Fue un enorme shock. Dos hijos de golpe es mucho más de lo que habría pensado nunca. El miedo al embarazo no significaba nada comparado al miedo a tener dos hijos. Pero todo fue con normalidad. Tuvieron una infancia feliz. Se llevaban bien, parecían uno sólo. Los vestía iguales, me hacía gracia verlos idénticos. Incluso a veces los confundía. Yo me lo tomaba con humor, pero a ellos no les hacía gracia. No comprendían como su madre no sabía identificarlos, aunque no se daban cuenta que el parecido era exacto. Los problemas surgieron con la adolescencia, ¡esa maldita época! Era su momento de reafirmación y dejaron de vestirse igual. Al principio me pareció normal, pero pronto me di cuenta que la ropa diferente era el inicio de su separación. Cuando acabaron el instituto, eligieron universidades y carreras diferentes. Yo me consolaba pensando que eso era lo habitual en el caso de hermanos no gemelos. Cada uno en una ciudad diferente, sólo sabían el uno del otro a través de lo que yo les contaba y que cada cual me contaba a su vez a mí. Lo escuchaban con desinterés y apenas me preguntaban nada más que por cortesía. En vacaciones era aún peor, porque apenas se dirigían la palabra en casa. Los miraba por separado y aún se parecían tanto, que lloraba en silencio. Cuando acabaron sus estudios, de nuevo decidieron separar sus destinos. Uno volvió a casa, el otro se fue al extranjero. En el aeropuerto fue la última vez que los vi juntos. En aquel momento, dejé de aferrarme al recuerdo de aquellos dos niños vestiditos iguales. Los vi como dos hombres diferentes, con sueños, con anhelos y con una vida distinta. En la despedida se fundieron en un abrazo y se dijeron adiós. De vuelta a casa, en una mirada furtiva, miré a los ojos de mi hijo: había alivio dentro de él.
miércoles, 16 de febrero de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
La Libertad guiando al pueblo
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)
6:45 de la mañana. Ducha rápida. Traje comprado en las rebajas. Café bebido. En el coche, tertulianos radiofónicos quejándose de todo. En la carretera, el atasco diario de las 7:45. No hay sitio dónde aparcar, como siempre. 10 minutos más. Trabajo. Las mismas caras de siempre, la misma pesada rutina de siempre. Jefe con cara de cabreo, compañeros con cara de resignación. Media mañana, cigarrillo rápido en la puerta. Café de máquina. El informe no va a estar para hoy por más que me pongan malas caras. Todo me da igual. No me pagan lo suficiente para que me compense este viacrucis. Comida. Tupper calentado en el microondas. Conversaciones triviales: el tiempo del fin de semana, las semifinales de la Copa de Rey. Sopor de siesta, un nuevo café de máquina. Tarde interminable. Casi a la hora de salir, hago como que trabajo. En la carretera, el atasco diario de las 7 de la tarde. Casa. Correo habitual: luz, agua, gas, teléfono e hipoteca. Chándal cómodo. Mi mujer llega cansada y se derrumba en el sofá. ¿Qué tal el día? Como siempre. Colada, platos en el lavavajillas, escoba. Algo rápido para cenar frente a la tele. Conversaciones triviales: la noticia del día, el capítulo de la serie. Ojos que se caen lentamente. ¿Vamos a la cama? Pongo la alarma del despertador. Pies fríos. Hasta mañana. Ojos cerrados. Ruido de coches en la calle. Una música de fondo. Tarareo mentalmente mientras voy perdiendo la consciencia.
Imagen: La Libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830) – Museo del Louvre (París).
miércoles, 2 de febrero de 2011
El príncipe
Aquellos príncipes nuestros que durante muchos años permanecieron en su principado, que no acusen, por haberlo después perdido, a la fortuna, sino a su cobardía: porque, no habiendo pensado nunca en tiempos de paz que podían cambiar las cosas […], cuando después vinieron los tiempos adversos, pensaron en huir y no en defenderse; y esperaron que los pueblos, fatigados con la insolencia del vencedor, les reclamaran.
