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jueves, 13 de junio de 2013

C’est fini

Sobre la extensión de la arena, de repente algo grita que Capri c'est fini. Que ERA LA CIUDAD DE NUESTRO PRIMER AMOR pero ahora ha terminado. TERMINADO.
Que terrible resulta de repente. Terrible. Cada vez dan ganas de llorar, de huir, de morir, porque Capri ha seguido la rotación de la tierra hacia el olvido del amor.

Yann Andréa Steiner (Marguerite Duras, 1992)

Gruta-azul-de-la-isla-de-Capri-Italia

Capri se acabó y con él sucumbió todo un mundo que, a retazos, vienen de vez en cuando a mi memoria. En esos momentos, como un arqueólogo submarino, buceo entre palabras que en algún instante escribí y que se guardan bajo el mar, mohosas y olvidadas. Allí, los contornos se redondean, las caras se desdibujan, los detalles desaparecen. En ocasiones saco algo a la superficie, lo restauro y lo dejo en una vitrina a dormir el sueño de los justos. Así, vuelve a tener una vida, nostálgica y contemplativa, aunque no sirva para nada más. La memoria tiene el don infinito del olvido, dejando imágenes y recuerdos extraños, que fueron vívidos en un momento y va desvaneciéndose como la luz del mediodía, cuyo esplendor va decreciendo hasta el ocaso.

Y este es el fin de algo que comenzó con vocación de FINAL. He querido dejarlo morir silenciosamente aunque sabía que merecía un final. No obstante, sólo es el punto y seguido de un viaje de búsqueda personal. Capri se acabó, sin duda, pero la vida tiene la ventaja sobre la nostalgia de que no te permite parar a pensar. Nunca he sido bueno en las despedidas. A lo mejor, reflexiono demasiado y me es imposible improvisar lo que quiero decir cuando se me agolpan las ideas. Por eso no me extenderé. Sólo una cosa más: muchas gracias a  todos lo que se pasaron por aquí, curiosearon, leyeron y comentaron, ellos me enriquecieron más que lo que pude hacerlo yo. Hoy sigo bien, la vida no me da tregua, trabajo, escribo, leo, pienso, como de costumbre. Quizás un día vuelva y siga alimentando un rincón como Capri, nunca se sabe. La luz al final de la Gruta Azul siempre está encendida.

jueves, 12 de mayo de 2011

Muy corto, dijo ella

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía.

Anatole France

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No se encontraba bien a la salida del trabajo. Pensó que sería un constipado incipiente y se fue a casa a descansar, casi sin hablar con nadie. Cenó ligero y se metió en la cama. Al día siguiente estaba igual. Dolor de cabeza, ojos irritados, brazos pesados. Y decidió no ir a trabajar a ver si se le pasaba. Pasó el día vagueando, viendo fotos antiguas mientras echaban cualquier cosa en la televisión. No tenía fiebre, el dolor de cabeza era muy leve, pero sentía un malestar que le rondaba por todo el cuerpo. Al otro día, seguía igual. Decidió ir al médico, que sin mucho afán le recetó unos analgésicos. Fue inmediatamente a la farmacia, los compró y en el camino a su casa, se fijó en una peluquería. No había nadie, sólo una chica barriendo el suelo. Sin pensárselo dos veces, entró, saludó, y con una sonrisa de alivio dijo: córtame el pelo. La chica, con sorpresa por tener algo que hacer, le preguntó: ¿cómo de corto? Muy corto, dijo ella. Y casi cerró los ojos cuando le fueron cayendo en sus hombros los mechones largos de pelo. Cuando terminó allí, volvió a casa, se miró en el espejo del recibidor y se echó en el sofá. Durmió casi toda la mañana. Cuando se levantó, se encontraba de pronto bien. No tomó ni un analgésico.

Hacía mucho que quería hacerlo, pero es de esas cosas que siempre dejo por falta de tiempo o simplemente por dejadez propia. Pero hoy estaba animado y creo que es un día bonito para cambiar. Sin ninguna razón especial. Así que, experimentando un poco, os presento el nuevo look de Capri c’est fini. Cambiamos el envase pero el producto sigue siendo el mismo. Ahora MÁS y MEJOR.

Imagen: La túnica rosa (Tamara de Lempicka, 1927, colección particular)

domingo, 17 de abril de 2011

Séraphine Louis

Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas.

Hojas, flores, ramas, rojo sangre. Sábanas mojadas tomando el sol junto al río, baldes llenos de agua con jabón, suelos de madera barridos. Velas encendidas con cera goteando. Pinceles sucios, aguarrás, pintura Ripolin de la droguería del pueblo, paletas, mejungues a medio secar, olor a barniz. La mirada de la Virgen es la única que te ve pintar. Voces. El apocalipsis. El fuego encendido para un té, las camisas planchadas y dobladas. Manzanas brillantes, hojarasca viva, flores que hablan, viento que susurra. La obra del Creador fundida en los lienzos. El barro, el líquen de un árbol, los trinos de los pájaros, la hierba. Las calles mojadas, los gritos, los ojos que te juzgan. Y más voces, y las rodillas peladas del frío y de fregar. Un pequeño trozo de carne y un vaso de vino peleón. Discretas ilusiones. Sencilla tú, Séraphine, como los arbustos, pero entrelazada y compleja como tus pinturas.

