viernes, 27 de mayo de 2011

Sol de Justicia

Defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en los lugares de desembarco, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en los montes. No nos rendiremos jamás. […] y les romperemos las cabezas con botellas de soda porque no tenemos armas.

Winston Churchill (1940, exhortación ante la batalla de Inglaterra en la II Guerra Mundial)

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Barra de bar, dos cervezas, dos hombres de mediana edad hablan:

- ¿Has visto la que hay montada en la Puerta del Sol?

- Menuda panda esos de Sol. Mucha democracia y mucho cuento es lo que tienen. Los querría ver yo en nuestra época. Las cosas están mal, eso se sabe, y lo que hay que hacer es trabajar para mejorarlas. Unos vagos, te lo digo yo.

- Bueno, es verdad, hay mucha crisis y eso a quien más afecta es a los jóvenes. Lo sé por mis hijos.

- Pero no compares a tus hijos con los desarrapados de Sol. Tus hijos tienen estudios, son gente educada, no van a tener problemas para encontrar trabajo. Además, enseguida que cambien el gobierno, la situación pasará. Lo que no sé es como se permite que acampen ahí, en pleno centro, donde todas las familias pasean. Ahora ni se podrá pasar por ahí. ¿Quién se creen para darse ese permiso?

- ¿Crees que la policía debería desalojarlos? Son muchos…

- Claro, la policía está para cumplir la ley. No van a ser ellos menos que nadie. Indignados, indignados, más indignado estoy yo con ellos. Y además, ¿qué piden? ¿que vayamos todos a la comuna? ¿qué piden?

Se dirige al camarero que estaba escuchando la conversación y le hace la misma pregunta. Él piensa para sí: No piden nada, exigen justicia. Pero se hace el mudo y se va a ordenar algo en la cocina sin contestar.

Hay en un momento en la vida que tienes que saltar indignado por las cosas que realmente importan. Igual no te tocan directamente a ti, pero escuchas cada día historias dramáticas e incluso trágicas de personas que te rodean y piensas que, en algún momento futuro, podrías ser tú quien estuviera contándoselo a otra persona. A veces nos escudamos en la palabra mágica “crisis” que lo explica todo, pero otras veces necesitamos explicaciones. Creo que eso ha pasado en la Puerta del Sol de Madrid. Mucha indignación acumulada que se ha derramado en forma de acampada. Ahora llega el momento de las propuestas. Da gusto ver a personas proponiendo soluciones e ideas en plena calle. Gente de todo tipo y condición, como las que nos cruzaríamos por la calle sin darnos cuenta de que están y que se esmeran en hablar al resto. Otra cosa diferente es que los que gobiernan, representantes del pueblo para más señas, reciban, debatan y aprueben o denieguen estas propuestas. Pero al menos, da la satisfacción de comprobar que no todo está perdido, que hay gente que bajo su apariencia cotidiana, tiene iniciativa y arrojo para cambiar algo. Eso me reconforta, al menos eso. Sé que es poco y que las revoluciones no surgen de esta manera. Quizá sea sólo una pequeña gota de agua en un océano, pero es nuestra gota y tenemos derecho a exponerla con indignación y respeto.

martes, 17 de mayo de 2011

Madame Mao

Yo era el perro enojado de Mao. A quien él dijese que había que morder, yo le mordía.

Jiang Qing

Madame Mao

La noche antes del juicio pensó en Mao. Sabía que el día siguiente iba a ser muy duro. Conocía el sistema mejor que nadie. Retransmitirían el juicio a toda la nación para que la humillación fuese mayor y el castigo asustara a todo el pueblo. Así sabrían de lo que es capaz la Gran República Popular. ¿Contrarrevolucionaria? Aún no lo podía creer. Ella había sido alabada como madre de la Revolución Cultural, el apoyo de Mao, la cara visible de las mujeres chinas. Hoy, sin embargo, todo ha cambiado. La nueva China que diseñamos no se parecía a ésta. El comunismo ya no lucía en los carteles exhortando a los ciudadanos. Ahora sólo se usa cínicamente el retrato oficial de Mao, cuando todos sus sucesores han traicionado su espíritu. Pensó en el aburguesamiento de los actuales líderes, en el ansia de poder, en los años dorados, pero nada de eso podía salvarla ya. No se decidía en si defenderse fieramente o adoptar un profundo silencio, resignándose a un castigo ya dictado de antemano. La Revolución Cultural había fracasado, el Gran Salto Adelante se había convertido en un nuevo paso atrás. Ahora su vida no valía nada. Estaba preparada.

