lunes, 31 de agosto de 2009

El imán

La personalidad se despierta al contacto de otras personalidades.


No es que no tuviera personalidad, sino que precisamente esa era su personalidad: no tenerla. Desde bien pequeño lo tenía muy asumido y no le suponía ningún trauma. En esos años fue sencillo y adoptó la personalidad de aquellos que más cerca tenía, sus padres. Ellos estaban encantados cuando hacía cualquier monería que les imitaba. De tal palo, tal astilla, decía su padre orgulloso. Con la adolescencia, todo cambió porque se dio cuenta de que no quería ser como ellos. Lo fácil fue, en esos años, fijarse en algún compañero de colegio y así hizo. El mimetismo era tan perfecto que inevitablemente surgió entre ellos una gran amistad. Pensaban lo mismo, hacía lo mismo y estaban de acuerdo en todo. Pero ambos fueron, por decisión paterna, a universidades diferentes y la distancia hizo que la amistad se fuera diluyendo. Esa fue la época de los grandes cambios, porque probó una y otra personalidad, compañeros de clase, de residencia, de juergas, amigos efímeros, cualquiera que se le arrimara. Iba mariposeando de una a otra, sin quedarse con ninguna mucho tiempo. Era divertido cambiar. Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de que ese carácter voluble no gustaba a nadie y mucho menos al imitado. Fue cuando tomó la mayor decisión de su vida: constituir una personalidad propia a través de las facetas que más le gustaran de otras personas. Fue formal como su jefe, perseverante como su compañero de despacho, sociable como uno de sus amigos, parlanchín como otro, fiel como su novia... Sin embargo, existían circunstancias en las que no sabía como comportarse, huecos en blanco, porque no había arrebatado aún a nadie la forma que él creía correcta de actuar. En esos casos, solía tirar de imaginación: ¿cómo actuaría tal o cual persona en este momento? Y como decidió ser imaginativo como un amigo artista que tenía, empezó a ser excéntrico, cualidad que muchos aclamaban. Fue desde entonces cuando empezó a escuchar: ¡Hay que ver este chico la gran personalidad que tiene!

jueves, 27 de agosto de 2009

Cándido o el optimismo

Sólo por gusto, haced que cada pasajero os cuente su historia, y si hay uno que no haya maldecido su existencia, que no se haya dicho muchas veces a sí mismo que es el más desgraciado de los hombres, echadme al agua de cabeza.

El joven Cándido escuchaba atentamente al sabio Pangloss. Sus palabras tenían sentido: Estando todo hecho para un fin, todo lleva necesariamente hacia el fin mejor. En su interior, un optimismo vital brotaba. Vivía feliz en el castillo de Thunder-ten-tronck, en Westfalia, al amparo del barón. No podía existir un lugar más agraciado. Su corazón estaba lleno de amor hacia Cunegunda, la hija de su señor. No había razones para pensar que algo podía torcerse.
El viejo Cándido trabajaba en su huerto de Constantinopla. Era una labor dura pero satisfactoria. Cultivaba cidras y pistachos con los que se hacían deliciosos dulces. Parecía escuchar las palabras del sabio Pangloss que decían que el hombre no había nacido para el ocio. En su casa le esperaba Cunegunda, otrora doncella de encendidos colores y ahora mujer desdentada, calva y fea, aunque de sangre noble. Al acabar el día, fue recordando los muchos y crudos avatares de su vida: prisionero de los búlgaros, naufrago, superviviente del terremoto de Lisboa, azotado por la Inquisición, perseguido por los jesuitas guaraníes, invitado del señor de Eldorado, engañado por los holandeses de Surinam, timado en Francia y perdido en Venecia. Aunque finalmente encontró el sosiego en tierras turcas. Lo importante era, sin duda, el final.

El optimismo no tiene que ver con el mundo exterior. Podemos padecer sufrimientos, vivir guerras, hambrunas, injusticias, persecuciones pero nunca pensaremos que esa es la regla general. Ese optimismo elegido es interno, propio y decidido a creer que lo mejor está por llegar. Al menos esto es lo que pensaba Cándido (Voltaire, 1759) y por más desgracias que le acontecían, era animoso seguidor de la filosofía del optimismo de Pangloss, discípulo de Leibniz. Voltaire al final de su vida escribió este relato repleto de sátira y humor para condenar el optimismo iluso, el que cree que vivimos en el mejor de los mundos y que todo lo que ocurre tiene un final feliz. Un libro divertido, pero también un catálogo de los horrores que una persona podía vivir en el siglo XVIII. Reconforta, al menos, pensar que no vivimos en el peor de los mundos, tampoco en el mejor y que todo puede mejorar pero también empeorar. Las causas de todos los cambios son tan variadas que normalmente se escapan de nuestro conocimiento. No hay que vencerse al pesimismo, porque nos conduce a la amargura, pero tampoco dejarse seducir por el optimismo, salvo que queramos la vida del pobre Cándido.

domingo, 23 de agosto de 2009

La importancia de los objetos

Los objetos son los amigos que ni el tiempo, ni la belleza, ni la fidelidad consiguen alterar.

