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domingo, 10 de abril de 2011

La mudanza

¡Oh, válgame Dios, qué vida esta tan miserable! No hay contento seguro ni cosa sin mudanza. […] ¡Oh, si mirásemos con advertencia las cosas de nuestra vida! Cada uno vería por experiencia en lo poco que se ha de tener contento ni descontento de ella.

Libro de la vida (Santa Teresa de Jesús, 1562-1565)

Fase 1) Empaquetar: Mendiga por las tiendas cajas de cartón, cárgalas, móntalas en casa y refuérzalas con cinta de embalar para que no se desfonden. Empieza a sacar todo. Laméntate de cuantas cosas inútiles se van acumulando a lo largo de los años. Cosas inimaginables que no encontrabas o que ya dabas por perdidas. Comienza a pensar en la utilidad de los objetos, mirando el futuro. ¿Esto me podrá servir o no? Descubres que las cajas que has llenado pesan demasiado y que el ni el Increíble Hulk podría con ellas. Las aligeras, cargándolas uno o dos segundos para comprobar su peso. Ves que se van reproduciendo las cajas, a pesar de que has llenado innumerables bolsas de basura con lo que quieres tirar. Las definitivas se cierran con cinta marrón y escribes en el cartón su contenido. Tiras un poco de todo: ropa inservible, papeles olvidados, folletos que has guardado… Cuando los armarios y cajones están vacíos, haces una bolsa con la poca comida que quedaba. Bajas la basura. Echas un vistazo al piso vacío y te das cuenta de que estaba mejor sin tanta cosa. Por fin toda tu vida está embalada.

Fase 2) Desempaquetar: Intenta aparcar en el sitio más cercano para poder descargar. Descubre que es imposible. De mal humor, encuentra un hueco sin apenas sitio para maniobrar. Comienza a descargar. Maldice el momento en que decidiste mudarte. Maldice al mundo multiplicado por el número de cajas que abarrota el coche. Comienza a subir. Deja las cajas en la habitación que esté más a mano. Haz otro viaje, y otro y otro, hasta que estés sudando como un cerdo. Cuando el cargamento ya está de nuevo reunido, comienza a sacar cosas: ropa, libros, cacharros, zapatos. Descubre que no hay el sitio que esperabas, que hay que ser minimalista y tira alguna cosa sin importancia. Clasifica, ordena y guarda. A pesar de que tienes toda la casa llena, tienes la impresión de que falta algo. Sin pensar, llenas cualquier hueco que sea capaz de albergar tus preciadas posesiones. Poco a poco el desorden se va transformando en orden. Vuelves a llenar bolsas de basura, que juntas con las cajas de cartón vacías. Bajas con esto, buscando un contenedor, que no encuentras. Subes, cansado y derrotado, a tu nuevo hogar.

Te sientas. Enciendes un cigarro. Miras a tu alrededor y sonríes satisfecho. Se oyen vecinos hablar a lo lejos. Misión cumplida. ¿Y ahora qué?

lunes, 31 de enero de 2011

El remedio y la enfermedad

Lo que embellece al desierto es que, en alguna parte, esconde un pozo de agua.

Antoine de Saint-Exupery

Mascaras_VI

Una nueva isla no se conquista en pocos días. Ni se encuentra un nombre para bautizarla como por arte de magia. Hace falta que ocurran muchas cosas por el medio. Muchas. Demasiadas. Y no todas han ocurrido. Cuando Capri se hundió ante mis propios ojos, creí que me convertiría en un alma nómada, perdida y así fue. La gran ola se comió mi vida, pero no la digirió. Me vomitó una vez que se cansó de mi sabor. No sólo eso, con ella se desvanecieron casas, barcas y redes. Mientras lamía mis heridas en silencio, descubrí que existían mil mundos a mi alrededor. Tengo que reconocer que no todos me gustaron, ni todos estaban destinados a mí. A veces, mundos hiperreales, y otras, falsos decorados de una realidad que se escondía detrás de una sonrisa perfecta. Sin embargo, esto no es algo nuevo que descubrí; ya lo sospechaba desde la distancia.

Lo que aprendí, por asimilación, fue sencillo. Una sola norma: ajustarme bien la máscara y camuflarme tras de ella. Asimismo, tomé la precaución de ponerme otra máscara más, y sobre esa, otra y otra, hasta que mi rostro estuviera tan desfigurado que nadie, ni el más avispado, tuviera la menor sospecha de mi verdadera expresión. Y si bien, he encontrado a personas que me han desenmascarado en alguna ocasión, siempre he procurado mostrar la máscara apenada que escondía la que, por desgracia, me había dejado arrebatar.

Así he llegado a la conclusión de que el remedio usado me alivia y me envenena a partes iguales. Me acerca a la realidad e igualmente me aísla. Me protege de la inmundicia pero a la vez impide que las heridas se refresquen y que la piel deje de cuartearse. ¿No es hora de que la fiesta de disfraces se termine? Me pregunto algunas noches cuando me desnudo en la soledad de mi habitación. Pero cada mañana, puntualmente, me levanto y sigo poniéndome una máscara tras otra y salgo a la calle.

martes, 25 de enero de 2011

La pausa

Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo en otra parte.

François de La Rochefoucauld

Ya es hora de volver al mundo, me dije un frío día de enero en el que no sabía dónde meterme las manos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Puerto Esperanza

Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción.