Jiang Qing fue la cuarta y última esposa de Mao Zedong. Encarnó el ideal de mujer maoísta y fue líder e ideóloga de la Revolución Cultural China. Era la compañera perfecta y la camarada leal. A la muerte del Gran Timonel, sirvió de chivo expiatorio por el ala más reformista del Partido Comunista Chino, que en ese momento ascendió al poder. Después de décadas de culto a la persona de Mao era imposible revertir sus consecuencias y se detuvo, encarceló y enjuició a sus más fieles colaboradores. Se les llamó la Banda de los Cuatro y Jiang Qing estaba entre ellos. Como forma de escarmiento público, el juicio, con cargos de intento de golpe de estado y de contrarrevolución, se retransmitió en la televisión pública. Madame Mao, como en Occidente se la denominaba despectivamente, se mantuvo impertérrita ante las acusaciones y decidió defenderse a sí misma en un juicio que ya estaba decidido de antemano. Fue condenada a muerte, por supuesto, aunque su pena se conmutó por cadena perpetua, como signo de la misericordia de la República Popular. Murió el 14 de mayo de 1991, hace ahora veinte años. El régimen informó de su suicidio, un final supuestamente expiatorio para una mujer que construyó la faceta más renovadora (y a la vez sangrienta y censora) de la China comunista. Vivió las dos caras del poder en su persona y pagó su osadía.

Ayer se cumplió el 45 aniversario del inicio de la Revolución Cultural China. Cuando me sumerjo en la Historia, siempre termino llegando a la conclusión que los grandes acontecimientos siempre traen aparejadas pequeñas historias personales como ésta, que tienen el mismo interés, al menos,  que las más grandes hazañas y las más terribles desgracias.

jueves, 12 de mayo de 2011

Muy corto, dijo ella

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía.

Anatole France

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No se encontraba bien a la salida del trabajo. Pensó que sería un constipado incipiente y se fue a casa a descansar, casi sin hablar con nadie. Cenó ligero y se metió en la cama. Al día siguiente estaba igual. Dolor de cabeza, ojos irritados, brazos pesados. Y decidió no ir a trabajar a ver si se le pasaba. Pasó el día vagueando, viendo fotos antiguas mientras echaban cualquier cosa en la televisión. No tenía fiebre, el dolor de cabeza era muy leve, pero sentía un malestar que le rondaba por todo el cuerpo. Al otro día, seguía igual. Decidió ir al médico, que sin mucho afán le recetó unos analgésicos. Fue inmediatamente a la farmacia, los compró y en el camino a su casa, se fijó en una peluquería. No había nadie, sólo una chica barriendo el suelo. Sin pensárselo dos veces, entró, saludó, y con una sonrisa de alivio dijo: córtame el pelo. La chica, con sorpresa por tener algo que hacer, le preguntó: ¿cómo de corto? Muy corto, dijo ella. Y casi cerró los ojos cuando le fueron cayendo en sus hombros los mechones largos de pelo. Cuando terminó allí, volvió a casa, se miró en el espejo del recibidor y se echó en el sofá. Durmió casi toda la mañana. Cuando se levantó, se encontraba de pronto bien. No tomó ni un analgésico.

Hacía mucho que quería hacerlo, pero es de esas cosas que siempre dejo por falta de tiempo o simplemente por dejadez propia. Pero hoy estaba animado y creo que es un día bonito para cambiar. Sin ninguna razón especial. Así que, experimentando un poco, os presento el nuevo look de Capri c’est fini. Cambiamos el envase pero el producto sigue siendo el mismo. Ahora MÁS y MEJOR.

Imagen: La túnica rosa (Tamara de Lempicka, 1927, colección particular)

sábado, 7 de mayo de 2011

El insensible

Colocó su taza en la pequeña mesa de mármol. Miró a la gente de fuera; parecían felices, reuniéndose en mitad de la calle, gritando, riendo, peleando por nada. Pero no podía sentir el sabor, no podía sentir. En el salón de té, entre las mesas y los parlanchines camareros, el terrible temor se apoderó de él… no podía sentir.

