza varias listas. Cinco chicas de pelo largo, dos con vaqueros, una con bolso, tres de tu misma altura, otra más. Y conseguía con este pequeño juego dejar que los minutos corrieran sin darme cuenta. Siempre que aparecías apresurada con tu mejor sonrisa de disculpa, me pillabas ensimismado y me preguntabas: ¿en qué piensas, amor? Y siempre te contestaba engañándote un poco: Pensaba en ti. Aunque no te mentía del todo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Carta de una desconocida

Cuando leas esta carta, puede que haya muerto; tengo tanto que contarte y tan poco tiempo...

Carta de una desconocida (Max Ophüls, 1948)

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Aún recuerdo el día en que apareciste en mi vida. Era un día cualquiera, ni siquiera ocurrió nada extraordinario más. Hay dos fechas claves en la vida de una persona, el día en que naces y el día en que se despierta a la vida. Y aquél fue éste segundo. Comenzó con la llegada de un carro de mudanzas. Los operarios fueron sacando, uno tras otro, objetos maravillosos. Un arpa, unos candelabros de plata, cajas de libros, cartapacios llenos de libretos y partituras, copas de cristal envueltas en papel de periódico… Yo me paseaba admirada como si hubiera entrado en la cueva de los ladrones de Alí Babá. A pesar de que oía de fondo a mi madre llamarme, no había nada, ni nadie que pudiera hacerme reaccionar. En esos momentos, sentí un agudo dolor dentro del pecho. Como el pollito que sale del cascarón, mi corazón nacía en aquel preciso instante. Me enamoré de los libros, de la lámpara de tu despacho, del piano, del pesado cajón donde se podía leer: FRÁGIL, de todo lo que veía salir de aquel camión. Y entre el ir y venir de hombres y cajas, por fin te vi dirigiendo al resto. Como un director de orquesta, movías tus brazos y dabas instrucciones. Allí me vi, sucumbiendo a la dulce melodía. Mi destino quedó sellado a ella.

Carta de una desconocida (1922) es un precioso relato de Stefan Zweig, que hace tiempo que leí. Supongo que con una buena idea como la de este libro, hacer una película buena es más fácil. Y también puedo suponer que Max Ophüls era el director indicado para traspasar al cine un relato ambientado en la Viena de principios de siglo, aunque la película se hiciera en el Hollywood de 1948. Pero tener un texto excelente no es la panacea que puede salvar una película, especialmente cuando se tiene una historia que es un flashback continuo. Son necesarios actores solventes, una preciosa ambientación y todo el talento necesario para no convertir una historia de amor-obsesión en una cursilada mayúscula. Creo que Carta de una desconocida (1948) lo consigue con creces. Ver los ojos ansiosos de Lisa (Joan Fontaine) cuando Stefan (Louis Jourdan) la descubre espiándole bajo su casa, llorosos en su despedida del tren y decepcionados cuando se da cuenta de que nunca va a recordarla, son toda una muestra de interpretación. Con una película así, uno recuerda que el amor no siempre va a la misma velocidad en dos personas, y lo que para uno es un momento clave en su vida, para otro es pura y ordinaria monotonía. Porque no hay nunca una sola historia, ni siquiera dos, la tuya y la mía, sino millones, dependiendo de los ojos que la ven, del momento en que ocurre, del estado de ánimo, de la hora del día, de la música que suena o de cómo incide la luz. Quizá por eso nos sintamos tan inseguros cuando descubrimos que estamos enamorados… porque no depende de nosotros.

martes, 8 de diciembre de 2009

La distancia

Tanto más fatiga el bien deseado cuanto más cerca está la esperanza de poseerlo.


Nunca fui bueno para las medidas, ya lo sé. Siempre te sentí próxima, aunque ahora creo que mi deseo no se ajustaba a la realidad como hubiese querido. Y eso que, a veces, estabas a escasos centímetros, con tu piel apenas rozando la mía. Entonces, te advertía cercana, tanto, que creía que estabas dentro de mi pecho y que susurrabas mi nombre en cada uno de tus latidos. Pero los centímetros pueden volverse metros, incluso kilómetros con un simple aleteo de tu indiferencia. Y así notar como te alejas, de espaldas a mí, recorriendo un camino sin vuelta atrás. Y llegar a verte en la lejanía, con tu silueta tapando la luz del sol, de donde quizá nunca te moviste. A lo mejor esa piel que tenía tan cerca, sonrosada y suave, no era más que una ilusión que mi pobre cabeza creaba. Esa comisura de tus labios a la que siempre miraba, no estaba allí, sino lejos, lejos, en el horizonte mirando a otro. Y el brillo de tus ojos sólo destellaba por puro efecto de la luz. Es posible que debido a esto volví a creer ser aquel chaval iluso que pensó que la distancia es algo que se mide con cinta métrica, marcada con sus números, una cuestión de perspectiva, sin caer en la cuenta que tú, casi sin querer, rompías cualquier cálculo o aproximación que yo pudiera hacer.

