lunes, 29 de junio de 2009

El cuervo

Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.

Edgar Allan Poe

En una noche cerrada, de lluvia tempestuosa, frío que cala hasta los huesos, de soledad y silencio, cualquier cosa puede suceder. Los ojos no pueden, no quieren quitar la vista de las letras impresas. Miras por la ventana y el fulgor de un rayo ilumina por un segundo la negrura del exterior. ¿Hay alguien ahí? La imaginación puede producir una mala pasada. Eres consciente. De repente, una ventana se abre furiosa y te sobresalta. El pulso se dispara y tratas de tranquilizarte. La cierras lentamente pugnado contra el viento. A través del cristal intentas distinguir algo. Algo más que el agua cayendo en torrente del cielo, algo más que las nubes que encapotan la noche. Un nuevo fulgor. Sobre el árbol que agita sus ramas en el jardín, un pájaro que se camufla con su negro plumaje mira la ventana, tranquilo, impertérrito, como si la tormenta no fuera con él. Apenas lo puedes ves, pero imaginas sus garras afiladas, sus ojos insensibles, su vuelo feroz. Te sientes observado. Por eso, aseguras que todo esté cerrado, aferrándote a la débil confianza de una habitación sin posibilidad de entrada. Ni salida. Y vuelves al sillón, recoges el libro e intentas concentrarte de nuevo. Pero no eres capaz. Lo cierras de golpe y tembloroso, acaricias las letras grabadas de la portada. Apenas tres: POE.

Creador de relatos en un tiempo en que se escribían largas novelas, pionero e iniciador del género de terror, este año se dedica a Edgar Allan Poe, conmemorándose el 200 aniversario de su nacimiento. Por eso tenía que hacerle un pequeño homenaje a su obra, en la que destacan cuentos como Los crímenes de la calle Morgue, El escarabajo de oro, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, El corazón delator o poemas como Annabel Lee o El cuervo. Misteriosas y oscuras palabras como lo fue su malograda vida marcada por el sufrimiento, el alcohol y la locura. Contienen todas ellas los ingredientes básicos de lo que consideramos actualmente el misterio, el terror, el suspense, por lo que influyó no sólo en la literatura sino en otras artes como el cine. Hoy, dos siglos después, Poe continua vigente y el aniversario es, como en este tipo de efemérides, una excusa más para que volvamos a sus escritos originales. Nada mejor que las fuentes para darnos cuenta de su importancia y modernidad. Gracias a su creatividad, cosas y animales, en principio tan inocentes, como una carta, un pozo y un péndulo, un barril de amontillado o un gato negro se convirtieron en historias inquietantes. Si sois de fácil pesadilla, os advierto que no os adentréis en este mundo. Sólo lo diré una vez. Nunca más.

miércoles, 24 de junio de 2009

Mala sangre

Los privilegios de la ira son: no creer a los amigos, ser súbito en los hechos, tener encendidas las mejillas, aprovecharse presto de las manos, tener desenfrenada la lengua, decir a cada palabra una malicia, enojarse de pequeña ocasión y no admitir ninguna razón.

Lo odio... La odio... Siempre metiéndose en mi vida, como si fuera de la Gestapo. ¿Quién se cree para decirme lo que debo hacer? No lo soporto más. No aguanto. Voy a explotar. Sólo me dan ganas de quitarme de en medio, coger mis bártulos y desaparecer. Parece que no me escucha, es como hablar a la pared. Es inútil, saliva gastada inútilmente. Quiero gritar. Es injusto. ¿Por qué se ceba conmigo? Yo no tengo la culpa de su mala suerte. No hace falta pagarlo con nadie. Necesito estar solo. Sola. No tengo fuerzas para sonreír, es como si mi boca se hubiese llenado de hormigón. No puedo ni disimular, se me nota. ¿Por qué mi vida son problemas y problemas en una sucesión hasta el infinito? No lo entiendo. Lo peor de todo es que no me da ninguna explicación. Se calla. Nos callamos. Silencio espeso. No soy capaz de mirarla a los ojos. No me atrevo. ¿Por qué he de controlarme en mi propia casa? Me humilla. Me castiga. ¿Por qué? ¿Por qué? No hay razón para esto, no la hay y punto. El corazón me va a estallar. Es intolerable esta situación. Y lo peor es que yo tengo la culpa, yo, únicamente. Si lo hubiera cortado de raíz, no me vería así ahora. Ya me lo advertían, pero no hice caso. Nunca escucho los consejos y me emperro en hacer mi santa voluntad. Me equivoqué contigo. Contigo. Sin ti. Sin ti estaría mejor. No puedo. Me supera esto.