Séraphine Louis o Séraphine de Senlis (1864-1942) es una pintora francesa casi desconocida. Es representante de la pintura naïf de principios del siglo XX. Aunque esto es mucho decir para esta mujer de vida difícil e imaginación imparable. Huerfana con apenas un año, adolescencia en un convento, fue pastora y criada toda su vida. Pero tenía una pasión oculta: pintar. Fue descubierta por el marchante y coleccionista Wilhelm Uhde, cuando éste se refugió en Senlis en 1912, huyendo del caos de París. Por casualidad, Séraphine servía en la casa que alquiló Uhde, y también casualmente llegó a sus manos un pequeño bodegón de manzanas, que le asombró. Ahí comenzó la carrera pública de esta mujer, dentro del grupo de "primitivos modernos" o precursora del Art brut o arte marginal. El encuentro con Uhde despertó sus inquietudes artísticas, hasta entonces privadas y comenzó a pintar y a pintar hasta la demencia. Le expusieron y vendió algunas obras en París, una vez acabada la I Guerra Mundial, pero la Gran Depresión ahogó de nuevo esta fulgurante y breve carrera. El 25 de febrero de 1932, Séraphine, después de un altercado en Senlis, es ingresada en el asilo psiquiátrico de Clermont-de-L'Oise. Diágnóstico clínico: "Ideas delirantes con manía persecutoria, alucinaciones psicosensoriales y trastornos de la sensibilidad profunda." Nunca más pintó. Murió en la pobreza el 18 de diciembre de 1942. Fue enterrada en una fosa común.

Dije pintora casi desconocida, porque he visto una preciosa película biográfica de esta excepcional mujer (Séraphine, Martin Provost, 2008) y, como su mecenas, yo también la he descubierto ahora. Y aunque siempre me han parecido las naturalezas muertas un poco frías, no es el caso en la pintura de Séraphine Louis, llenas de color y de vida. Recomiendo la película y su obra. Y aprovecho, para, desde aquí, brindar este homenaje a los artistas autodidactas, que llenan con pasión cualquier vacío de educación formal. Bravo por ellos.


Imagen: Hojas (Séraphine Louis, 1928-1929) en la Colección Dina Vierny de París. Vídeo: Trailer de la película Séraphine (Martin Provost, 2008).

domingo, 20 de marzo de 2011

Sueños olvidados

Tras el vivir y el soñar,
está lo que más importa:
despertar.

Nuevas canciones (Antonio Machado, 1924)

Día duro de trabajo, nerviosismo, tensiones, malas caras. Una cena rápida y a la cama, mañana será otro día. Me arrebujo entre las sábanas de cualquier manera. Cierro los ojos. Unos breves minutos para pensamientos triviales y duermo, por fin.

Estoy en una ciudad. Parece devastada. El cielo tiene un color gris plomizo. Algo o alguien me persigue. Necesito huir. Corro. No reconozco ninguna calle, pero aún así corro. Mientras lo hago, sombras con forma humana me observan. No tienen ojos, aunque en su lugar tienen luces. Son seres tristes, sin rostro. Sin pararme, por la ciudad desconocida, entro en un edificio en ruinas. Desesperado, mi perseguidor me pisa los talones. Abro una puerta y otra, buscando escapatoria. Habitaciones sin ningún escondrijo, grandes y vacías. Me topo con una puerta pesada, de caoba, con figuras grabadas. Está cerrada. Forcejeo con el pomo. Miro a mis espaldas. Está tras de mí. Mis movimientos son guiados por el nerviosismo. Ábrete, ábrete.

Estoy en un prado. Verde, perfecto, con la hierba larga y húmeda mojando mis zapatos. Nadie a mi alrededor. A lo lejos se ve un lago y unas casas. Todo deslumbra pero parece artificial. De la nada, surge una mujer. Pelo largo, vestido de flores, serena. Me toma la mano. Le hablo pero no me responde. Sin embargo me da provoca seguridad. Va señalando algunas flores, algunos árboles, alguna nube perdida que rompe el celeste del cielo. Llegamos a una casa. Tiene la puerta abierta. Un gran cuadro preside el salón. Es una escena de guerra, personas agonizando, bombas que estallan contra la tierra, sangre y suciedad. La mujer señala el cuadro y ríe. Sus facciones se vuelven diabólicas. De su boca sale una voz masculina que me dice: éste es tu mundo.

La alarma del despertador me saca del sueño de golpe. Enciendo la luz, me pongo el reloj. Me dirijo al cuarto de baño. En el espejo, mientras veo mis ojos hinchados, pienso en qué soñé anoche. No retengo nunca mis sueños, pero creo que esta vez fue algo interesante.

