viernes, 29 de mayo de 2009

Maurice

La vida nunca nos depara lo que queremos en el momento apropiado. Las aventuras ocurren, pero no puntualmente.

Maurice (Edward Morgan Forster, 1914)

Maurice no era ni más listo, ni más rico que la mayoría de los chicos de su colegio pero ingresó en Cambridge por tradición familiar. Ni su madre, ni él estaban especialmente emocionados con la idea pero a ninguno de los dos se le hubiera ocurrido contradecir esa imposición que ya duraba generaciones y que servía como homenaje a su padre ya fallecido. Por eso, el joven Maurice, que sólo conocía la plácida vida de un suburbio burgués de Londres, cuando llegó a Cambridge, quedó admirado. Clases de filosofía, griego, latín, charlas sobre religión, ciencias, música clásica, diálogos platónicos, una realidad nueva de la que era absolutamente ignorante. Pero no sólo las disciplinas académicas eran desconocidas para Maurice. Su principal preocupación en Cambridge fue el conocimiento del ser humano y de si mismo. Lo tomó como una meta personal. Pensó que si se camuflaba entre la masa, sería más sencilla la observación del resto, como el ornitólogo que se viste de verde para confundirse con el entorno. Las preguntas se agolpaban en su cabeza. ¿Era tan diferente como creía? ¿Existían personas como él? ¿Debería hacer algo para pasar desapercibido? Siempre pensó que él solo podría llegar a hallar algunas respuestas, pero se equivocaba. Se dio cuenta de su error en el mismo momento que conoció a Clive. Él era su compañero, su interlocutor, su amigo, su igual.

Maurice, como libro, llegó tarde. Finalizada en 1914 pero publicada en 1971, su autor, Edward Morgan Forster, la guardó en un cajón para ser mostrada al público tras su muerte. Pero el mundo inocente de comienzos del siglo XX no se parecía en nada al de los 70. Forster cuando lo escribió temía a la biempensante sociedad en la que vivía, una Inglaterra de férreos corsés victorianos donde cualquier salida de tono suponía la exclusión. Y aunque el mundo y su país cambiaron, el miedo del escritor persistió. Por eso, su defensa de la homosexualidad y la libertad cuando se publicó Maurice resultó obsoleta y un tanto ingenua. Pero si sacudimos un poco el polvo del libro, veremos que Forster no se equivocó al describir el despertar sexual de una persona que está perdida. Eso sirve tanto para un siglo como para otro. El Maurice de Forster luchaba por su sitio en el mundo, por su felicidad, no diferente a la del resto de personas. Clamaba por dejar de esconderse, de apartarse, quería entender porqué era como era y no de otra manera. Buscaba respuestas. Dilemas estos que acompañan y acompañarán a los seres humanos cualquiera que sea la moda, en 1914, en 1971 y en 2009. Vivimos para aprender, para aprendernos, sin instrucciones previas de ningún tipo y así, todos aquellos que respiramos, somos de una u otra forma, Maurice.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Después de Benedetti

La verdad es que
grietas
no faltan [...]

hay una sola grieta
decididamente profunda
y es la que media entre la maravilla del hombre
y los desmaravilladores

aún es posible saltar de uno a otro borde
pero cuidado
aquí estamos todos
ustedes y nosotros
para ahondarla

señoras y señores
a elegir
a elegir de qué lado
ponen el pie.

Grietas (Mario Benedetti, Quemar las naves, 1969)

Exilio en tu mirada burlona, cordialidad de paso. Extraño en países de acogida, incluso extraño en el Montevideo de tus recuerdos, paseabas Don Mario aprendiendo de cada átomo de vida que encontrabas por delante. Vida que afloraba aunque el mundo se rodeara de cadáveres y lápidas, porque la vida salía directamente de ti. Aprendiste desde joven que las palabras no deben guardar secretos, que son trazos simples, que tienen que llegar a todo el que quiera comprenderlas. Pero también conocías que en momentos esas palabras se mostraban insuficientes y así recurrías a la imaginación para crearlas. Escritor y poeta de la razón, no por vía de sesudas reflexiones sino por sencillos argumentos, de los que uno asiente sin tener nada más que decir. Hay miles de grietas en la Tierra, lo sé, Don Mario, tantas como almas si me apura. Pero de la única que importa, esa de la maravilla del ser humano, de la vida, de esa siempre estaré de su lado, aunque de reojo miremos lo profundo del abismo.