Samuel Johnson

Hacía meses que deambulaba por el mar en mi barca cargada de recuerdos de Capri. Solitaria travesía que buscaba una nueva isla donde comenzar nuevamente. Y así pasaba las horas, de calma o de temporal, sujetándome a la mojada madera de la barca. Sin embargo llegó un día, en que me desperté y no sentí el vaivén de las olas meciendo mi barca. Extrañado, comprobé como la quilla se había encallado en la arenosa orilla de una isla desconocida. Cual conquistador bajé a explorar. Día soleado, árboles frondosos, larga playa de arena cristalina y sin señales de vida humana. La llegada puso luz a mi errante rumbo. Desembarqué esperanzado. Podría ser esta la isla que reemplazara mi antiguo hogar, hoy muerto y enterrado bajo las aguas del mar. Antes de crearme vanas ilusiones, tengo que explorar el terreno. Puedo encontrarme con crueles caníbales, con alimañas peligrosas, con frutos venenosos. Aún así, todo parece plácido y tranquilo. Pero que esto no me engañe. Tengo que ser cauto y sigiloso. Saqué la barca del agua para resguardar mi única posesión. Antes de adentrarme en la maraña que supone el bosque, decidí bautizar esta nueva isla: Isla Aparecida, Bellazona, Punto Incógnito... Cualquiera servía. Agarré un palo de madera seco que tomaba el sol y le até una de mis viejas camisetas a modo de bandera. Lo hinqué con fuerza en la arena, todo lo más profundo que pude. Desde hoy serás Puerto Esperanza, haz honor a tu nombre.

Ha habido un cambio de rumbo y de ciudad en mi vida y aún estoy habituándome e instalándome, por eso he descuidado algo esta página con tanto barullo de ir y venir. Pero no quiero abandonarla, así que poco a poco iré sacando tiempo para ordenar mis ideas y escribir. Gracias a todos los que seguís y apoyáis mi viaje.

miércoles, 29 de abril de 2009

La tempestad

Por colinas, caballos veloces
aplastaban la nieve profunda...
A un lado un templo sagrado
solitario asomaba al camino.

Mas de pronto estalló la nevasca,
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache un silbido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido auguraba desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas,
y alzando sus crines...


Hay un día en la vida en que todo se detiene, la rutina, los deseos, las preocupaciones... nada de esto cuenta ya. Ese día cae presionando la piel como una nevada copiosa, sin esperarlo, sin abrigo. Ese día los ojos parecen muertos, sin brillo. El tiempo pasa pastoso, en continua espera. Nada importa alrededor, no hay calendario, ni horas. Quiero pensar que ese día también pasa, como pasa la tempestad y se convierte en una pequeña raya en nuestro recuerdo, junto al resto de momentos buenos o malos. Probablemente sea así, pero cuando estás en plena vorágine de cielos arremolinados y de vertiginosos rayos, no hay razón para creer que algo así pase. Sin consuelo, más que andar, nos transportamos de un lugar a otro con el gesto sombrío y las comisuras caídas. Y vemos nuestra vida discurrir, desde fuera, como si no fuera nuestra, como si el cuerpo se convirtiera en un pelele molido a palos. Miramos al cielo, pidiendo misericordia, clamando que la negrura desista, que se marche, que ya es suficiente... reclamamos esto ilusamente sin saber que las nubes no conceden ningún favor, que ellas vienen y se van, ajenas a cualquier designio. Ahora, siempre alerta, espero que la tempestad se olvide de mí y que el mar recupere sus anhelos, su rutina, sus mareas.

Hay un día en la vida en que nada importa más que salvarte. Y llega así, de repente, entre semana, a una hora de lo más normal. La vida se te da la vuelta y no puedes dejar de pensar y pensar. Desde ese día, a la normalidad le cuesta tomar su rumbo. Espero, náufragos amigos, que perdonéis mi ausencia.

Imagen: La tempestad de Giorgione (Galería de la Academia, Venecia)

lunes, 6 de abril de 2009

Sol ardiente de junio

Su traje es amarillo, un topacio que resiste todo intento de descripción, dominando todo lo que se le acerca con un esplendor que es casi imperial.


¿Es el sueño, la inconsciencia o quizá la muerte quien la busca? Debe ser el sueño reflejado bajo la luz del Mediterráneo, que acaricia las gasas, que enrojece la piel. El sueño plácido que descansa, que fortalece, que invita a vivir en un mundo de imágenes coloreadas. Benévolo, placentero, sencillo sueño, donde dejamos de ser quienes somos para ser quienes queremos ser. Cuando el sueño nos rodea con amorosos brazos, olvidamos el cuerpo, porque no es importante y nos sumergimos en las aguas del mar. Allá abajo, un mundo nuevo se descubre: delicados corales, caballitos intangibles, serenas algas movidas al vaivén de la marea, bancos de peces de plata, arena que pule la roca más dura. ¿Es el sueño la vida auténtica? ¿Dormimos para vivir, errantes, muertos en vida, perdidos en las grises sombras de la realidad? No lo sé y no quisiera saberlo, porque atrevidos sueños me atormentan las noches. Sueños que no viviré nunca, que me persiguen, pero que duran el tiempo justo para levantarme sudoroso y aliviado. Bellos, soleados pero igualmente peligrosos, me atrapan y me ahogan. Me avisan de mi pasajera vida. A veces no quiero soñar, consciente como soy de su tentador filo. La durmiente, sin embargo, lo tiene claro, como la decidida Penélope enfrentada a su destino. El eterno sueño es su vida, su hogar lo inconsciente y cuando la antipática muerte llegue, que la busque junto al mar, durmiendo bajo el sol ardiente de junio.

Sol ardiente de junio (1895) del pintor británico Frederic Leighton es uno de mis cuadros favoritos. Mil veces disfrutado en ilustraciones, nunca lo había visto en persona, porque se exhibe en el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico. Pero curioso como siempre, el destino me lo ha traído, ya que unas obras de remodelación en su museo le ha hecho recorrer mundo visitando paredes ajenas en que lucirse. Desde el 24 de febrero hasta el fin de mayo recala el Sol ardiente de junio en una sala del Museo del Prado de Madrid y estando cerca era un verdadero pecado no ir a hacerle una visita. Estos encuentros suelen ser comprometidos porque las expectativas suelen ser tan altas que la sombra de la decepción siempre planea sobre tu cabeza... Pero, todo fue sencillo y fácil, como los mejores placeres. Entré cauteloso para no perturbar el eterno sueño de mi anaranjada amiga y allí me quedé, absorto, recorriendo con la vista cada pliegue, cada muesca, cada detalle. Atrapado mucho más tiempo de lo que hubiera imaginado, callado, sonriendo, sintiendo como si el sol se hubiera colado por las ventanas del museo. Y más hubiera estado si no llega a despertarme de ese sueño una avalancha de estudiantes de excursión de fin de curso que gritaban su aburrimiento en la sala. Aún así, salí del Prado deslumbrado, con la imagen impagable del sol ardiente de junio grabada para siempre en mi memoria.

lunes, 9 de febrero de 2009

Las despedidas siempre son tristes

Sólo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor.