Imagen: El sueño de Henri Rousseau (1910, Museo de Arte Moderno, Nueva York).

jueves, 10 de febrero de 2011

La Libertad guiando al pueblo

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)

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6:45 de la mañana. Ducha rápida. Traje comprado en las rebajas. Café bebido. En el coche, tertulianos radiofónicos quejándose de todo. En la carretera, el atasco diario de las 7:45. No hay sitio dónde aparcar, como siempre. 10 minutos más. Trabajo. Las mismas caras de siempre, la misma pesada rutina de siempre. Jefe con cara de cabreo, compañeros con cara de resignación. Media mañana, cigarrillo rápido en la puerta. Café de máquina. El informe no va a estar para hoy por más que me pongan malas caras. Todo me da igual. No me pagan lo suficiente para que me compense este viacrucis. Comida. Tupper calentado en el microondas. Conversaciones triviales: el tiempo del fin de semana, las semifinales de la Copa de Rey. Sopor de siesta, un nuevo café de máquina. Tarde interminable. Casi a la hora de salir, hago como que trabajo. En la carretera, el atasco diario de las 7 de la tarde. Casa. Correo habitual: luz, agua, gas, teléfono e hipoteca. Chándal cómodo. Mi mujer llega cansada y se derrumba en el sofá. ¿Qué tal el día? Como siempre. Colada, platos en el lavavajillas, escoba. Algo rápido para cenar frente a la tele. Conversaciones triviales: la noticia del día, el capítulo de la serie. Ojos que se caen lentamente. ¿Vamos a la cama? Pongo la alarma del despertador. Pies fríos. Hasta mañana. Ojos cerrados. Ruido de coches en la calle. Una música de fondo. Tarareo mentalmente mientras voy perdiendo la consciencia.

Imagen: La Libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830) – Museo del Louvre (París).

martes, 27 de octubre de 2009

Lecciones de arte

Materializar lo espiritual hasta hacerlo palpable; espiritualizar lo material hasta hacerlo invisible; ése es todo el secreto del arte.

Un día escuchó decir que quien entiende el arte, entiende la vida y como no conocía nada de arte, se preocupó. Así que decidió aprender arte, pero era una tarea muy ardua, porque no sabía ni por donde empezar. Humilde como era, pensó que debía aprender lo básico para ir subiendo de nivel. Y se compró una guía sobre entender el arte. En ella descubrió conceptos y nociones muy interesantes pero aconsejaba que lo idóneo era la observación directa de la obra de arte. Así el fin de semana se fue al museo, decidido a comprenderlo todo. Como no se decidía entre estilos y épocas, recordó que su guía indicaba que quien entendiera el arte contemporáneo, entendería cualquier tipo de arte. Con su mochila, su libreta y su bolígrafo, fue a la última sala del museo. Eligió un cuadro, no porque le inspirara especialmente, sino porque estaba justo enfrente de un mullido sillón. Abrió su libreta dispuesto a anotar cuantas sensaciones tuviera. Lo observó por largo rato. Era grande, de vivos colores, geométrico. Pero enseguida una pareja le obstruyó la visión. Charlaban. Ella dijo: Se parece al primer Kandinski. Y como no sabía quien era el primer Kandinski, lo apuntó. Él le contestó: intenta imitar el suprematismo, pero no lo consigue. Como ambos asintieron convencidos, también escribió que tenía que buscar aquello del suprematismo. En eso estaba, cuando llegó un guía con un grupo de turistas. Pensó que esa era la solución y escuchó muy atento la explicación. Anotó términos desconocidos como abstracción, expresionismo, vanguardia, postmodernismo y una larga lista de neos. Siguió allí y llegó a olvidarse del cuadro, para captar todos los comentarios que suscitaba. Esto no es arte, cualquiera lo puede hacer, decían algunos por lo bajo, ¡qué timo! Otros aclamaban su perfecta geometría, su optimismo vital. Los muy entendidos decían que era una obra fundacional. Algunos se pavoneaban ante otros por su sabiduría. Estaban los que miraban al cuadro con extrañeza y los que lo hacían con admiración. Y también estaban los que se aburrían, bufaban y estaban deseando marcharse. La libreta se llenó de un galimatías indescifrable. Después de un largo rato allí, le dolía la cabeza y se marchó decepcionado pensando que nunca sería capaz de entender nada.

lunes, 6 de abril de 2009

Sol ardiente de junio

Su traje es amarillo, un topacio que resiste todo intento de descripción, dominando todo lo que se le acerca con un esplendor que es casi imperial.


¿Es el sueño, la inconsciencia o quizá la muerte quien la busca? Debe ser el sueño reflejado bajo la luz del Mediterráneo, que acaricia las gasas, que enrojece la piel. El sueño plácido que descansa, que fortalece, que invita a vivir en un mundo de imágenes coloreadas. Benévolo, placentero, sencillo sueño, donde dejamos de ser quienes somos para ser quienes queremos ser. Cuando el sueño nos rodea con amorosos brazos, olvidamos el cuerpo, porque no es importante y nos sumergimos en las aguas del mar. Allá abajo, un mundo nuevo se descubre: delicados corales, caballitos intangibles, serenas algas movidas al vaivén de la marea, bancos de peces de plata, arena que pule la roca más dura. ¿Es el sueño la vida auténtica? ¿Dormimos para vivir, errantes, muertos en vida, perdidos en las grises sombras de la realidad? No lo sé y no quisiera saberlo, porque atrevidos sueños me atormentan las noches. Sueños que no viviré nunca, que me persiguen, pero que duran el tiempo justo para levantarme sudoroso y aliviado. Bellos, soleados pero igualmente peligrosos, me atrapan y me ahogan. Me avisan de mi pasajera vida. A veces no quiero soñar, consciente como soy de su tentador filo. La durmiente, sin embargo, lo tiene claro, como la decidida Penélope enfrentada a su destino. El eterno sueño es su vida, su hogar lo inconsciente y cuando la antipática muerte llegue, que la busque junto al mar, durmiendo bajo el sol ardiente de junio.