Estamos tan acostumbrados a calificar de genio al primero al que le suena la flauta, que cuando un auténtico genio se va, siempre tengo la sensación de que a nadie le importa. No lo digo porque no se hayan hecho eco de la muerte de Mario Benedetti, al contrario, he leído mucho y muy bueno sobre él estos días, sólo me pasa que cuando uno verdaderamente grande se va, se abre una grieta difícil de tapar. El consuelo son sus libros, sus palabras ordenadas una detrás de otra, que reflejan sabiduría, decisión, compromiso. Queda su voz pausada, las canciones con sus letras. Quedan sus poemas, su tregua, su primavera con una esquina rota, sus inventarios, sus andamios... puede parecer mucho, pero el hueco profundo que deja su pérdida hace que esa grieta sea inabarcable. Ésta se une al resto de grietas, surcos o hendiduras que decoran el mundo. El día 17 de mayo de 2009 el mundo se separó en dos mitades: antes y después de Benedetti.

domingo, 17 de mayo de 2009

Eurovisión 2009

I'm in love, with a fairytale
even though it hurts.

Fairytale (Alexander Rybak, 2009)

Se acabó la fiesta, se apagaron las luces, las voces. Moscú se quedó en silencio. Los fuegos de artificio, las lentejuelas, los gritos, las banderas pasaron. Ya forman parte del recuerdo. Un año más. Esta vez, unánimemente, se eligió al ganador, Alexander Rybak, que representaba a Noruega. Quizá sea la hora de la reflexión, del análisis de las votaciones, de arañar el significado de cada voto, pero creo que una vez pasado todo el festival, todo lo que se pueda decir es inútil. Podremos decir lo que queramos, pero finalmente si entramos en el juego, después no podemos quejarnos del resultado. Eurovisión reúne un poco de todo cada año siempre dando una vuelta de tuerca para no aburrir a nadie. Así que, hubo música, espectáculo, vecinismo, votaciones justas e injustas, como cada edición y emoción, aunque quizá este año menos ante la aplastante rotundidad del ganador noruego. Así es el juego, un divertimento para pasar una noche divertida, oyendo canciones y artistas que jamás hubieran traspasado sus fronteras de no existir este concurso musical. Pero claro está que en Eurovisión sólo una canción gana y el resto son perdedoras, clasificadas mejor o peor, para el que le importe eso. Al menos oficialmente así es, porque la música tiene el enorme mérito de tocarnos a cada uno de una manera diferente. Así cada cual tiene su propio ganador, sin premios, ni trofeos, nada más que simples baratijas que no tienen valor alguno. No queda más que dar la enhorabuena al campeón y a seguir viviendo y escuchando.

lunes, 11 de mayo de 2009

El adivino de profesiones

Un hombre de experiencia sabe más que un adivino.