Vídeo: Christina Rosenvinge - La distancia adecuada (2008).

jueves, 22 de octubre de 2009

Carol

¿Qué era querer a alguien, qué era exactamente el amor, y cuándo terminaba o no terminaba? Ésas eran las verdaderas preguntas y ¿quién podía responderlas?


Cuando salió de los grandes almacenes aún no sabía cómo se llamaba. Fue apresuradamente a la nota de pedido y la leyó varias veces: Carol... Rememoró ese nombre muchas veces en los días y las noches posteriores, aunque eso no lo sabía aún. Era alta, rubia, llevaba un abrigo de visón y la gente le abría paso, o al menos eso le pareció. Buscaba una muñeca para su hija. Podía ser cualquier persona que buscara una muñeca, porque estaba cerca la Navidad, pero Carol la miró como nunca nadie la había mirado. De esto también se di cuenta más tarde, cuando volvió a verla. Entonces descubrió que había retenido la imagen de Carol perfectamente en su memoria, sin el más mínimo error. ¿Era eso el amor?

En Carol (Patricia Highsmith, 1951) no hay asesinos, ni arribistas ambiciosos, ni planes despiadados como en el resto de novelas de la escritora, pero sí suspense e intriga, porque ¿qué mayor intriga hay en un amor incipiente? Y más si es un amor inesperado. ¿Se puede una persona enamorar de buenas a primeras de otra? ¿Y si es del mismo sexo? A estas preguntas intenta responder la novela. La historia comienza en unos grandes almacenes de Nueva York donde Therese Belivet trabaja eventualmente, mientras busca empleo como escenógrafa. Allí conoce a una cliente, Carol, una mujer recien divorciada, bella y sofisticada, por la que Therese sentirá una pasión incontrolable, mezcla de admiración y de extrañeza. Therese, a quien su novio no le aporta nada, decide indagar en ese sentimiento. Sin embargo, todo serán obstáculos, incluida su propia resistencia a sentir.

Patricia Highsmith publicó esta novela en 1951 bajo seudónimo, porque según explica la autora, no quería ser encasillada en esta historia como lo había sido con el género de suspense. Sin embargo, su edición de bolsillo fue un considerable éxito, vendió cerca de un millón de ejemplares y la escritora recibió grandes cantidades de cartas de agradecimiento. Más de treinta años después, en 1983, Patricia Highsmith reconocía la autoría de, quizás, la única novela de amor que había escrito.

martes, 29 de septiembre de 2009

La alfombra persa

El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia.

Friedrich Schiller

Me sentía como una alfombra persa a su lado. Tenía la sensación de haber sido adquirida en un puesto del zoco de algún lugar lejano, donde se exige regatear y que se compra con la desconfianza de haber sido estafado. Era como una preciosa alfombra de seda, con cálidos colores y que daba un toque de distinción y exotismo a cualquier estancia de su casa. Un objeto de lujo que todos los amigos admiraban al entrar en el salón y que él se desvivía contando la anécdota de cómo, dónde y por cuánto la compró. Al principio, todo estaba dispuesto en torno a mí. Acariciaba la superficie con suavidad, disfrutaba de cada destello que el sol producía en ella y aplanaba cualquier arruga que por descuido se formara. Aunque pronto el diseño se haría repetitivo, los colores se apagarían y no casaría con los muebles nuevos. En un primer momento, por cariño, simplemente se le daría una nueva ubicación. Después quedaría arrumbada con el resto de objetos inútiles de su vida. Aún no estaba en eso, pero sé que llegaría ese instante, que se cansaría de mí, como se cansó de las otras cosas que le aburrían. Un destino marcado, un problema sin solución, porque se quedó prendado de los colores, de la simetría del dibujo, del rico tejido. Sin pararse a pensar, que una alfombra no es más que nudos y nudos atados para siempre a la urdimbre y la trama del telar. Nudos que están pero no parecen, nudos que nunca se podrán desatar.

viernes, 24 de julio de 2009

A la mañana siguiente

Es que la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, muchos.