Sol ardiente de junio (1895) del pintor británico Frederic Leighton es uno de mis cuadros favoritos. Mil veces disfrutado en ilustraciones, nunca lo había visto en persona, porque se exhibe en el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico. Pero curioso como siempre, el destino me lo ha traído, ya que unas obras de remodelación en su museo le ha hecho recorrer mundo visitando paredes ajenas en que lucirse. Desde el 24 de febrero hasta el fin de mayo recala el Sol ardiente de junio en una sala del Museo del Prado de Madrid y estando cerca era un verdadero pecado no ir a hacerle una visita. Estos encuentros suelen ser comprometidos porque las expectativas suelen ser tan altas que la sombra de la decepción siempre planea sobre tu cabeza... Pero, todo fue sencillo y fácil, como los mejores placeres. Entré cauteloso para no perturbar el eterno sueño de mi anaranjada amiga y allí me quedé, absorto, recorriendo con la vista cada pliegue, cada muesca, cada detalle. Atrapado mucho más tiempo de lo que hubiera imaginado, callado, sonriendo, sintiendo como si el sol se hubiera colado por las ventanas del museo. Y más hubiera estado si no llega a despertarme de ese sueño una avalancha de estudiantes de excursión de fin de curso que gritaban su aburrimiento en la sala. Aún así, salí del Prado deslumbrado, con la imagen impagable del sol ardiente de junio grabada para siempre en mi memoria.

jueves, 26 de marzo de 2009

Hace 3.500 años

Serán recitadas para ti las letanías del libro de lo sagrado; se te ofrecerá un sacrificio fúnebre y se depositarán ante ti las ofrendas prescritas. Tu corazón estarán en ti como lo estuvo cuando vivías en la tierra. Tú penetrarás en tu cuerpo como en el día de tu nacimiento. Avanzarás por la tierra y por la montaña del Oeste, y las danzarinas fúnebres vendrán hacia ti jubilosas.



Djehuty tenía el día muy ocupado, cargamentos de Punt y Nubia llegaban todos los días a Tebas y no podía descuidar su trabajo. El reinado de su señora, Maatkara Hatshepsut, soberana del Alto y Bajo Egipto, hija de Osiris, era próspero. Tebas era un hervidero. Llegaban incienso, oro, lana, marfiles y maderas nobles desde todos los lugares del mundo. Las obras públicas se alzaban poderosas como símbolo de la magnificencia de la primera de las nobles damas. Esta bonanza que rodeaba a la corte hizo que un hombre listo como Djehuty tuviera altas responsabilidades, sabiamente recompensadas por su señora. Con los ahorros obtenidos, el escriba decidió construirse una tumba que supervisaba personalmente. Él mismo dispuso la ubicación y la distribución de las salas. Pensaba que alguien como él, debía gozar en el más allá del mismo rango que se había labrado en vida, una vez que superara el juicio ante el padre de los dioses. Por eso, no escatimó en esclavos y artesanos para su última morada. Hoy debía inspeccionar personalmente la decoración de la cámara principal. Estaba orgulloso de su profesión y pensó que sería buena idea cubrirla con fragmentos del libro sagrado. Así los dioses enseguida lo reconocerían. Cuando llegó, el trabajo estaba casi acabado. Los jeroglíficos se ordenaban en armonía, tal y como había pensado. Un pintor retocaba los alargados brazos de la protectora diosa Nut. Sería la primera a la que vería tras su muerte terrenal.

Hace 3.500 años, Djehuty, alto funcionario de la reina-faraón Hatshepsut, fue enterrado en este sepulcro, en la necrópolis de Dra Abu el-Naga, cerca del Valle de los Reyes. 3.500 años que los jeroglíficos pintados en la cámara mortuoria no eran leídos. 3.500 años que nadie admiraba los ojos azules de Nut, la diosa del cielo. Hoy, 3.500 años después, la luz vuelve a esa cámara oscura y olvidada por el tiempo. El egiptólogo José Manuel Galán y su equipo que excavan en la zona desde 2002 han descubierto una nueva joya del arte egipcio, que se hallaba dormida bajo la arena y las rocas del desierto. No es la primera persona que pisa esa tumba en tantos años, ya alguien se encargó anteriormente de robar los objetos de valor que el escriba escogió para que le acompañarán en su viaje al más allá. El ladrón de tumbas se llevó el oro, pero no pudo llevarse la joya más preciada del ajuar: el bello ejemplar del Libro de los Muertos pintado en las paredes. Gracias a él, Djehuty, al fin y al cabo, no se equivocó y su nombre resucita hoy, 3.500 años después.

Imagen: Detalle del techo de la cámara principal de la tumba de Djehuty, descubierta en marzo de 2009.

viernes, 31 de octubre de 2008

El vigilante de museo

Un cuadro de un museo es, posiblemente, el que tiene que escuchar más tonterías en todo el mundo.


