miércoles, 24 de diciembre de 2008

En continuo movimiento

El hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos.


Sin dejar de movernos, anda cada cual con rumbo diferente. Esperando en masa que se ponga el semáforo, salimos a toda prisa. Raza nómada de seres que puebla cada rincón del planeta, de aquí a allá, habitando tanto el subsuelo como las áridas cumbres. Arremolinados, pacientes o impacientes, buscando a codazos el sitio que cada cual cree merecer. Itinerantes personas cruzando pasos de peatones que se cierran, quedando los rezagados a las ruedas de los rugientes coches que atraviesan las avenidas. Hombres y mujeres que llenan autobuses, tantos, que colapsan hasta rebosar todos los caminos. Atascos humanos en todas direcciones. Infantil muchedumbre sin voz, sin rostro, sólo con problemas, que camina perdida por las cuatro esquinas de la gran ciudad. Yo, también me muevo, soy uno más. Sigo los pasos del tropel de gente, haciéndome entender como puedo, sin conseguirlo la mayor parte de las veces. Miembro de una colectividad que no entiende nada, ni a mí, ni a nadie, porque un punto sólo juega un papel insignificante en una línea. Vamos y venimos, deambulando por las calles asfaltadas, como refugiados de una gran guerra, como exiliados de un país que ya no nos quiere. Elementos prescindibles que se arropan artificialmente para que la amargura de la soledad no prenda fuego en nuestros pechos. Por eso caminamos sin detenernos, cargados con bolsas o paquetes, como el camuflaje animal, para que en continuo movimiento parezcamos mayores y más importantes.

Finalmente, he vuelto de Madrid, con algunas cosas aprendidas y cierta esperanza en el horizonte. Nada sustancial, es cierto, pero posible en un futuro. Gracias a los que seguís leyendo y comentando en esta pequeña barca perdida en el mar.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tragicomedia de los amantes

El corazón del hombre está hecho para reconciliar las más evidentes contradicciones.


- No sé como puedo soportar más tiempo esta situación. ¿Me merece la pena? No creo que haya sido para tanto eso que he dicho. Está exagerando, lo sé, pero cuál es el motivo para que se ponga así. Quizá ya no me soporte y explota en los momentos en que soy más vulnerable. Tal vez intente forzar la situación para que yo diga: hasta aquí llegamos. No lo sé. Lo más sensato sería que la tomara de las manos y nos sentemos ambos a hablar en serio e intenta llegar al fondo del asunto de esta discusión. Debería pedirle perdón si se ha sentido tan ofendida y dejarme de falsos orgullos. Tendrá sus motivos, aunque me gustaría conocerlos para que ese perdón fuera sincero. Eso haré... necesitamos hablar.

- ¿Cómo se puede quedar tan fresco después de lo que me ha dicho? Bueno, sólo lo ha insinuado esta vez pero yo sé que es lo que quería transmitir, porque ya son muchas indirectas como esa. Lo esconde todo bajo esa capa de ironía pero no se atreve a echarme nada en cara, como si yo fuese un ogro. Demasiado le estoy aguantando. Cuando hablemos querrá hacerme creer que no pasa nada, pero si no lo reconoce, me vuelvo loca. A lo mejor estoy siendo demasiado estricta. Muchas veces descargo toda mi frustración injustamente en él y sé que no se lo merece. Puede que ésta sea una de esas veces. Lo mejor sería sentarnos y hablar tranquilamente. Así es como solucionan los problemas los adultos.

Casi al mismo momento, ella y él decidieron derribar el frío muro que habían construido en su pequeño piso del extrarradio. Se encontraron cara a cara en el pasillo y, sin palabras, se fundieron en un emocionado beso. No fue necesario nada más. La paz estaba sellada.