La despertó un ridículo tono que le había puesto al móvil. Durante un segundo, pensó en no contestar, pero finalmente alargó el brazo hacia la mesilla de noche y vio en la pantalla quien era. -¡Cómo no!- suspiró. Se sacudió la modorra con un par de cabezazos y tendida, cogió el teléfono. ¿Sabes que hora es, guarra? Su voz pastosa ni siquiera se parecía al agradable tono que usaba normalmente. Sí, aún en la cama. No, no estuvo mal. ¿No me preguntes eso? Bueno, es guapo, claro. Sí, muy agradable. Y giró su cuerpo en una sacudida, viendo el lado de la cama vacío. Colocó el brazo que no sujetaba el teléfono sobre las sábanas arrugadas. No ha tenido ni la delicadeza de despedirse. Lo que oyes. Ni me he enterado. ¿Te puedes creer cosa igual? Ya no pido ni que busquen una excusa elaborada. Con decir, me voy, nos vemos, ya te llamaré, con eso, me conformo. Pero no, tenía que tocarme el cabrón que se va sin decir ni mu. No sé, debo tener imán, porque éste me engañó como una tonta. Tenía buenas maneras. Me gustaba. Pero fíate tú de las apariencias. Ya no soy capaz ni de decirme que no volverá a pasar, que se acabaron los tíos... porque me conoces y esta conversación la tendremos alguna otra mañana más. Se tocó el pelo y se desperezó, haciéndose un ovillo. La luz entraba por las rendijas de la persiana, dando el reflejo directamente en sus ojos. Los cerró, molesta, y frunciendo la frente, sentenció: Pero una cosa te dijo, cuando me lo vuelva a encontrar me va a oír. Pienso montarle el mayor numerito que haya sufrido en su vida. Ya estoy harta. Éste va a pagar por todos los hombres que me han hecho daño en la vida.

Tras la puerta del dormitorio, cruzando el pasillo, en la cocina, un chico con el pelo revuelto llenaba dos tazas de café. Buscaba el azúcar en los armarios pero sin hacer el menor ruido, para no chafar el desayuno sorpresa. Incluso había tostado un poco de pan de molde. Le brillaban los ojos, y a pesar de la cara de dormido, sonreía.

jueves, 18 de junio de 2009

La novia de Frankenstein

Nada vale tanto la pena de ser encontrado, como lo que jamás ha existido.

Pierre Teilhard de Chardin

Que tenga el pelo largo, largo y sedoso. El color da igual. Los ojos grandes, misteriosos, que digan algo. Una cara bonita, pero no de esas bellezas sosas que empalagan. Me gustan las caras con carácter. Que sea femenina también. Aunque si lo pienso, el físico no es tan importante. Recapitulando las mujeres que me han gustado, son todas muy diferentes entre sí. Recuerdo aquella bajita que me sorbía el seso en la universidad o la morena con la que acabé tan mal. No, el físico no me importa, dentro de unos límites, claro está. La personalidad es otra cosa. Es en lo que realmente me fijo. Que tenga genio, aunque no tanto como para que me anule. Que sepa lo que quiere. Odio a las indecisas. Que sea simpática, extrovertida, aunque en su justa medida. Que tenga conversación, que podamos hablar sobre todos los temas del mundo. Claro y para eso es necesario que tenga cultura. Lo ideal sería que tuviéramos gustos similares. Aunque puede llegar a ser tedioso. No quiero un clon. Pero tampoco una mujer totalmente opuesta a mí. Lo de que los contrarios se atraen está muy bien para la Física, pero no es útil en la vida real. Que me complemente. Una mujer con valores, que no sea superficial, aunque tampoco aburrida. Siempre es bueno un punto de frivolidad pero que no mate por unos zapatos de marca. Que me atraiga. Aunque la atracción tiene que ver con el físico. No se puede despreciar el físico tan a la ligera, porque es lo primero que entra por la vista. Y que me quiera, sólo eso.

Terminó de pensar y salió a la calle a buscar quien encajaba con este perfil.


Vídeo: Creación de la novia (Elsa Lanchester) en La novia de Frankenstein (James Whale, 1931).

domingo, 19 de abril de 2009

Los egoístas

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.


¿Cómo me dejas así, sin más? Nunca pensé que me podrías hacer esto. Con lo que yo te he dado, con lo que me he sacrificado por ti... Puse todo mi empeño en que tuvieras una vida tranquila, sin sobresaltos, que te dedicaras a ti, que no trabajaras porque no te hacía falta. Dormí poco por ti, para que el trabajo fuera lo más próspero posible, por crear un futuro asegurado para ti, para los dos. Te compré de todo, ni siquiera hubieras soñado antes con poseer todo lo que tienes. Accedí a tus caprichos, por más idiotas que fueran y ahora me doy cuenta de que fueron para nada. Te olvidaste de ellos tan rápido como ahora te olvidas de mí. Construí mi vida a tu alrededor y ahora descubro que ese mundo es tan falso como el decorado de un teatro. Siempre creí que estaba solo en el mundo hasta que apareciste, entonces mi vida cambió. Giró en torno a ti, tú eras el centro. Pero ahora me doy cuenta de que todo fue un espejismo, una apariencia, un papel para tenerme contento mientras afilabas el puñal asesino. Me haces replanteármelo todo ahora, si eran de verdad esas manos cariñosas, esa boca insinuante, esas palabras aterciopeladas, esa vida. Yo que respiraba de lo que salía de tu boca, ahora me ahogo. No hay aire en esta habitación. Me miras en este momento y sólo veo el vacío en tus ojos. No queda nada de ti dentro. ¿No tienes ni siquiera palabras?

