sábado, 11 de abril de 2009

El banco doble

Existe, en verdad, un magnetismo, o más bien una electricidad del amor, que se comunica por el solo contacto de las yemas de los dedos.


Estaba cansado del día, mucho jaleo en el trabajo, mucho cliente descontento y cuando volvía a casa, para colmo, perdió el autobús que siempre cogía. Para esperar al siguiente, dejó caer su cuerpo pesado sobre el banco doble que había frente a la parada. Rumiaba su mal día intentando no pensar en nada. De pronto sintió que alguien se sentaba justo a su espalda en el banco, compartiendo ambos el mismo respaldo. Se sentó discretamente. Era una chica, a la que apenas podía ver aunque forzara el rabillo de su ojo. Se tocó el pelo y en un gesto delicado, se quitó el pasador que a duras penas sujetaba su pelo recogido. Su melena de rizos castaños cayó sobre los hombros de él.

Estaba harta de su vida en ese momento y para su desgracia, además había discutido con su madre. Así que salió a tomar el aire y así reflexionar un poco. Paseó tranquilamente por las calles atestadas, se fue parando en los escaparates que le llamaron más la atención e incluso entró en alguna tienda, no con intención de comprar nada, sólo intentaba evitar acordarse del día que llevaba. Cuando se hizo tarde decidió coger el autobús. La parada estaba cerca, pero a pesar de que vio a un autobús a punto de irse, no quiso correr para alcanzarlo. Se sentó en el banco doble que había enfrente de la parada, justo a la espalda de un chico. Notó como le dolían los pies de la caminata. Se tocó el pelo, comprobando que era un desastre y decidió soltárselo.

Espalda contra espalda, en silencio, separados por un fino respaldo de madera. Él podía notar sus rizos desenrollándose sobre el pequeño trozo de piel que quedaba desnudo en su cuello. Casi le hacían cosquillas. Si afinaba la nariz, podía sentir el olor de su pelo. Se quedó muy quieto. Él, un hombre hecho y derecho, estaba nervioso por el mero contacto de una mujer. Le inquietaba la idea de que la chica se diera cuenta de cómo le retumbaba el corazón. Tengo que tranquilizarme, tengo que tranquilizarme, se decía una y otra vez. Pero ella ni siquiera se percató. Intranquilo, pensó que levantarse o desplazarse más allá en el banco sería una falta de descortesía y así, sigilosamente, acercó la mano a su cuello para retirar el pelo. Y como quiera que el destino es juguetón y caprichoso, en ese mismo instante, ella también llevó su mano al pelo. Y se produjo el contacto, apenas un breve roce de sus manos. No supuso ni un segundo de su tiempo, porque instintivamente ambos, avergonzados, retiraron sus manos bruscamente. Un toque casual, furtivo, sin la menor importancia y que nadie de los que esperaban en la parada notaron. Una leve mirada entre ellos, un balbuceo de perdón en sus bocas, una escueta sonrisa, una unión efímera pero cósmica, los poros de las yemas de sus dedos unidos, una especie de cortocircuito los dejó bloqueados. Todo fue como si el tiempo se hubiese parado en ese preciso momento aunque la Tierra siguiera girando sin freno para el resto. La llegada súbita del autobús desvaneció la íntima conexión que produjo ese velado roce. Y salieron del trance, ambos subieron y se sentaron en asientos separados. Él se bajó antes y desde ahí la miró pero sus ojos no se cruzaron. Ella quiso mirarlo también, quizá para grabar en la memoria su imagen, pero su timidez se lo impidió. No volvieron a cruzarse nunca más.

23 comentarios:

El Velvet de Cierto Pelo dijo...

Y hay tanto de verdad en los dedos...

panterablanca dijo...

A veces dejamos pasar los trenes (o mejor los autobuses, en este caso), que nos llevarán a los mejores viajes de nuestra vida. Por eso hay que estar muy atentos y no dejar escapar ni uno.
Besos felinos.

princesadehojalata dijo...