Imagen: Estatuas al trasluz del palacio de Buckingham (Londres).

martes, 9 de diciembre de 2008

Los antros más bonitos del mundo

- Algunas veces, incluso si tienes las llaves, las puertas siguen sin poder abrirse, ¿no?
- Incluso si la puerta está abierta, la persona a la que buscas puede que no esté allí, Katya


Soledades alcoholizadas conviviendo en las barras de los antros más bonitos del mundo. Soledades a puñados, sumergidas en bourbon o en el relleno de la tarta de arándanos, soledades que duelen, aunque te encuentres en compañía, porque sólo es la compañía efímera de un bebedor solitario que por casualidad se coloca junto a ti. Bares llenos de historias, de duelos, de perdedores, de mujeres y hombres sin alma que dejaron sus llaves en un bote de cristal a la espera de que alguien las reclamara. Soledad del jugador de póquer bajo la mirada atenta del resto de oponentes con el corazón dividido en fichas con las que apostar cada noche, hasta que se acaben. Luces de neón que reflejan una voluntad perdida, caminos de asfalto cruzando desiertos que conducen de un lugar a otro, sin nombre, sin personalidad. Lo mismo una ciudad que otra, lo mismo un antro que otro. Y ante tanta desesperación, la esperanza de encontrar a alguien que recorra el mundo tan perdido como uno mismo, que vaya y venga por esos bares, sin rumbo y que por el más puro azar, tope contigo en la barra del siguiente bar.

Elizabeth (Norah Jones) necesita olvidar una ruptura, algo que no es nada sencillo cuando te has imaginado viviendo toda tu vida con la persona que ahora te traiciona. Jeremy (Jude Law) regenta un café donde los clientes entra y salen sin dar explicaciones. Arnie (David Strathairn) es un policía que no puede dejar de beber y se agarra cada día al consuelo de la barra de un bar. Sue Lynne (Rachel Weisz) vive encerrada en un pueblo, atada al hombre que la salvó, viendo como se le marchan sus oportunidades. Leslie (Natalie Portman) no quiere reconocer que ha perdido hasta la sombra de la mujer que fue en una mesa de póquer. Personajes, personas, como cualquiera otras, que luchan su vida como pueden en un mundo iluminado por frías luces de neón. Personas que ya no esperan nada pero que necesitan abrazos para no sucumbir.

Misteriosamente My blueberry nights (Wong Kar-wai, 2007) se estrena el día 12 de diciembre de 2008 en España. Digo misteriosamente, porque esta película abrió el Festival de Cannes en mayo de 2007 y ya se ha estrenado comercialmente en todo el mundo antes que aquí. Por eso, yo, y estoy seguro que el resto de seguidores de Wong Kar-wai, ya hemos visto esta película, antes de que llegue a los cines españoles. No sé cual es la razón de este retraso, pero le viene mal a una cinta que poco merece que la traten mal. He leído críticas durísimas: que es más de lo mismo del director chino, pero a mí que me den más de lo mismo si es como esto. Imágenes preciosas, banda sonora muy adecuada e historias adornadas tan bien como suele hacerlo Kar-wai. Un exquisito y lustroso trozo de tarta de arándanos esperando a ser pedido bajo las luces del mostrador.


PD: Por cierto, a los que me siguen en esta barca que vaga por el mar con rumbo insospechado, les aviso que no estaré demasiado disponible estos días. Estoy en Madrid, a la búsqueda de sabe dios qué. Aún así, procuraré actualizar lo antes posible pero no garantizo nada, espero que seáis comprensivos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El presentador de informativos

Los periodistas dicen algo que saben que no es verdad con la esperanza de que, si lo siguen diciendo, acabará siéndolo.


Esto ha sido todo por hoy. Para más información, consulten nuevas ediciones del informativo. Recito esto con mi mejor voz neutral. Sintonía final y focos fuera. Recojo mis folios, me quito el maquillaje en el camerino y me subo al coche sin decir una palabra a nadie. Este no era el trabajo que yo había imaginado. Me siento mal por quejarme, siquiera por pensar en quejarme. Cualquier compañero mataría por la silla que yo hoy ocupo. Eso sin contar a todos aquellos que sufren en trabajos precarios. No, no tengo derecho a quejarme, por eso callo. Hoy incluso, camino de casa, me han parado dos veces en la calle para felicitarme. Sigue así, lo haces muy bien o te vemos en todos los días. Palabras que deberían honrarme pero lo único que hacen es ahondar más en mi herida. Sólo cuento lo que me dicen. Yo únicamente pongo la cara y la voz a las noticias. A veces ni me interesan, pero debo poner cara de interés. Otras veces, sirvo de portavoz de medias verdades interesadas, insidiosas siempre hacia los mismos y que favorecen justo a los contrarios. Ni siquiera estoy de acuerdo con aquello que digo, pero leo y callo todos los días. Hoy hubiera gritado en medio de la emisión, pero no lo he hecho. Hubiera dicho que esa noticia no era del todo como la había leído, que hay grandes huecos que no somos capaces de tapar y temas que no interesan, que recibimos telefonazos con presiones para dar "otro enfoque" que sea más positivo. Hoy hubiera contado que cuando llego a mi casa abro la puerta y el gélido abrazo de la soledad me recibe todos los días. Lo hubiera dicho, pero no lo he hecho, soy cobarde, me confieso. Soy un cuerpo vacío, sólo una voz que lee. Soy un hombre sin contenido.