Al día siguiente, nada cambió. El sol salió por el mismo lado, las nubes recorrieron tímidamente el cielo. Hacía viento. Pero las razones poderosas se desvanecieron sin dejar rastro.

jueves, 18 de junio de 2009

La novia de Frankenstein

Nada vale tanto la pena de ser encontrado, como lo que jamás ha existido.

Pierre Teilhard de Chardin

Que tenga el pelo largo, largo y sedoso. El color da igual. Los ojos grandes, misteriosos, que digan algo. Una cara bonita, pero no de esas bellezas sosas que empalagan. Me gustan las caras con carácter. Que sea femenina también. Aunque si lo pienso, el físico no es tan importante. Recapitulando las mujeres que me han gustado, son todas muy diferentes entre sí. Recuerdo aquella bajita que me sorbía el seso en la universidad o la morena con la que acabé tan mal. No, el físico no me importa, dentro de unos límites, claro está. La personalidad es otra cosa. Es en lo que realmente me fijo. Que tenga genio, aunque no tanto como para que me anule. Que sepa lo que quiere. Odio a las indecisas. Que sea simpática, extrovertida, aunque en su justa medida. Que tenga conversación, que podamos hablar sobre todos los temas del mundo. Claro y para eso es necesario que tenga cultura. Lo ideal sería que tuviéramos gustos similares. Aunque puede llegar a ser tedioso. No quiero un clon. Pero tampoco una mujer totalmente opuesta a mí. Lo de que los contrarios se atraen está muy bien para la Física, pero no es útil en la vida real. Que me complemente. Una mujer con valores, que no sea superficial, aunque tampoco aburrida. Siempre es bueno un punto de frivolidad pero que no mate por unos zapatos de marca. Que me atraiga. Aunque la atracción tiene que ver con el físico. No se puede despreciar el físico tan a la ligera, porque es lo primero que entra por la vista. Y que me quiera, sólo eso.

Terminó de pensar y salió a la calle a buscar quien encajaba con este perfil.


Vídeo: Creación de la novia (Elsa Lanchester) en La novia de Frankenstein (James Whale, 1931).

viernes, 12 de junio de 2009

La madre de la artista

Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre.

Sólo vi a esa mujer dos veces en mi vida. Pero apenas eso me bastó para hacerme una idea de su vida y sus desvelos, de sus retos. Era alta y espigada, con facciones marcadas pero armónicas, que le conferían un aire de gran señora. Tenía las manos quizá demasiado grandes para una mujer. Lucía en una de ellas una solitaria alianza de matrimonio. Era el único adorno que portaba. Vestía sobria pero elegantemente. Tenía ademanes educados. Era discreta. La primera vez que la vi, yo trabajaba de ayudante de producción en una película. Fue uno de mis primeros trabajos en el cine aunque tanto éste como la película pasaron sin pena ni gloria. Me la presentaron en los primeros días del rodaje. Ella era la madre de la estrella infantil del momento, que protagonizaba la película. Aunque pequeña, la actriz tenía más experiencia que la mayoría del equipo. La madre siempre observaba todo en un segundo plano. En cada escena, se apartaba unos pasos y atenta, seguía cada gesto de su hija. Asentía o negaba con la cabeza según le parecía la actuación y en silencio repasaba algunas frases del guión. Cuando la pequeña terminaba, la apartaba en un rincón, acercaba su cara a la de su hija y le daba indicaciones. Su hija la miraba con expresión cansada y ella le reprendía. No sé que es lo que le decía, todo esto lo veía de reojo, inmerso en la marabunta de trabajo. Había dureza en sus ojos.