Me ha encantado! Qué bien enlazas siempre las citas literarias con los textos que escribes. Artista! Un beso.

Merche Pallarés dijo...

¡Qué historia más bonita! Lástima que no se volvieran a ver y lo de las manos...si lo sabré yo la fuerza y el erotísmo que tienen... (¿Leíste alguna vez el post que escribí sobre el tema?) Muchos besotes, M.

Capri c'est fini dijo...

*Velvet, hay mucho de verdad en los dedos, pero, sin el caso de este relato, también se puede engañar con las manos y los dedos, no crees? Un saludo.

*Pantera, está claro que hay que aprovechar las oportunidades, pero es una cuestión nada sencilla porque a veces éstas están camufladas o crean temores infundados o no. Es difícil distinguir un buen medio de transporte de uno que te deje tirado a la mitad del camino sin posibilidad de retorno. Besos.

*Princesa, gracias, pues la verdad es que es curioso porque la cita es lo último que busco, lo primero la historia, pero casualmente siempre encuentro algo que le va como anillo al dedo. Como me ha ocurrido con esta frase. Un beso.

*Merche, las manos es una zona erógena de alto nivel. No recordaba tu post sobre el erotismo y las manos... pero ya lo he recuperado y leído: Muy interesante el orgasmo manual (sin ningún doble sentido). Un beso.

Capri dijo...

Llegué a este blog a través del blog de Leo, me llamó la atención del titulo del mismo.

MNe alegro de haberlo descubierto, buenisimo,

Si me lo permites te felicito x el

saludos

Capri dijo...

Ah! otra cosa, tu avatar con la cueva azul es divino, esta fotografia me seduce, me llena de paz y es un autentico paraiso perdeserse en esa cueva

Stanley Kowalski dijo...

Es una historia preciosa y además tan real!! Cuántos casos conozco que les pasó lo mismo. Yo siempre digo: Si pasa el tren bala y no te subís, con seguridad que después viene algún vehículo tracción a sangre. Me encantó.

Gracias por el comentario que me dejaste, sos un encanto.

BESOTES

brokemac dijo...

Mira tu mano, que despacio se mueve,
transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva, casi humana en la noche.
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño
mírala así crecer, mientras alzas el brazo,
búsqueda inútil de una noche perdida,
ala de luz que cruzando en silencio
toca carnal esa bóveda oscura.

No fosforece tu pesar, no ha atrapado
ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida: pareja.
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.
Sois las amantes vocaciones, los signos
que en la tiniebla sin sonido se apelan.

Cielo extinguido de luceros que, tibios,
campo a los vuelos silenciosos te brindas.
Manos de amantes que murieron, recientes,
manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se estrechan encienden
sobre los hombres una luna instantánea.

Poema Las Manos
de Vicente Aleixandre

Vivian dijo...

Esta vez con tu relato conseguiste hacer pensar en la cantidad de veces que miramos sin ver, que oímos sin escuchar, que pasamos de largo cuando deberíamos tomarnos el tiempo en detenernos…
Sí, a veces un instante es sólo eso, un cruce instantáneo, piel con piel, de dos vidas, que tal vez hubieran sido mejores si se hubieran detenido a mirar, a escuchar, a sentir…
Me encanta siempre pasar por aquí y detenerme a leerte.

Un beso

arguifonte dijo...

Me ha asombrado la habilidad que tienes para conseguir detener también el tiempo durante la lectura del relato en el momento que describes el roce de esas yemas.

Eres un crack,

Un abrazo.

El Deme dijo...

Ciertos vagones del metro de Madrid están diseñados para que la barra de agarrarse (en los asientos) esté a la altura de la cabeza del que está sentado, con lo que o bien el sentado va con la cabeza agachada o a nada que tenga melena, te da en pleno puño.

Sintagma in Blue dijo...

Los No-encuentros huyen por las esquinas...

Justo dijo...