Odio las despedidas. Me di cuenta de ello el día en que yo mismo dejé de cumplir las falsas promesas que siempre se hacen cuando uno se despide: te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre... Consciente o inconscientemente sabemos lo efímera que son estas promesas, pero aún así no empeñamos en hacerlas, convirtiendo las despedidas en algo más definitivo, más separador. Una parte de nosotros también se despide en cada despedida yéndose prendida en la persona que parte.
La despedida más triste que he vivido, no la viví yo, bueno sí, quiero decir que no fue mi despedida, aunque en realidad yo también estaba allí para despedirme. Fue hace unos años en una estación de autobuses. Despedía a una amiga y aunque no me guste despedirme, no se me hubiera ocurrido no acompañarla hasta allí. Después de todo aquello de nos veremos pronto y buen viaje, me senté en un banco a ver como el autobús se iba. Como mi amiga andaba ocupada colocando maletas, buscando su billete en su enorme bolso y localizando su plaza, yo observaba al resto de viajeros. Y allí estaba ellos como si no quedase más personas en el mundo. Una parejita joven fundido en un abrazo. Ella con los ojos hinchados de llorar y él aguantando las lágrimas. No escuchaba lo que decían, pero seguro que era te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre. Se besaban apasionadamente como si estuvieran fuera del mundo, como en una burbuja ajena al ir y venir de viajeros entre humo negro de tubo de escape. La burbuja se pinchó con un berrido del chófer que respetaba más la puntualidad que todo aquel sentimentalismo. La chica subió apurada y el autobús se fue. El chico se cruzó conmigo, que seguía en el banco, buscando la salida. Cuando pasó a mi altura, vi como le caían dos auténticos lagrimones, redondos, enormes, resbalando por sus mejillas. El azar hizo que él y yo fuéramos en la misma dirección en aquel enorme intercambiador. El chico, delante de mí, caminaba con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Tenía aire de funeral, dando pasos lentos, como si fuera a caer fulminado allí mismo. Ambos cruzábamos un largo pasillo alicatado de azulejos blancos hasta la vía del metro, con la única compañía de un violinista al fondo de él. La escena era de cine, el enamorado al final de la película, con banda sonora de violín, encara su futuro. El chico sacó una de sus manos y se secó los ojos. Y con ésta, lanzó una moneda a la gorra que el músico agradeció con un gesto de cabeza. Dobló la esquina y se metió en el vagón que acababa de llegar. Como iba algunos pasos por detrás, no llegué a coger ese metro, que cerró sus puertas en mis narices. Aún se oía la melodía de violín y entre los cristales vi al chico con la mirada perdida. Sólo faltó un fundido en negro en el que asomaran las letras FIN.

Y aunque esta entrada huele a despedida, no lo es. Mi recuerdo de Capri sigue demasiado vivo como para que pueda darle un carpetazo. Sigo, de momento, despidiéndome de la isla que ya no existe.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El (re)cuento del año

¡Ah qué grande es el mundo a la luz de las lámparas! ¡y qué pequeño es a los ojos del recuerdo!


Siempre es lo mismo por estas fechas, repasamos como personas civilizadas lo bueno y malo que nos ha pasado en el año. Las alegrías, las despedidas, los golpes de suerte, aquel amigo que encontraste al cabo de los años, ese viaje que por fin hiciste... Un año da para mucho, pero luego tenemos la sensación de que se pasa volando. Risas, anécdotas para contar a los nietos o lágrimas amargas, hechos trascendentales o irrelevantes y rutina, mucha rutina. Yo tampoco me puedo abstraer de este rito. Y 2008 ha sido el año en que la isla de Capri se hundió para siempre en el Mediterráneo para dejar de existir. Y es duro dejar un hogar en el que habías vivido por largo tiempo para comenzar la aventura de buscar una nueva isla donde sentirse a gusto. Pero no me quedó otra opción si no quería sucumbir en el lecho marino. Hoy, 31 de diciembre, miro la puesta de sol y veo el agujero que dejó la isla, la ausencia perdida de lo que no pudo ser. Sin embargo no hay sitio para los gestos de dolor, ya no, la barca zarpó y sigo rumbo incógnito hacia el horizonte. Algunas noches me sigo acordando de las piedras de Capri, de las playas, del mar celeste a su alrededor, todo bajo la bruma de la duermevela. Por más que quiero no puedo recordar los arbustos de espinos o las rocas puntiagudas de la costa, que también existían. Ahora la isla sólo existe dentro de mí, idealizada, sin aristas, junto al resto de recuerdos.
La conclusión ante estos cuentos y recuentos suele ser la misma: que el año que entre sea mejor. Pero, procurad no ser conformistas con los deseos. No me gusta lo de "que me quede como estoy" porque si quiero algo en el futuro siempre esperaré que sea mejor que lo que tengo hoy. Luego ya la realidad se encarga de poner límites a las ilusiones, pero de momento a los deseos es mejor no ponérselos. Así que a todos los que un día tuvieron una isla y la perdieron:

FELIZ AÑO Y QUE EL 2009 NO PONGA LÍMITES A VUESTROS DESEOS.

Imagen: Puesta de sol desde Isquia, con Capri al fondo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Gloria a Gloria

Sobre la soledad hoy yo me desdigo

No hay soledad perfecta,
eso es un fraude;
ser y no estar (es duro)
ser y no estar con la persona amada.