La segunda vez que la vi habían pasado unos años, la niña prodigio se convirtió en joven promesa del cine y recibió su primer premio. Yo estaba en el público de un auditorio volcado con ella. Cuando salió a agradecerlo, busqué entre las butacas a su madre. Allí estaba, aplaudiendo parcamente. La chica hizo el típico discurso, gracias a los que confiaron en mí, a los que le habían concedido el premio y al público en general. Hizo una pausa y dedicó especialmente el premio a su madre, sin la cual nada de esto hubiera ocurrido. La madre sonrió satisfecha. Éste, justo éste era su momento ansiado. Se le humedecieron los ojos. Su reto se había cumplido. Todo había merecido la pena. Cuando su hija volvió a su lado, la besó en la mejilla y le comentó algo. Tampoco sé que es lo que le dijo. Supongo que en aquel preciso instante ideó una meta mayor. Esa vez, como en la anterior, sus ojos se volvieron duros y fríos, implacables.

Imagen: Maternidad del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.

sábado, 6 de junio de 2009

El hombre de Tian'anmen

Los héroes del pueblo son inmortales.

Mao Zedong (Inscripción del obelisco de la plaza de Tian'anmen)

¿Dónde estarás hoy? ¿Qué será de tu vida? Callado pero firme, oponiendo débil carne a grueso metal, allí te alzaste, sin nombre, sin discurso. Tú solo, pequeño, diminuto en la plaza más grande del mundo. Esa plaza gobernada el miedo y la represión. Feroz héroe del pueblo que jamás saliste endiosado en un monumento alzando tu puño, ni tu hoz, ni tu martillo, sólo tú, sin armas más que tus brazos, sin fuerzas más que las de tus palabras. Enfrentado a la grandeza de las mecánicas orugas de los tanques, no desfalleciste por más que la sombra de Mao cayera sobre tu espalda. Débil hombre determinado a cambiar el rumbo sin saber que millones de ojos estarían pendientes de ti, de tu obstinación, de tu valor. Únicamente por permanecer de pie, resistiendo, el mundo te guarda respeto. Un sencillo gesto de soledad para decir a todos que China sigue viva, que nadie puede controlar los designios de millones de personas secuestrando sus mentes y sus vidas. No hay dragón, por muchos años que pasen, que pueda con un hombre rebelde como tú.

Estos días se cumplen el vigésimo aniversario de la masacre de Tian'anmen, de la que aún hoy no se conoce con seguridad cuántas personas murieron a manos de gobierno chino. Sangre inocente derramada, como otras veces, por intentar forzar la maquinaria, por tratar de torcer la dirección de las agujas del reloj, por querer parar los engranajes. Este hombre es símbolo de todos aquellos que murieron allí, reivindicando libertad. Este minúsculo hombre sin nombre del que nada se conoce, ni siquiera hoy, me hace pensar en lo ridículo que pareceremos los que pretendemos cambiar las cosas sentados en nuestros sofás o frente a una pantalla de ordenador. Los que hablamos y hablamos sin cesar polemizando sobre lo que está bien o mal y nunca saldremos de los seguros muros de nuestro hogar. A todos nosotros, el hombre de Tian'anmen no da un ejemplo de valentía que ninguno podremos jamás en la vida ni siquiera probar.
Paradójicamente, las palabras del viejo Mao en el obelisco de la plaza adquieren una nueva dimensión brindando la inmortalidad al hombre frente al tanque. Sin embargo, veinte años después, el partido comunista sigue queriendo dominar la vida de millones de chinos. Ilusa idea que cada dictadura cree posible sin caer en la cuenta que la mente es libre y que no hay consignas, ni libros rojos, ni purgas, ni represiones que puedan cambiar este hecho. Y aunque ya son décadas de comunismo en China, hubo un día que frente al poder absoluto de los emperadores y ante la tumba del Gran Timonel, un hombre se hizo fuerte y dijo NO.

miércoles, 3 de junio de 2009

La calle del silencio

Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos.