domingo, 30 de noviembre de 2008

La lluvia

Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.



Llueve, todo el fin de semana ha llovido. Las gotas incansables tamborilean los cristales de mi casa como un murmullo lejano que me llama a mirar a través de las ventanas. El cielo pintado de gris, rugiente, con nubes negras que indican que no parará de llover de momento. En esta situación, nunca puedo resistirme a sacar una mano por la ventana y dejar que se empape de agua de lluvia. Un manía tonta, pero siempre lo hago. Dejarse seducir por la lluvia es un tópico muy visto, lo sé, pero siempre me ha atraído irremediablemente. Los colores cambian con ella, la luz se vuelve taciturna, la tierra se moja y cuando deja de llover la vida le resurge a borbotones. Agua, que igual que es destructora, me inspira, me hace pensar, aunque nunca queda fruto de esa inspiración porque el hechizo de la lluvia desaparece instantáneamente cuando deja de llover. Podría hacer una relación infinita de evocaciones de la lluvia: los prados verdes, las montañas azotadas, la playa mojada, pero no sería nada original. Hoy lleva todo el día, son las fechas. He resistido al magnetismo triste de la lluvia y me siento contento.

No sólo quiero decir que llueve, que entra dentro de lo normal, sino que desde que se hundió Capri en las aguas de Mediterráneo y acabó para mí, los cielos suelen ser grises al otro lado de mi ventana, aunque a veces surgen rayos fugaces de sol que calientan mi cuarto. He recibido un premio Corazón salvaje de mi querida Lula Fortune, acompañados de unas palabras preciosas dedicadas a mí. No puedo olvidar dejar constancia de este amable gesto y darle las gracias por su afecto y fidelidad a esta isla inhóspita. Por eso, luzco ese corazón orgulloso, junto al mío y le dedico esta canción lluviosa que siempre me hace sonreír en tardes como hoy.


jueves, 27 de noviembre de 2008

Gloria a Gloria

Sobre la soledad hoy yo me desdigo

No hay soledad perfecta,
eso es un fraude;
ser y no estar (es duro)
ser y no estar con la persona amada.

Porque hay que estar, y ser junto a su cuerpo;
(poetas tristes dejaros de bobadas)
no decir: que la tarde y su presencia
en la ausencia
pasa a ser perfume de alborada...

Tan sólo la verdad es poesía.
La soledad, una cabronada.


Acababa de aprender a leer. Era, en esa época donde los cumpleaños se celebraban con tarta y caramelos y un montón de niños. No era el mío, sino el de una compañera de clase. Cada cual le dio su regalo y ella los abrió como una princesa caprichosa en una montaña de papel de envolver. Entre gritos y carreras de los demás, yo cogí un libro dejado entre el resto de regalos. En su portada, en grandes letras amarillas, ponía GLORIA FUERTES y ese nombre se me quedó grabado. Me pareció gracioso. Leí las primeras páginas. Nunca había leído nada igual, teatro en verso, pero es que nunca había leído nada, nada de nada. La fiesta acabó como todas las fiestas, con gracias dichas desde la puerta y cartuchos de golosinas para cada invitado. A la semana siguiente, volví a esa misma casa. No es que tuviera especial interés en jugar con esa niña, sino que quería terminar el libro. Mientras ella peinaba su muñeca, yo leía. Cuando terminé, me sentí como un conquistador español poniendo una bandera en una isla ignorada. Tuve consciencia, en ese mismo instante, de que era el primer libro que leía y que no sería el último. Como así ha sido.