Porque hay que estar, y ser junto a su cuerpo;
(poetas tristes dejaros de bobadas)
no decir: que la tarde y su presencia
en la ausencia
pasa a ser perfume de alborada...

Tan sólo la verdad es poesía.
La soledad, una cabronada.


Acababa de aprender a leer. Era, en esa época donde los cumpleaños se celebraban con tarta y caramelos y un montón de niños. No era el mío, sino el de una compañera de clase. Cada cual le dio su regalo y ella los abrió como una princesa caprichosa en una montaña de papel de envolver. Entre gritos y carreras de los demás, yo cogí un libro dejado entre el resto de regalos. En su portada, en grandes letras amarillas, ponía GLORIA FUERTES y ese nombre se me quedó grabado. Me pareció gracioso. Leí las primeras páginas. Nunca había leído nada igual, teatro en verso, pero es que nunca había leído nada, nada de nada. La fiesta acabó como todas las fiestas, con gracias dichas desde la puerta y cartuchos de golosinas para cada invitado. A la semana siguiente, volví a esa misma casa. No es que tuviera especial interés en jugar con esa niña, sino que quería terminar el libro. Mientras ella peinaba su muñeca, yo leía. Cuando terminé, me sentí como un conquistador español poniendo una bandera en una isla ignorada. Tuve consciencia, en ese mismo instante, de que era el primer libro que leía y que no sería el último. Como así ha sido.

Hoy, 27 de noviembre hace diez años que Gloria Fuertes murió. Su ausencia aún se nota, porque no existen escritores como ella. Gloria nacida para poeta o para muerto, escogió lo difícil y luego se murió. Gloria, poeta de los niños, y por eso ninguneada por los escritores de las altas cumbres, a pesar de que sabía ponerse seria y adulta, aunque seria no me la imagino nunca. Gloria, que nació para nada o para soldado, escogió lo difícil, ser apenas nada en el tablado. Pero lo que Gloria no se dio cuenta al escoger es que la nada es el todo de muchos, de demasiados. Pobres niños sin ti, maestra, pobres niños adultos sin tus letras, sin tu voz cascada en mil batallas, sin tus versos escritos en madrugada. Ya sin humo, sin historias, sin papeles arrugados, no hay soledad perfecta, tú misma lo dijiste, entre tantas cosas sabias. No hay soledad sin olvido tampoco, por eso, yo no te olvido, Gloria. Hoy, te cuento algo que seguro que te gustaría: aún me dura esa misma curiosidad que me llenaba el cuerpo cuando leí ese primer libro, me pasa impepinablemente cuando abro cualquier libro para leer. Soy afortunado por no perderla. Gracias Gloria.

martes, 7 de octubre de 2008

Añoranza urbana

El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza.


Fui al casco viejo porque allí la ciudad seguiría siendo la misma, alejada de los edificios nuevos de las afueras. Siempre he preferido los centros de las ciudades, donde todo cambia más lentamente. Llovía como suele llover, a poco, calando constantemente la ropa. La piedra hacía resbalar la lluvia menuda. Allí el tiempo estaba tal como lo dejé, gente con paquetes y bolsas de un lado a otro, paraguas que se asomaban tímidamente por las calles. Esa era la ciudad que quería ver. Una sonrisa detrás de un té con limón me dio la bienvenida. Era consciente de la fecha, pero mi mente, que es traicionera, me transportó algunos años atrás, a momentos felices. Es curioso como vamos olvidando la rutina o los malos ratos, para quedarnos sólo con los recuerdos agradables. Hablamos y hablamos de todo un poco, de entonces y de ahora, de los cambios de la vida, de gente que probablemente no veremos nunca más. Hablamos y reímos, con ganas, sin el pesar de mirar los años pasados, sin malas caras. La recordaba igual, agradable, sencilla, con los cambios justos para demostrar que el tiempo había pasado, pero sin que nada fuera irreconocible. Luego dejó de llover y me despedí, sin drama, hasta pronto. Me despedí con esa infame manía mía de no calibrar bien lo que siento en el momento, por lo que siempre me quedo corto. Volví caminando por calles familiares. En una tienda vi un cartel que siempre me hizo gracia, seguía ahí después de todo. Sonreí. Volví a casa con esta última sonrisa.

Este fin de semana he estado de viaje. He vuelto a una ciudad que me trae muy buenos recuerdos... Mirad la foto y adivinadlo, si queréis saberlo. Es fácil. Admito apuestas.

lunes, 2 de junio de 2008

Planes de fuga

La libertad de la fantasía no es ninguna huida a la irrealidad; es creación y osadía.


Hay días en que te mereces una fuga, incluso una temporada viviendo de fugitivo. Pensar por dónde y cómo, los peligros de cada posible salida, la adrenalina de ser atrapado... Hay días en que los grilletes se hacen especialmente dolorosos, normalmente ni te das cuenta de ellos, pero a veces los notas completamente cerrados, oprimiéndote las muñecas. En esos días, ni la luz que entra por el ventanuco te consuela porque son las migajas que mendigas en comparación con el inmenso sol. Reflexionas, una huida a lo grande, sin que los carceleros se den cuentan de mi ausencia hasta que sea demasiado tarde. Palpas la pared de la celda como si no fuera real, los contornos rugosos del muro e imaginas que son de papel, fáciles de traspasar. Y fuera hallas la libertad, concepto que sólo adquiere sentido a ese lado de la pared. Todas las celdas no son iguales, porque van cambiándote de una a otra para evitar que traces el plan que te saque de allí. Algunas de ellas son tan deprimentes que los planes de fuga se desbaratan enseguida, y por más que arañes el duro hormigón no avanzas ni un centímetro. En esos días, te reconfortas pensando que la verdadera cárcel está fuera o que el cielo, cuando salgas, no será tan azul como creías. Pero a la mañana siguiente sigues con lo trazado en tu plan. Sin desaliento, calculas las opciones sin que nadie lo perciba. A veces, sueñas, tumbado en el jergón, que lo consigues y que nunca quieres volver a estar encerrado. Crees que despiertas, con las pupilas bien abiertas para acostumbrarte a la penumbra de esas cuatro paredes, a seguir excavando hasta hacer el agujero por el que veas el mundo real. Sin embargo sólo es un sueño; la fortaleza, prisión o calabozo en el que estás, siguen en pie sin solución. Simples falsas esperanzas de escapar y romper con todo, porque los muros son inexpugnables y las medidas de seguridad a prueba de fugas. Y todo sigue igual.