Cambió el gesto y dijo: Me lo diste todo, absolutamente todo, aunque nada nunca dejó de ser tuyo. Sin embargo yo sólo quería una cosa que estaba, de largo, fuera de mi alcance: a ti.

sábado, 11 de abril de 2009

El banco doble

Existe, en verdad, un magnetismo, o más bien una electricidad del amor, que se comunica por el solo contacto de las yemas de los dedos.


Estaba cansado del día, mucho jaleo en el trabajo, mucho cliente descontento y cuando volvía a casa, para colmo, perdió el autobús que siempre cogía. Para esperar al siguiente, dejó caer su cuerpo pesado sobre el banco doble que había frente a la parada. Rumiaba su mal día intentando no pensar en nada. De pronto sintió que alguien se sentaba justo a su espalda en el banco, compartiendo ambos el mismo respaldo. Se sentó discretamente. Era una chica, a la que apenas podía ver aunque forzara el rabillo de su ojo. Se tocó el pelo y en un gesto delicado, se quitó el pasador que a duras penas sujetaba su pelo recogido. Su melena de rizos castaños cayó sobre los hombros de él.

Estaba harta de su vida en ese momento y para su desgracia, además había discutido con su madre. Así que salió a tomar el aire y así reflexionar un poco. Paseó tranquilamente por las calles atestadas, se fue parando en los escaparates que le llamaron más la atención e incluso entró en alguna tienda, no con intención de comprar nada, sólo intentaba evitar acordarse del día que llevaba. Cuando se hizo tarde decidió coger el autobús. La parada estaba cerca, pero a pesar de que vio a un autobús a punto de irse, no quiso correr para alcanzarlo. Se sentó en el banco doble que había enfrente de la parada, justo a la espalda de un chico. Notó como le dolían los pies de la caminata. Se tocó el pelo, comprobando que era un desastre y decidió soltárselo.

Espalda contra espalda, en silencio, separados por un fino respaldo de madera. Él podía notar sus rizos desenrollándose sobre el pequeño trozo de piel que quedaba desnudo en su cuello. Casi le hacían cosquillas. Si afinaba la nariz, podía sentir el olor de su pelo. Se quedó muy quieto. Él, un hombre hecho y derecho, estaba nervioso por el mero contacto de una mujer. Le inquietaba la idea de que la chica se diera cuenta de cómo le retumbaba el corazón. Tengo que tranquilizarme, tengo que tranquilizarme, se decía una y otra vez. Pero ella ni siquiera se percató. Intranquilo, pensó que levantarse o desplazarse más allá en el banco sería una falta de descortesía y así, sigilosamente, acercó la mano a su cuello para retirar el pelo. Y como quiera que el destino es juguetón y caprichoso, en ese mismo instante, ella también llevó su mano al pelo. Y se produjo el contacto, apenas un breve roce de sus manos. No supuso ni un segundo de su tiempo, porque instintivamente ambos, avergonzados, retiraron sus manos bruscamente. Un toque casual, furtivo, sin la menor importancia y que nadie de los que esperaban en la parada notaron. Una leve mirada entre ellos, un balbuceo de perdón en sus bocas, una escueta sonrisa, una unión efímera pero cósmica, los poros de las yemas de sus dedos unidos, una especie de cortocircuito los dejó bloqueados. Todo fue como si el tiempo se hubiese parado en ese preciso momento aunque la Tierra siguiera girando sin freno para el resto. La llegada súbita del autobús desvaneció la íntima conexión que produjo ese velado roce. Y salieron del trance, ambos subieron y se sentaron en asientos separados. Él se bajó antes y desde ahí la miró pero sus ojos no se cruzaron. Ella quiso mirarlo también, quizá para grabar en la memoria su imagen, pero su timidez se lo impidió. No volvieron a cruzarse nunca más.

lunes, 9 de febrero de 2009

Las despedidas siempre son tristes

Sólo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor.