Se levantaba todas las mañanas feliz y se iba al trabajo. Cuando se abrían las puertas, él siempre estaba en su puesto. Sus jefes felicitaban esta solícita actitud y sus compañeros estaban escamados con él, porque los hacía más vagos de lo que ya eran. Siempre vigilaba la misma sala, la VII, de un pequeño museo. No había grandes cuadros en la colección, pero en su conjunto no estaba mal. Cuando la sala se vaciaba de visitantes, que por su poca afluencia era a menudo, el vigilante realizaba siempre la misma acción: se paraba frente a un cuadro en concreto. Era algo más que una mera preferencia, verdaderamente amaba ese pintura y ni siquiera prestaba atención al resto de las que adornaban la sala. Repasaba cada día con su vista el marco, dorado y con espigas, con un recargado cartel en su base que lo titulaba con letras de molde: El rapto de Europa. Contemplaba los reflejos de la luz en el agua, las texturas de las telas y las expresiones de sus personajes: las damas horrorizadas, el toro con expresión pícara y la dulce Europa a sus lomos que miraba fijamente al espectador. Prácticamente nadie más le prestaba ninguna atención. Los guías turísticos se centraban en otros cuadros de la sala y salvo alguna mirada de soslayo, el vigilante era el único a quien Europa observaba. Esta situación, por otra parte, le agradaba mucho.
Pero todo cambió con una visita sorpresa al museo de una cantante muy famosa, que el vigilante casi no conocía. Rodeada de toda una corte de autoridades y asistentes, recorrió una sala tras otra y apenas estuvo 3 minutos en la VII. Todo hubiera sido más o menos normal, no más allá de una simpática anécdota, cuando a los pocos meses esta misma cantante publicó un disco cuya portada era El rapto de Europa con su cara en lugar de la desdichada raptada. El disco fue un éxito planetario y se hizo tremendamente popular. El director del museo se frotaba las manos con el negocio y, verdaderamente, las visitas aumentaron aunque sólo fuese por la curiosidad de ver el original. La sala VII se convirtió en la joya de la exposición y ahora los guías guardaban su mejores explicaciones para el cuadro. Sesudos profesores discutían frente a él sobre la calidad de la luz o la técnica del pintor. El vigilante, por su parte, comenzaba a echar de menos los pasados momentos de intimidad con el cuadro.
Un día de invierno, la sala se quedó de pronto desierta, como solía ocurrir anteriormente y el vigilante aprovechó la ocasión para echar un vistazo. Todo le pareció diferente. Donde antes había genialidad, ahora veía burdos brochazos, rostros inexpresivos y colores planos. Europa ya no le miraba de igual manera porque donde debían estar sus ojos sólo había unas cuencas vacías. Sin poder soportarlo, se acercó a la esquina donde tenía su mochila y con el cuchillo con el que se pelaba la manzana de la merienda, rajó el lienzo de arriba a abajo. Cuando la policía lo interrogó, confesó de plano sin escurrir el bulto. En el fondo sabía que había hecho bien.

jueves, 28 de agosto de 2008

El ocaso de Pompeya

Todo yace sumergido en llamas y triste ceniza. Ni los dioses hubieran tenido poder para hacer algo parecido.


No podía durar mucho tiempo. Nuestro fin estaba escrito en las rocas del interior de la Tierra. Pero no pensé que me iba a tocar a mí. Yo, que soy un honrado artesano, que nací bajo la sombra del gran Padre Vesubio y que no tengo nada que ver con los sucios burdeles, ni con el culto a Baco, voy a sucumbir bajo la nube de polvo y muerte que sale de su caldera. Él, el que dio sombra a Pompeya, el que concedió fertilidad a la tierra hasta convertir el vino de sus laderas en néctar divino, hoy, cansado de nuestros abusos, hará caer su cólera sobre nuestras desdichadas osamentas. Ni el auxilio del Apolo, cuyo carro ha desaparecido bajo la niebla de fuego, ni el más poderoso rayo de Júpiter contendrán la furia del monte, que ruge en sus adentros, dando la voz de aviso a los que serán sus víctimas. No queda nada más que hacer, ni ruegos, ni quejas, ni apenas lágrimas. Pompeya pagará sus pecados bajo la ceniza purificadora del infierno. La ciudad, que miraba altiva, luciendo su prosperidad, quedará enterrada por el fuego y la piedra, extinguida como una plaga. La Humanidad enterrará también su recuerdo. Nunca nadie volverá a acordarse de Pompeya.