El príncipe (Nicolás Maquiavelo, 1513)

El viejo dictador se pasó por la biblioteca antes de ir a dormir. Cogió, con algo de desgana, un pequeño libro encuadernado en piel y se lo llevó al dormitorio. Lo dejó en la mesilla de noche y abrió la cama. Miró su cara arrugada en el espejo y se sintió cansado. Había sido un día muy duro. No se atrevió a encender el televisor. Los gritos de la gente enfadada aún retumbaban en su cabeza como para conciliar pronto el sueño. Por eso tomó el libro, que había leído muchas veces, para intentar buscar soluciones que le aclararan las ideas. No sabía qué había cambiado. Había seguido fielmente sus directrices: es preferible ser temido a ser amado, ser cruel a ser clemente. Había tomado las adulaciones con desconfianza y las negociaciones con astucia. Seguía creyendo que el pueblo se deja llevar bobaliconamente por las apariencias y no había tenido escrúpulos para infringir sigilosamente determinadas reglas siempre bajo los intereses del Estado. Un libro que había sido inspirado por Lorenzo el Magnífico o Fernando de Aragón no podía equivocarse. Por eso no entendía los gritos, ni las pancartas de la multitud. Claramente, este país no era la Italia del siglo XVI. Probablemente estaba demasiado viejo, como decía la oposición.
Cuando los dictadores se dan cuenta de que no entienden nada a su alrededor es que llevan demasiado tiempo apoltronados en el poder. Y en vano, utilizan al ejército, a la policía y a los medios de comunicación a su disposición para no darse cuenta de lo que el pueblo quiere. Cuando la gente sale a la calle y desafía a un régimen, no sólo vence al dictador (ocurra lo que ocurra después), sino que vence a su propio miedo, que es la principal fortaleza de una dictadura. Maquiavelo y otros autores políticos, ensimismados en analizar la esencia de la autoridad, olvidan el poder del descontento popular. Una variable, que por ser difícil de cuantificar, especialmente en dictaduras, se llega a olvidar y que es el motor de los cambios. Nadie, ni en el mundo árabe, ni en Occidente, tomaba muy en serio el descontento del pueblo de Túnez, de Egipto, de Yemen o de Jordania. Quizá por eso seguimos tan perplejos como el viejo dictador las manifestaciones…
Foto: Manifestaciones en la Plaza Tahrir de El Cairo (2011).
lunes, 31 de enero de 2011
El remedio y la enfermedad
Lo que embellece al desierto es que, en alguna parte, esconde un pozo de agua.
Una nueva isla no se conquista en pocos días. Ni se encuentra un nombre para bautizarla como por arte de magia. Hace falta que ocurran muchas cosas por el medio. Muchas. Demasiadas. Y no todas han ocurrido. Cuando Capri se hundió ante mis propios ojos, creí que me convertiría en un alma nómada, perdida y así fue. La gran ola se comió mi vida, pero no la digirió. Me vomitó una vez que se cansó de mi sabor. No sólo eso, con ella se desvanecieron casas, barcas y redes. Mientras lamía mis heridas en silencio, descubrí que existían mil mundos a mi alrededor. Tengo que reconocer que no todos me gustaron, ni todos estaban destinados a mí. A veces, mundos hiperreales, y otras, falsos decorados de una realidad que se escondía detrás de una sonrisa perfecta. Sin embargo, esto no es algo nuevo que descubrí; ya lo sospechaba desde la distancia.
Lo que aprendí, por asimilación, fue sencillo. Una sola norma: ajustarme bien la máscara y camuflarme tras de ella. Asimismo, tomé la precaución de ponerme otra máscara más, y sobre esa, otra y otra, hasta que mi rostro estuviera tan desfigurado que nadie, ni el más avispado, tuviera la menor sospecha de mi verdadera expresión. Y si bien, he encontrado a personas que me han desenmascarado en alguna ocasión, siempre he procurado mostrar la máscara apenada que escondía la que, por desgracia, me había dejado arrebatar.
