miércoles, 3 de junio de 2009

La calle del silencio

Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos.

El día comenzaba antes de que saliera el sol. Los hombres iban saliendo de sus portales despacio, con la boca pastosa, casi en formación. Salvo unos pocos que se marchaban en coche, la mayoría se reunía en la parada del autobús de la empresa. Allí, pequeños murmullos, bostezos e incluso carreras de los rezagados, porque el autobús no esperaba a nadie. La dirección era muy estricta con los horarios. Una vez que el sol alumbraba tímidamente el barrio aparecían algunas mujeres. También se dirigían a la parada, pero éstas tomaban el autobús de línea hacia el barrio alto. Casi todas las mujeres trabajaban allí, de asistentas, cocineras, niñeras, chicas de servicio. Hablaban entre ellas durante camino y al llegar se desperdigaban para volver de nuevo a unirse para la vuelta, como si fueran una bandada de estorninos. Las mayoría de mujeres que quedaban en el barrio, muchas ya abuelas, aparecían después, con los niños de la mano hacia la puerta del colegio. Alborotada puerta de prisas infantiles, de besos de despedida, que servía además de punto de intercambio de noticias, de lo que pasaba y no pasaba, del esto y del aquello y de lo de más allá. Ruido que se diluía con la sirena que daba comienzo a las clases. Después, en continuo movimiento, hacían los recados: cargaban las pequeñas compras del día, pagaban las facturas. Algunas se paraban a charlar, poca cosa en realidad, siempre mirando el reloj porque tenían que hacer la casa y preparar la comida. Y así cuando estas mujeres se recluían en casa, cada mañana, sin hora fija pero indefectiblemente a diario, se producía el silencio. Marmóreo, pesado, el silencio inundaba el barrio, como un toque de queda que nadie había anunciado. Jodido silencio sin vida, gris y frío como el barrio, como su gente. Un tiempo de nada, de recalmón, de agua estancada que lo pudre todo. Un silencio que sube a cada casa, en cada bloque y se mete por las cañerías y por las rendijas de las ventanas. Un silencio que envenena al barrio. Duraba poco, eso sí. Era roto por un coche perdido, porque allí nadie iba si no era necesario o algún gato maullando o la música especialmente alta de la vecina del tercero. Daba igual. El silencio volvería con el día siguiente.

22 comentarios:

Merche Pallarés dijo...

Preciosa descripción de un dia de vida en un barrio periférico "un tiempo de nada, de recalmón" Me ha encantado ese último término... Besotes, M.

Arezbra dijo...

Hay veces en las que un silencio tan solemne es tan previsible...
Seguramente las paredes de sus casas habían robado la voz de aquellos que se habían quedado sin conversación por el peso de la costumbre.
Pero también hay lugar para la lectura de un silencio necesario para la reflexión...
Me encanta tu manera de retratar Capri. Un abrazo

El futuro bloguero dijo...

No estamos pesimistas, verdad? El silencio es a veces algo bueno, algo deseado, y otras veces, es terrible su carga.

Me encanta hablar en silencio, y realmente, hoy sería genial saber comentar en silencio.

Lula Fortune dijo...

Exactamente veo eso que describes cada día. Trabajo en uno de esos barrios periféricos y me cruzo cada mañana con los obreros que van a los astilleros, las mujeres en la parada que va al centro... exactamente tus palabras.
Besitos con premio ;)

calamarin dijo...

Pues a mí me ha puesto muy triste leer este post... la realidad casi siempre me pone triste, por eso vivo en mi mundo imaginario Frenesi, rodeado de chicas con pelucon y modelon...

pe-jota dijo...

Creo que en el fondo es un silencio muy sonoro, un grito que se ahoga en las paredes.

Le poinçonneur dijo...

Has descrito a la perfección el barrio en que viví.

Te ha faltado añadir lo que siente uno siendo el único elemento de sexo masculino -junto con el conductor- en un autobús de 8 AM. 50 mujeres que van a limpiar a esos barrios altos que comentas, hablando a la velocidad del rayo y a un volumen no precisamente bajo.

No me extraña: a esas horas, la mayor parte, según sus propias palabras, llevaban dos cafés, cinco persianas limpiadas, la comida y la cena hecha y los bocadillos de toda la familia.

Pero cómo chillaban las joías xD

Justo dijo...

Me dan pánico esos silencios urbanos. Quizá por eso vivo en grandes ciudades, y dentro de ellas en los lugares del centro, más concurridos, que nunca descansan, siempre alguien en pos de sus afanes.

Las ciudades residencia y los barrios periféricos me dan miedo, por la sin-vida, por el esquematismo.

Ya vuelves a tus fueros. Un abrazo

Capri c'est fini dijo...

*Merche, lo bueno de las descripciones es que hasta lo más feo puede presentarse como encantador. Muchos besos.

*Arezbra, me gusta eso de que las paredes hayan robado las conversaciones. El silencio se puede interpretar mucho mejor que las palabras, puede ser silencio de luto o emoción contenida, puede ser reflexión o podredumbre. Un abrazo.

*Futuro bloguero, jajajaja, bueno, no es pesimismo, no me levanté especialmente mal el día que lo escribí. Yo también creo en el silencio bueno, a veces lo necesito a raudales entre tanto ruido. He ahí una frase preciosa de Camus:
El silencio es la conversación de las personas que se quieren. Lo que cuenta no es lo que se dicen, sino lo que no es necesario decir.