Pero se equivocaron los que pensaron así, Pompeya volvió a nacer a finales del siglo XVIII con el inicio de la Arqueología moderna. Nació una ciudad totalmente detenida en el tiempo, justamente el 24 y 25 de agosto del 79 dC. Surgieron de repente, casas, tiendas, templos, esculturas y frescos, como nunca se habían visto antes. Con toda su fuerza originaria rescatada de entre las cenizas, Pompeya se convirtió en un símbolo, muestra del urbanismo romano y de su forma de vida, cuestiones difíciles de estudiar cuando se trata de civilizaciones antiguas. Hoy, 1979 años después, Pompeya se prepara para una nueva erupción, que esta vez supondrá la destrucción definitiva de la ciudad. No será el Vesubio esta vez, sino el dinero. Es curioso que en la ciudad donde se encontró una inscripción que decía Salve, lucrum (Bienvenido, dinero), el turismo descontrolado y la falta de mantenimiento terminen por acabar con ella. Cada año se pierden al menos 150 m² de frescos y yesos y unas 3000 piezas de piedra acaban desintegrándose. El gobierno italiano ha declarado el estado de emergencia en el yacimiento, que paradójicamente lleva a cabo medidas de restauración desde 1978. Se pierde lo ya excavado, pero también el tercio que queda sin hacerlo al ser usado como vertedero ilegal de las basuras excedentes de Nápoles. Pompeya vuelve a estar en manos del destino. Alea jacta est.

domingo, 24 de agosto de 2008

El nido de pájaro

Buscamos ir más allá de los estadios tecnócratas de siempre, con su arquitectura dominada por tramos estructurales y pantallas digitales.



Se acabaron los Juegos Olímpicos de Pekín, pero hoy, en que abundarán los análisis, quiero abstraerme de ellos y no entrar en la polémica política, organizativa o arbitral. Fueron lo que fueron. Centro mis ojos en el corazón del anillo olímpico. Como con una grúa, mi imaginación se lleva de la ciudad de Pekín el Estadio Nacional y lo transporta a un lugar indeterminado, a tierra de nadie. Un sitio en que no haya ideología, ni nacionalidad, ni presiones internacionales, ni hipocresía, ni doble moral. Lo admiro como construcción sin nombre, como maravilla de la naturaleza. Estadio que es nido de pájaro, pero también corona de espinas o arrecife de coral, ojo divino que todo lo ve o zarza ardiendo. Como maravilla de la naturaleza o como obra humana, el nido se levanta majestuoso, enrevesado. Capaz de albergar sentimientos en su poderosa estructura, se mantiene inerte esperando que la vida se encierre en sus gradas. El nido es una obra de arte del nuevo siglo que comienza, eso es seguro. Luego lo vuelvo a colocar en su ubicación, en el nuevo Pekín olímpico y me doy cuenta que es un edificio en su contexto, que sólo en mi imaginación se mantiene exento. En la realidad es el intento de la China comunista de dar una imagen internacional de legitimidad a su régimen y mi opinión sobre el estadio es otra, no puede ser la misma. El progreso de un país no reside en un estadio, ni en la organización de un evento internacional, el progreso reside en los derechos de sus ciudadanos, en la libertad de expresión y disensión, en la libre manifestación y asociación, en poder gozar de una vida tranquila más allá de los problemas habituales que ésta tiene, sin estar continuamente observado por el todopoderoso partido. Y hoy, 24 de agosto de 2008, veo el nido de pájaro más como un arbusto espinoso. Llegará el día en que esta percepción cambie. Ojalá lo vea.

martes, 5 de agosto de 2008

La verdad al desnudo

Quien quiera enseñarnos una verdad, que no nos la diga: que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros.


La verdad duele pero también nos hace libres. Con la verdad, uno se siente más seguro, sin nada que esconder, sin ataduras. Eres honesto si sigues a la verdad. Pero a veces se nos presenta la verdad velada, sin poder apreciarla en todo su esplendor. Vestida con ricos ropajes que distraen de la piel desnuda. La verdad adornada, la media verdad, que es frecuentemente más peligrosa que la mentira. Esta verdad vestida nos manipula, nos presiona para que actuemos en su defensa, sin saber que es torticera y egoísta. Por eso debemos procurar arrancar la ropa a la verdad, que con sus pechos al aire nos indique el camino. Luego uno puede elegir si seguirlo o no. En eso, cuenta también la libertad, la propia capacidad de decisión.

Que mejor idea que utilizar la reproducción de la pintura La Verdad desvelada por el Tiempo (Giovanni Battista Tiepolo, 1743) como fondo del lugar donde se conceden las ruedas de prensa de un gobierno. Es el lugar indicado donde un político debe decir la verdad y así lo pensaron en Italia. Pero La Verdad del cuadro de Tiepolo ahora parece no gustar al gobierno de Berlusconi, porque es una Verdad muy impúdica y muy ligera. ¿Qué va a pensar el pobre espectador italiano si ve un pecho junto a la cara del presidente? A ver si cree que el gobierno italiano se reúne en algún lugar pecaminoso... Pues la solución es simple. Nada de cambiar el enfoque de la cámara, lo mejor es proveer a la Verdad de un mojigato velo que tape sus turgencias. Como en la vieja historia de Il Braghettone, que tapó los desnudos de El Juicio Final de la Capilla Sixtina, Berlusconi se ha colocado la mitra papal y se ha erigido en sumo pontífice de la decencia. Menos mal que Italia lo tiene a él. Desde luego, el siglo XVIII fue un pozo de libertinaje. Este Tiepolo era un lascivo y no se puede consentir a estas alturas. Tomemos ejemplo en España y vistamos los desnudos cuerpos que Tiepolo nos dejó pintados en los techos del Palacio Real, no vayamos a pervertir a los turistas japoneses que lo visitan. Guardemos la moral, que un pecho es un pecho, aunque sea de la Verdad. Ahora me voy un rato a la playa a lapidar mujeres en top less, que ando aburrido.

