Me sentía como una alfombra persa a su lado. Tenía la sensación de haber sido adquirida en un puesto del zoco de algún lugar lejano, donde se exige regatear y que se compra con la desconfianza de haber sido estafado. Era como una preciosa alfombra de seda, con cálidos colores y que daba un toque de distinción y exotismo a cualquier estancia de su casa. Un objeto de lujo que todos los amigos admiraban al entrar en el salón y que él se desvivía contando la anécdota de cómo, dónde y por cuánto la compró. Al principio, todo estaba dispuesto en torno a mí. Acariciaba la superficie con suavidad, disfrutaba de cada destello que el sol producía en ella y aplanaba cualquier arruga que por descuido se formara. Aunque pronto el diseño se haría repetitivo, los colores se apagarían y no casaría con los muebles nuevos. En un primer momento, por cariño, simplemente se le daría una nueva ubicación. Después quedaría arrumbada con el resto de objetos inútiles de su vida. Aún no estaba en eso, pero sé que llegaría ese instante, que se cansaría de mí, como se cansó de las otras cosas que le aburrían. Un destino marcado, un problema sin solución, porque se quedó prendado de los colores, de la simetría del dibujo, del rico tejido. Sin pararse a pensar, que una alfombra no es más que nudos y nudos atados para siempre a la urdimbre y la trama del telar. Nudos que están pero no parecen, nudos que nunca se podrán desatar.
martes, 29 de septiembre de 2009
La alfombra persa
viernes, 25 de septiembre de 2009
La nueva Yma Sumac
de acabar con mi corazón.
Necesito fulminar de raíz el dolor,
y cambiar lo que siento
y aprender a volar hacia el sol.
He pasado tanto frío que quiero calor.
La nueva Yma Sumac (La Casa Azul, 2007)
Hay días que necesito una sonrisa. Y salgo a buscarla a la ciudad, a pesar de que las nubes de asfalto gris apenas dejen traspasar los rayos del sol en este cielo encapotado. Es en esos días cuando los colores huyen y los pocos que quedan son de cartón piedra o están en altos carteles inalcanzables. Todo se rodea de una neblina homogénea que me hace confundir la forma de las cosas. Y para no caer en engaño externo, ideo mi propio engaño. Una burbuja coloreada, chicle, pop, un poco tonta quizás, y desde la que veo la ciudad de rojo intenso, de azul cobalto, de verde manzana o de amarillo limón. Paseo dentro de ella, no hay dardo que la pueda pinchar, estoy seguro, protegido. Es luminosa, caleidoscópica, vibrante. Dentro puedo ver otra realidad, otras caras, otra vida. Consciente de lo irracional y momentáneo de esta situación, sonrío. Paraíso artificial, pero paraíso al fin y al cabo, pienso. En esos días, no hay nada que me pueda afectar. Sé que es casi nada pero me sirve de tanto...
En esos mismos días, siempre recurro a La Casa Azul como banda sonora que acompañe mis sonrisas. Me da mucho subidón. Y aunque no necesito excusas para escuchar el sonido efervescente de este grupo, hoy comparto La nueva Yma Sumac, una buena canción para que las sonrisas sean infinitas, al menos dentro de cada una de nuestras burbujas.
lunes, 21 de septiembre de 2009
La Garbo
martes, 15 de septiembre de 2009
Divino
jueves, 10 de septiembre de 2009
A ciegas
Estoy ciego. No veo nada. Ha ocurrido de repente. Sin porqués, sin causas, casi sin notarlo. Inundado en una bruma blanca, que lo envuelve todo y que convirtió las formas de las cosas en blanco. Un blanco inmaculado, un blanco infinito. Y ese mero hecho, pequeño, como pequeños son mis ojos, fue la peor desgracia de la humanidad. No bolas de fuego caídas del cielo, ni grietas insondables en la tierra, sólo ojos ciegos, vacíos, estancos, sin comunicación. No damos valor a lo cotidiano, por insignificante y por cansino, por cercano, pero cuando lo perdemos asistimos a un reencuentro: el del nuestro yo con el mundo, el del conocimiento. Y tiramos del instinto más atrofiado. El que no usamos porque nosotros, los hombres, nos creemos una raza singular tocada por la mano de Dios. Pero basta lo más mínimo, la escasez de algo sencillo para que el mundo sucumba a la mayor y más contagiosa ceguera.