En esa casa tenía todos mis recuerdos. Habíamos invertido años de nuestra vida comprando cosas hasta que todo estuviera en su sitio. Sabía porqué fue esa cama y no otra la que elegimos, sabía dónde había comprado cada libro, cada cuadro, cada cojín. Todo tenía sentido. Me regocijaba poniéndome a prueba, a manera de juego, recordando precios, descuentos, rebajas e incluso fechas de adquisición. Exhibía orgulloso baratijas exóticas sacadas de un mercado lejano, legados familiares, gangas encontradas. Disfrutábamos de esa estabilidad que produce poseer objetos, por más que no existiera ninguno de extraordinario valor. Pero en el momento en que abandoné esa casa, los recuerdos se quedaron allí, alojados en el interior de dichos objetos. No me siguieron porque ya no los merecía. Me volví todo lo austero y parco que pude. Seguía comprando, claro está, la vida lo exige. Sin embargo, los nuevos objetos no servían de reemplazo de los antiguos, ni los quería, ni estaba dispuesto a aceptarlos. Los almacenaba como trastos inútiles y procuraba olvidar cualquier detalle sobre cómo, dónde y porqué aparecieron. Me resisto a encariñarme con nada, busco la vía fácil, ermitaño, frugal, simple. Mi existencia se quedó en esa casa, voluntariamente fue así. Quedó en sus cosas, en cada adorno de sus estanterías, en cada mueble. Ahora, de prestado, sufro una especie de reflejo de vida, de piso alquilado, de objetos que yo no puse allí, que no me pertenecen.

Imagen: Bodegón con cacharros de Francisco de Zurbarán (c. 1660, Museo del Prado, Madrid).

lunes, 17 de agosto de 2009

Woodstock

Woodstock fue un cúmulo de circunstancias donde todo lo que tenía que haber salido mal, salió bien.

David Fricke

Venía de la compra en coche. Se había aprovisionado para la visita de su hijo, su nuera y sus nietos. Se paró en un semáforo. Encendió la radio. My Generation de The Who. Y asintió satisfecha. Recordó la fecha en la que estaba. Cerró los ojos. En los últimos sones de la canción, el locutor dijo que la dedicaba a aquellos locos de la era de Acuario cuarenta años después. Se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos habían perdido brillo, los rodeaban profundas arrugas. Pero cada vez que escuchaba esa canción se veía con veinte años, con su melena rubia decorada con flores y un vestido ancho que le gustaba mucho. Y recordaba, sin tener que mencionarlo la radio o la televisión, el barrizal de Woodstock, la gente apretada en los conciertos, la música, sus amigos. Pero sabía que poco quedaba de aquella chica cuarenta años más tarde, poco más que un recuerdo, como poco quedaba de aquel mundo inocente que aún creía en el cambio. El mundo que los jóvenes moverían hacia la paz, donde el amor sería la divisa. Ideas que ahora sonrojarían incluso a los niños y que aquella chica en su momento las convirtió en su credo. Y de repente, el coche de atrás la sacó de su recuerdo con un hosco claxon que le indicaba que el semáforo ya se había puesto. Paz y amor, pensó. Sonrió y siguió su camino a casa.

Este blog sesentófilo, melómano y amante de los lugares que fueron y desaparecieron, no podía pasar el cuarenta aniversario del festival de Woodstock, momento clave no sólo en la música de final del siglo XX sino en su historia en general. Porque Woodstock unió a toda una generación que creyó en utopías en las que ya nadie cree y porque el festival puso punto y final a una década prodigiosa. Transcurrió en una granja en Bethel (Estado de Nueva York) entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 y congregó a medio millón de personas, cuando sólo se esperaban unos 60.000. Más allá de él, muchas cosas cambiaron, porque no hay nada duradero en este mundo, y los hippies de Woodstock se reconvirtieron y se diluyeron. Cuarenta años después se alzan algunas voces críticas diciendo que se ha creado un mito falso alrededor del festival. Puede ser, porque los que no vivimos un hecho histórico tendemos a exagerarlo. En cualquier caso, sea un hito o un simple concierto, la memoria de Woodstock permanecerá como el fin de la efímera era hippy en el mundo.