Imagen: Original de La Verdad desvelada por el Tiempo, que se conserva en el Museo Civici de Vicenza.

lunes, 14 de julio de 2008

El futuro que no fue

El futuro no es ya lo que solía ser.

Arthur C. Clarke

Año 2008: Mi vehículo aeropropulsado está otra vez en el taller. Desde luego, no hacen las cosas como antes. Cojo mis pastillas-almuerzo, mi memoria portátil y decido llamar a un aero-taxi. Se ilumina a mi orden la pantalla del teléfono y una telefonista muy guapa de uniforme me atiende. Sin embargo, su voz metálica me hace darme cuenta de que es un robot. Enseguida estará en la puerta de su apartamento, señor. Conoce perfectamente mi dirección. Cada vivienda está controlada vía satélite y con sensores de calor para saber cuantas personas viven en ella. El sistema de aseguramiento de la población es impecable. En la pantalla multiusos compruebo el estado del tráfico. Será mejor utilizar la aerovía B, aunque dé un pequeño rodeo, está menos colapsada. Están perfeccionando una especie de teletransportadores, que espero que pongan en funcionamiento en breve, eso mejorará el tráfico por las mañanas. Echo una última ojeada a la habitación, pocos muebles, de siluetas suaves, metálicos. Ya están algo pasados de moda, debería cambiarlos. Creo que se llevan las formas más orgánicas. Esta noche veré el canal de decoración. El taxi está fuera, debería irme.

Durante buena parte del siglo XX, hemos imaginado como sería el siglo XXI, normalmente con muy poco acierto. Creo que va en la naturaleza humana, la inquietud de querer conocer que es lo que sucederá en un futuro. Retrofuturismo, cyberpunk, ucronías, utopías y distopías, algunas miradas desde la más imaginativa ciencia ficción y otras desde un racional escepticismo. Existieron los que sólo pretendieron divertir y divertirse diseñando ropas metálicas o casas en el espacio con locas formas y los que pretendieron criticar su momento disfrazándolo de futuro. Otros artistas lo tomaron muy en serio, pensaron que en sus manos estaba cambiando el arte, la arquitectura, como el constructivismo soviético de El Lissitzky u otras vanguardias. Es interesante comprobar como se equivocaron todos, que en 1984 ningún mundo feliz nos acechaba y que las colonias lunares siguen retrasándose. Mientras todo va cambiando a pasos muy cortos, podemos seguir probando suerte. Eso es lo bueno, el futuro sigue siendo un enigma.



Imagen: Ilustración de 1956 para novela del escritor ruso de ciencia ficción Alexander Kazantsev.
Vídeo: El futuro puede ser muy divertido si seguimos el ritmo de la muy retrofuturista Raquel Welch.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Catálogo de Arte Contemporáneo

Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.


El siglo XX se monta en un tranvía que resulta ser un tren supersónico. Arte y más arte, hasta aburrir, todo es arte: delicadas bailarinas haciendo sus ejercicios, campos de trigo sobrevolados por cuervos, máscaras, muchas máscaras, una sobre otra. Formas puras, racionales racionalistas se confunden con hierros retorcidos. De la figura se pasa a la forma, de la forma a la línea, de la línea al cubo y del cubo a la abstracción del firmamento. Manchas en paredes, botes de pintura agujereados por un concepto, el concepto buscado. Minoritario, ininteligible, se decoran paredes, salas enteras de venus cubistas. Mientras el gran crítico grita: Magnifique!, el gran público sale del edificio, moderno, modernista, actual o acristalado. Se graba en video y se expone en una sala decorada con neones, una y otra vez, interminable. Los serios popes surrealistas se sientan en los labios de Mae West a observar los labios de Marilyn. Instalaciones, happenings, vanguardismo, mucho ismo, todo el que sea posible. Todo está numerado, catalogado, serigrafiado, mínimo minimalista. Mecenas millonarios que buscan su lugar en el mundo en un trazo de Picasso abarrotan subastas estratosféricas, otro record, más girasoles, más arlequines. Nombres en letras gigantescas nos indican donde tenemos que mirar, que ver, que sentir y como salir... Nuevos medios, nuevas formas, fotografías de bellos niños exóticos, del drama, del momento. Sin título. La mujer que llora, playas tahitianas, cuadrados de colores, hiperreal, caótico, reflexivo, impresionante, deconstruido, expresivo. Murió Apolo y las Musas llevan cresta. Blanco sobre blanco y dentro, la palabra ARTE.

[Inspirado por el libro Arte del siglo XX (ed. Ingo F. Walther, 2005), estupendo regalo de cumpleaños.]

*Imagen: Marilyn Monroe (Andy Warhol, 1967)

sábado, 22 de marzo de 2008

El mal genio del genio

No existe ningún gran genio que no oculte un toque de demencia.


