¡Qué emoción! (suspiro). No me lo esperaba (doble suspiro). Podría dar las gracias a tanta gente... (gran pausa dramática, comprobando el peso del premio) que seguro que se me iban a quedar muchas personas en el tintero. No me lo esperaba y no había preparado nada... (pequeño sollozo). Quisiera dar las gracias en primer lugar a los académicos del Desierto de Ainhoa por acordarse de mí al concederme el Symbelmine habiendo tantos merecedores (trago saliva para intentar serenarme). Felicito al resto de premiados y agradezco el apoyo de mi familia por comprenderme, de los cómicos españoles en su lucha, de mi pueblo, de la virgen de Guadalupe, de Dios y de Billy Wilder... (abro los brazos para recibir la ovación, la música de la orquesta suena más alta para echarme de una vez del escenario y me voy feliz luciendo el premio en las manos).jueves, 12 de febrero de 2009
Premio Symbelmine
¡Qué emoción! (suspiro). No me lo esperaba (doble suspiro). Podría dar las gracias a tanta gente... (gran pausa dramática, comprobando el peso del premio) que seguro que se me iban a quedar muchas personas en el tintero. No me lo esperaba y no había preparado nada... (pequeño sollozo). Quisiera dar las gracias en primer lugar a los académicos del Desierto de Ainhoa por acordarse de mí al concederme el Symbelmine habiendo tantos merecedores (trago saliva para intentar serenarme). Felicito al resto de premiados y agradezco el apoyo de mi familia por comprenderme, de los cómicos españoles en su lucha, de mi pueblo, de la virgen de Guadalupe, de Dios y de Billy Wilder... (abro los brazos para recibir la ovación, la música de la orquesta suena más alta para echarme de una vez del escenario y me voy feliz luciendo el premio en las manos).lunes, 9 de febrero de 2009
Las despedidas siempre son tristes
Odio las despedidas. Me di cuenta de ello el día en que yo mismo dejé de cumplir las falsas promesas que siempre se hacen cuando uno se despide: te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre... Consciente o inconscientemente sabemos lo efímera que son estas promesas, pero aún así no empeñamos en hacerlas, convirtiendo las despedidas en algo más definitivo, más separador. Una parte de nosotros también se despide en cada despedida yéndose prendida en la persona que parte.
La despedida más triste que he vivido, no la viví yo, bueno sí, quiero decir que no fue mi despedida, aunque en realidad yo también estaba allí para despedirme. Fue hace unos años en una estación de autobuses. Despedía a una amiga y aunque no me guste despedirme, no se me hubiera ocurrido no acompañarla hasta allí. Después de todo aquello de nos veremos pronto y buen viaje, me senté en un banco a ver como el autobús se iba. Como mi amiga andaba ocupada colocando maletas, buscando su billete en su enorme bolso y localizando su plaza, yo observaba al resto de viajeros. Y allí estaba ellos como si no quedase más personas en el mundo. Una parejita joven fundido en un abrazo. Ella con los ojos hinchados de llorar y él aguantando las lágrimas. No escuchaba lo que decían, pero seguro que era te llamaré todos los días, te escribiré, todo será como siempre. Se besaban apasionadamente como si estuvieran fuera del mundo, como en una burbuja ajena al ir y venir de viajeros entre humo negro de tubo de escape. La burbuja se pinchó con un berrido del chófer que respetaba más la puntualidad que todo aquel sentimentalismo. La chica subió apurada y el autobús se fue. El chico se cruzó conmigo, que seguía en el banco, buscando la salida. Cuando pasó a mi altura, vi como le caían dos auténticos lagrimones, redondos, enormes, resbalando por sus mejillas. El azar hizo que él y yo fuéramos en la misma dirección en aquel enorme intercambiador. El chico, delante de mí, caminaba con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Tenía aire de funeral, dando pasos lentos, como si fuera a caer fulminado allí mismo. Ambos cruzábamos un largo pasillo alicatado de azulejos blancos hasta la vía del metro, con la única compañía de un violinista al fondo de él. La escena era de cine, el enamorado al final de la película, con banda sonora de violín, encara su futuro. El chico sacó una de sus manos y se secó los ojos. Y con ésta, lanzó una moneda a la gorra que el músico agradeció con un gesto de cabeza. Dobló la esquina y se metió en el vagón que acababa de llegar. Como iba algunos pasos por detrás, no llegué a coger ese metro, que cerró sus puertas en mis narices. Aún se oía la melodía de violín y entre los cristales vi al chico con la mirada perdida. Sólo faltó un fundido en negro en el que asomaran las letras FIN.