Vídeo: Actuación de The Who tocando My Generation en el festival de Woodstock de 1969.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Todas las playas de mi vida

Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre.

No sé como nadie aquí puede trabajar o estudiar, ni siquiera concentrarse. Yo no podría — me dijo socarronamente, untándose crema solar. Era un comentario muy habitual de la gente que vivía en el interior y que venía a la costa únicamente de vacaciones. Se tumbó en la toalla y empezó a contarme las novedades de su vida desde la última vez que nos habíamos visto. Al principio le seguía, pero cuando yo también me tumbé, dejé de hacerlo. Y mi cabeza empezó a recordar todas las playas en las que había sido feliz. Ésta misma, en pleno verano, con la arena ardiendo bajo mis pies, llena de sombrillas los fines de semana. Ésta, con el sol dominador abrasando los inútiles cuerpos. Echado en una tumbona o en una toalla, buscando sombra, o refrescándome en la orilla con la espuma del mar recorriendo mis muslos. Aquella en la que, de niño, buscaba conchas para guardar en un cubo. La playa de los castillos, de las cometas y los chapuzones. Ésta y otras playas al atardecer, cuando empieza a enfriarse, cuando la gente se marcha ordenadamente y las gaviotas vuelan bajo. Descalzo por la arena fría de la noche, cuando se vuelve misteriosa, con el rumor de las olas lamiendo mis orejas. Y no sólo en verano, también en la triste playa del invierno, brumosa y caminada. O en la primaveral que despierta a los rayos solares. Una sola playa bastaba, aunque sean mil en una, para hacerme feliz entonces. Hoy, la vida me entretiene demasiado para serlo. Pero aquel día, mientras yo asentía mecánicamente a mi amigo, volví a ser feliz. En la playa.


jueves, 6 de agosto de 2009

Cuerpos

Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias.
El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).

Cuerpos y más cuerpos. Cuerpos, levedad, cuerpos sin mentes, sin cargas, volátiles como plumas. Sin pasaportes, cuerpos sin amarras como globos que ascienden a las nubes. Colecciono cuerpos. Es lo único que sana esta eterna enfermedad que se agrava por las noches. Busco con desesperación, cazo. Tan acuciante es mi mal, que a veces no distingo hombre de mujer, ni joven o viejo, ni esbelto o desgarbado. Da igual. Sólo son cuerpos urgentes, como el antídoto del veneno, que me calma momentáneamente pero no me termina de curar. Cuerpos que vienen y se van, sin mayor retorno, que comprenden su comienzo y su fin. Como el círculo del que nunca salgo, del que no puedo salir y me lleva, errante, cuerpo tras cuerpo, en una infinita cadencia. Ya ni pongo excusas, porque no hay remedio para mí. Sé que está grabado como un tatuaje sobre mi piel, al que tengo que ver cada mañana frente al espejo. No sirve de nada la lamentación, sólo me resta tiempo para la búsqueda. Miro a las personas que pasean por la calle y me parecen extrañas, diferentes, inmersas en una realidad que no comprendo. Pero disimulo todo el tiempo, petrificando mi cara en una mueca agradable, para no asustar, para no ser descubierto. Y busco, busco con desvelo el cuerpo que pare esta agonía. Pero todos son casquillos vacíos. Cuerpos sin boca. Sombra de cuerpos. Sin nombre, sin alma.

viernes, 31 de julio de 2009

A sangre fría

Por Larsing circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de haber cometido asesinatos o de sus ganas de cometerlos; pero Dick llegó al convencimiento de que Perry era ese ejemplar único, el "asesino nato", absolutamente cuerdo pero sin conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima sangre fría.


Dejaron el coche en el camino para no despertar sospechas y comenzaron a caminar por el polvoriento sendero hacia la casa. Silenciosa, aislada, como si hubiese caído del mismo cielo en aquel remoto lugar, la casa de los Clutter parecía perfecta. Después de días hablando y hablando, Dick y Perry apenas se dirigieron la palabra. Portaban una vieja escopeta que llevaba en casa de Dick toda la vida. Habían viajado más de 500 kilómetros para llegar a ese punto y nada, ni nadie, les haría retroceder. Sus dos siluetas recortadas en la noche pronto se acercaron al edificio. Había luces encendidas en su interior. No sabían ni cuantas personas, ni siquiera quienes eran. Les esperaba una caja fuerte repleta de dinero, que haría cambiar sus vidas, lejos, muy lejos, quizá en México. Una vez en la puerta, Dick y Perry se miraron. Sin testigos, susurró uno de ellos. Solamente dos palabras que desencadenaron una furia ciega y que se las llevó la fría brisa de la llanura de Kansas. Y no se volvió a oír nada en aquel lugar esa noche de noviembre. Al menos, nada que alguien escuchara. Sólo silencio y viento.