Cuando se jubiló, dejó de salir de casa. Su mujer estaba muy intranquila por él. Notaba tristeza y aburrimiento en su semblante cuando veían la televisión o comían uno enfrente del otro. Así que casi le apremió a buscarse una afición o un pasatiempo. No le gustaba leer, ni la música, ni el bricolaje, ni coleccionar cachivaches. Su vida antes del retiro se resumía únicamente a su trabajo como responsable de recursos humanos de una gran empresa y nunca tuvo hobbies o aficiones. Así que para calmar la preocupación de su esposa, decidió salir una mañana. No tenía rumbo fijo, ni ninguna intención, sólo quería conocer un poco el pulso de la ciudad al comienzo del día. Así que paseó un rato, compró el periódico y se sentó en una terraza a tomar un café. Cuando se cansó de la exploración urbana, decidió volver en autobús a su casa. En él, desganado, se dedicó a observar discretamente al resto de pasajeros. Gente de todo tipo y de todas las edades, mujeres y hombres que poblaban cada rincón de la ciudad. Para hacer más liviano el trayecto, pensó en probar un pequeño juego: adivinar por el aspecto de cada persona a qué se dedicaba. Al fin y al cabo esa era su especialidad cuando trabajaba. Albañiles, asistentas, vendedoras de ropa, estudiantes, cajeras de supermercado, camareros, todas los trabajos tenían un perfil propio. Enseguida adquirió la rutina y cada mañana se hacía la línea entera un par de veces montado en el autobús. Su mujer no sabía que hacía pero estaba muy contenta de que finalmente encontrara algo con que entretenerse. Pero su juego tenía un contratiempo: por más que se esforzara, nunca sabría con certeza si estaba en lo cierto adjudicando profesiones a los viajeros del autobús. No habría solución posible si no lo preguntaba directamente. Así que un día, junto a él, bajó en la misma parada una chica. Había coincidido con ella varios días pero no estaba seguro de a qué se podría dedicar. Antes de que autobús arrancara, le dijo: Señorita, le parecerá raro, pero me estaba preguntando si era usted profesora... quizá de inglés. Ella le miró extrañada por la pregunta pero contestó. No, soy cocinera en el restaurante de un hotel. Puso cara de decepción, le pidió disculpas y se despidieron. De camino a su casa, cabizbajo, con los hombros gachos, meditó en qué podía haberse equivocado. Era un caso difícil, se consoló. Aún así, pasó el resto del día ensimismado y cuando su esposa le preguntó que le pasaba, simplemente le dijo que saldría a pasear también por las tardes. Necesito depurar mi técnica. Ella no entendió nada pero creyó que así estaría más distraído.

martes, 5 de mayo de 2009

El sueño de Alexandria

Querida hija, nunca te cases por dinero, fama, poder o seguridad. Sigue siempre a tu corazón.
Tu padre, que te adora.

¿Pone todo eso en la medallita?


En Los Ángeles, durante los años 20, no había bandidos enmascarados, ni caravanas por el desierto. Ya no quedaban vaqueros del Viejo Oeste más que en las películas. Allí y entonces, no era habitual ver a un guerrero hindú, y menos que se tocara la ceja cuando estaba nervioso, ni cúpulas orientales que explotaban, ni hordas de ejércitos tenebrosos, ni derviches turcos, ni estanques de nenúfares. Sin embargo, todo eso existía en un hospital, dentro de la cabeza de una niña, Alexandria (Catinca Untaru). Con el brazo escayolado y pocas ganas de quedarse quieta en su cama, la pequeña conoce a Roy (Lee Pace), un especialista de escenas de acción de Hollywood también ingresado. Él le contará la historia de los cuatro hombres que se enfrentaron al Gobernador Odio. Alexandria pondrá su imaginación para recrearla.

Hay películas que pasan desapercibidas por el gran público y uno no sabe muy bien porqué. Éste es el caso de The Fall. El sueño de Alexandria (Tarsem Singh, 2006). ¿Por qué la taquilla está siempre copada de grandes superproducciones hechas en serie? me pregunto a veces y sin embargo películas como ésta quedan relegadas. Original, con unas imágenes fascinantes y una curiosa mezcla de realidad y ficción que en el cine da siempre mucho juego, The Fall aprovecha magistralmente los recursos de la fantasía. Usa los colores en beneficio de la historia: grandes brochazos de colores vivos para lo más imaginativo, blancos y negros brillantes para los recuerdos y sepias cálidos para la realidad. La preciosa música de Krishna Levy acompaña justamente a las escenas y la ambientación de vestuario y decorados es increíble.