Y aunque esta entrada huele a despedida, no lo es. Mi recuerdo de Capri sigue demasiado vivo como para que pueda darle un carpetazo. Sigo, de momento, despidiéndome de la isla que ya no existe.
sábado, 31 de enero de 2009
Los límites
Me gustaría decir (y creer) que podemos disfrutar de todas las posibilidades con el único límite del cielo sobre nuestras cabezas; que el mundo se abre jugoso como una naranja dispuesta a ofrecernos toda su pulpa. Pero no es así. Vivimos en un espacio reducido que llamamos hogar. Nos movemos y actuamos con un cuerpo que no hemos podido elegir y que nos acompañará hasta el fin. Y dentro de él, por más que nos resistamos, tenemos un cerebro lleno de límites y limitaciones, prejuicios, ideas preconcebidas, ignorancias, razones y puntos de vistas más o menos compartidos. Trabas, en resumen, que conforman nuestra pequeña cárcel de oro de la que ni queremos, ni podemos escapar. Algo así como el dilema del canario que nació en una jaula y por más que vea la puerta enrejada abierta prefiere la seguridad de sus barrotes al mundo desconocido del exterior. Todo ello sin hablar de límites más generales, marcados por nuestro nacimiento, género, cultura, experiencia y demás. Una maraña de intrincadas paredes que levantan un laberinto donde todos luchamos apenas para orientarnos.
Me gustaría poder decir que hay que olvidar todos los límites, que nada, ni nadie se atreva a cortar nuestras alas, que olvidemos puertas cerradas, rejas de acero. Me gustaría decirlo de corazón, pero haría flaco favor a cualquiera que me escuchara e incluso me engañaría a mí mismo. Vivimos sabiendo que existen, aunque algunos no sean tan fuertes como pensamos. Vivimos con temor a ellos, sin embargo muchos tienen pasadizos para atravesarlos. Vivimos entre límites, sí, pero vivamos olvidándolos.
Y para que todo no sea tan árido, os aconsejo poner como banda sonora esta canción de un chico al que no le crea ningún problema ético saltarse los límites, aunque sea a navajazo limpio.
Julien Doré - Les limites
martes, 27 de enero de 2009
Tu voz, de repente
los barrancos soleados donde silban mis versos de combate.
Tu voz siembra de estrellas y de azul
el cielo pequeñito de mi alma.
Tu voz cae en mi sangre
como una piedra blanca en un lago tranquilo.
En mi pecho amanecen pájaros y campanas
cuando muere el silencio para nacer tu voz.
Hacía tanto tiempo, que creí olvidada tu voz, enterrada en cualquier pliegue de mi cerebro. Pero cuando te escuché aquella tarde al otro lado del teléfono, no sólo te reconocí al instante, sino que con el sonido de tu voz volvieron todos los recuerdos que un día archivé con el letrero de NUNCA MÁS. Es de esos casos, que uno, con la estúpida presunción del orgulloso, cree que puede vencer sin problemas, pero cuando se producen, descolocan lo que cuidadosamente habíamos previsto. Fue una conversación cordial, incluso amena. Querías saber de mí, cómo me iba, o eso al menos me dijiste. Así, sin más, después de todo lo pasado y sobre todo después de tanto tiempo. Podría haberte colgado, pero mi malsana curiosidad obstruyó cualquier sensatez. Interpreté, una vez más, al buen amigo, al que escucha interesado detrás del auricular. Me contaste, emocionada, los cambios de tu vida en una nueva ciudad. Sinceramente me alegré por lo bien que te iba. Yo te correspondí con cautela, como casi siempre hago todo, abriendo apenas unas rendijas de lo que mi vida era en ese día. No era mi mejor momento y tu llamada vino para reafirmarlo. Creo que te lo transmití y me ofreciste tu ayuda y tu ánimo. Te dije que lo tendría en cuenta, aunque sabía que nunca se me ocurriría pedirte nada. Ya no. Cuando colgaste, aún tu voz retumbaba en mis oídos. Sentí un hueco frío en mi interior donde inmediatamente esa voz pequeña y viva se instaló. Llevo muchas noches intentando desahuciarla. Pero no se deja.
lunes, 19 de enero de 2009
Una blusa de rebajas
miércoles, 14 de enero de 2009
Ocnos
Mi infancia vivía en el bocadillo de Nocilla de la merienda frente al televisor que rebosaba por los lados, en la Biblia para niños con ilustraciones en blanco y negro que yo me empeñé en colorear una a una. En el gesto amable y satisfecho de mi abuelo cuando rascaba su monedero y a escondidas me ponía en la palma de la mano algunas monedas para comprar chucherías. Mi infancia fue el autobús escolar lleno de ruidos, mirando como las gotas de lluvia rodaban por el cristal. Dormía en las camitas pareadas de mi cuarto, disfrutaba de las carreras por el pasillo y de los saltos sobre la cama de mis padres. Se subía a los columpios del parque con un vinagrillo en la boca que mordía con gusto. Mi infancia fue la playa y fue el sol y el picor del salitre en la cara. Mi infancia fue el jazmín del patio de casa de mi abuela. Y nunca me he podido despegar de aquel olor, por más años que pase y por más jazmines que huela. Porque la infancia es el reino de las primeras veces, de la nieve virgen, de las noches calurosas del verano donde no se oye ni un murmullo, donde todo es claro, todo es fácil y el mundo se muestra delante de tus pequeños ojos para que lo vivas sin más remedio.