¿Son monstruos? ¿Son personas que pierden toda su condición humana y matan indiscriminadamente o simplemente queremos creer esto para no pensar que seres humanos como nosotros cometieron los peores crímenes? Enfermos mentales, ineducados, iracundos incontrolados, vidas difíciles o personificaciones del mal. Cada criminal lleva lo suyo y es difícil comprender motivos o móviles. Y es precisamente esto lo que Truman Capote se preguntó en A sangre fría (1966), novela-crónica sobre el asesinato de la familia Clutter el 14 de noviembre de 1959 en el pueblo de Holcomb, Kansas. El soberbio escritor pretendió escribir lo que sería un nuevo género literario, la novela de no ficción, traspasando al papel los hechos reales que rodearon dicho suceso. Quiso describir como ocurrió, cómo se encontraba el pueblo ante tan sanguinario delito y la fuga, captura y juicio de los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith. Con la intención de robar una supuesta caja fuerte, entraron en la granja de los Clutter y masacraron a sangre fría al matrimonio, Herb y Bonnie, y a sus hijos, Nancy y Kenyon. La pretendida novedad de Capote no fue tanta, ya que existían precedentes de mezclar literatura y realidad. Sin embargo, los retratos psicológicos de los asesinos y la cadente sucesión de los hechos, convirtió A sangre fría en una obra cumbre no sólo de la literatura estadounidense sino también del periodismo escrito. Además de un éxitos de ventas.
Se supone que leer es sumergirse en vidas e historias ajenas, y esta novela consigue ese objetivo con creces, convirtiendo al lector en compañero codo con codo de los fugitivos, o tertulianos del bar del pueblo, comentando la investigación policial. Además el libro es un estupendo testimonio de la América profunda de los años 50, donde pequeñas comunidades rurales combaten los hechos que los disturban con religiosidad exacerbada y pena de muerte.

Imagen: Fotos policiales de Perry Smith y Dick Hickock (1960).

lunes, 27 de julio de 2009

Joya y oro

Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor.

La vuelta de Martín Fierro
(José Hernández, 1879)

Me dan mucho pudor exhibir premios aquí, como si esto fuera la galería de copas de un equipo de fútbol. Por eso, agradezco en su momento a los que los conceden y los dejo coger polvo. Y llegados un buen día, me acuerdo de ellos y siempre pienso que es mejor dedicarles una pequeña entrada de agradecimiento. Algo sencillo pero emotivo. Sin pasarse. No por el premio en sí, sino porque alguien se acordó de este rincón en un determinado momento y decidió que no estaba mal dedicarle una mención, generalmente guiado más por el afecto que por una crítica exhaustiva. Normalmente se trata de gente que visita Capri c'est fini a menudo y con la que establezco un cariñoso vínculo de comentarios. Sin los comentarios, probablemente seguiría escribiendo, pero no con tantas ganas, porque los lectores de este blog sois un fuerte apoyo. Capri puede que haya terminado, que la isla se la comiera el mar y que me vea remando sin rumbo y sin fuerzas hacia cualquier otro lugar, pero en muchos momentos siento como alguien me ofrece un remo, o una brújula, o un mapa, y así las tormentas se transforman en bonanza y la travesía es serena como si viajara en un crucero de placer. Nunca está mal dar las gracias y todo el que se toma la molestia de escribir un comentario, merece mi más sincero agradecimiento. De corazón.

Y sin más sentimentalismo, dejo aquí las dos menciones, casualmente muy brillantes:
  • Del blog Causa y efecto, de mi querida Maga viajera, recibí el premio Joya, ya hace un tiempo, pero que no lo había olvidado. Intensa viajera, cortazariana maga, le hago mil reverencias. Muchas gracias.

  • Del blog Le poinçonneur des lilas (me encanta esa canción), luzco orgulloso un premio Blog dorado. Orgullo por recibirlo y orgullo por quien me lo concede, uno de los descubrimientos más interesantes que he hecho últimamente en el mundo blog. Cada vez que entro, encuentro alguna sorpresa y hace poco encontré esta copa con mi nombre grabado. Poinçonneur, merci beaucoup.

viernes, 24 de julio de 2009

A la mañana siguiente

Es que la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, muchos.