Para hacer más amena la fuga, lo mejor es tararear la marcha de La gran evasión
(John Sturges, 1963) de Elmer Bernstein.

jueves, 15 de mayo de 2008

Las cajas fuertes

El rufián que intentare descifrar el contenido de este mapa, pagará su osadía con la más terrible de las muertes.

Los Goonies
(Richard Donner, 1985)

Decimos muchas cosas a lo largo del día, nos ponemos serios y sacamos nuestra mejor voz grave, nos reímos, farfullamos en voz baja pero sobre todo decimos muchas cosas insignificantes. Alguna vez, estas palabras totalmente olvidables tienen un significado especial para alguien. Notas como tú abres la boca y el rostro de una persona cambia de expresión, piensas en rectificar pero por más que piensas no alcanzas a saber que has dicho para causar esa reacción. Y resulta que todos custodiamos en cámaras acorazadas nuestros secretos, pasiones inconfesables y otras íntimas alhajas. Y resulta también que una palabra inocente en un principio remueve el mecanismo de apertura. Es como si por casualidad acertaras un número de la combinación secreta, como si dieras a ciegas un paso en el mapa del tesoro. Escuchas el click del resorte pero no sabes como lo has hecho y cuando lo intentas reconstruir no lo consigues, ya es demasiado tarde. No quieres acceder a la caja fuerte, no es esa tu intención, pero desconcierta saber que está ahí, a un paso, medio abierta y sin saber como lo has hecho. Como estos artefactos de seguridad son tan sofisticados, pronto la situación se restablece, volviendo a su cerrada intimidad y parece que nada hubiese sucedido. Buscas, de nuevo, un atisbo, una pista en el dueño de la caja fuerte, como un jugador de póquer, analizando miradas y las cotejas con tus propias palabras, que a estas alturas te arrepientes de haber dicho. Incluso preguntas si pasa algo. Pero nada, la respuesta es un sonoro portazo. Y es lógico si lo piensas, yo también guardo algunas cosas que no me gustaría que me arrebatara el primero que consiguiera llevar a ellas. Lo mejor es olvidarlo, no estoy hecho para ser ladrón de cajas fuertes.

miércoles, 23 de abril de 2008

Treinta

Cuando se tienen veinte años, uno cree haber resuelto el enigma del mundo; a los treinta reflexiona sobre él, y a los cuarenta descubre que es insoluble.


Me parece el colmo del narcisismo dedicar una entrada al cumpleaños de uno mismo, pero todos comprenderéis que la cifra es significativa y lo merece. 30, treinta, treinta años... siempre fue una fecha clave para mí, siempre me decía cuando llegue a los treinta haré o habré hecho tal cosa o seré de tal o cual manera y ese momento ha llegado irremediablemente. ¿Dónde está el paroximo que me tenía que entrar? ¿dónde las convulsiones? ¡Humm, no noto nada extraño! Citando a un gran amigo, tienes dos opciones ante este acontecimiento: deprimirse o celebrarlo y como los tratamientos contra la depresión son largos y las píldoras adictivas, es mejor celebrarlo. Aún no sé ni bien que voy a hacer pero voy a dedicar la semana completa a celebrarlo de forma especial. Hoy, exactamente, hace treinta años, 23 de abril, el Día del libro, nací yo. ¿Queda algo de ese niño? Supongo que mucho, la esencia, aunque los treinta te cargan de muchas cosas, buenas y malas, manías, anécdotas, recuerdos, amigos que se fueron, otros que vinieron, en definitiva, todo lo que me hace que yo sea así en este momento determinado. No quiero caer en el tan televisivo: No voy a cambiar o Sigo siendo el mismo, me repugna. Hoy puedo decir que nunca acerté con las predicciones que hice sobre los treinta, así que en lo sucesivo procuraré dejar la videncia amateur. Mientras tanto, sonrío a la vida, contento, treinta es una cifra bonita, me haré a la idea de ello, al menos.

Como parte de la celebración y para seguir con el narcisimo, me dedico un vídeo musical: Crime de Nawjajean. Is this a crime?

viernes, 18 de abril de 2008

Estate tranquilo

Los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo.

Friedrich Hebbel

Llegué tarde a mi operación, como a casi todas las cosas importantes en mi vida, la excusa esta vez fue el tráfico. Una vez allí, la chica de la recepción me dio un valium y me envió a la sala de espera 1 diciéndome que me estuviera tranquilo. La sala de espera 1 estaba llena de gente en mis mismas circunstancias, esperando el turno y con una cara de terror generalizada. Cada vez que se iba una, la gente tragaba saliva como pensando que su momento se acercaba. Después de los nervios por el atasco, yo estaba súper relajado, aunque no escuchaba más que: estate tranquilo por todos lados. Las enfermeras, los familiares allí reunidos e incluso las mismas personas que se iba a operar repetían ese mismo mantra, frase que puede ser muy tranquilizadora pero que empieza a dejarte un mal cuerpo cuando la escuchas 100 veces. Cuando llegó mi turno, después de volverme a graduar la vista, entré en el quirófano, que estaba ocupado en su mayoría por la gran máquina del láser. Me tumbé en la camilla, entró el cirujano y me volvió a insistir en lo de estate tranquilo. La operación en sí dura muy poco, te dicen que mires una luz verde todo el tiempo y yo para eso soy muy obediente. Apenas notas cómo el láser rojo toca tus ojos y se produce el milagro. Luego te llevan a la sala de espera 2, que está en penumbra y tiene sillones abatibles. Allí recalan los que anteriormente se fueron yendo de la sala de espera 1 una vez operados. Yo entré allí muy contento porque había sido rápido y por haber estado tranquilo, pero la sala era digna de un velatorio: ojos cerrados, caras demudadas, gestos apesadumbrados... yo tenía ganas de hablar y allí por efecto del valium y los nervios preoperatorios, nadie tenía el más mínimo deseo de compartir la experiencia. Luego el cirujano volvió, me echó una miradita más a los ojos y te vas tan tranquilo con tus gafas de sol, no sin advertirte antes que cuando se te vaya el efecto de la anestesia, te dolerá un poco, pero tú estate tranquilo, que es normal.