Qué bonito.. me hace pensar en que cada vez se rehúyen más este tipo de roces, están mal vistos.. el otro día en el metro de París una señora se quejó porque un señor se había arrimado levement, con el traqueteo del tren, yo lo vi, no fue nada, y desde luego no a propósito.. y un día en que iba el vagón abarrotado hubo un percance aún mayor, una auténtica pelea entre un hombre y una mujer, ella decía que había aprovechado el tumulto para tocarla, y él respondía que era una histérica..

Me dice una conocida que trabaja en USA que si eres docente allí el principio básico ahora mismo es no aproximarse físicamente a los alumnos, no tocarles, eso no se entiende, y a la mínima de cambio te plantan una denuncia..

A mí me apasiona todo lo contrario; esas veces que nos quedamos pensando en un desconocido/a que nos ha encandilado al verle en acción, me apetece tocarle, aunque sea que nos rocemos por un momento, sentir ese milagro de conexión.. muchas veces lo he hecho, experimento una sensación maravillosa.. por suerte nadie se me ha quejado de momento, aunque la verdad es que soy discreto.

(No sé por qué, en el blogroll aparece que no has actualizado hace tiempo, como si tu última entrada fuera la de las despedidas son siempre tristes.. eso me ha despistado un poco).

Un abrazo

Capri c'est fini dijo...

*Capri, las coincidencias me encantan, en este caso con el nombre... aunque como veo tu llevas la isla intacta y la mía se terminó, acabó, c'est fini. Aunque me quedan recuerdos de grutas azules, verdaderos paraísos en la tierra. Me alegro de que te guste este rincón y por supuesto quedas invitada a que vuelvas cuando y como quieras. Un fuerte abrazo.

*Stanley, te digo lo mismo que decía por arriba, lo difícil no es dejar pasar el tren o el autobús, lo difícil es distinguir que se trata del último. ¿Cómo sabemos cual es el bueno, el que nos lleva al destino que queremos? Un abrazo.

*Brokemac, pues podía haber sido perfectamente la cita de salida de este post. Es un poema precioso. Aleixandre se conoce poco, a pesar del Nobel, se subestima. Pero tienes preciosos versos. No conocía este poema. Muchas gracias por traerlo. Un saludo.

*Vivian, desgraciadamente no tenemos en este mundo tiempo para nada y menos para sentarnos a esperar. Además tan ensimismados estamos en nosotros mismos que olvidamos que existen otros y que esos otros tienen piel, sentimientos y vida. Vivimos en ocasiones en una burbuja a salvo de ruidos y voces y así es imposible una vida plena. Gracias por tus palabras. Un abrazo.

*Arguifonte, eres muy amable, me alegro de que te guste, especialmente viniendo de ti, que haces relatos bien chulos. El tiempo se puede parar, estoy seguro, solo hay que dejarse llevar por la situación. Entonces no habrá autobuses que coger, ni paradas, ni bancos... Un abrazo.

*Ay Deme no me hables, que como soy alto, en el metro o me choco en la cabeza con la barra supuestamente en la que me tengo que agarrar o voy dando codazos sin querer a las pobres señoras. Un día pensé que le había roto la nariz a una. Así que yo en el metro voy siempre con cuidado. Saludos.

*Sintagma, y existen muchos no encuentros, más de lo que creemos. Se podría sacar energía de ellos. Besos.

*Justo, sin meterme en reivindicaciones sociales, creo que estamos pasando una época en que la gente no se toca. Es más, rehuye el contacto. No lo puedo entender (y eso que a veces yo mismo caigo en esa actitud). No digo yo que vayamos rozandonos por los medios de transporte, pero no ocurre nada por el hecho del contacto. Y los de los profesores USA ya me parece demencial, porque si hay personas que necesitan la cercanía esos son los alumnos... en fin, un mundo loco. Un abrazo.

(No es que tu blogroll se haya vuelto loco, es que tuve cierto problemilla con esa entrada y la tuve que volver a colocar en el blog).

El futuro bloguero dijo...

Hasta los huesos solo calan los besos que no has dado.... Sabina Dixit.

Esos roces son tan sensuales en la imaginación, y se incrementan aún más con el paso del tiempo....