Ocnos (1942) son los recuerdos de infancia de Luis Cernuda, evocaciones de su Sevilla natal en prosa. Ocnos es muy nostálgico, muy onírico, como lo son casi siempre los recuerdos de esa edad. Como fotos viejas plastificadas a un álbum, son imágenes que no se mueven y nos acompañan toda la vida. Casi como la maldición mitológica de Ocnos, aquel personaje que fue castigado por los dioses a trenzar de por vida una soga que iba siendo comida en su otro extremo por una burra. Trabajo infatigable el querer despegarnos de nuestra infancia, porque ella siempre estará ahí, guardada en lo profundo de nuestro craneo, fijada en nuestro inconsciente. Es nuestra patria, dijeron algunos y forma parte de nuestro ser actual. Cernuda se encarga de poblarla, con un lenguaje lírico y rico, de magnolios dulzones, bibliotecas, albercas en verano y casas encaladas. Y sin haber nacido en Sevilla, ni en la misma época, cualquiera puede reconocer esa etapa de la vida, fresca, inocente, feliz.
sábado, 10 de enero de 2009
Gaza
De nuevo David agarra una piedra para lanzar, esta vez, contra un Goliat subido a un tanque. De nuevo las nubes se vuelven polvo y humo de destrucción. De nuevo se lucha por un trozo de tierra, como antaño, tierra árida e inhabitable, pero tierra al fin y al cabo. De nuevo, se piensa en el caos para alcanzar el poder, ignorando que las mentes no se pueden controlar con fuego y balas. Las justificaciones son variadas, todas inútiles, como siempre, porque parece que se quiere matar con la conciencia blanqueada. Los rezos resuenan en una lengua y se contrarreza en otra. Plomo fundido derramado desde el cielo. Y personas encerradas en una ratonera sin salida, sin alimentos, esperando su destino, dejadas a su suerte. Suerte nefasta brindada desde el nacimiento, por el simple hecho de nacer en un lugar y no en otro. Los muertos, sin embargo, no hablan ningún idioma, no se quejan, ni son de aquí o de allá. Los muertos dejan de tener religión y se convierten en cifras.
Y mientras, el resto de mundo retransmite la matanza, apostando su dinero por uno o por otro, como un combate de boxeo macabro pero con la seguridad de saber que el fuego está lejos, muy lejos, en una tierra mítica, donde las desgracias son, por concepto, bíblicas.
Hoy todo esto ocurre en Gaza y centramos nuestra atención hacia aquel lugar, pero en unos meses olvidaremos esta herida y pondremos el foco en cualquier otro lugar que sangre. Como ayer fue Iraq o Bosnia o Somalia. Mar de muertes injustas, como sólo la guerra sabe hacer. Volveremos a poner nuestro mejor gesto de horror y seguiremos viviendo.
Imagen: Ataque aéreo israelí a la franja de Gaza (28 de diciembre de 2008).
martes, 6 de enero de 2009
El propósito de Año Nuevo
miércoles, 31 de diciembre de 2008
El (re)cuento del año
viernes, 26 de diciembre de 2008
Día de Navidad
Se levantó el día de Navidad con ganas de no hacer nada. Con pasos pesados, se dirigió al salón para ver los restos que quedaron de la fiesta de anoche. El salón, como un campo de batalla, lucía un aspecto poco agradable, papeles en el suelo, copas a medio tomar aquí y allí y ceniceros llenos en cada rincón. La mesa, a la que se había retirado los platos tras la cena, seguía vistiendo su mantel lleno de migas con las servilletas hechas bolas encima. El árbol de Navidad apagado parecía desangelado con la luz de la mañana que entraba por las rendijas de la ventana. Subió de un tirón la persiana y esa misma luz cegó sus ojos medio cerrados por la resaca. Se dejó caer en el sofá y maldijo las navidades. Se dijo, gruñendo, que era la último vez que celebraba algo por Navidad. Aunque en el fondo sabía que esto no era cierto. El año próximo se volvería a liar con una fiesta similar. Pondría el árbol de nuevo y cocinaría y recibiría en su casa a aquellos a los que quería, como todos los años. Era imposible abstraerse a la Navidad. Se levantó con esfuerzo y fue recogiendo las copas que encontraba en su camino. Se sentó en la mesa de la cocina. El olor del café que se había calentado y el runrún del lavavajillas lo dejaron en trance. De repente, la alarma del móvil sonó. Abrió el SMS y leyó: FELIZ NAVIDAD. Ni siquiera se molestó en leer el remitente. Sonrió. Había merecido la pena.
Muchas felicidades a todos.