La señora Dalloway (Virginia Woolf, 1925)

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Apenas se dio cuenta de cómo sucedió. Empezó como un resfriado. Comenzó a tener la nariz atascada. Tenían que ser olores muy fuertes para sentirlos. Pronto su olfato entró en una neblina. Todo le olía gris. El guiso de mediodía, la flores del parque, los contenedores de basura, la lluvia en el asfalto. Prefirió no asustarse, el olfato es un sentido animal, no me hace falta. Pero pronto, no necesitó la sal. Casi mejor, pensó, no es buena para la salud. Pero los alimentos se estaban convirtiendo en su boca en una especie de papilla insípida. Sentado en la barra de un bar, un día, pidió un café y le supo a corcho. Ni siquiera abrió el sobre de azúcar. Un líquido caliente irreconocible bajaba por su garganta, por eso dejó el café a medio tomar. Pensó en las ventajas de no querer comer y siguió su camino. A los pocos días, en su cuarto, echado en la cama, de repente escuchó un sonido agudo y tras él, un silencio. Abrumador. Operístico. No escuchaba la habitual cháchara de su vecina hablando por teléfono junto a la ventana, ni al perro que solía ladrar a lo lejos. No escuchaba el chisporroteo del fluorescente al encenderse. Empezó a preocuparse y nadie parecía saber que es lo que le estaba pasando. Quizá a nadie le importaba realmente. Un día conoció a una chica y sintió un vuelco al corazón, por fin, un sentimiento. Prometía ser una historia importante. Ella le sonreía y él le devolvía media sonrisa, para hacerse el interesante. No la oía, claro está, pero sabía que era ella. A los días, como imanes, las miradas se fueron acercando, los cuerpos le siguieron obedientes y los labios irremediablemente se unieron en un beso. No sintió nada. Era como si un trozo de carne se pegara a su boca. Cerró los ojos y se desmayó.

viernes, 29 de abril de 2011

Interiores

Es una ironía; a pesar de que yo estoy preocupada por ti y tú me correspondes con desdén, me siento culpable. Creo que tú eres demasiado perfecta para vivir en este mundo. Todas esas habitaciones tan exquisitamente amuebladas, esos interiores tan cuidadosamente diseñados, todo tan controlado… No había lugar en ellos para los sentimientos humanos. No, no lo había.

Interiores (Woody Allen, 1978)

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Joey miraba el jarrón blanco de cerámica porosa que su madre le colocó en el aparador del salón. Pensó que era una imposición de su madre.

Una vez completada la decoración de la casa familiar, se había dedicado a comprar pequeños detalles para mejorar mi casa. Era un jarrón sencillo, quizá para poner margaritas. Según me dijo mamá, ninguna otra flor debía cubrir la belleza serena de la cerámica, ni las formas simples que tenía. Pero, bajo esa apariencia, sobre la madera, presidiendo el salón, se escondía el mandato firme de una madre, una mujer inteligente, dotada, culta y que quería lo mejor para sus hijas. Todo belleza, pero con un interior oscuro y autoritario, como el que había si mirabas por la boca del jarrón. Al igual que éste, mi madre podría lucir margaritas prendidas en su trenza, pero seguiría siendo mi madre, todopoderosa madre. Más allá del poder maternal de cualquier madre, la mía usaba mecanismos suaves, diplomacia blanda, buenas palabras y educación, pero imposición al fin y al cabo. No me molestaba realmente el jarrón, era bello. Mi madre tenía buen gusto. Si lo retiraba y lo colocara en otro lugar, sería lo primero que mamá observaría al entrar: “Hija, ¿dónde está el jarrón? Quedaba tan bien ahí… que es una pena que lo hayas quitado. Daba tanto juego con los muebles…” Y yo, por no escuchar nada más, lo volvería a poner en su sitio, con rabia, con un gesto frustrado de derrota por el indignante mando de quien me dio a luz.

En Interiores (1978), Woody Allen unifica dos de sus temas preferidos en su filmografía: psicoanálisis y Bergman. Más que nunca, esta película es un enorme homenaje construido en torno al gran cineasta sueco. No voy a incidir en las diferencias entre Ingmar Bergman y Woody Allen, porque son evidentes y este blog no pretende ser una enciclopedia. Pero es claro que en Interiores existe una admiración que sublima toda la película. Actores, diálogos, ambientación, todo es tan bergmaniano, aunque siempre pasado por el tamiz del director neoyorkino, lleno de ironía y situaciones inverosímiles. Una madre castrante y controladora a la que su marido, padre de la familia, decide abandonar después de muchos años de matrimonio. Tres hijas totalmente diferentes en su manera de ver el mundo, pero que tienen la característica común de la inconveniencia de esta separación. Y mucha intelectualidad y referencia a filósofos y escritores hasta en las conversaciones más triviales y caseras. El punto de normalidad lo pone la nueva novia del padre, Pearl, una divorciada madura, que llega a la familia como un terremoto. Los momentos culmen se producen en la boda del padre y Pearl. Todas las rencillas familiares estallan en la casa de la playa donde se celebra la ceremonia íntima. Junto a una noche tormentosa y un mar embravecido, luz nórdica, sobriedad y colores fríos, Bergman estaría profundamente halagado.