Hoy, 27 de noviembre hace diez años que Gloria Fuertes murió. Su ausencia aún se nota, porque no existen escritores como ella. Gloria nacida para poeta o para muerto, escogió lo difícil y luego se murió. Gloria, poeta de los niños, y por eso ninguneada por los escritores de las altas cumbres, a pesar de que sabía ponerse seria y adulta, aunque seria no me la imagino nunca. Gloria, que nació para nada o para soldado, escogió lo difícil, ser apenas nada en el tablado. Pero lo que Gloria no se dio cuenta al escoger es que la nada es el todo de muchos, de demasiados. Pobres niños sin ti, maestra, pobres niños adultos sin tus letras, sin tu voz cascada en mil batallas, sin tus versos escritos en madrugada. Ya sin humo, sin historias, sin papeles arrugados, no hay soledad perfecta, tú misma lo dijiste, entre tantas cosas sabias. No hay soledad sin olvido tampoco, por eso, yo no te olvido, Gloria. Hoy, te cuento algo que seguro que te gustaría: aún me dura esa misma curiosidad que me llenaba el cuerpo cuando leí ese primer libro, me pasa impepinablemente cuando abro cualquier libro para leer. Soy afortunado por no perderla. Gracias Gloria.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Los juncos salvajes

No sabes como me pesa la juventud.


Érase una vez cuatro chavales desorientados en un pueblo de Francia. Érase una Francia embarcada en una guerra injusta, como son todas las guerras, donde había franceses patriotas y no patriotas. Érase una comunista asustadiza, una militante que no podía ser consecuente con sus principios fielmente asimilados. Érase un chico enamorado sin quererlo de otro chico. Sólo es cobarde el que no se acepta, aunque sea frente a un espejo de madrugada. Érase un soldado desertor que murió y se convirtió en un héroe nacional. Érase un hermano que quería emular a este soldado, pero finalmente él sí que desertó de su loca intención. Érase unos exámenes de graduación, que los convertirían en adultos, para siempre, por el mero hecho de aprobarlos. Érase una edad sin piedad, unos años que pesaban como el fluir de un río en agosto. Érase unos juncos a la vera de ese río, juncos salvajes, que afrontaban vientos arqueando sus tallos. Pequeños pero dignos, flexibles y resistentes. Los juncos salvajes pueden no importar a nadie pero siempre sobreviven.

Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994) es una película sobre la adolescencia y lo puñetera que esta edad es para los incautos muchachos. Porque sólo hay una manera posible para hacerse adulto: recibir palos; palos de la vida, de tus amigos, de tu país e incluso de ti mismo. Aprendemos a madurar a base de probar, comprobar, fallar y volver a intentarlo. Así se descubre el amor, los principios, el sexo, la fuerza y en general todo lo que merece la pena en la vida. Esta película trata un campo amplio de inquietudes juveniles centradas en un internado francés durante la sangrienta guerra de la independencia de Argelia. Más allá del tema, que a cada cual le puede recordar su propia biografía, Los juncos salvajes recrean muy fielmente una edad, que más allá de modas, es tristemente complicada. Además, la película se adorna con canciones pop francesas de los 60 y una ambientación muy sugerente.
No me resisto a poner aquí, para que podáis todos leerla, la fábula de La Fontaine, que en la película comentan en clase de literatura y de la que deriva el título.

El roble y el junco


El roble le dijo un día al junco:
Es normal que acuse a la Naturaleza
para usted un reyezuelo
es una carga pesada.
La menor brisa que arruga
la cara del agua
hace que la cabeza se le arquee.
Sin embargo mi tronco,
como el Cáucaso mismo,
no contento con detener los rayos del sol
es capaz de afrontar una tempestad.
Lo que para usted es un huracán,
para mí es una brisa.
Si creciera a la sombra del follaje
donde yo cubro a mis vecinos,
no tendría que sufrir,
le defendería de la tormenta,
pero nace en los húmedos bordes
del reino de los vientos.
La Naturaleza es injusta con usted.