Odio las despedidas. Me di cuenta de ello el día en que yo mismo dejé de cumplir las falsas promesas que siempre se hacen cuando uno se despide: te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre... Consciente o inconscientemente sabemos lo efímera que son estas promesas, pero aún así no empeñamos en hacerlas, convirtiendo las despedidas en algo más definitivo, más separador. Una parte de nosotros también se despide en cada despedida yéndose prendida en la persona que parte.
La despedida más triste que he vivido, no la viví yo, bueno sí, quiero decir que no fue mi despedida, aunque en realidad yo también estaba allí para despedirme. Fue hace unos años en una estación de autobuses. Despedía a una amiga y aunque no me guste despedirme, no se me hubiera ocurrido no acompañarla hasta allí. Después de todo aquello de nos veremos pronto y buen viaje, me senté en un banco a ver como el autobús se iba. Como mi amiga andaba ocupada colocando maletas, buscando su billete en su enorme bolso y localizando su plaza, yo observaba al resto de viajeros. Y allí estaba ellos como si no quedase más personas en el mundo. Una parejita joven fundido en un abrazo. Ella con los ojos hinchados de llorar y él aguantando las lágrimas. No escuchaba lo que decían, pero seguro que era te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre. Se besaban apasionadamente como si estuvieran fuera del mundo, como en una burbuja ajena al ir y venir de viajeros entre humo negro de tubo de escape. La burbuja se pinchó con un berrido del chófer que respetaba más la puntualidad que todo aquel sentimentalismo. La chica subió apurada y el autobús se fue. El chico se cruzó conmigo, que seguía en el banco, buscando la salida. Cuando pasó a mi altura, vi como le caían dos auténticos lagrimones, redondos, enormes, resbalando por sus mejillas. El azar hizo que él y yo fuéramos en la misma dirección en aquel enorme intercambiador. El chico, delante de mí, caminaba con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Tenía aire de funeral, dando pasos lentos, como si fuera a caer fulminado allí mismo. Ambos cruzábamos un largo pasillo alicatado de azulejos blancos hasta la vía del metro, con la única compañía de un violinista al fondo de él. La escena era de cine, el enamorado al final de la película, con banda sonora de violín, encara su futuro. El chico sacó una de sus manos y se secó los ojos. Y con ésta, lanzó una moneda a la gorra que el músico agradeció con un gesto de cabeza. Dobló la esquina y se metió en el vagón que acababa de llegar. Como iba algunos pasos por detrás, no llegué a coger ese metro, que cerró sus puertas en mis narices. Aún se oía la melodía de violín y entre los cristales vi al chico con la mirada perdida. Sólo faltó un fundido en negro en el que asomaran las letras FIN.

Y aunque esta entrada huele a despedida, no lo es. Mi recuerdo de Capri sigue demasiado vivo como para que pueda darle un carpetazo. Sigo, de momento, despidiéndome de la isla que ya no existe.

martes, 27 de enero de 2009

Tu voz, de repente

Tu voz puebla de lirios
los barrancos soleados donde silban mis versos de combate.
Tu voz siembra de estrellas y de azul
el cielo pequeñito de mi alma.
Tu voz cae en mi sangre
como una piedra blanca en un lago tranquilo.
En mi pecho amanecen pájaros y campanas
cuando muere el silencio para nacer tu voz.

Hacía tanto tiempo, que creí olvidada tu voz, enterrada en cualquier pliegue de mi cerebro. Pero cuando te escuché aquella tarde al otro lado del teléfono, no sólo te reconocí al instante, sino que con el sonido de tu voz volvieron todos los recuerdos que un día archivé con el letrero de NUNCA MÁS. Es de esos casos, que uno, con la estúpida presunción del orgulloso, cree que puede vencer sin problemas, pero cuando se producen, descolocan lo que cuidadosamente habíamos previsto. Fue una conversación cordial, incluso amena. Querías saber de mí, cómo me iba, o eso al menos me dijiste. Así, sin más, después de todo lo pasado y sobre todo después de tanto tiempo. Podría haberte colgado, pero mi malsana curiosidad obstruyó cualquier sensatez. Interpreté, una vez más, al buen amigo, al que escucha interesado detrás del auricular. Me contaste, emocionada, los cambios de tu vida en una nueva ciudad. Sinceramente me alegré por lo bien que te iba. Yo te correspondí con cautela, como casi siempre hago todo, abriendo apenas unas rendijas de lo que mi vida era en ese día. No era mi mejor momento y tu llamada vino para reafirmarlo. Creo que te lo transmití y me ofreciste tu ayuda y tu ánimo. Te dije que lo tendría en cuenta, aunque sabía que nunca se me ocurriría pedirte nada. Ya no. Cuando colgaste, aún tu voz retumbaba en mis oídos. Sentí un hueco frío en mi interior donde inmediatamente esa voz pequeña y viva se instaló. Llevo muchas noches intentando desahuciarla. Pero no se deja.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tragicomedia de los amantes

El corazón del hombre está hecho para reconciliar las más evidentes contradicciones.


- No sé como puedo soportar más tiempo esta situación. ¿Me merece la pena? No creo que haya sido para tanto eso que he dicho. Está exagerando, lo sé, pero cuál es el motivo para que se ponga así. Quizá ya no me soporte y explota en los momentos en que soy más vulnerable. Tal vez intente forzar la situación para que yo diga: hasta aquí llegamos. No lo sé. Lo más sensato sería que la tomara de las manos y nos sentemos ambos a hablar en serio e intenta llegar al fondo del asunto de esta discusión. Debería pedirle perdón si se ha sentido tan ofendida y dejarme de falsos orgullos. Tendrá sus motivos, aunque me gustaría conocerlos para que ese perdón fuera sincero. Eso haré... necesitamos hablar.