Así he llegado a la conclusión de que el remedio usado me alivia y me envenena a partes iguales. Me acerca a la realidad e igualmente me aísla. Me protege de la inmundicia pero a la vez impide que las heridas se refresquen y que la piel deje de cuartearse. ¿No es hora de que la fiesta de disfraces se termine? Me pregunto algunas noches cuando me desnudo en la soledad de mi habitación. Pero cada mañana, puntualmente, me levanto y sigo poniéndome una máscara tras otra y salgo a la calle.
martes, 25 de enero de 2011
La pausa
Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo en otra parte.
Ya es hora de volver al mundo, me dije un frío día de enero en el que no sabía dónde meterme las manos.
martes, 8 de diciembre de 2009
La distancia
Vídeo: Christina Rosenvinge - La distancia adecuada (2008).
lunes, 30 de noviembre de 2009
Las conexiones neuronales
Lanzan su brazo y alcanza a su vecina, que a su vez alcanza a otra y otra más. No sólo alargan un único brazo, sino miles de ellos, todos los posibles. Fuertemente agarradas, como un todo, como hormigas voraces unidas por el grano de maíz perdido en el suelo. Cada una ubicada en un sitio, en el cual nació, que por azar o disposición, infunde impulsos eléctricos a su alrededor. Electricidad que se convertirá en ideas, en argumentos, en rabia, en sentimientos, incluso en estupidez. Electricidad que será abrazos y besos o insultos e injurias, según el momento. La red es tan amplia y complicada como la vida misma, en la que te puedes encontrarte relaciones intensas o meramente superficiales, personas a las que se conoce como a uno mismo y gente de paso. Las relaciones neuronales como vitales pueden ser tan complejas o simples como cada cual quiera. Hay ideas y personas inevitables y otras a las que accedes después de años de esfuerzo. Gente y pensamientos brillantes y rutina ramplona. Neuronas pegadas a la vida y vida imposible sin neuronas. Un sistema dentro de otro, millones de conexiones a la vez, amor y odio, paz y dolor. Eso sin contar el misterio que supone su conocimiento, como enigma inexpugnable, donde las relaciones humanas y las conexiones neuronales no pueden ser entendidas. Y por más que batallones de batas blancas las estudien, las unas y las otras siempre seguirán siendo ocultas. Así debe ser.
domingo, 22 de noviembre de 2009
¿Debatimos?
-Yo, yo, yo, yo, yo pienso, yo creo, yo opino, según mi propia experiencia...
-Pero ¿quién eres tú? No, no, no, más bien yo, porque yo he estudiado, yo he leído, yo creo y opino.
-Tu visión no es la real, yo he estado con ellos y ellos me consideran de confianza. No tienes ni idea de lo que trata.
-Tú y tú, hablemos de ellos, porque tu percepción está demasiado viciada por la cercanía. Hay que distanciarse de una realidad para analizarla.
-¿Qué yo? Pues tú y los tuyos no estáis interesados en llegar a un acuerdo.
-Nosotros estamos siempre abiertos al diálogo, pero no a cualquier precio y tú lo sabes.
-Sí, sí, no me hables de diálogo, porque ponéis tantas condiciones que es imposible ponerse a hablar con vosotros.
-No puedo creer que me acuses de eso. ¿Yo? Pues tú, tú y tú...
-Tú más, tú más...
Serénense, no podemos seguir discutiendo de esta manera. Aquí se acaba el debate.