*Sí, Lula, es una realidad que está ahí, al alcance de la mano de todos, barrios y barrios como éste en este país y en el mundo. Todos conocemos o vivimos en uno y todos sabemos lo que puede ser un silencio atronador. Besos de agradecimiento.

*Calamarín, te comprendo perfectamente. La realidad deprime y mucho y siempre es necesario tener a mano un mundo de recambio como plan B. Sigue ahondando en el pelucón y los modelitos que no siempre queremos lágrimas. Seguiremos disfrutando. Un abrazo.

*Pe-jota, desde luego es un silencio que dice mucho, que ahoga y comprime el tiempo. Un silencio del que todos huimos. Un abrazo.

*Poinçonneur, como decía por ahí arriba, todos tenemos la referencia clara de un barrio de estos. Y además también sé que es meterse en un autobús plagado de marujas parlanchinas. Una pala de ibuprofeno para tu cabeza. Un saludo.

*Justo, no le tengas miedo al silencio... Te comprendo perfectamente porque también huyo de ese tiempo parado de las ciudades. Pero aunque huyamos, es innegable que existe, que está ahí... y si no te esconde te atrapa. Un abrazo.

Stanley Kowalski dijo...

Excepcional pincelada de un barrio, muy bien narrada, como siempre.


Gracias por el comentario, siempre tan generoso.

BESOTES

panterablanca dijo...

El silencio nunca vuelve, el silencio siempre está, lo que pasa es que lo tapamos con ruido.
Muy interesante historia, y muy bien escrita.
Besos felinos.

senses or nonsenses dijo...

...cuando ese silencio se instala en una casa, en una relación, no hay palabras que lo puedan solucionar.
por esto... preferimos el ruido.

un abrazo.

Capri c'est fini dijo...

*Stanley, bueno, quien es generoso conmigo eres tu siempre... muchas gracias.

*Pantera, yo también creo eso... el silencio reina y nosotros somos los que lo ocultamos con ruido. A veces es necesario ese silencio y otras directamente nos mata. Muchos besos.

*Senses, es esa clase de silencio a la que me refería, el que lo pudre todo, del que no se puede huir, el que destroza todo a su paso como una riada. Por desgracia, también existe y nadie está a salvo de él. Un fuerte abrazo.

Lúcida dijo...

Y nadie inmerso en ese silencio es consciente de que existe, solamente tangible por un observador extraño.

Capri c'est fini dijo...

*Lúcida, estamos sordos a ese silencio, tienes razón. Sólo alguien extraño puede oirlo, eso sí no lo ha dejado sordo su propio silencio. Muchos besos.

Anónimo dijo...

Cuando voy al trabajo y me recogen mis compis, nunca hablo, y no es por mala educación. No me gusta hablar tan temprano, prefiero escucharlas.

Leyendo, me he acordado de cuando cogía el autobus para ir a la facultad, sólo nosotros y el que "pone las calles". Me montaba y siempre decía:
- Qué ganas que den las 3 para llegar a mi casa y acostarme.

jajajajjaja, qué poco disfrute de ese autobús. Aunque siempre la vuelta era diferente.

Muchos besos.

Capri c'est fini dijo...

*Anónimo, es que hay silencios y silencios... a esas horas de la mañana, por más que quiera es que no me sale ni la voz. Así que es un silencio obligado. Hay determinadas horas que no deberían existir, verdad? tan temprano, en invierno, con un frío que pela... como para no quedarse callado.

Muchos besos.

Eduardo dijo...

Vaya coincidencia. Los dos atrasados,y los dos con lo mismo...

Vivian dijo...

Me encanta esta manera tuya de retratar la cotidianidad, leerte es como asomarse desde una venta a las vidas de personas anónimas que podían ser la vida de cualquiera, incluso la de nosotros mismos.
Esta vez leyéndote me vino a la cabeza la imagen del barrio donde crecí, un barrio cualquiera en una ciudad cualquiera, pero tan igual a todos los barrios.

Un beso

Capri c'est fini dijo...

*Eduardo, supongo que te has liado con las entradas y te refieres al hombre de Tiananamen. Me gusta coincidir contigo en estos temas, señal de que son muy importantes. Un abrazo.

*Vivian, era precisamente eso lo que quería transmitir, un barrio cualquier, de una ciudad cualquiera que cualquiera de nosotros reconociera al instante. Me alegro de haber acertado. Es lo que tiene la rutina, que se parece mucho en cada caso. Muchos besos.

Madame X dijo...

Un silencio atronador. Da escalofrío imaginar ese barrio y, sin embargo, hay tantos barrios así.

A mí me gusta el silencio, pero el silencio para oír el alborozo de los pájaros o el rugido del mar.

Que bien escribes, guapo.

Un beso.

Capri c'est fini dijo...

*Madame, hay silencios y silencios, hay silencios de gloria y silencio que pudren la realidad, porque una misma palabra puede esconder una realidad diversa e incluso contradictoria. Y en cuanto al barrio, también los hay diferentes pero a final todos conducen al mismo barrio, al que todos tenemos en la cabeza.

Y gracias por tus piropos, viniendo de ti sólo puedo sentirme lleno de orgullo, con el pecho bien lleno.

Un beso.