Vídeo: Renata (Diane Keaton) en su visita al psicoanalista.

viernes, 22 de abril de 2011

Semanas, días y horas santas

¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?

Friedrich Nietzsche

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¡Qué curioso que haya santidad en una semana, como que haya lugares santos o libros sagrados! Si hago un poco de memoria de mis clases de religión, tiene sentido. El incipiente cristianismo recurrió a las festividades romanas para no hacer desconfiar a los recién convertidos. Y el Imperio Romano propuso estas fiestas religiosas basadas en factores nada sagrados como el ciclo lunar, las estaciones o las fases de los cultivos. Otras religiones también han hecho coincidir sus festividades religiosas con hechos similares. Por eso, no voy a hacer aquí ni media crítica a la Semana Santa aunque tampoco voy a meterme en discusiones espirituales. Santo es el descanso como fiesta, santo es la oportunidad de salir de la rutina unos días, santo es olvidarse de los problemas cotidianos. Sé que no todo el mundo puede sumergirse en esta santidad toda una semana, ni que ésta coincida con la fijada formalmente. También comprendo que moverse como ovejas de un mismo redil en las mismas fechas no es del gusto de todos. Para todos aquéllos, creyentes y no creyentes, santos y demonios, puritanos, barrabases, judas, vírgenes, ermitaños, místicos o ascetas buscad vuestra semana santa, y si no es posible, días, horas o minutos en los que se pare el tiempo, en los que se aproveche para buscar dentro de uno mismo las fuerzas que nos alivien de la carga de la vida. Refugio espiritual que a veces hace falta, sin liturgias, ni ritos, ni confesiones, ni penitencias, sólo tiempo santo para reflexionar, para bajarse de la existencia y pararse a pensar en dónde ir, cómo hacerlo o si es necesario todo lo que nos rodea, por ejemplo.

Imagen: Ciudad Vieja de Jerusalén, lugar santo por excelencia para tres religiones, en el que parece que, en vez de compartir su santidad, luchan por apropiársela por su interés más excluyente.

domingo, 17 de abril de 2011

Séraphine Louis

Una obra grandiosa que ignora sus sublimes predecesores y por lo tanto no puede citarlos como testigos: los rosetones de las catedrales medievales y las tapicerías góticas.

Hojas, flores, ramas, rojo sangre. Sábanas mojadas tomando el sol junto al río, baldes llenos de agua con jabón, suelos de madera barridos. Velas encendidas con cera goteando. Pinceles sucios, aguarrás, pintura Ripolin de la droguería del pueblo, paletas, mejungues a medio secar, olor a barniz. La mirada de la Virgen es la única que te ve pintar. Voces. El apocalipsis. El fuego encendido para un té, las camisas planchadas y dobladas. Manzanas brillantes, hojarasca viva, flores que hablan, viento que susurra. La obra del Creador fundida en los lienzos. El barro, el líquen de un árbol, los trinos de los pájaros, la hierba. Las calles mojadas, los gritos, los ojos que te juzgan. Y más voces, y las rodillas peladas del frío y de fregar. Un pequeño trozo de carne y un vaso de vino peleón. Discretas ilusiones. Sencilla tú, Séraphine, como los arbustos, pero entrelazada y compleja como tus pinturas.