¿Hay alguna manera de llegar a un acuerdo?¿Podemos creer en el consenso?¿Lo que está en juego siempre está teñido de intereses egoístas?
domingo, 15 de noviembre de 2009
Puerto Esperanza
Samuel Johnson
Hacía meses que deambulaba por el mar en mi barca cargada de recuerdos de Capri. Solitaria travesía que buscaba una nueva isla donde comenzar nuevamente. Y así pasaba las horas, de calma o de temporal, sujetándome a la mojada madera de la barca. Sin embargo llegó un día, en que me desperté y no sentí el vaivén de las olas meciendo mi barca. Extrañado, comprobé como la quilla se había encallado en la arenosa orilla de una isla desconocida. Cual conquistador bajé a explorar. Día soleado, árboles frondosos, larga playa de arena cristalina y sin señales de vida humana. La llegada puso luz a mi errante rumbo. Desembarqué esperanzado. Podría ser esta la isla que reemplazara mi antiguo hogar, hoy muerto y enterrado bajo las aguas del mar. Antes de crearme vanas ilusiones, tengo que explorar el terreno. Puedo encontrarme con crueles caníbales, con alimañas peligrosas, con frutos venenosos. Aún así, todo parece plácido y tranquilo. Pero que esto no me engañe. Tengo que ser cauto y sigiloso. Saqué la barca del agua para resguardar mi única posesión. Antes de adentrarme en la maraña que supone el bosque, decidí bautizar esta nueva isla: Isla Aparecida, Bellazona, Punto Incógnito... Cualquiera servía. Agarré un palo de madera seco que tomaba el sol y le até una de mis viejas camisetas a modo de bandera. Lo hinqué con fuerza en la arena, todo lo más profundo que pude. Desde hoy serás Puerto Esperanza, haz honor a tu nombre.
Ha habido un cambio de rumbo y de ciudad en mi vida y aún estoy habituándome e instalándome, por eso he descuidado algo esta página con tanto barullo de ir y venir. Pero no quiero abandonarla, así que poco a poco iré sacando tiempo para ordenar mis ideas y escribir. Gracias a todos los que seguís y apoyáis mi viaje.
domingo, 8 de noviembre de 2009
La caída del muro
Hay símbolos que parece que van a durar eternamente, hasta que llega un día en que se resquebrajan y caen, y con él todo lo que significaban. El muro no sólo separaba una ciudad, sino dos mundos que estaban condenados a no entenderse, pero que podían hacerlo. El hormigón, el alambre de espino, los guardias resguardaban el infierno con su enfadado semblante. Era una división hecha pared, roca contra la que se enfrentaban los atrevidos, hierro que supuso frío y muerte. Muchos nacieron con su furioso ceño vigilante, por eso es normal que no creyeran que se podía vivir sin él. Muchos tiñeron de sangre sus paredes. Muchos soñaron con que se desmoronaba y pudieron comprobar como ese sueño se hacía realidad. Supongo que hubo también quien quería verse atrapado bajo la sombra del muro. Pero por fin llegó el día deseado, en que la sinrazón no se soportaba más, que los cimientos cedieron ante los gritos y se cambiaron alambradas por abrazos. Ese día no fue el fin definitivo del muro. Ya no existe físicamente, pero sí en el interior de las personas. Berlineses o no, cada día hay que luchar contra el muro que alzamos, contra el que nos separa, que nos divide, que nos acribilla.
Noche fría de noviembre en Berlín, picos, mazas, martillos y piquetas acabaron con los más de 28 años de vergüenza del muro. Una noche feliz de reconciliación entre los mismos berlineses que fueron durante esos años enemigos irreconciliables. Miles de personas consiguieron traspasar su férrea guardia y unos 200 murieron intentándolo. Tras su caída, el Telón de Acero fue oxidándose y sus países como piezas de dominó terminaron por caer. 20 años después, su recuerdo sigue presente en muchos otros muros construidos o que se planean construir, que intentan contener lo incontenible: el ansia del ser humano por vivir, por escapar, por alcanzar una libertad pisoteada por la mente perversa del poder. Hoy aún existen muros visibles e invisibles ante nuestros ojos. Muros que deben caer, muros que tenemos que derribar.