Necesitamos cuentos, historias, necesitamos vivir otras vidas, sentir el sol ardiente del desierto y la brisa fría del mar aunque ni conozcamos el desierto, ni el mar. Quizás no es esencial, pero sí necesario. ¿Por qué rechazamos la imaginación en la edad adulta? Es curioso, parece que la imaginación sólo está destinada a la infancia, donde la fomentamos y avivamos en los niños. Pero traspasada una edad, la vamos dejando de lado, creyéndola impropia e incompatible con la madurez. No hay que ser insensatos, una roca es una roca, por más que la miremos, pero también puede ser un pedazo de meteorito del espacio exterior o provenir de una excavación arqueológica en el interior del Perú que cruzó el océano para posarse en nuestras manos. Todo es posible dentro de nosotros. No digo que la imaginación sea la panacea para alcanzar la ansiada felicidad, pero puede servir para teñir un poco el gris de nuestro alrededor, ese gris persistente e intenso que nos persigue e inunda continuamente.

miércoles, 29 de abril de 2009

La tempestad

Por colinas, caballos veloces
aplastaban la nieve profunda...
A un lado un templo sagrado
solitario asomaba al camino.

Mas de pronto estalló la nevasca,
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache un silbido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido auguraba desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas,
y alzando sus crines...


Hay un día en la vida en que todo se detiene, la rutina, los deseos, las preocupaciones... nada de esto cuenta ya. Ese día cae presionando la piel como una nevada copiosa, sin esperarlo, sin abrigo. Ese día los ojos parecen muertos, sin brillo. El tiempo pasa pastoso, en continua espera. Nada importa alrededor, no hay calendario, ni horas. Quiero pensar que ese día también pasa, como pasa la tempestad y se convierte en una pequeña raya en nuestro recuerdo, junto al resto de momentos buenos o malos. Probablemente sea así, pero cuando estás en plena vorágine de cielos arremolinados y de vertiginosos rayos, no hay razón para creer que algo así pase. Sin consuelo, más que andar, nos transportamos de un lugar a otro con el gesto sombrío y las comisuras caídas. Y vemos nuestra vida discurrir, desde fuera, como si no fuera nuestra, como si el cuerpo se convirtiera en un pelele molido a palos. Miramos al cielo, pidiendo misericordia, clamando que la negrura desista, que se marche, que ya es suficiente... reclamamos esto ilusamente sin saber que las nubes no conceden ningún favor, que ellas vienen y se van, ajenas a cualquier designio. Ahora, siempre alerta, espero que la tempestad se olvide de mí y que el mar recupere sus anhelos, su rutina, sus mareas.

Hay un día en la vida en que nada importa más que salvarte. Y llega así, de repente, entre semana, a una hora de lo más normal. La vida se te da la vuelta y no puedes dejar de pensar y pensar. Desde ese día, a la normalidad le cuesta tomar su rumbo. Espero, náufragos amigos, que perdonéis mi ausencia.

Imagen: La tempestad de Giorgione (Galería de la Academia, Venecia)

domingo, 19 de abril de 2009

Los egoístas

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.