¿Cual es el último autobús? Ninguno, siempre hay otro

Eso sí, probablemente cada vez nos dé más pereza tomarlo.

senses or nonsenses dijo...

la química o el azar (otros le llaman destino). a mí me recordó a un corto muy famoso El columpio, con coque malla y ariadna gil. entrar en un tren que no sabes a dónde va, porque alguien te ha mirado, es algo que hay que hacer por lo menos una vez en la vida. si éste es negro, y en el metro de londres en hora punto mucho mejor, jejeje, ;-))
después del contacto físico, que es lo que más (me)cuesta, tus personajes debían haber sido más valiente con las miradas. es por tener algo que criticar...

un abrazo.

@ELBLOGDERIPLEY dijo...

¡Oyyyy, qué relato más bonito! Y que triste, pero qué real.
También me hizo acordarme de "El columpio". Bueno, ahí es en el metro, pero no se ponen espalda con espalda, ni hay ese contacto "eléctrico", esa electricidad.
Tremenda, la timidez es así...Cuantas veces nos habrá pasado eso en la vida, con tanta gente que de conocerla, hubiera podido cambiárnosla, o nosotros a ellas/ellos...Curioso y tremendo, tan real.
Me encantó.
Besotes.

Capri c'est fini dijo...

*Futuro bloguero, yo también creo que estos pequeños roces significan algo en la imaginación, porque en la realidad se camuflan con cualquier cosa. Supongo que no hay un último autobús, pasan continuamente, pero sí hay uno último que te lleva a donde quieres ir. Si te equivocas y pillas otro, empiezas a dar rodeos y rodeos, incluso llegando a zonas que no quieres conocer. Un abrazo.

*Senses, la química, la electricidad, nadie sabe que es lo que prende la mecha. Bueno, tú que eres un veterano de Capri, puedes comprobar que El columpio es un gran referente. Me gustan las historias donde el punto de vista no sea único. Mis pobres personajes en este relato no podían ser valientes, porque estaban destinados a no verse nunca más... como a la mayoría de las personas que vemos en los medios de transporte (incluidos los negros del metro de Londres, jejej). Un abrazo.

*Gracias Ripley por tus palabras. La timidez es la gran invitada en el circo de las relaciones. Todos hemos desviado la vista en alguna ocasión aunque nuestro deseo era mantenerla. Eso es lo que lo hace real, es una reacción que cualquiera hubiera tenido. Yo, que soy un tremendo tímido, sé de lo que me hablo. Un abrazo.

Madame X dijo...

Estas situaciones casi mágicas, que a todos nos han sucedido alguna vez, se recuerdan, curiosamente, toda la vida. ¿Por qué será?... ¿Tal vez por que arrastramos la incógnita de no saber el rumbo que hubiera tomado nuestra vida de haber sido más valientes?

Hay que ver lo inspirado que estás. Me encanta.

Capri c'est fini dijo...

*Madame, es cierto que se quedan marcados estos encuentros casuales y es precisamente por lo que dices. Continuamente fantaseamos e incluso nos atormentamos con lo que podía haber pasado de dirigir nuestro rumbo justo al contrario de donde lo hicimos.
¿Te parezco inspirado? Muchas gracias, tus palabras me inspiran aún más.

Besos.

Viperina dijo...

Has descrito a la perfección ese instante mágico en el que dos desconocidos rompen fugazmente la barrera que los separa, creandose entre ellos una intimidad fugaz y perfecta que desgraciadamente, no tiene esperanzas de llegar más allá. Creo que todos nosotros hemos vivido un instante así en algún momento de nuestras vidas, y al separarnos, es inevitable pensar por un momento: ¿qué habría ocurrido si...?
Besos.

Capri c'est fini dijo...

*Viperina, en nuestra sociedad occidental hay mucho recelo al contacto físico, pero cuando se produce, hay este tipo de reacciones... Somos reacios a creer que el otro tiene piel y siente igual que uno mismo ¿Qué pasaría si él se queda en el autobús? Pues quién lo sabe... esa sería otra historia.

Un beso.