- ¿Cómo se puede quedar tan fresco después de lo que me ha dicho? Bueno, sólo lo ha insinuado esta vez pero yo sé que es lo que quería transmitir, porque ya son muchas indirectas como esa. Lo esconde todo bajo esa capa de ironía pero no se atreve a echarme nada en cara, como si yo fuese un ogro. Demasiado le estoy aguantando. Cuando hablemos querrá hacerme creer que no pasa nada, pero si no lo reconoce, me vuelvo loca. A lo mejor estoy siendo demasiado estricta. Muchas veces descargo toda mi frustración injustamente en él y sé que no se lo merece. Puede que ésta sea una de esas veces. Lo mejor sería sentarnos y hablar tranquilamente. Así es como solucionan los problemas los adultos.

Casi al mismo momento, ella y él decidieron derribar el frío muro que habían construido en su pequeño piso del extrarradio. Se encontraron cara a cara en el pasillo y, sin palabras, se fundieron en un emocionado beso. No fue necesario nada más. La paz estaba sellada.

Imagen: Estatuas al trasluz del palacio de Buckingham (Londres).

sábado, 22 de noviembre de 2008

Los pros y los contras

El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo.


Una taza de café recién hecho, un lápiz afilado y un folio en blanco... Todo listo. Empezaré por lo malo:

LISTA DE CONTRAS
  • En ocasiones, no me entiendo bien con ella. Hay determinados temas que es mejor no tocar si no queremos comenzar a pelearnos.
  • Tiene un gusto musical infame. Ir con ella en el coche es un suplicio para los oídos. Tampoco coincidimos ni en libros ni en el cine.
  • A veces, la he pillado husmeando en mi móvil. Eso sólo es desconfianza, nunca podré estar con alguien que desconfía de mí tan abiertamente.
  • No se lleva bien con mis amigos. Hace un esfuerzo, eso sí, pero procura que no coincidamos con ellos cada vez que puede.
  • Siempre tiene una palabra, acompañada de un gesto de desaprobación, para la ropa que me pongo.
  • Se preocupa tanto por mí, que algunas veces es como si mi madre hablara por su boca...

Estoy demasiado negativo, dejo los contras y me centro en lo pros:

LISTA DE PROS

  • Me gusta.

Leí estas dos palabras escritas en el papel. Trazos sencillos que contenían mucho. De pronto, me dio un enorme sentimiento de culpabilidad, porque los contras estaban escritos desde mi más oscuro egoísmo. Ahí delante, este descompensado balance me observaba con cara de reproche. De repente, afloraron en mi cabeza, miles de argumentos que neutralizaban los contras. Yo, que siempre me había preciado de ser racional, mi racionalismo me había jugado una mala pasada, porque hay cosas que no se pueden analizar como si fueran datos contables. Me gusta, la quiero, eso es todo, es el principio y el fin de esta historia y el resto es accesorio. Los sentimientos no se explican, no se interpretan, se tienen o no se tienen... Puse la palma de la mano sobre el folio y lo arrugué haciendo una bola con mis pros y mis contras. Llevé la taza al fregadero, me guardé el lápiz y tire esa bola con el resto de desperdicios dentro del cubo de basura.

martes, 14 de octubre de 2008

Besos sin sentido

No hay cosa tan terrible como la desgracia de perder la inocencia.


Estaba leyendo y me plantó un beso en la cara. Me miró pidiendo que la correspondiera y besé sus labios. Necesito una ración de éstos todos los días, ya lo sabes, luego vuelvo a por más, me dijo y se marchó a la cocina. La vi irse por encima de las gafas sin decir nada, aunque todas las preguntas seguían sin respuesta dentro de mí. Sentí como esos besos ya no significaban nada, los daba y punto. Eran parte de la rutina. Reconozco que algunas veces los recibía o daba con gusto, porque es agradable la sensación de besar, pero en este momento habían perdido toda razón de ser. Me molestaba pensar así, porque ella aún me miraba con ojos luminosos cuando acercaba su boca a la mía. Yo lo sabía y no era capaz de rectificar. Podría confesárselo, pero eso suponía acabar con todo y ella no lo soportaría. Sin embargo, estaba siendo injusto, porque nadie se merece unos besos huecos, como los que yo le daba. Era una mala persona por estar haciéndole daño precisamente a ella, por no contarle, por continuar besándola sin ganas de hacerlo, por no reconocer que todo había terminado aunque fuese en mi interior. Ahora volverá y me haré el ocupado, me buscará y cederé y así todo seguirá aparentemente bien. Pero no lo está. Antes era mucho más sencillo, amor sin condiciones, besos nacidos del puro sentimiento, gestos inocentes, sin calibrar. Hay personas que pierden su inocencia cuando comienzan las responsabilidades, con el primer hijo o con el primer trabajo o cuando descubren que el mundo no es el lugar que nos describen los cuentos de hadas. Yo perdí la inocencia cuando dejé de amarla.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

El traductor simultáneo

Sin traducción habitaríamos provincias lindantes con el silencio.