¿Cómo me dejas así, sin más? Nunca pensé que me podrías hacer esto. Con lo que yo te he dado, con lo que me he sacrificado por ti... Puse todo mi empeño en que tuvieras una vida tranquila, sin sobresaltos, que te dedicaras a ti, que no trabajaras porque no te hacía falta. Dormí poco por ti, para que el trabajo fuera lo más próspero posible, por crear un futuro asegurado para ti, para los dos. Te compré de todo, ni siquiera hubieras soñado antes con poseer todo lo que tienes. Accedí a tus caprichos, por más idiotas que fueran y ahora me doy cuenta de que fueron para nada. Te olvidaste de ellos tan rápido como ahora te olvidas de mí. Construí mi vida a tu alrededor y ahora descubro que ese mundo es tan falso como el decorado de un teatro. Siempre creí que estaba solo en el mundo hasta que apareciste, entonces mi vida cambió. Giró en torno a ti, tú eras el centro. Pero ahora me doy cuenta de que todo fue un espejismo, una apariencia, un papel para tenerme contento mientras afilabas el puñal asesino. Me haces replanteármelo todo ahora, si eran de verdad esas manos cariñosas, esa boca insinuante, esas palabras aterciopeladas, esa vida. Yo que respiraba de lo que salía de tu boca, ahora me ahogo. No hay aire en esta habitación. Me miras en este momento y sólo veo el vacío en tus ojos. No queda nada de ti dentro. ¿No tienes ni siquiera palabras?

Cambió el gesto y dijo: Me lo diste todo, absolutamente todo, aunque nada nunca dejó de ser tuyo. Sin embargo yo sólo quería una cosa que estaba, de largo, fuera de mi alcance: a ti.

miércoles, 15 de abril de 2009

Extramuros

En un instante ante el lecho de mi hermana, ante su rostro tan gastado y mezquino, debió de recordar qué tiempos eran aquellos que corrían a la vez ruines y recios, qué años de soledad para el alma y el cuerpo miserable.


Extramuros se oía la campana del convento, que aún sin salir el sol, levantaba a las hermanas. En el claustro, un silencioso barullo de hábitos conducía a la capilla para el primer rezo. Monjas pálidas y huesudas por los muchos sufrimientos que Dios Nuestro Señor les había mandado en aquellos aciagos días. En la capilla, caras somnolientas prestaban poca atención a las oraciones. Allí faltaban algunas, carne de enfermería, cosa normal traída por el hambre, la debilidad y la peste. Pero esa mañana, una ausencia turbaba a una de las hermanas, que no podía esconder su nerviosismo. Ella, su compañera del alma, no la flanqueaba como solía. Pensó en la noche, rezó por sus pecados y por su flaqueza de ánimo por haber sido convencida a llevar a cabo ese plan descabellado. Nada podía negarle a ella, eso lo sabía y confiaba que Él, ser de eterna misericordia, perdonara sus impulsos y no fuera condenada a la eternidad. Las sienes le latían descontroladamente. Cuando el oficio acabó, corrió presurosa a la celda de su hermana. Allí la encontró con los ojos entreabiertos, floja de fuerzas, con un brazo colgando de su humilde catre. De la palma de su mano, un reguero de sangre manaba formando un pequeño charco en el suelo de piedra. Su grito de impresión rompió el silencio de la casa y acudió casi toda la comunidad con la priora a la cabeza. Ésta sentenció: Son las llagas de Nuestro Señor Jesucristo. Éste fue el comienzo de su propia desgracia.

Extramuros (1978) es una estupenda novela del escritor español Jesús Fernández Santos, que fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa. El libro fue adaptado al cine por Miguel Picazo en 1985 interpretando a sus protagonistas Carmen Maura y Mercedes Sampietro. Ambientada en la España de final del reinado de Felipe II, cuenta la historia de dos monjas en un convento azotado por el hambre y la sequía. Viven tal situación de penuria, viendo morir a muchas de sus compañeras, que idean una manera de llamar la atención mediante unos falsos estigmas en una de ellas. La repercusión es tal, que comienzan a llegar al convento una legión de peregrinos y la fama de santidad de la religiosa recorre los secos parajes del reino hasta la corte. A pesar del escepticismo de la priora, que ve peligrar su cargo, comienza a prosperar el convento. Incluso, el duque benefactor de la casa compromete mejoras con la condición de que su hija profese allí. Pero los caprichos de dama cortesana hacen que ésta pronto se enfrente con la santa. Esta rivalidad llegará a los oídos del Tribunal del Santo Oficio.