El día comenzaba antes de que saliera el sol. Los hombres iban saliendo de sus portales despacio, con la boca pastosa, casi en formación. Salvo unos pocos que se marchaban en coche, la mayoría se reunía en la parada del autobús de la empresa. Allí, pequeños murmullos, bostezos e incluso carreras de los rezagados, porque el autobús no esperaba a nadie. La dirección era muy estricta con los horarios. Una vez que el sol alumbraba tímidamente el barrio aparecían algunas mujeres. También se dirigían a la parada, pero éstas tomaban el autobús de línea hacia el barrio alto. Casi todas las mujeres trabajaban allí, de asistentas, cocineras, niñeras, chicas de servicio. Hablaban entre ellas durante camino y al llegar se desperdigaban para volver de nuevo a unirse para la vuelta, como si fueran una bandada de estorninos. Las mayoría de mujeres que quedaban en el barrio, muchas ya abuelas, aparecían después, con los niños de la mano hacia la puerta del colegio. Alborotada puerta de prisas infantiles, de besos de despedida, que servía además de punto de intercambio de noticias, de lo que pasaba y no pasaba, del esto y del aquello y de lo de más allá. Ruido que se diluía con la sirena que daba comienzo a las clases. Después, en continuo movimiento, hacían los recados: cargaban las pequeñas compras del día, pagaban las facturas. Algunas se paraban a charlar, poca cosa en realidad, siempre mirando el reloj porque tenían que hacer la casa y preparar la comida. Y así cuando estas mujeres se recluían en casa, cada mañana, sin hora fija pero indefectiblemente a diario, se producía el silencio. Marmóreo, pesado, el silencio inundaba el barrio, como un toque de queda que nadie había anunciado. Jodido silencio sin vida, gris y frío como el barrio, como su gente. Un tiempo de nada, de recalmón, de agua estancada que lo pudre todo. Un silencio que sube a cada casa, en cada bloque y se mete por las cañerías y por las rendijas de las ventanas. Un silencio que envenena al barrio. Duraba poco, eso sí. Era roto por un coche perdido, porque allí nadie iba si no era necesario o algún gato maullando o la música especialmente alta de la vecina del tercero. Daba igual. El silencio volvería con el día siguiente.

viernes, 29 de mayo de 2009

Maurice

La vida nunca nos depara lo que queremos en el momento apropiado. Las aventuras ocurren, pero no puntualmente.

Maurice (Edward Morgan Forster, 1914)

Maurice no era ni más listo, ni más rico que la mayoría de los chicos de su colegio pero ingresó en Cambridge por tradición familiar. Ni su madre, ni él estaban especialmente emocionados con la idea pero a ninguno de los dos se le hubiera ocurrido contradecir esa imposición que ya duraba generaciones y que servía como homenaje a su padre ya fallecido. Por eso, el joven Maurice, que sólo conocía la plácida vida de un suburbio burgués de Londres, cuando llegó a Cambridge, quedó admirado. Clases de filosofía, griego, latín, charlas sobre religión, ciencias, música clásica, diálogos platónicos, una realidad nueva de la que era absolutamente ignorante. Pero no sólo las disciplinas académicas eran desconocidas para Maurice. Su principal preocupación en Cambridge fue el conocimiento del ser humano y de si mismo. Lo tomó como una meta personal. Pensó que si se camuflaba entre la masa, sería más sencilla la observación del resto, como el ornitólogo que se viste de verde para confundirse con el entorno. Las preguntas se agolpaban en su cabeza. ¿Era tan diferente como creía? ¿Existían personas como él? ¿Debería hacer algo para pasar desapercibido? Siempre pensó que él solo podría llegar a hallar algunas respuestas, pero se equivocaba. Se dio cuenta de su error en el mismo momento que conoció a Clive. Él era su compañero, su interlocutor, su amigo, su igual.