La despertó un ridículo tono que le había puesto al móvil. Durante un segundo, pensó en no contestar, pero finalmente alargó el brazo hacia la mesilla de noche y vio en la pantalla quien era. -¡Cómo no!- suspiró. Se sacudió la modorra con un par de cabezazos y tendida, cogió el teléfono. ¿Sabes que hora es, guarra? Su voz pastosa ni siquiera se parecía al agradable tono que usaba normalmente. Sí, aún en la cama. No, no estuvo mal. ¿No me preguntes eso? Bueno, es guapo, claro. Sí, muy agradable. Y giró su cuerpo en una sacudida, viendo el lado de la cama vacío. Colocó el brazo que no sujetaba el teléfono sobre las sábanas arrugadas. No ha tenido ni la delicadeza de despedirse. Lo que oyes. Ni me he enterado. ¿Te puedes creer cosa igual? Ya no pido ni que busquen una excusa elaborada. Con decir, me voy, nos vemos, ya te llamaré, con eso, me conformo. Pero no, tenía que tocarme el cabrón que se va sin decir ni mu. No sé, debo tener imán, porque éste me engañó como una tonta. Tenía buenas maneras. Me gustaba. Pero fíate tú de las apariencias. Ya no soy capaz ni de decirme que no volverá a pasar, que se acabaron los tíos... porque me conoces y esta conversación la tendremos alguna otra mañana más. Se tocó el pelo y se desperezó, haciéndose un ovillo. La luz entraba por las rendijas de la persiana, dando el reflejo directamente en sus ojos. Los cerró, molesta, y frunciendo la frente, sentenció: Pero una cosa te dijo, cuando me lo vuelva a encontrar me va a oír. Pienso montarle el mayor numerito que haya sufrido en su vida. Ya estoy harta. Éste va a pagar por todos los hombres que me han hecho daño en la vida.

Tras la puerta del dormitorio, cruzando el pasillo, en la cocina, un chico con el pelo revuelto llenaba dos tazas de café. Buscaba el azúcar en los armarios pero sin hacer el menor ruido, para no chafar el desayuno sorpresa. Incluso había tostado un poco de pan de molde. Le brillaban los ojos, y a pesar de la cara de dormido, sonreía.

sábado, 18 de julio de 2009

El nudo del ahorcado

La resignación es un suicidio cotidiano.

Mandó a su mujer y sus hijos a la casa de la playa. Compró una botella de whisky y varios metros de una cuerda resistente y se preparó a poner en práctica la decisión más dura que jamás en la vida había tomado. Las razones eran múltiples; algunas de tremenda importancia, que habían conformado juntas un callejón sin salida, del que esa tarde estaba dispuesto a escalar. Escribió dos cartas, una dirigida a su familia y otra a la autoridad competente, ambas sinceras y directas. En esa situación tan cruda era mejor obviar los paños calientes. Como nunca había hecho un nudo de tamaña trascendencia, decidió informarse. En un buscador de internet, enseguida encontró la solución: Instrucciones para hacer un buen nudo de horca. Eran viñetas sencillas con una escueta instrucción, perfectas para el caso. Una vez previsto todo, se dio una larga ducha y eligió con cuidado la ropa que se iba a poner. Pensó que la pérgola de madera labrada del porche trasero sería lo suficientemente resistente. Frente al ordenador, con un vaso de whisky con hielo, comenzó a seguir las instrucciones para hacer el nudo, pero frente a lo que pensó en un primer momento, no era nada sencillo. Después de algunos intentos, consiguió algo parecido al nudo del ahorcado pero no estaba bien apretado y se deshacía al deslizarse. Se desesperó y se apuró de un tirón el vaso de whisky. Se bebió otro mientras escrutaba la cuerda en busca del error que había cometido. Probó una y otra vez, con más y menos cuerda, pero no conseguía hacerlo corredizo, o se quedaba flojo. Bebió una y otra vez también para infundirse ánimos. Pero el alcohol hacía que cada vez sus manos estuvieran más torpes y finalmente se quedó dormido en el sofá.

Al día siguiente, se despertó con la cuerda enredada al cuerpo. Era tarde y tenía una fuerte resaca. La cabeza le iba a estallar. Se levantó arrastrando las piernas como un boxeador noqueado y se tomó una pastilla. Vio las cartas, primorosamente colocadas sobre la mesa. Sintió una vergüenza atroz. Las rompió. Tiró a la basura el poco whisky que quedaba. Enrolló la cuerda y la dejó tirada en el garaje con el resto de herramientas de bricolaje, que por falta de tiempo, ya apenas usaba.

Imagen: Horca de la exposición "Antiguos instrumentos de tortura" de la Sala Alfonso XII de Toledo.