Extramuros no sólo está fantásticamente bien escrita, con el lenguaje propio de su época, haciendo que sea a la vez realista y lírica, sino que toca temas profundamente actuales: el amor entre las dos monjas, unidas por el miedo al pecado, la situación de hambruna del país donde los pícaros sobreviven y la lucha de poder entre los egos de la santa, la priora y la huéspeda bajo los ojos represores de la Inquisición. Es impresionante el retrato del amor enfermizo y dependiente que hace de la monja narradora, que no sólo ayuda a la santa a crear sus falsos estigmas, sino que mantiene el secreto a pesar del miedo al castigo divino. Es un amor a prueba de todo, que no se tambalea ni cuando la fama de su amada la hace más fría y distante y que la convierte en un ser sin alma cuyos ojos sólo ven por los ojos de la otra. Ni toda una sociedad encerrada en la religión y la superstición, quemada por el mismo sol que agrieta los campos, impedirá que el amor más sacrificado se escape libre, extramuros.

Imagen: Ruinas del convento de San Agustín Extramuros en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).

sábado, 11 de abril de 2009

El banco doble

Existe, en verdad, un magnetismo, o más bien una electricidad del amor, que se comunica por el solo contacto de las yemas de los dedos.


Estaba cansado del día, mucho jaleo en el trabajo, mucho cliente descontento y cuando volvía a casa, para colmo, perdió el autobús que siempre cogía. Para esperar al siguiente, dejó caer su cuerpo pesado sobre el banco doble que había frente a la parada. Rumiaba su mal día intentando no pensar en nada. De pronto sintió que alguien se sentaba justo a su espalda en el banco, compartiendo ambos el mismo respaldo. Se sentó discretamente. Era una chica, a la que apenas podía ver aunque forzara el rabillo de su ojo. Se tocó el pelo y en un gesto delicado, se quitó el pasador que a duras penas sujetaba su pelo recogido. Su melena de rizos castaños cayó sobre los hombros de él.

Estaba harta de su vida en ese momento y para su desgracia, además había discutido con su madre. Así que salió a tomar el aire y así reflexionar un poco. Paseó tranquilamente por las calles atestadas, se fue parando en los escaparates que le llamaron más la atención e incluso entró en alguna tienda, no con intención de comprar nada, sólo intentaba evitar acordarse del día que llevaba. Cuando se hizo tarde decidió coger el autobús. La parada estaba cerca, pero a pesar de que vio a un autobús a punto de irse, no quiso correr para alcanzarlo. Se sentó en el banco doble que había enfrente de la parada, justo a la espalda de un chico. Notó como le dolían los pies de la caminata. Se tocó el pelo, comprobando que era un desastre y decidió soltárselo.

Espalda contra espalda, en silencio, separados por un fino respaldo de madera. Él podía notar sus rizos desenrollándose sobre el pequeño trozo de piel que quedaba desnudo en su cuello. Casi le hacían cosquillas. Si afinaba la nariz, podía sentir el olor de su pelo. Se quedó muy quieto. Él, un hombre hecho y derecho, estaba nervioso por el mero contacto de una mujer. Le inquietaba la idea de que la chica se diera cuenta de cómo le retumbaba el corazón. Tengo que tranquilizarme, tengo que tranquilizarme, se decía una y otra vez. Pero ella ni siquiera se percató. Intranquilo, pensó que levantarse o desplazarse más allá en el banco sería una falta de descortesía y así, sigilosamente, acercó la mano a su cuello para retirar el pelo. Y como quiera que el destino es juguetón y caprichoso, en ese mismo instante, ella también llevó su mano al pelo. Y se produjo el contacto, apenas un breve roce de sus manos. No supuso ni un segundo de su tiempo, porque instintivamente ambos, avergonzados, retiraron sus manos bruscamente. Un toque casual, furtivo, sin la menor importancia y que nadie de los que esperaban en la parada notaron. Una leve mirada entre ellos, un balbuceo de perdón en sus bocas, una escueta sonrisa, una unión efímera pero cósmica, los poros de las yemas de sus dedos unidos, una especie de cortocircuito los dejó bloqueados. Todo fue como si el tiempo se hubiese parado en ese preciso momento aunque la Tierra siguiera girando sin freno para el resto. La llegada súbita del autobús desvaneció la íntima conexión que produjo ese velado roce. Y salieron del trance, ambos subieron y se sentaron en asientos separados. Él se bajó antes y desde ahí la miró pero sus ojos no se cruzaron. Ella quiso mirarlo también, quizá para grabar en la memoria su imagen, pero su timidez se lo impidió. No volvieron a cruzarse nunca más.