Un hombre (Yusuke Iseya) en un coche frente al semáforo de repente se queda sin vista. Tras la primera impresión acude a un oftalmólogo (Mark Ruffalo) que revisa sus ojos sin encontrar nada. Todo parece correcto. Pero al día siguiente el oftalmólogo queda también ciego y se inicia una particular epidemia muy contagiosa. Las instituciones públicas, al desconocer las causas que producen el contagio, deciden recluir a los ciegos como medida de cuarentena en un psiquiátrico abandonado. Pero todos no son ciegos, la mujer del oftalmólogo (Julianne Moore), sin saber porqué, ve y acompaña a su marido en el encierro. Ella será sus ojos en un primer momento y posteriormente los del resto. Cada vez son más los que llegan, sin noticias del mundo y sin las mínimas condiciones. Tienen que organizarse para vivir, pero no todo el mundo quiere acatarlo. Fuera, la situación no es mucho mejor. La epidemia se extiende y no hay forma de pararla.
No es fácil hacer la adaptación al cine de un libro. Son lenguajes diferentes. Pero si encima es un libro como Ensayo sobre la ceguera (José Saramago, 1995), además de difícil, es un reto. Por eso creo que la película A ciegas (Fernando Meirelles, 2008) no tuvo críticas entusiastas. Los que leyeron el libro inevitablemente compararon ambos y los que no, supusieron que una película no podría estar a la altura de ese libro, éxito de ventas y aclamado por la crítica. Y es que es una tarea monumental crear en imágenes el efecto de la ceguera. Pero esta ceguera es muy simbólica, representa lo desconocido, lo contagioso, lo inevitable, la gran pandemia que puede acabar con una maltrecha civilización. La enfermedad que despoja al ser humano precisamente su humanidad y que lo arrumba a su condición de animal que lucha por la supervivencia. Por eso es una película cruda, como lo es el libro y que se encarga de crear en el espectador la sensación de despojado, de lucha extrema. El problema de la película es quizá la falta de valentía a la hora de mostrar al público los rigores de ese mundo apocalíptico y que en la novela se cuentan detalladamente. Pero en cualquier caso, evitando comparaciones, A ciegas es una película interesante, en el fondo y en la forma, iluminada de todos los matices del gris, para no caer en el negro absoluto de la historia que cuenta. Y que termina con un sol cegador.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Mentiras y más mentiras
No podía dormir. Daba vueltas a la cama sin conseguirlo. Su marido masculló que qué carajo le pasaba y ella, por no molestar más, le dijo que nada. Pero se encontraba inquieta por algo que le había sucedido por la tarde. Una nimiedad, en realidad, en cualquier otro momento le hubiera dado lo mismo, pero esta vez, sin saber porqué, le había afectado.
Hoy, como de costumbre, tomaba algo con sus amigas en una cafetería del centro. En plena cháchara intrascendente, vio que el hombre que estaba en la mesa de enfrente era un antiguo compañero de instituto. No eran íntimos, pero se pasó todo el último curso sentado a su lado en clase, era simpático y se llevaban bien. Sin embargo, el recuerdo de aquel chaval difería tanto de ese hombre que no sabía con seguridad si era él o no. Le observó furtivamente. La mirada perdida hacia la calle, dos coñacs casi seguidos, un jersey raído sobre una incipiente barriga, barba descuidada, olor a soledad. El digno retrato del fracaso. Decidió hacerse la tonta y no saludar. Pero cuando ya salían, él la paró.
-Hola, Lucía, ¿te acuerdas de mí? Soy Miguel, del instituto.
-Claro, Miguel, cuanto tiempo, no te había visto. ¿Cómo te va la vida?
No le interesaba lo más mínimo saberlo, pero la mentira cortés se impone en estos casos. Miguel empezó a contarle un rosario de calamidades que culminaron con la muerte de su mujer hacía pocos meses. Lucía escuchaba con una sonrisa congelada y asentía hipócritamente a pesar de que era un hombre que pedía ayuda a gritos. Quizá sólo necesita que lo escuchen, parece muy solo, pensó, sin embargo, cuando le tocó su turno, Lucía lo ventiló rápido, con generalidades. Todos bien, gracias a Dios. Me casé, tengo una niña. Lacónica y cortante, evitaba que el encuentro se alargara más de la cuenta. Y cuando él le preguntó si iba mucho por ahí, ella mintió descaradamente. Para evitar un silencio incómodo, volvió a mentir diciendo que tenía prisa. Miguel se despidió sinceramente con un "Me alegro de haberte visto" y Lucía respondió "Igualmente". Nunca dos frases que significaran lo mismo fueron tan opuestas.
lunes, 31 de agosto de 2009
El imán
jueves, 27 de agosto de 2009
Cándido o el optimismo
El joven Cándido escuchaba atentamente al sabio Pangloss. Sus palabras tenían sentido: Estando todo hecho para un fin, todo lleva necesariamente hacia el fin mejor. En su interior, un optimismo vital brotaba. Vivía feliz en el castillo de Thunder-ten-tronck, en Westfalia, al amparo del barón. No podía existir un lugar más agraciado. Su corazón estaba lleno de amor hacia Cunegunda, la hija de su señor. No había razones para pensar que algo podía torcerse.