Efectivamente, cuando pasaron un par de horas, me dolían a rabiar los ojos y ese dolor, atemperado con medicamentos, me acompañó hasta el día siguiente. El tercer día, mis ojos empezaron a enfocar cada vez mejor y hoy veo comprensiblemente bien. La mejoría, según lo que me ha dicho el médico, iré sintiéndola conforme pasen los días, cuestión de que se vayan acostumbrando a su nuevo estado. Gracias a todos los que habéis leído mi anterior entrada y por los comentarios, me han servido para darme mucho ánimo y estar en todo momento tranquilo. Una vez superado este bache visual, Capri c'est fini vuelve, más y mejor y con nuevos ojos.

martes, 15 de abril de 2008

Mis gafas

La vida es fascinante: sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas.


Siempre he sido miope y lo seguiré siendo. La azarosa genética hizo que mi vista fuera borrosa en una familia de excelente visión. Mi madre se lamentaba cuando, de pequeño, iba descifrando con dificultad las letras que el oculista me indicaba. Yo nunca me quejé. Lo tomé como algo natural en mí, como el que tiene el pelo negro o la boca grande. A estas alturas, mi nariz ya se había habituado a las gafas. Pero hoy, por la mañana, el láser milagroso me las quitará de golpe. No me ponen nervioso estas cosas, mi sentimiento es más de curiosidad: ¿cómo verán mis ojos el mundo con absoluto detalle? ¿se irá por completo la neblina a la que están acostumbrados? Estoy ansioso por saberlo. Me tendré que deshacer de mis gafas, mis lentillas y de ese gesto característico: forzar la vista, achicar los ojos para ver mejor, la torpe mirada del miope.
Pero en mi cabeza no dejaré de ser miope, por más que mis ojos operados me digan lo contrario. Nunca nadie deja de serlo. Siempre miraré a través de mis propias gafas, aquellas que mi cabeza ha ido haciendo al cabo del tiempo, aquella con cristales pulidos a base de experiencias, de recuerdos, de visiones agradables y desagradables, de libros, de películas.... Mis cristales, que a veces están desenfocados y me hacen errar y otras veces me dan una visión finísima de las cosas. A esas gafas les tengo cariño y no hay láser posible que me las arrebate. Las otras las guardaré en el cajón de los trastos y sólo me acordaré de ellas cuando lo abra para meter cualquier otra cosa inútil.

sábado, 12 de abril de 2008

Libros de ocasión

El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma.


Me encantan las librerías y las bibliotecas, debe ser por mi "fetichismo" a los libros. Me parecen lugares preciosos y allí donde hay un grupo de libros, no puedo dejar de echar un ojo, me pasa siempre. Creo que nunca podré ser fiel a los libros electrónicos, por más que sea impresionante su capacidad y que entre toda una biblioteca en la palma de una mano. Esta semana he visitado, como hago alguna que otra vez, un gran sitio. En su rótulo, se lee Oportunidades en libros. Libros viejos y de ocasión. Y allí se encuentra de todo. La librería huele a libro viejo, está claro, si los remueves mucho incluso se levanta polvo. Es el polvo de la espera de los libros. Éstos se encuentran colocados en estanterías hasta el techo, pero siempre hay desorden: los libros que se venden, los que llegan nuevos, los que han sido movidos por algún bibliófilo compulsivo... En las esquinas hay pilas y pilas de libros desparejados, sin que tengan nada que ver uno con respecto del que está abajo de él. Son los libros en busca de su orden "desordenado". Los best-sellers de años e incluso décadas anteriores, se encuentran en mostradores para la fácil búsqueda del comprador ocasional. Cada vez que voy allí, escucho la misma conversación: ¿Tenéis libros de Pérez-Reverte? y la librera, con dejadez, señala dicho mostrador. Hay libros que llevan allí años y que, salvo un milagro, nunca saldrán de allí. Libros de estilo de Vademecum 1995 o Recopilación de ex-libris de la Biblioteca Nacional (1900-1938) formarán parte del establecimiento como las estanterías o las paredes. Me gusta perderme allí de vez en cuando, remover un poco, mirar portadas y contraportadas y encontrar algo que "siempre me hubiera gustado leer". En todas mis visitas, acabo con 2 ó 3 libros que me niego a soltar porque me parecen demasiado desamparados para que se queden allí y prefiero hacerles un hueco en mi casa. Esta vez también ha pasado, no lo puedo remediar.

martes, 1 de abril de 2008

Mi lista

-¿Me das permiso para que vaya a casa, prepare la lista y te llame luego para dártela? No tardaré más de una semana, te lo prometo.

-Oye, si no se te ocurre nada, tampoco es grave. Ya haré yo una lista de mis cinco preferidos de los viejos tiempos del Groucho, o algo parecido. ¿De acuerdo?

-¿Cómo? ¿Qué ella hará una? ¿Qué me va a robar mi única ocasion de publicar una lista en un periódico, en una revista, donde sea? ¡No, ni hablar!