Séraphine Louis o Séraphine de Senlis (1864-1942) es una pintora francesa casi desconocida. Es representante de la pintura naïf de principios del siglo XX. Aunque esto es mucho decir para esta mujer de vida difícil e imaginación imparable. Huerfana con apenas un año, adolescencia en un convento, fue pastora y criada toda su vida. Pero tenía una pasión oculta: pintar. Fue descubierta por el marchante y coleccionista Wilhelm Uhde, cuando éste se refugió en Senlis en 1912, huyendo del caos de París. Por casualidad, Séraphine servía en la casa que alquiló Uhde, y también casualmente llegó a sus manos un pequeño bodegón de manzanas, que le asombró. Ahí comenzó la carrera pública de esta mujer, dentro del grupo de "primitivos modernos" o precursora del Art brut o arte marginal. El encuentro con Uhde despertó sus inquietudes artísticas, hasta entonces privadas y comenzó a pintar y a pintar hasta la demencia. Le expusieron y vendió algunas obras en París, una vez acabada la I Guerra Mundial, pero la Gran Depresión ahogó de nuevo esta fulgurante y breve carrera. El 25 de febrero de 1932, Séraphine, después de un altercado en Senlis, es ingresada en el asilo psiquiátrico de Clermont-de-L'Oise. Diágnóstico clínico: "Ideas delirantes con manía persecutoria, alucinaciones psicosensoriales y trastornos de la sensibilidad profunda." Nunca más pintó. Murió en la pobreza el 18 de diciembre de 1942. Fue enterrada en una fosa común.

Dije pintora casi desconocida, porque he visto una preciosa película biográfica de esta excepcional mujer (Séraphine, Martin Provost, 2008) y, como su mecenas, yo también la he descubierto ahora. Y aunque siempre me han parecido las naturalezas muertas un poco frías, no es el caso en la pintura de Séraphine Louis, llenas de color y de vida. Recomiendo la película y su obra. Y aprovecho, para, desde aquí, brindar este homenaje a los artistas autodidactas, que llenan con pasión cualquier vacío de educación formal. Bravo por ellos.


Imagen: Hojas (Séraphine Louis, 1928-1929) en la Colección Dina Vierny de París. Vídeo: Trailer de la película Séraphine (Martin Provost, 2008).

domingo, 10 de abril de 2011

La mudanza

¡Oh, válgame Dios, qué vida esta tan miserable! No hay contento seguro ni cosa sin mudanza. […] ¡Oh, si mirásemos con advertencia las cosas de nuestra vida! Cada uno vería por experiencia en lo poco que se ha de tener contento ni descontento de ella.

Libro de la vida (Santa Teresa de Jesús, 1562-1565)

Fase 1) Empaquetar: Mendiga por las tiendas cajas de cartón, cárgalas, móntalas en casa y refuérzalas con cinta de embalar para que no se desfonden. Empieza a sacar todo. Laméntate de cuantas cosas inútiles se van acumulando a lo largo de los años. Cosas inimaginables que no encontrabas o que ya dabas por perdidas. Comienza a pensar en la utilidad de los objetos, mirando el futuro. ¿Esto me podrá servir o no? Descubres que las cajas que has llenado pesan demasiado y que el ni el Increíble Hulk podría con ellas. Las aligeras, cargándolas uno o dos segundos para comprobar su peso. Ves que se van reproduciendo las cajas, a pesar de que has llenado innumerables bolsas de basura con lo que quieres tirar. Las definitivas se cierran con cinta marrón y escribes en el cartón su contenido. Tiras un poco de todo: ropa inservible, papeles olvidados, folletos que has guardado… Cuando los armarios y cajones están vacíos, haces una bolsa con la poca comida que quedaba. Bajas la basura. Echas un vistazo al piso vacío y te das cuenta de que estaba mejor sin tanta cosa. Por fin toda tu vida está embalada.

Fase 2) Desempaquetar: Intenta aparcar en el sitio más cercano para poder descargar. Descubre que es imposible. De mal humor, encuentra un hueco sin apenas sitio para maniobrar. Comienza a descargar. Maldice el momento en que decidiste mudarte. Maldice al mundo multiplicado por el número de cajas que abarrota el coche. Comienza a subir. Deja las cajas en la habitación que esté más a mano. Haz otro viaje, y otro y otro, hasta que estés sudando como un cerdo. Cuando el cargamento ya está de nuevo reunido, comienza a sacar cosas: ropa, libros, cacharros, zapatos. Descubre que no hay el sitio que esperabas, que hay que ser minimalista y tira alguna cosa sin importancia. Clasifica, ordena y guarda. A pesar de que tienes toda la casa llena, tienes la impresión de que falta algo. Sin pensar, llenas cualquier hueco que sea capaz de albergar tus preciadas posesiones. Poco a poco el desorden se va transformando en orden. Vuelves a llenar bolsas de basura, que juntas con las cajas de cartón vacías. Bajas con esto, buscando un contenedor, que no encuentras. Subes, cansado y derrotado, a tu nuevo hogar.