Admiramos a mucha gente: pintores, escritores, músicos, artistas en general por su capacidad creadora, su originalidad, por plasmar sentimientos profundos en obras de arte, pero a veces nos atrae también la persona, su vivencia, nos interesa saber como eran dentro y fuera de su trabajo. Y a menudo nos encontramos con un carácter fuerte, titánico, que también admiramos, que los hace únicos e irrepetibles. Si indagamos en sus biografías nos encontramos con genios incomprendidos, nacidos fuera de época, mentes clarividentes cuya sociedad rechazó, malditismo, leyendas negras... todo esto que no encanta en los grandes artistas, difícilmente aceptaríamos en las personas de nuestro entorno. Los grandes sufrimientos de las mujeres de Picasso, el radicalismo político blandiendo una pistola de Diego Rivera, el egocentrismo de Dalí, el divismo de Wilde, los ataques de ira de los grandes del rock, la antipatía de Chaplin o Cela, el autoritarismo de Kubrick... ejemplos hay para aburrir. ¿Debemos separar vida y obra? ¿o la obra forma parte inseparable de la vida de los artistas? ¿debemos perdonar los "pecadillos" de los divos o rechazarlos? ¿los defectos los humanizan o los alejan del todo? Es difícil de decir, porque la admiración supone por nuestra parte la creación de una foto fija del genio, compuesta de todas las virtudes que elijamos y por el contrario omitiendo defectos. Una foto que sería una imagen deformada totalmente ajena del ser humano que hay detrás del artista. La admiración tiene un mecanismo extraño, cuyos engranajes cambian de una a otra persona y es difícil de analizar. Probablemente no hubiera sido nunca amigo de Picasso, ni de Dalí, ni de Duras, no comulgaría con Tolstói o Ensor o me aburriría escuchando a Sartre. Probablemente, aunque fuesen demonios en vida, los seguiría admirando. Probablemente nada de esto importe porque ellos serían grandes genios con o sin mi admiración.

jueves, 6 de marzo de 2008

Las dos Fridas

Yo no hubiera sabido -y creo que algún día lo sabrán todas las gentes-, a lo que puede llegar el heroísmo ante el dolor, la alegría a pesar del tormento, la ternura sin límite y el genio plástico en lo que tiene de más íntimo y directo, si no hubiera conocido a Frida Kahlo.



Las dos Fridas, el dolor y la creación. La Frida mexicana, la de la raíz, apegada a la tierra como una figurilla maya, la Frida tehuana, la esposa cariñosa adornada con cuentas de jade sin pulir. La Frida europea, mundial, mundana, la que posa en la portada del Vogue, la Frida surrealista, admirada por Picasso y Breton. La Frida comunista cenando con Henry Ford y Rockefeller, la que encabezaba a gritos la manifestación del Socorro Rojo. La Frida que anhela un hijo, la que ama a Diego, la independiente, la que sufre dolores que la imposibilitan. Las dos Fridas son miles, unidas por unas iguales arterias sangrantes, cogidas de la mano, inseparables, bajo un cielo azul y plomo. Es la misma y son distintas en una especie de misterio sin solución. La Frida que se pinta una y otra vez con la máscara puesta, que mira con ojos duros y el gesto serio. Esa Frida que esconde su debilidad, su salud, la que aún vive siendo niña en la Casa Azul de Coyoacán. La que pinta sandías Viva la vida a un paso de la propia muerte. Esa es ella, Frida Kahlo de Rivera, Frida sin apellidos, la gran ocultadora.

Os dejo un interesante video con imágenes de la Frida real, la que aún no se había convertido en un mito para la posteridad, con la estupenda canción de Café Tacuba "Esa noche".

jueves, 28 de febrero de 2008

La Gioconda en mi salón

Lo vulgar es el ronquido, lo inverosímil, el sueño. La humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar o no es artista.


Camisetas con la cara del Che, pendientes con el autorretrato de Frida, bolsos con El beso de Klimt, sofás tapizados con las cuadrículas de Mondrian, reproducciones de Picasso en la consulta del dentista, portadas de libro con la sonrisa de La Gioconda, figuritas de Las meninas de porcelana y un etcétera tan largo que sonroja. Llámalo consumismo, marketing, merchansiding, pero ha llegado también al mundo del arte, como pegajosa telaraña que lo contagia todo. Estando el arte contemporáneo fuera de cualquier órbita, no nos resignamos a querer disfrutar del arte en nuestra propia casa. He leído que la página del Museo Thyssen ya supera en visitantes virtuales a los reales. Pero ¿quién quiere recorrerse el museo si puede hacerlo sentado tranquilamente? En vista de esto, el futuro de los museos de arte es convertirse en almacenes de obras para ser disfrutadas por internet ¿No importa realmente la obra en sí?¿Es lo mismo observar directamente El Guernica original que una reproducción? En el continuo querer poseer cosas del ser humano del siglo XXI, el arte deja de ser sagrado, lírico, original, para convertirse en un objeto más de consumo. Algo que puedes adquirir en las rebajas sin más reparo. No se me entienda mal, no puedo justificar el esnobismo de que el arte está hecho para minorías, creo que es algo que debe llegar a cuantos quieran acceder al él. ¿Seguimos queriendo disfrutar de arte? Supongo que sí, lo digo con la boca pequeña, aunque creo que de momento no ha muerto. Cuando Rafael pintó los dos ángelitos de la Madonna Sixtina, nunca podría haberse imaginado que éstos lucirían en camisetas, colgantes o en las paredes de un salón prefabricado de IKEA. Probablemente se hubiera hecho vendedor de bolsos o de camisetas, que siempre trae más a cuenta...