El viejo Cándido trabajaba en su huerto de Constantinopla. Era una labor dura pero satisfactoria. Cultivaba cidras y pistachos con los que se hacían deliciosos dulces. Parecía escuchar las palabras del sabio Pangloss que decían que el hombre no había nacido para el ocio. En su casa le esperaba Cunegunda, otrora doncella de encendidos colores y ahora mujer desdentada, calva y fea, aunque de sangre noble. Al acabar el día, fue recordando los muchos y crudos avatares de su vida: prisionero de los búlgaros, naufrago, superviviente del terremoto de Lisboa, azotado por la Inquisición, perseguido por los jesuitas guaraníes, invitado del señor de Eldorado, engañado por los holandeses de Surinam, timado en Francia y perdido en Venecia. Aunque finalmente encontró el sosiego en tierras turcas. Lo importante era, sin duda, el final.
El optimismo no tiene que ver con el mundo exterior. Podemos padecer sufrimientos, vivir guerras, hambrunas, injusticias, persecuciones pero nunca pensaremos que esa es la regla general. Ese optimismo elegido es interno, propio y decidido a creer que lo mejor está por llegar. Al menos esto es lo que pensaba Cándido (Voltaire, 1759) y por más desgracias que le acontecían, era animoso seguidor de la filosofía del optimismo de Pangloss, discípulo de Leibniz. Voltaire al final de su vida escribió este relato repleto de sátira y humor para condenar el optimismo iluso, el que cree que vivimos en el mejor de los mundos y que todo lo que ocurre tiene un final feliz. Un libro divertido, pero también un catálogo de los horrores que una persona podía vivir en el siglo XVIII. Reconforta, al menos, pensar que no vivimos en el peor de los mundos, tampoco en el mejor y que todo puede mejorar pero también empeorar. Las causas de todos los cambios son tan variadas que normalmente se escapan de nuestro conocimiento. No hay que vencerse al pesimismo, porque nos conduce a la amargura, pero tampoco dejarse seducir por el optimismo, salvo que queramos la vida del pobre Cándido.
domingo, 23 de agosto de 2009
La importancia de los objetos
Imagen: Bodegón con cacharros de Francisco de Zurbarán (c. 1660, Museo del Prado, Madrid).
lunes, 17 de agosto de 2009
Woodstock
David Fricke
Venía de la compra en coche. Se había aprovisionado para la visita de su hijo, su nuera y sus nietos. Se paró en un semáforo. Encendió la radio. My Generation de The Who. Y asintió satisfecha. Recordó la fecha en la que estaba. Cerró los ojos. En los últimos sones de la canción, el locutor dijo que la dedicaba a aquellos locos de la era de Acuario cuarenta años después. Se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos habían perdido brillo, los rodeaban profundas arrugas. Pero cada vez que escuchaba esa canción se veía con veinte años, con su melena rubia decorada con flores y un vestido ancho que le gustaba mucho. Y recordaba, sin tener que mencionarlo la radio o la televisión, el barrizal de Woodstock, la gente apretada en los conciertos, la música, sus amigos. Pero sabía que poco quedaba de aquella chica cuarenta años más tarde, poco más que un recuerdo, como poco quedaba de aquel mundo inocente que aún creía en el cambio. El mundo que los jóvenes moverían hacia la paz, donde el amor sería la divisa. Ideas que ahora sonrojarían incluso a los niños y que aquella chica en su momento las convirtió en su credo. Y de repente, el coche de atrás la sacó de su recuerdo con un hosco claxon que le indicaba que el semáforo ya se había puesto. Paz y amor, pensó. Sonrió y siguió su camino a casa.
Este blog sesentófilo, melómano y amante de los lugares que fueron y desaparecieron, no podía pasar el cuarenta aniversario del festival de Woodstock, momento clave no sólo en la música de final del siglo XX sino en su historia en general. Porque Woodstock unió a toda una generación que creyó en utopías en las que ya nadie cree y porque el festival puso punto y final a una década prodigiosa. Transcurrió en una granja en Bethel (Estado de Nueva York) entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 y congregó a medio millón de personas, cuando sólo se esperaban unos 60.000. Más allá de él, muchas cosas cambiaron, porque no hay nada duradero en este mundo, y los hippies de Woodstock se reconvirtieron y se diluyeron. Cuarenta años después se alzan algunas voces críticas diciendo que se ha creado un mito falso alrededor del festival. Puede ser, porque los que no vivimos un hecho histórico tendemos a exagerarlo. En cualquier caso, sea un hito o un simple concierto, la memoria de Woodstock permanecerá como el fin de la efímera era hippy en el mundo.