Te sientas. Enciendes un cigarro. Miras a tu alrededor y sonríes satisfecho. Se oyen vecinos hablar a lo lejos. Misión cumplida. ¿Y ahora qué?

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

Cuando la gente dice “ella tiene todo”, tengo una respuesta: todavía no tengo mañana.

Elizabeth Taylor

Los ojos violetas se han cerrado hoy para siempre, ojos que llenaban una pantalla, cristalinos y penetrantes. Cleopatra echó la última mirada burlona y tomó el áspid, antes de recrearse en los recuerdos de toda una vida marcada a partes iguales por el lujo y la lucha. Fue gata en el tejado de zinc, mujercita malcriada, violenta alcohólica que no temía a Virginia Woolf, mujer marcada. Fue Liz, aunque no le gustaba. Tuvo un lugar en el sol, en Alejandría, en el papel couché y en todas las joyerías exclusivas de Beverly Hills a Nueva York. De niña, jugó a ser actriz como un prodigio, y cuando lo consiguió jugó a ser mujer enamorada. Su James Dean, su Monty Clift, su Rock Hudson, y cuando se cansó de eso, llegó su Marco Antonio, Richard Burton. Pero no descansó ahí, la pasión hay que regarla con diamantes y alcohol para ser digna de tal ilustre matrimonio. Peregrina Liz, protagonista de sueños, de luchas, de apoyo y buenas causas. Lengua mordaz, facciones de diosa, mujer indomable, robó el esplendor del Hollywood dorado para atesorarlo por siempre. Leyenda. Mito de un mundo que no existe ya, ni existió nunca.

Y de repente, el último verano. Descanse en paz. El cielo se llena de estrellas mientras la Tierra sigue fea y gris sin mujeres como Elizabeth Taylor.

domingo, 20 de marzo de 2011

Sueños olvidados

Tras el vivir y el soñar,
está lo que más importa:
despertar.

Nuevas canciones (Antonio Machado, 1924)

Día duro de trabajo, nerviosismo, tensiones, malas caras. Una cena rápida y a la cama, mañana será otro día. Me arrebujo entre las sábanas de cualquier manera. Cierro los ojos. Unos breves minutos para pensamientos triviales y duermo, por fin.

Estoy en una ciudad. Parece devastada. El cielo tiene un color gris plomizo. Algo o alguien me persigue. Necesito huir. Corro. No reconozco ninguna calle, pero aún así corro. Mientras lo hago, sombras con forma humana me observan. No tienen ojos, aunque en su lugar tienen luces. Son seres tristes, sin rostro. Sin pararme, por la ciudad desconocida, entro en un edificio en ruinas. Desesperado, mi perseguidor me pisa los talones. Abro una puerta y otra, buscando escapatoria. Habitaciones sin ningún escondrijo, grandes y vacías. Me topo con una puerta pesada, de caoba, con figuras grabadas. Está cerrada. Forcejeo con el pomo. Miro a mis espaldas. Está tras de mí. Mis movimientos son guiados por el nerviosismo. Ábrete, ábrete.

Estoy en un prado. Verde, perfecto, con la hierba larga y húmeda mojando mis zapatos. Nadie a mi alrededor. A lo lejos se ve un lago y unas casas. Todo deslumbra pero parece artificial. De la nada, surge una mujer. Pelo largo, vestido de flores, serena. Me toma la mano. Le hablo pero no me responde. Sin embargo me da provoca seguridad. Va señalando algunas flores, algunos árboles, alguna nube perdida que rompe el celeste del cielo. Llegamos a una casa. Tiene la puerta abierta. Un gran cuadro preside el salón. Es una escena de guerra, personas agonizando, bombas que estallan contra la tierra, sangre y suciedad. La mujer señala el cuadro y ríe. Sus facciones se vuelven diabólicas. De su boca sale una voz masculina que me dice: éste es tu mundo.

La alarma del despertador me saca del sueño de golpe. Enciendo la luz, me pongo el reloj. Me dirijo al cuarto de baño. En el espejo, mientras veo mis ojos hinchados, pienso en qué soñé anoche. No retengo nunca mis sueños, pero creo que esta vez fue algo interesante.

Imagen: El sueño de Henri Rousseau (1910, Museo de Arte Moderno, Nueva York).