Salí tarde del curso de alemán. Habíamos quedado en una cafetería del centro. Todos estaban allí cuando yo llegué:

Hola a todos, perdón por el retraso. Siempre las mismas caras, estoy harto.
Muchas gracias, salí tarde de alemán. Ahora se hacen los comprensivos, pero sé cuanto les fastidia esperar. Total para no hacer nada, más que hablar y hablar. Seguro que me han estado criticando mientras venía.
Sí, ¿no sabías que estudiaba alemán? Llevo dos años yendo, ya veo como me conoces.
Pues nada nuevo, no he hablado con Ana, casi mejor, jejeje. ¿Ahora te preocupas por mi vida sentimental?, qué bonito. He visto a Ana, de lejos, la esperé cerca de su trabajo, pero no tuve valor para hablar con ella.
No, totalmente superado, ya he pasado página, sólo deseo que sea feliz. Me acuerdo de ella constantemente. Noto un hueco escalofriante en la cama que me persigue todo el día. No entiendo que ha pasado y por que a mí. No me lo merezco.
Fue de mutuo acuerdo, decidimos que lo mejor era dejarlo. ¿Por qué me empeño en taparla? ¿O soy yo quien se tapa? En realidad, me da vergüenza admitir que se ha ido y no volverá.
Lo mejor es disfrutar de la vida de soltero... pero dejemos el tema. Eso, dejémoslo, porque esto parece la Santa Inquisición. La vida de soltero es un coñazo. No sé donde voy a encontrar a alguien como Ana. No tengo ni tiempo, ni ganas.
¿Dónde tenéis pensado ir? Como si no lo supiera, el mismo lugar, a ver las mismas caras y hacer lo mismo de siempre.
¿Es ese el bar nuevo? Ah mira, tengo ganas de conocerlo. Me han dicho que está bien. La noche anterior a que se fuera me dijo que había estado en ese bar y que le había gustado. Puede que hoy haya ido también. Sería una buena oportunidad de hablar, necesito una explicación que me calme. Necesito saber el porqué. No veo el momento de verla.
Por mí, cuando queráis nos vamos. No puedo soportar un momento más aquí, entre conversaciones banales. No puedo creer que ninguno de éstos intuya lo que me pasa por la cabeza. Tengo un nudo en la garganta, creo que voy a llorar. Sé fuerte.
Sí, tengo los ojos irritados, deben ser las lentillas, con el humo y eso. Ellos que sabrán.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Las muñecas rusas

Recordé todas las chicas que había conocido, con las que me había acostado o las que sólo había deseado… Pensé que eran como muñecas rusas. Te pasas la vida entera jugando a eso. Te mueres por saber cual será la ultima, la más diminuta, oculta dentro de todas las demás. No la puedes coger directamente, tienes que evolucionar. Hay que ir abriéndolas una tras otra preguntándote cada vez: ¿será ésta la ultima?


Es difícil saber que es lo que se debe hacer. Si te dejas llevar por la manada, corres el riesgo de verte en un lugar incómodo, haciendo algo que en la vida hubieras dicho que harías. Con las relaciones pasa lo mismo, uno nunca sabe. Se debe huir del bienintencionado consejo ajeno, pero a veces es más sencillo que te susurren la solución a tener que buscarla por ti mismo. Además solemos buscar un prototipo, creado en nuestra mente, que difícilmente se encuentra sobre la Tierra. Esta es el primer problema. Queremos hallar una especie de Frankenstein, hecho de retazos de diferentes cualidades que creemos inmejorables, pero que nunca se darán en una única persona. Luego existen otros ingredientes que no podemos olvidar, como nuestra propia receptividad en un momento dado o incluso el simple hecho de ver que es lo que hay delante de tus ojos. Parece una tontería, pero a veces, las pistas dejan de serlo para convertirse en evidencias y aún así seguimos ciegos. Con todos estos obstáculos, hablar de parasiempres nos hace sentir un escalofrío que recorre cada músculo de nuestro cuerpo. Es lógica esta inseguridad cuando conocemos a alguien. ¿Es la persona definitiva? ¿Hemos concluido la búsqueda? ¿Es la última muñeca rusa?

Xavier (Romain Duris) vive en el caos. A su alrededor, las cosas tampoco pintan bien para casi nadie. A pesar de que ha cumplido su sueño de ser escritor, malgasta su talento en guiones malos para la televisión, pequeños artículos o como negro para biografías de famosos. Sentimentalmente tampoco anda mejor, ninguna historia le dura. Una chica tras otra, ve como la estabilidad es imposible. ¿Cuál es el problema? Camino de los 30, comienza a planteárselo todo. Lo que antes eran firmes decisiones, ahora pueden ser estrepitosos errores. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Será esta nueva chica la relación definitiva? ¿o ésta está detrás de alguien que conozco muy bien? Preguntas y más preguntas de difícil solución.