Me encantan las listas, los más vendidos, los mejores según la crítica, los más buscados... Rectifico, me encanta leer las listas pero odio hacerlas. Cada vez que hago una, termino, la releo y me parece una locura de lista, falta lo que quería poner, sobra todo, me paso dos días pensando en ella, la rectifico y por fin la doy por cerrada. Al cabo de los días, milagrosamente, se me viene a la cabeza unos cuantos elementos fundamentales que le faltaban a mi lista y me doy cuenta que era una mierda infame. Acaba hecha una bola en la papelera. Hace poco leyendo el blog de una gran amiga, ella retaba a quien quisiera a seguir su ejemplo y hacer la lista de Las 50 canciones de todos los tiempos. Me parece una misión faraónica pero yo a ella le digo siempre que sí y ya estoy en las mismas.

Aviso a críticos: Mi lista es mía, no sigue ningún criterio temporal o de preferencia, no es representativa de nada en absoluto y probablemente si mañana eligiera 50 canciones serían otras bien distintas. He dejado fuera grandes cosas, gente que me gusta mucho, preciosas canciones, porque ya 50 me parece un número demasiado ajustado.

Air - Playground love
Andrés Calamaro – Cuando te conocí
Angélique Kidjo – Ces petits riens *
Audrey Hepburn – Moon River
Björk –All is full of love
Blur – Song 2
Bob Dylan - Blowin' in the wind
Bunbury – Lady Blue
Claude Debusssy – Arabesque nº1
Coldplay – Trouble
Coralie Clément - L'ombre et la lumière
Damien Rice - Blower's daughter
Édith Piaf - Non, je ne regrette rien
Elastica – Connection
France Gall - Poupée de cire, poupée de son
Georg Friedrich Häendel – Sarabande
Ismael Serrano – Instrucciones para salvar el odio eternamente
Jorge Drexler – Antes
Julie Delpy – A waltz for a night

Julieta Venegas – Acaríciame
Keren Ann – Surannée *
La casa azul – Como un fan
Lenny Kravitz – Rock and roll is dead
Lisa Loeb - Stay (I missed you)
Los fresones rebeldes – Al amanecer
Los Planetas – Cumpleaños total
Madonna - Ray of light
Madredeus – Alfama

Maria Callas – Un bel dì, vedremo
Mercedes Sosa - Alfonsina y el mar
Michael Nyman - The heart asks the pleasure first
Moby – Porcelain
Mono – Life in mono
Nina Simone - My baby just care for me
Nirvana – Smells like teen spirit
Oasis – Champagne Supernova
REM - Imitation of life
Rialto – Monday Morning 5:19
Soda Stereo – Zoom
Suede – Lazy
Tata Vega - Miss Celie's blues
The Beatles – Strawberry Fields Forever
The Cardigans – Lovefool
The Dandy Warhols - Bohemian like you
The Smashing Pumpkings – 1979
The Verve – Bittersweet symphony

Travis - Why does it always rain on me
Vanessa Paradis – Dis lui toi que je t'aime
Virginia Glück – Si tú quieres
Yann Tiersen – La valse d'Amelie

*No he encontrado los videos de estas intérpretes, así que he enlazado con versiones.

sábado, 15 de marzo de 2008

La autobiografía de seis palabras

Cada artista escribe su propia autobiografía.


Ya estoy de vuelta de mi escapada madrileña que ha estado muy bien y de la que he regresado cargado de regalos: unas grandes noticias, visitas culturales y una parada consumista en FNAC. También me han regalado una pregunta con la que divertirme pensando un rato. Veréis, venía yo bajando la calle tranquilamente por el Museo del Prado cuando vi a lo lejos a una muchacha con micrófono en ristre y escoltada por una enorme cámara de televisión. La calle estaba completamente desierta, uno frente al otro y como Gary Cooper en Sólo ante el peligro no íbamos a enfrentar en un duro duelo bajo el sol madrileño. A pesar de mi inútil intentona de apretar el paso y despistarla, ella estaba muy atenta al único incauto. Cuando creí haberla sobrepasado, escuche: "perdona" detrás de mí y al girarme ya tenía el micrófono apuntándome y la cámara enfrente. "Soy de Televisión Española y me gustaría hacerte una pregunta", dijo y yo pensé: hummm ¿de qué será? ¿de las elecciones? ¿del Prado? ¿del Chiki Chiki eurovisivo? Todavía estaba yo intentando recomponerme cuando me soltó el tiro: "¿Podrías hacerme una biografía de tu propia vida en seis palabras?". Reconozco que me recorrió el cuerpo un sudor frío: ¿mi vida? ¿en seis palabras? ¿cómo puedo describir mi vida? ¿ha estado bien? ¿puedo quejarme? Se me vinieron a la cabeza algunos momentos vividos, algunos muy buenos y otros menos. Ella me miraba con ojitos traviesos mientras yo seguía enfrascado en pensar una respuesta. ¿Puedo resumir mi vida tanto? Creo que no. Y es esto lo que le contesté, agobiado. No, lo siento, pero no. La periodista puso cara de fastidio y soltó un gracias entre dientes. La cámara dejó de mirarme y siguieron su búsqueda por la puerta del Prado. Me fui hecho polvo, arrastrando las piernas, maldiciendo mi falta de ingenio. Creo que no tengo tanta capacidad de resumen. Como el malo de la película, yo era el herido y el tiro fue certero. Desangrándome, llegué hasta una cafetería de la plaza de Neptuno y frente a un café seguí haciéndome la misma pregunta: mi vida en seis palabras... El duelo, sin duda, lo ganó la chica de TVE.

martes, 4 de marzo de 2008

¿Me conoces?

Conocer a un hombre y conocer lo que tiene dentro de la cabeza, son asuntos distintos.


La semana pasada escuché algo que me ronda por la cabeza desde entonces:

-¡No te conozco!

-Claro que me conoces, no digas más tonterías.

-No lo siento así, por eso estoy triste.