Su compasión, respondió el junco,
nace de un buen sentimiento,
pero no se preocupe,
a mí los vientos no me abruman,
me inclino y no me rompo.
De momento, usted ha resistido
golpes tremendos
sin tener que doblar la espalda,
pero al final ya veremos.
Cuando dijo estas palabras,
del horizonte sopló con furia
el más terrible viento
que el Norte hubiera llevado
jamás hasta allí.
El roble se mantuvo erguido,
el junco se inclinó,
el viento redobló sus esfuerzos
y arrancó de raíz
aquél que del cielo
estaba mucho más cerca
y cuyos pies se hundían en la tierra.

Fábulas (Jean de La Fontaine, 1668)


sábado, 22 de noviembre de 2008

Los pros y los contras

El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo.


Una taza de café recién hecho, un lápiz afilado y un folio en blanco... Todo listo. Empezaré por lo malo:

LISTA DE CONTRAS
  • En ocasiones, no me entiendo bien con ella. Hay determinados temas que es mejor no tocar si no queremos comenzar a pelearnos.
  • Tiene un gusto musical infame. Ir con ella en el coche es un suplicio para los oídos. Tampoco coincidimos ni en libros ni en el cine.
  • A veces, la he pillado husmeando en mi móvil. Eso sólo es desconfianza, nunca podré estar con alguien que desconfía de mí tan abiertamente.
  • No se lleva bien con mis amigos. Hace un esfuerzo, eso sí, pero procura que no coincidamos con ellos cada vez que puede.
  • Siempre tiene una palabra, acompañada de un gesto de desaprobación, para la ropa que me pongo.
  • Se preocupa tanto por mí, que algunas veces es como si mi madre hablara por su boca...

Estoy demasiado negativo, dejo los contras y me centro en lo pros:

LISTA DE PROS

  • Me gusta.

Leí estas dos palabras escritas en el papel. Trazos sencillos que contenían mucho. De pronto, me dio un enorme sentimiento de culpabilidad, porque los contras estaban escritos desde mi más oscuro egoísmo. Ahí delante, este descompensado balance me observaba con cara de reproche. De repente, afloraron en mi cabeza, miles de argumentos que neutralizaban los contras. Yo, que siempre me había preciado de ser racional, mi racionalismo me había jugado una mala pasada, porque hay cosas que no se pueden analizar como si fueran datos contables. Me gusta, la quiero, eso es todo, es el principio y el fin de esta historia y el resto es accesorio. Los sentimientos no se explican, no se interpretan, se tienen o no se tienen... Puse la palma de la mano sobre el folio y lo arrugué haciendo una bola con mis pros y mis contras. Llevé la taza al fregadero, me guardé el lápiz y tire esa bola con el resto de desperdicios dentro del cubo de basura.

martes, 18 de noviembre de 2008

El perro de Pávlov

Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba...


Después de unos días de experimentos, el perro de Pávlov se sentía aburrido:
Estar encerrado en una habitación, después de la primera emoción, es verdaderamente aburrido. Además hay un cristal en ella por el que creo que me vigilan. No sé muy bien a dónde quieren llegar y qué conclusiones pueden sacar de un perro encerrado en un sitio. A mí me da lo mismo, me alimentan, que es lo acordado. Sin embargo se han empeñado en tocar una campana momentos antes de que me traigan la comida. Debe ser una costumbre de los científicos. Me es totalmente indiferente, porque en este cuarto lo único productivo que puedo hacer es dormir y la campana me despierta listo para el almuerzo. No me quejo en absoluto, pero podrían haber elegido un sonido más agradable. No sé, Las cuatro estaciones de Vivaldi o algo de Mozart, por ejemplo. Si la campana me pilla dormido, me levanto de muy mal humor para comer y en este estado no se disfruta ni el mejor manjar. Si soy sincero, estoy empezando a odiar la campanita esa, porque es lo único que oigo a lo largo del día y es un sonido estridente y desagradable. En buena hora me embarqué en esta aventura. Le tenía que haber hecho caso a mi madre, que para estas cosas es muy sabia. Pero como me dejo influenciar por cualquiera que me causa buena impresión, así me luce el pelo. No soy yo de quejarme pero debería pedir el libro de reclamaciones por el asunto de la campanita. Aunque antes voy a echar una cabezada porque pronto vendrá el servicio de habitaciones con el menú del día.