Y es que nadie dijo que vivir sería fácil. Las relaciones flotan en un mar donde nadie habla el mismo idioma. Luchamos contra nuestros propios defectos, nuestro egoísmo, nuestra incomprensión, por no hablar de la gente que no rodea. Se supone que llegar a la madurez implica compromiso, equilibrio, solidez... pero nada de esto es posible, por temor a la rutina. Aceptamos con desgana el desorden pero no queremos vernos viviendo la vida de nuestros padres. Los días pasan como balas y pocas cosas mejoran. Pero hay que despertar, los príncipes y las princesas sólo existen en los cuentos de hadas y que yo sepa, no estamos viviendo en un castillo.


Escena de Las muñecas rusas en la que Martine (Audrey Tautou) le explica a su hijo su particular cuento de hadas.

jueves, 4 de septiembre de 2008

El amor es ruido

I was blind - didn’t see
What was here in me
I was lost - insecure
Felt like the road was way too long.


El amor es ruido, el amor es dolor. El amor es un campo de batalla, donde todo vale. El amor es tristeza, que sentimos una y otra vez. El amor persiste con el paso de los años, o no es amor. El amor es la verdad, el sentimiento que no es egoísta, que nos mejora. Sin embargo, por amor se mata, y por amor, también se muere. Es abierto y nos hace hacer cosas que nunca hubiéramos imaginado ni en nuestros sueños más bizarros. Evoluciona, nos eleva y llega un momento en que se quiebra, destruyendo todo lo que creó. El amor se esconde entre nubes, en las esquinas de la ciudad y hay personas que nunca lo encontrarán. Son personas que están ciegas, aunque sus ojos funcionen perfectamente. El amor es (o puede) ser sublime, pero nos empeñamos en vulgarizarlo hablando siempre de él, invocándolo. El sentimiento se transforma en sentimentalismo. Dicen que todas las canciones hablan de amor, puede ser, porque la música se lleva bien con él. Le da melodía a nuestra historia. Entonces, ¿el amor lo es todo? No sé si todo, pero sí que se ha descrito con todos los calificativos del mundo.

The Verve vuelve en un momento en que todos vuelven. Parece como si la música se hubiera quedado sin ideas y los que pensaron que ya lo habían hecho todo, descubre por arte de birlibirloque que aún tienen más que dar (o más que cobrar, nunca se sabe). Vuelve con pop, en el mejor sentido de la palabra, de ese del que los ingleses son inventores y genios. Y dedican su primera canción al amor, el tema por excelencia de todo popero que se precie. Cantan al amor ruidoso, dolido, nada mojigato (porque con la cara de Richard Ashcroft no se puede ser mojigato). Love is noise abre su disco Forth (2008) con muy buena pinta. Me recuerda a las canciones del Britpop de los 90, que tanto disfruté y que hecho un poco de menos. Se ha colocado en lo alto de las listas británicas y me alegro mucho (En España es impensable que un grupo así lo haga, porque ese puesto parece reservado para triunfitos y demás fauna). Os dejo el vídeo para que disfrutéis del amor con esta banda sonora.

lunes, 9 de junio de 2008

Las mismas bodas

La marcha nupcial siempre me recuerda la música que tocan los soldados cuando marchan a la batalla.


Las mismas caras sonrientes cogidas del brazo desde el altar, los mismos ojos llorosos de satisfacción y esperanza de los padres, los mismos invitados bullangueros, la misma ropa, las mismas ganas. Bodas, bodorrios, celebraciones íntimas, sea de alguien muy cercano o de un completo desconocido, todas usan los mismos ingredientes. Como los ritos ancestrales de iniciación, las mismas situaciones que son mezcla de tradición y alegría. Cada cual interpreta su papel dentro del conjunto, novios felices, solícitos padres, invitados alegres y camareros ajetreados. Como un ballet, se mueven alrededor de las mesas representando la emoción del momento. Platos, flores, tarta, baile, vino, algunos excesos, el punto de partida de una convivencia presuntamente próspera... Las mismas personas participan de todo eso, bien sea desde el recuerdo (feliz o triste, eso da lo mismo) o desde la inexperiencia. Todos hemos sido espectadores de bodas, observando detalles con el gesto torcido o completamente entregados a la causa. Todos formamos parte de este rito social, plagado de convencionalismos, desde el sí, quiero (o sí, acepto, en versión civil) hasta el fin de fiesta, con los pies doloridos. Nadie se escapa a estas celebraciones, más o menos implicados. Hablamos en las bodas de lo mismo, de lo guapa que va la novia, de qué de tiempo no ves a tal o cual persona, de cómo te va la vida, pasamos ese examen inevitable con las mismas preguntas y las mismas respuestas. Puede ser aburrido, pero es así, nada cambia. Supongo que nadie se atreve a retocar esta institucionalizada ceremonia de la alegría, por propio convencimiento o por no fastidiar, es lo de menos. Nada se mueve, una detrás de otra, la misma boda, los mismos novios. Debe ser lo correcto.