Maurice, como libro, llegó tarde. Finalizada en 1914 pero publicada en 1971, su autor, Edward Morgan Forster, la guardó en un cajón para ser mostrada al público tras su muerte. Pero el mundo inocente de comienzos del siglo XX no se parecía en nada al de los 70. Forster cuando lo escribió temía a la biempensante sociedad en la que vivía, una Inglaterra de férreos corsés victorianos donde cualquier salida de tono suponía la exclusión. Y aunque el mundo y su país cambiaron, el miedo del escritor persistió. Por eso, su defensa de la homosexualidad y la libertad cuando se publicó Maurice resultó obsoleta y un tanto ingenua. Pero si sacudimos un poco el polvo del libro, veremos que Forster no se equivocó al describir el despertar sexual de una persona que está perdida. Eso sirve tanto para un siglo como para otro. El Maurice de Forster luchaba por su sitio en el mundo, por su felicidad, no diferente a la del resto de personas. Clamaba por dejar de esconderse, de apartarse, quería entender porqué era como era y no de otra manera. Buscaba respuestas. Dilemas estos que acompañan y acompañarán a los seres humanos cualquiera que sea la moda, en 1914, en 1971 y en 2009. Vivimos para aprender, para aprendernos, sin instrucciones previas de ningún tipo y así, todos aquellos que respiramos, somos de una u otra forma, Maurice.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Después de Benedetti

La verdad es que
grietas
no faltan [...]

hay una sola grieta
decididamente profunda
y es la que media entre la maravilla del hombre
y los desmaravilladores

aún es posible saltar de uno a otro borde
pero cuidado
aquí estamos todos
ustedes y nosotros
para ahondarla

señoras y señores
a elegir
a elegir de qué lado
ponen el pie.

Grietas (Mario Benedetti, Quemar las naves, 1969)

Exilio en tu mirada burlona, cordialidad de paso. Extraño en países de acogida, incluso extraño en el Montevideo de tus recuerdos, paseabas Don Mario aprendiendo de cada átomo de vida que encontrabas por delante. Vida que afloraba aunque el mundo se rodeara de cadáveres y lápidas, porque la vida salía directamente de ti. Aprendiste desde joven que las palabras no deben guardar secretos, que son trazos simples, que tienen que llegar a todo el que quiera comprenderlas. Pero también conocías que en momentos esas palabras se mostraban insuficientes y así recurrías a la imaginación para crearlas. Escritor y poeta de la razón, no por vía de sesudas reflexiones sino por sencillos argumentos, de los que uno asiente sin tener nada más que decir. Hay miles de grietas en la Tierra, lo sé, Don Mario, tantas como almas si me apura. Pero de la única que importa, esa de la maravilla del ser humano, de la vida, de esa siempre estaré de su lado, aunque de reojo miremos lo profundo del abismo.

Estamos tan acostumbrados a calificar de genio al primero al que le suena la flauta, que cuando un auténtico genio se va, siempre tengo la sensación de que a nadie le importa. No lo digo porque no se hayan hecho eco de la muerte de Mario Benedetti, al contrario, he leído mucho y muy bueno sobre él estos días, sólo me pasa que cuando uno verdaderamente grande se va, se abre una grieta difícil de tapar. El consuelo son sus libros, sus palabras ordenadas una detrás de otra, que reflejan sabiduría, decisión, compromiso. Queda su voz pausada, las canciones con sus letras. Quedan sus poemas, su tregua, su primavera con una esquina rota, sus inventarios, sus andamios... puede parecer mucho, pero el hueco profundo que deja su pérdida hace que esa grieta sea inabarcable. Ésta se une al resto de grietas, surcos o hendiduras que decoran el mundo. El día 17 de mayo de 2009 el mundo se separó en dos mitades: antes y después de Benedetti.

domingo, 17 de mayo de 2009

Eurovisión 2009

I'm in love, with a fairytale
even though it hurts.

