martes, 14 de junio de 2011

Los laberintos

Mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay como relámpagos que iluminan algunos corredores. Nunca termino de saber por qué hago ciertas cosas.

El túnel (Ernesto Sabato, 1948)

Suponía que tenía que ser de día. Había perdido la noción del tiempo y las paredes del laberinto, altas, de hormigón y sin grietas, no dejaban ver la luz del sol. Pasado ya los momentos de angustia, de gritos infructuosos de ayuda, mi mente se enfrió y se esforzó en exclusiva en buscar la salida. Como no disponía del hilo de Ariadna, ni de las migas de pan de Pulgarcito. Utilicé la vieja estrategia para salir de un laberinto; seguir siempre la misma pared y tarde o temprano encuentras el final. Aún sin saber si este laberinto tenía salida, fue apoyando la mano a la pared que quedaba a mi derecha. Al principio a ritmo normal, pero conforme caminaba, mi cuerpo excitado me pedía ir más rápido. Casi sin aliento, no sé ni el tiempo que pasé doblando esquinas, sorteando recovecos y atravesando largos corredores. Aunque me sentía desfallecido, cuando vi un gran hueco al final del túnel invadido de luz, corrí con  lágrimas que rodaban, esquivas, por mi cara. Ahí estaba al fin… Respiré. El sol estaba en lo más alto. No me importaba que mis ojos quedaran cegados ante ese derroche de luz. Me sentí joven de nuevo. Justo ahí, había un pequeño césped con un banco de piedra en medio. Me senté para recuperar el aliento. Frente a él, tres puertas hechas de setos, cada una coronada con un dintel de piedra con unas palabras grabadas:

AL FINAL     ESTÁ     LA SALIDA

Así descubrí que ése no era el final de un laberinto, sino el principio de otro. Mi laberinto estaba dentro de otro más grande cuyas paredes eran vegetales. Lloré, pataleé, me lamenté, clamé al cielo por mi mala suerte… Desorientado, tomé de nuevo rumbo y me adentré en este gran laberinto. Ahora el sol que ansiaba me abrasaba la piel.

Los laberintos son símbolos muy potentes, utilizados en todas las épocas, para representar el enigma, la desorientación de la vida, los dilemas… El día 30 de abril nos dejó una mente lúcida y laberíntica del mundo de la literatura: Ernesto Sabato, uno de los mejores narradores argentinos del siglo XX. Por esas cosas de las casualidades, homenajeando a este gran escritor, hoy (y no cuando murió, por diferentes razones circunstanciales) escribo sobre laberintos y me doy cuenta de otra gran efeméride, también sobre el fallecimiento, también sobre otro grande de la literatura y también argentino. Hoy 14 de junio, hace 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Dos nombres verdaderamente ilustres, aficionados ambos a los laberintos y que han escrito algunos de los textos en castellano más bellos de la Historia. Esto es mucho decir, soy consciente, pero creo que no me equivoco. Así que sirva desde aquí mi homenaje a Sabato y Borges, por lo que dejaron escrito y vivido; y por lo que fueron. Cualquiera de sus obras tienen la magia de lo que está escrito con inteligencia. Son laberintos en los que merece la pena entrar y perderse absolutamente.

10 comentarios:

Merche Pallarés dijo...

Sentí una angustia en ese laberinto... Pero muy bien traido para homenajear a esos dos grandes escritores. Enhorabuena. Besotes, M.

pe-jota dijo...

Como bien dices dos grandes, poco a poco los laberintos van desapareciendo, la magia de la palabra escrita va dejando paso a la comida rápida y el sentido de saber vivir va desapareciendo.

Capri c'est fini dijo...

*Merche, los laberintos son para angustiarse pero también para aprender. Aprender a salir y aprender a perderse... Me gusta mucho su simbolismo. Y es algo que estos escritores utilizaron muy, muy bien!!!! Un beso.

*Pe-jota, tú crees que la comida rápida se va a imponer a la lenta reflexión? No creo, en serio, por más que sea lo que parezca. Los guisos a fuego lento parecen que ya no se cocinan porque no hay tiempo, pero en el fondo todavía se hacen. Además, ni Sabato, ni Borges son del Siglo de Oro, por más que lo parecen...
Un abrazo.

Uno dijo...

Precioso relato el del laberinto que te angustia y te protege.
Un abrazo

Capri c'est fini dijo...

*Uno, gracias. Me alegro que te haya gustado. Los laberintos, como el resto de retos, tienen un lado siniestro y otro esperanzador.

Un abrazo.

Marilia dijo...

Creo que no terminaba de salir del laberinto de mis vacaciones, ejeje. Ya estoy aquí!

De pequeña recuerdo que me encantaban los laberintos, los veía llenos de magia.
Pero nunca había caído ni me planteado cómo salir de un laberinto, gracias a ti he pensado en ello (claaaaaro!!, seguir siempre pegado al mismo muro...!)

Me alegro de que hayas hecho esta entrada, puesto que la noticia de la muerte de Sabato ha pasado muy de puntillas por entre las noticias y ya temía que nadie fuese a hacerse eco...

Un abrazo. Sigo aquí. Sigo siguiéndote ;)

Capri c'est fini dijo...

*Marilia, me alegro que mi pequeña visión laberíntica te haya hecho pensar... Los laberintos son para perderse pero también para buscar su salida, al menos para eso están destinados. Y en cuanto a la muerte de Sabato, pues sí, ha pasado un poco de puntillas, pero cuando muere alguien así, siempre queda el consuelo de sus letras, que esas no morirán. Yo he tardado un poco pero creo que dos de los grandes maestros argentinos (me falta Cortázar) se merecían un homenaje, aprovechando las efemérides, que para ésto son!!!

Un abrazo.

María dijo...

Y si no nos podemos perder en Capri, siempre nos quedará París.
"Nous n'irons plus jamais où tu m'as dit je t'aime..."

Capri c'est fini dijo...

*María, Capri se acabó... pero París es siempre muy buen destino. Laberíntico París de los corazones enamorados...

Un abrazo.

baca thok dijo...

Oh aannn Beautiful .. find me on bacathok.com