Puede ser una conversación más como miles de las que se producen en un día, pero no lo es. ¿Quién conoce a una persona? ¿Qué es necesario para conocerla? ¿Qué parámetros son necesarios para considerar que conoces a alguien? ¿Debes conocer sus aficiones, sus afinidades, su ideología, su carácter o nada de esto es importante? Si le preguntara a mis amigos dirían que son los que mejor me conocen. Mi madre asumiría que es ella la que más me conoce y mi padre contestaría algo similar. Mis hermanos reivindicarían también esto e incluso yo, en un ataque de egocentrismo, diría que es uno mismo el que mejor se conoce. Cada cual tiene su parte de razón. ¿O estamos todos equivocados? Incluso cualquiera es capaz de sorprenderse a sí mismo en una determinada circunstancia. Además siempre he pensado que nadie es como un bloque de granito, imperturbable por el paso del tiempo, y que se va evolucionando y cambiando. Así puede ser que alguien conozca mi yo de 1998 y no el del 2008. Hay gente a la que la vida le cambia la personalidad y gente que sigue siendo igual (y presumiendo de serlo).

¿Qué sepas la película o el libro favorito de una persona implica que le conoces? Supongo que no es tan fácil la cuestión, nada es tan complicado como la mente humana. ¿Son los matrimonios largos el ejemplo perfecto de conocimiento mutuo? No tiene porque, en mi opinión. ¿Los viejos amigos entonces? A veces estos se creen más de la cuenta en su papel. Puede que todo esto sea un sinsentido y que nunca nadie llegue a la esencia de una persona, pero verdaderamente no siento que sea así. Creo que hay mucha gente que me conoce, a trozos, en su cabeza, a su manera, como los pedazos rotos de un gran espejo y cuyo reflejo sólo muestra una pequeña parte. Lo más cercanos tienen grandes trozos y otros sólo partes insignificantes. Si alguien recogiera esos pedazos compondría una imagen completa. Todos disfrutamos con el reto de montar estos interminables puzzles, haciendo encajar piezas, abarcando más, buscando que llegue el día en que halles la clave y te enorgullezcas de haber obtenido el resultado final. Pero no siempre lo conseguimos...

sábado, 16 de febrero de 2008

Los amigos diamantes

¿Sufres? Yo no sufro ya, porque no hace falta que suframos los dos
a la vez. Cuando tú termines, yo comenzaré.

Jules et Jim (F. Truffaut, 1962).


Los buenos amigos siempre permanecen, ahí, a tu lado, aunque no los veas todos los días. Yo, que a veces creo que la amistad está sobrevalorada, lo he podido comprobar. Cuando uno se sienta, cínico, a juzgar el mundo, la amistad es la primera condenada. Todos estamos expuestos a los vaivenes constantes de amigos y amigos que dicen serlo, pero que pasan por la vida de uno como pasan las barras de pan. No lo critico, también es necesaria esta categoría de amigos de consumo rápido. Son personas que van desfilando y que en un momento determinado crean un vínculo que posteriormente se verá efímero, pero del que se ha disfrutado hasta el momento en que caduca. Sin embargo, esta reflexión no está dedicada a este tipo de amigos, sino a los amigos verdaderos, los buenos.

¿Cómo se puede comprobar que un amigo es bueno? Pues procura no morderle, ya que aunque un amigo es un tesoro, éste no está hecho de oro. Cuando te encuentras con un buen amigo que hace tiempo que no ves, notarás, después de unas mínimas actualizaciones tipo cuéntame tal o cual cosa en concreto, como el tiempo se ha detenido. Es muy curioso porque cuando hablas de nuevo con él puedes trasladarte por arte de magia a cualquier momento que hayáis vivido juntos sin que parezca que nada ha cambiado. Por supuesto, que el tiempo todo cambia, pero cuando estás frente a frente a un buen amigo, no lo parece. No hay normas de cortesía y protocolo en la buena amistad, porque todo eso se dejó atrás en sus primeros compases, y se retoma desde el punto donde se dejó la última vez que os visteis. Te ahorras palabrería inútil con un buen amigo, porque sabes que pasa en cada momento y si no lo sabes te pone al tanto. Un buen amigo no es una madre, ni un hermano, ni un pariente al que tienes que ver en Navidad. El amigo sirve para el invierno más crudo, la tempestad más persistente o el plácido verano. Además no pasa de moda. Los buenos amigos pueden vivir muy cerca pero también muy lejos y veros de Pascuas a Ramos, porque como no funciona el tiempo en vosotros, no hay ningún problema. Los buenos amigos convierten tus neuras y manías en virtudes, algo muy interesante cuando uno no puede soportarse ni a sí mismo. Éstos, siempre te llevan a la risa, y cuando hay algún problema ninguno de los dos tiene motivos de reproche porque no cuesta nada pedir perdón. Los amigos siempre te dan facilidades de pago y no te cobran intereses, porque todos somos perfectas entidades financieras que ni presionan, ni agobian, ni te mandan cartas cada semana con tu saldo. No son fáciles de descubrir porque los buenos amigos están en peligro de extición y a menudo se camuflan en la anterior categoría de amigos, la efímera. No todo el mundo, en su vida, descubre un amigo, pero cuando lo haces disfrutáis a cada paso, juntos, en formación, subiendo cuestas o en la arena de la playa.

Yo, he descubierto este fin de semana, que tengo dos amigos de los buenos y que tendría que sepultarme el
Vesubio para que los deje marchar. No han pasado grandes cosas para saberlo, ya lo intuía. Es lo bueno que tienen mis amigos, que basta un mesa, unas sillas y algo de beber para crear el entorno perfecto. Serán bienvenidos otros en el futuro, claro está, porque para en estos temas la exclusividad es una losa, pero sé que éstos me durarán lo que un diamante, toda una vida y un poco más.

Así, en homenaje a la buena amistad, les dedico a mis dos grandes amigos una canción de una película que trata sobre este tema y que en su secuencia final el narrador apunta:

La amistad de
Jules et Jim no tenía equivalente en el amor. Los dos hallaban un placer total en naderías, comprobaban con ternura sus divergencias. Desde el comienzo de su amistad se les había apodado Don Quijote y Sancho Panza.