Fairytale (Alexander Rybak, 2009)

Se acabó la fiesta, se apagaron las luces, las voces. Moscú se quedó en silencio. Los fuegos de artificio, las lentejuelas, los gritos, las banderas pasaron. Ya forman parte del recuerdo. Un año más. Esta vez, unánimemente, se eligió al ganador, Alexander Rybak, que representaba a Noruega. Quizá sea la hora de la reflexión, del análisis de las votaciones, de arañar el significado de cada voto, pero creo que una vez pasado todo el festival, todo lo que se pueda decir es inútil. Podremos decir lo que queramos, pero finalmente si entramos en el juego, después no podemos quejarnos del resultado. Eurovisión reúne un poco de todo cada año siempre dando una vuelta de tuerca para no aburrir a nadie. Así que, hubo música, espectáculo, vecinismo, votaciones justas e injustas, como cada edición y emoción, aunque quizá este año menos ante la aplastante rotundidad del ganador noruego. Así es el juego, un divertimento para pasar una noche divertida, oyendo canciones y artistas que jamás hubieran traspasado sus fronteras de no existir este concurso musical. Pero claro está que en Eurovisión sólo una canción gana y el resto son perdedoras, clasificadas mejor o peor, para el que le importe eso. Al menos oficialmente así es, porque la música tiene el enorme mérito de tocarnos a cada uno de una manera diferente. Así cada cual tiene su propio ganador, sin premios, ni trofeos, nada más que simples baratijas que no tienen valor alguno. No queda más que dar la enhorabuena al campeón y a seguir viviendo y escuchando.

lunes, 11 de mayo de 2009

El adivino de profesiones

Un hombre de experiencia sabe más que un adivino.

Cuando se jubiló, dejó de salir de casa. Su mujer estaba muy intranquila por él. Notaba tristeza y aburrimiento en su semblante cuando veían la televisión o comían uno enfrente del otro. Así que casi le apremió a buscarse una afición o un pasatiempo. No le gustaba leer, ni la música, ni el bricolaje, ni coleccionar cachivaches. Su vida antes del retiro se resumía únicamente a su trabajo como responsable de recursos humanos de una gran empresa y nunca tuvo hobbies o aficiones. Así que para calmar la preocupación de su esposa, decidió salir una mañana. No tenía rumbo fijo, ni ninguna intención, sólo quería conocer un poco el pulso de la ciudad al comienzo del día. Así que paseó un rato, compró el periódico y se sentó en una terraza a tomar un café. Cuando se cansó de la exploración urbana, decidió volver en autobús a su casa. En él, desganado, se dedicó a observar discretamente al resto de pasajeros. Gente de todo tipo y de todas las edades, mujeres y hombres que poblaban cada rincón de la ciudad. Para hacer más liviano el trayecto, pensó en probar un pequeño juego: adivinar por el aspecto de cada persona a qué se dedicaba. Al fin y al cabo esa era su especialidad cuando trabajaba. Albañiles, asistentas, vendedoras de ropa, estudiantes, cajeras de supermercado, camareros, todas los trabajos tenían un perfil propio. Enseguida adquirió la rutina y cada mañana se hacía la línea entera un par de veces montado en el autobús. Su mujer no sabía que hacía pero estaba muy contenta de que finalmente encontrara algo con que entretenerse. Pero su juego tenía un contratiempo: por más que se esforzara, nunca sabría con certeza si estaba en lo cierto adjudicando profesiones a los viajeros del autobús. No habría solución posible si no lo preguntaba directamente. Así que un día, junto a él, bajó en la misma parada una chica. Había coincidido con ella varios días pero no estaba seguro de a qué se podría dedicar. Antes de que autobús arrancara, le dijo: Señorita, le parecerá raro, pero me estaba preguntando si era usted profesora... quizá de inglés. Ella le miró extrañada por la pregunta pero contestó. No, soy cocinera en el restaurante de un hotel. Puso cara de decepción, le pidió disculpas y se despidieron. De camino a su casa, cabizbajo, con los hombros gachos, meditó en qué podía haberse equivocado. Era un caso difícil, se consoló. Aún así, pasó el resto del día ensimismado y cuando su esposa le preguntó que le pasaba, simplemente le dijo que saldría a pasear también por las tardes. Necesito depurar mi técnica. Ella no entendió nada pero creyó que así estaría más distraído.