Iván Pávlov fue un científico ruso que a finales del siglo XIX y principios del XX expuso la ley del reflejo condicionado, a la que llegó a la conclusión a través de una serie de experimentos con perros. La idea era sencilla, primero se observó que los perros salivaban abundantemente cuando se les mostraba comida o incluso únicamente el olor de ésta. Ocurría lo mismo cuando se les acercaba la persona que normalmente les daba de comer. Pávlov creía que esto se producía porque el animal lo relacionaba con la comida. Pero ¿y si usaban un estímulo neutral como el sonido de una campana? Día tras día tocaban la campana antes de dar al animal su comida. Y si bien nada ocurría con la campana, finalmente, el perro ya salivaba con el sólo hecho de oír ese sonido. Es decir, le había condicionado sus reflejos. Lo que Pávlov demostró, luego se aplicó a la psicología humana llamándose condicionamiento clásico o pavloviano.

El sabor de una magdalena, ese gesto de tocarse el pelo que sólo ella hace, la conversación que mantienen los protagonistas de esa película que tantas veces he visto, frases de un libro que leí cuando pequeño o los acordes de esa melodía que no puedo sacarme de la cabeza. Pequeñas imágenes, incluso flashes, que se quedaron prendidos de mi cerebro junto con una sensación. Estímulos que producen en mí reacciones en forma de sentimiento. Es un mecanismo simple, veo una escena de mi película favorita y enseguida me transporto al momento en que la vi por primera vez e invariablemente siento lo mismo cada vez que por casualidad la vuelvo a ver. Y así se produce una y otra vez, como la campana del perro de Pávlov, como la magdalena de Proust. Es curioso lo previsible que soy. Aunque me crea un autómata sofisticado, mis humildes engranajes de latón giran uniendo un diente a otro, una y otra vez, sin mayor misterio.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Las esperas

Espera, que sólo el que espera vive. Pero teme el día en que se te conviertan en recuerdo las esperanzas.


Un, dos, tres pasos, miro el reloj, deshago lo andado, uno, dos y tres. Vuelvo a estar en el mismo lugar. La esfera del reloj brilla con la luz de la ciudad, el segundero va exasperantemente lento y el aire se me escapa de la boca en forma de suspiro. Me dedico a observar a la gente que viene y va. Por mero entretenimiento, pongo la oreja en una conversación ajena. Nada trascendental. Espero. Siempre me hace esperar. Espero y espero tantas cosas, pero hoy de momento, la espero a ella, que se retrasa. Me fastidia, pero sé que se me pasará cuando entre la muchedumbre reconozca su cara. Será como apagar un interruptor. Miro mi silueta reflejada en el cristal de una tienda. Coloco bien los cuellos de mi camisa y sigo esperando. Saco el móvil del bolsillo y lo miro con desgana. No ha llamado, ni me ha escrito para decir que no venía. Lo guardo. Miro el reloj, sólo un par de minutos desde la última vez. Sigo con la rutina, un, dos y tres pasos. Me paro, suspiro. Otros tres pasos. Levanto la vista y la veo venir, apresurada. Con el bolso resbalándose de su hombro, a paso rápido. Cruzamos las miradas, me sonríe y le devuelvo la sonrisa. Siento que toda la espera ha valido la pena.

Esperamos y esperamos. Esperamos a gente, a que ocurre un hecho concreto o simplemente a que pase algo que no saque de la rutina. Nos pasamos la vida de espera en espera. A veces aguardamos con temor a que se cumplan nuestros peores deseos y otras que vengan tiempos mejores. Miramos el futuro con esperanza o con incertidumbre, da igual, pero nos pasamos la mayor parte del tiempo esperando. Hombres y mujeres a la expectativa, por no saber que va a ocurrir. Siempre ha sido así y así seguirá para siempre hasta que no haya tiempo. Esclavos de un futuro que nadie puede conocer. Nos comemos las uñas en una inmensa sala de espera. ¿Dónde estará el tren? ¿Qué pasa que no viene? ¿Por qué no llama? Preguntas esperadas. Sea con la quietud de las estatuas o con nerviosismo, vivimos en un mundo esperante, expectante, espectador...