lunes, 6 de abril de 2009

Sol ardiente de junio

Su traje es amarillo, un topacio que resiste todo intento de descripción, dominando todo lo que se le acerca con un esplendor que es casi imperial.


¿Es el sueño, la inconsciencia o quizá la muerte quien la busca? Debe ser el sueño reflejado bajo la luz del Mediterráneo, que acaricia las gasas, que enrojece la piel. El sueño plácido que descansa, que fortalece, que invita a vivir en un mundo de imágenes coloreadas. Benévolo, placentero, sencillo sueño, donde dejamos de ser quienes somos para ser quienes queremos ser. Cuando el sueño nos rodea con amorosos brazos, olvidamos el cuerpo, porque no es importante y nos sumergimos en las aguas del mar. Allá abajo, un mundo nuevo se descubre: delicados corales, caballitos intangibles, serenas algas movidas al vaivén de la marea, bancos de peces de plata, arena que pule la roca más dura. ¿Es el sueño la vida auténtica? ¿Dormimos para vivir, errantes, muertos en vida, perdidos en las grises sombras de la realidad? No lo sé y no quisiera saberlo, porque atrevidos sueños me atormentan las noches. Sueños que no viviré nunca, que me persiguen, pero que duran el tiempo justo para levantarme sudoroso y aliviado. Bellos, soleados pero igualmente peligrosos, me atrapan y me ahogan. Me avisan de mi pasajera vida. A veces no quiero soñar, consciente como soy de su tentador filo. La durmiente, sin embargo, lo tiene claro, como la decidida Penélope enfrentada a su destino. El eterno sueño es su vida, su hogar lo inconsciente y cuando la antipática muerte llegue, que la busque junto al mar, durmiendo bajo el sol ardiente de junio.

Sol ardiente de junio (1895) del pintor británico Frederic Leighton es uno de mis cuadros favoritos. Mil veces disfrutado en ilustraciones, nunca lo había visto en persona, porque se exhibe en el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico. Pero curioso como siempre, el destino me lo ha traído, ya que unas obras de remodelación en su museo le ha hecho recorrer mundo visitando paredes ajenas en que lucirse. Desde el 24 de febrero hasta el fin de mayo recala el Sol ardiente de junio en una sala del Museo del Prado de Madrid y estando cerca era un verdadero pecado no ir a hacerle una visita. Estos encuentros suelen ser comprometidos porque las expectativas suelen ser tan altas que la sombra de la decepción siempre planea sobre tu cabeza... Pero, todo fue sencillo y fácil, como los mejores placeres. Entré cauteloso para no perturbar el eterno sueño de mi anaranjada amiga y allí me quedé, absorto, recorriendo con la vista cada pliegue, cada muesca, cada detalle. Atrapado mucho más tiempo de lo que hubiera imaginado, callado, sonriendo, sintiendo como si el sol se hubiera colado por las ventanas del museo. Y más hubiera estado si no llega a despertarme de ese sueño una avalancha de estudiantes de excursión de fin de curso que gritaban su aburrimiento en la sala. Aún así, salí del Prado deslumbrado, con la imagen impagable del sol ardiente de junio grabada para siempre en mi memoria.